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domingo, 15 de diciembre de 2013

TOMÁS BRAVO Y LECEA

BRAVO LECEA, Tomás
[Madrid, 1866 / Cabanillas del Campo, 18 de mayo de 1926]

Tomás Bravo y Lecea nació en Madrid en 1866. Era hijo de Petra Lecea, que falleció en agosto de 1908, y de Antonio Bravo y Tudela, un magistrado que llegó a ocupar la presidencia de la Audiencia Provincia de Guadalajara pero que tuvo a la literatura como su vocación más intensa y permanente. Escritor profundamente católico aunque liberal, dejó una ingente obra publicada, tanto de carácter católico, destacando su adaptación en 1878 del Año Cristiano de Jean Croiset, como histórico, con sus Recuerdos de la villa de Laredo que han conocido numerosas reimpresiones, como literario, sobre todo sus leyendas religiosas tituladas Los apóstoles y Teresa de Jesús, como político, entre las que sobresalen Vindicación del pueblo español o La cuestión religiosa con los duques de Montpensier, y también jurídico, donde merece la pena reseñar sus Comentarios, formularios y concordancias a la Ley Hipotecaria de 1861 y su Organización judicial y procedimiento vigente en materia criminal de 1879. Falleció en Madrid en junio de 1891, de regreso desde el balneario de Fuente Caliente a su domicilio de Guadalajara.
Tomás Bravo y Lecea contrajo matrimonio el 1 de marzo de 1892 con Adelaida de Bartolomé Martínez, que le sobrevivió más de cuarenta años y falleció en Madrid el 9 de octubre de 1967. El matrimonio tuvo siete hijos; dos varones: el primogénito, que murió siendo un niño en mayo de 1897, y Tomás, que contrajo matrimonio con Josefina Jordana, y cinco hijas: Pilar, Luisa, Dolores, Soledad y Amparo, que fue la primera mujer de la provincia que obtuvo el título de Bachiller Superior en 1917.
Su esposa era hija de Ramón de Bartolomé Boiteberg, uno de los últimos descendientes directos de una de las tres familias holandesas que, junto a los Fluiters y los Waldermé, quedaron en Guadalajara empleadas en su Real Fábrica de Paños después de que los demás tejedores volviesen a su Leyden natal tras la huelga de 1719. Ramón de Bartolomé era depositario de fondos municipales del Ayuntamiento de Guadalajara, y estaba vinculado a la burguesía republicana y liberal en la que se integró Tomás Bravo y Lecea. Lazos que se vieron reforzados por el enlace entre su cuñada, Isabel de Bartolomé Martínez, con Victoriano Celada García, que fue gobernador civil y presidente de la Diputación Provincial y que era uno de los prohombres del liberalismo romanonista alcarreño, además de un rico propietario agrario.
Cursó sus estudios de Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, y en 1882 ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, aunque obtuvo la licenciatura en Derecho por la Universidad de Valladolid, matriculándose en 1886 en el centro universitario madrileño para obtener el título de Doctor, grado que alcanzó en 1887.

El ejercicio de la abogacía
En marzo de 1892 abrió en Guadalajara su bufete particular de abogado en el número 11 de la Calle Mayor Alta, aunque años después lo trasladó a una casa en el número 55 y 57 de la misma calle, estableciendo una Agencia de Información en la misma dirección. Durante casi treinta años se dedicó al ejercicio libre de la profesión, como había hecho su padre hasta que ingresó en la judicatura. Espíritu inquieto, recién estrenado en el foro encabezó desde Guadalajara, con el letrado José de Sagarmínaga, una amplia movilización de los Colegios de Abogados de aquellas provincias que no acogían una Audiencia Territorial según la nueva regulación de la administración de justicia que se preparaba.
Como abogado defendió algunas casusas que conmovieron a la opinión pública y que tuvieron eco fuera de la provincia; entre ellas destaca en 1893 la de Paula Madrid, una vecina de Terzaga con sus facultades mentales alteradas que arrojó al fuego a su hija, y que fue internada en un manicomio gracias a su defensa. También fue el abogado de María Crespo, esposa de Vicente del Olmo que era defendido por Miguel Rodríguez de Juan, un matrimonio acusado del asesinato del ermitaño de Cifuentes, un crimen que conmocionó a toda la provincia hasta el punto de que el propio Bravo y Lecea afirmaba que “hace cerca de un año que están Guadalajara y su provincia pendientes de lo que el día del juicio pueda suceder”. Fue muy comentada su defensa de “los reos de Maranchón”, condenados por la Audiencia Provincia a sufrir la pena de muerte, un castigo que movilizó a la provincia para pedir su indulto, formándose una comisión que realizó numerosas gestiones que fueron noticia en la prensa nacional.
En 1915 se hizo cargo de la defensa en otro proceso sensacionalista: el asesinato de Agapito López, vecino de Oter, a manos de su hermano Félix y sus cuñados Paulino Romero y Vicente López por instigación de su padre, Anselmo López, con el objetivo de librarse de Agapito, que tenía un desarrollo intelectual muy limitado, y de repartirse su herencia; las circunstancias del crimen, envenenando con estricnina su comida, la frialdad de los asesinos, que contemplaron durante tres horas la agonía de su víctima, y la búsqueda del cadáver, que arrojaron al Hundido de Armallones, fueron la comidilla de la provincia y aún de fuera de sus contornos.
Como tantos jurisconsultos de su tiempo, participó activamente en las luchas políticas de su tiempo, y aunque en la última década del siglo XIX se identificó con las corrientes republicanas, acabó recalando en el liberalismo del conde de Romanones, convirtiéndose desde principios del siglo XX en uno de los más fieles y constantes seguidores del cacique alcarreño.
Como era costumbre para el conde de Romanones, cargos políticos y empleos públicos eran el señuelo para atraerse a los rivales, así que cuando el partido liberal retornó al poder en 1901, fue nombrado Oficial del Gobierno Civil, tomando posesión el día 1 de abril, una designación que no estuvo exenta de dificultades, pues la Ordenación de Pagos de Gobernación opinaba que no cumplía los requisitos necesarios y no le abonó sus salarios. Al final, percibió sus haberes y los atrasos, pero en 1903 los conservadores volvieron a presidir el Consejo de Ministros y fue declarado cesante. En 1905 fue el quien rechazó su nombramiento como fiscal municipal y optó por el ejercicio libre de la abogacía, aunque al poco tiempo volvió a ser empleado público, y de nuevo la vuelta al gobierno de los conservadores le dejó cesante en 1907. Sólo la aprobación en 1918 del Estatuto de los funcionarios por iniciativa de Antonio Maura, que establecía la inamovilidad de los empleados públicos puso fin a sus cesantías y le permitió ser Jefe de la Sección de Pósitos de la provincia de Guadalajara, cargo del que dimitió en 1923.
Su labor periodística
Fue su temprana y constante labor periodística la que dio popularidad y por la que obtuvo mayor reconocimiento y, seguramente, más satisfacciones. Alcanzó casi todas las metas a las que podía aspirar un periodista vocacional de provincias: fue corresponsal en Guadalajara de uno de los principales diarios nacionales, y más concretamente de El Liberal de Madrid, ocupó durante varios años la presidencia de la Asociación de la Prensa de la provincia y fundó y dirigió diversas publicaciones.
En Guadalajara es difícil encontrar una sola cabecera periodística en la que no colaborase, con mayor o menor frecuencia; su concurso era casi obligado, pues tenía facilidad en prosa y en verso, amplia cultura y variados intereses. Sus primeras colaboraciones fueron en El Atalaya de Guadalajara y en la Revista Popular a partir del verano de 1891 y llegaron hasta La Palanca, conservador y hostil al conde de Romanones, donde todavía escribía en 1922 y 1923 breves epigramas en una sección que se llamaba, acertadamente, Esencias. En el mes de enero de 1893 comenzó a publicarse, bajo su dirección, la revista La Ilustración, publicación de vida muy breve, sólo tres números, pero que reproducía fotografías y grabados.
Después fue director en una primera época del liberal La Crónica, una responsabilidad que le llevó en algunas ocasiones ante los tribunales; en 1895 fue denunciado por el abogado y catedrático Miguel Rodríguez de Juan, que había sido nombrado director del Instituto más, según se denunciaba, por su militancia carlista que por sus méritos y capacidades, y en 1896 fue denunciado por los ministros Francisco Romero Robledo y Alberto Bosch, debiendo afrontar un juicio por delito de imprenta.
El 15 de marzo de 1899 salió a la calle El Heraldo de Guadalajara, con Tomás Bravo y Lecea como director y unos comienzos difíciles, pues un mes después de su primer número abandonaron su redacción López Palacios, Ramírez, Guijarro, Luceño y Villarino; no es de extrañar que dejase de publicarse en julio de ese mismo año. Dos años después se retomó el proyecto, según informaba en El Liberal el propio Bravo y Lecea, que no tenía empacho en afirmar que el periódico que él preparaba “se dice será inspirado por el conde de Romanones”.
Pero también fuera de los límites provinciales se encuentra su firma en revistas como el semanario gráfico y humorístico Café con gotas de Santiago de Compostela, La Ilustración de Álava y La Ilustración de Barcelona en 1888, La Ilustración Nacional en 1891, La Ilustración Española y Americana entre 1891 y 1904, en La Ilustración Católica de España en 1898, en El Motín de José Nakens entre 1903 y 1905, en El Álbum ibero-americano desde 1903 y 1907, en la Revista Contemporánea de Madrid entre 1904 y 1905, en El Heraldo Militar el 1910... Seguramente no hay mejor prueba de su versatilidad que su colaboración, casi simultánea, en La Ilustración Católica de España y el anticlerical El Motín, un caso que creemos que debe ser único.
Pero la actividad periodística que dio una proyección nacional a Tomás Bravo y Lecea, y que al mismo tiempo le permitió lucir sus conocimientos jurídicos, fue la publicación de sus Anuarios, que con diferentes formatos pero con similares objetivos y bajo distintas cabeceras, se publicaron desde 1901 hasta su muerte en 1926 y que, aún después, tuvieron algunos años más de vida que su propio inspirador. El primer Anuario Guía de Guadalajara se anunciaba que saldría de imprenta en 1901 coincidiendo con las fiestas de la ciudad, que entonces se celebraban en el mes de octubre, con un precio de 2 pesetas. En él se recogían datos de centros oficiales y de negocios particulares, incluía anuncios comerciales y otra información exclusivamente referida a Guadalajara.
A partir de 1910 comenzó la edición de un anuario de curioso nombre, El indispensable para el abogado y el útil para los demás, una publicación periódica con formato de libro en la que se recopilaban, con su fecha de publicación, todas las leyes y normas de distinto rango que estaban vigentes en el año correspondiente, agrupadas además por temas, lo que justificaba el título de la obra, que en su primer prólogo se decía inspirada por un discurso de Joaquín Costa. Durante más de quince años este anuario se convirtió en un referente para muchos abogados y jurisconsultos, de lo que era buena prueba la larga relación y el origen geográfico tan diverso de los numerosos anuncios que insertaba, entre los que destacaban los de prensa escrita de muy distintas ideologías. Se completaba cada volumen con datos de centros oficiales de especial interés y con unas páginas en blanco que servían para hacer anotaciones o usarlo como agenda; en conjunto, este Anuario había sido concebido como una herramienta de trabajo. Tuvo su primera redacción y administración en el piso bajo del número 14 de la calle Estudio de Guadalajara.
A partir de 1926, el año de su fallecimiento, se llamó Anuario Jurídico y siguió publicándose, por lo menos, hasta el año 1934. Durante esta última etapa ofrecía, además, “la ventaja de tener al corriente a sus suscriptores de las disposiciones que se dictan durante el año, merced a la publicación de suplementos periódicos”. Desde su marcha a Barcelona, la administración del Anuario estuvo establecida en el número 11 del Paseo Colón de la capital catalana.
La publicación de estos diferentes Anuarios encontró un eco nacional y muchos diarios anunciaban sus nuevas ediciones y ofrecían comentarios laudatorios sobre su contenido; de entre todos, podemos citar algún ejemplo del diario madrileño ABC, que si en 1915 se congratulaba de la aparición del anuario “que el culto publicista y jurisconsulto Sr. Bravo y Lecea viene publicano con tanto aplauso”, en 1922 advertía que “el prestigio de esta firma nos releva de hacer un elogio, que, por otra parte, no necesita publicación tan conocida”.

Su obra literaria
Tomás Bravo y Lecea, como su padre, siempre encontró un hueco para desarrollar su intensa vocación literaria. Una buena parte de sus colaboraciones periodísticas fueron poemas o relatos breves, por lo que su obra aunque nutrida y de gran difusión se encuentra muy dispersa. Valga como ejemplo su obra teatral en verso titulada Delirio artístico, de la que publicó un breve fragmento en La Ilustración Hispano-americana del 4 de octubre de 1891, y que se decía se estrenaría en breve por la compañía de Ricardo Calvo, una de las más aplaudidas del momento.
En Guadalajara mostró esa inspiración literaria desde que llegó a la ciudad; en 1890 participó en los Juegos Florales organizados por el Ateneo Caracense a iniciativa de su presidente, el que sería después su íntimo amigo Antonio Molero, presididos por Segismundo Moret y Álvaro de Figueroa, conde de Romanones. Fueron premiados en este certamen poético, además de Tomás Bravo y Lecea, Miguel Arenas del Espino, de Alicante; Gonzalo de Castro, de Málaga; Vicente Rivas y Carpintero, de Madrid; Eugenio Bergé, de Málaga; y los escritores alcarreños Juan Diges Antón y Antonio Pareja y Serrada, aunque este último residía por entonces en Madrid.
Creemos que su primera obra editada fue Nubes y celajes, subtitulada como “Bocetos a la aguada con ilustraciones de Asencio, Huerta y Pastor y fotograbados de Gaviria”, que se publicó en Valladolid en 1889. Fue el autor de Cariños redentores, que describió como tríptico cómico-dramático, que salió de la imprenta alcarreña de Antero Concha en 1913. En colaboración con el sacerdote Ignacio Calvo Sánchez escribió la novela por entregas titulada La flor de la Alcarria, que para Madrid Cómico era “interesante y escrita con corrección y galanura”, y de la que Las Dominicales del Libre Pensamiento destacaba su “esmerada impresión y buena letra”.
Además en 1907 colaboró con un muy breve poema en el libro Cancionero de los amantes de Teruel, una iniciativa del escritor turolense Domingo Gascón y Guimbao que reunió 500 poemas breves relacionados con la leyenda de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla “escritos por los mejores poetas contemporáneos” y reunidos en un libro que se publicó en Madrid; en la obra también participaron otros alcarreños como Gabriel María de Vergara, Antonio Pareja Serrada, Jorge Moya de la Torre, Alfonso Martín Manzano, Luis Cordavias Pascual, Eduardo Contreras, Ignacio Calvo, Carlos Jiménez Athy o Máximo Arredondo.
Actividad social
Tomás Bravo y Lecea desplegó una intensa actividad social durante su estancia en Guadalajara. Fue socio del Ateneo Caracense y en enero de 1895 inició un debate sobre La clase obrera que se abrió con una conferencia en la que se mostró partidario de la participación de los trabajadores en la propiedad de las empresas o el establecimiento de trabas legales a la tiranía de la propiedad individual, una opinión compartida por republicanos como Emilio Castelar. Le contestó Miguel Sánchez, un obrero empleado en la brigada topográfica que defendió el punto de vista de los trabajadores. Las charlas de Bravo de Lecea despertaron tanto interés que se publicaron en un folleto.
También colaboró con el Ateneo Instructivo del Obrero, y fue uno de los oradores en la jornada de inauguración de su primera sede social el día 10 de mayo de 1891. Asimismo, fue socio del Casino de Guadalajara, llegando a ocupar el cargo de Bibliotecario en la Junta Directiva elegida en 1900, y fue el primer delegado en la provincia de Guadalajara de la Asociación de Publicistas.
En 1909 encabezó el proyecto de reorganizar un Ateneo científico y cultural en la capital alcarreña, pues el Ateneo Caracense había terminado por disolverse en los últimos años del siglo XIX y el Ateneo Instructivo del Obrero tenía, cada vez más, un carácter obrerista y una más constante dedicación a la instrucción popular y a la divulgación cultural. Sin embargo, la iniciativa se pospuso a causa de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona y de la Guerra de Marruecos de ese verano según informaba la prensa provincial, aunque no volvió a tratarse del asunto, lo que hace pensar que no encontró mucho eco entre la burguesía de la ciudad.
Desplegó una notable actividad política, casi siempre a las órdenes del conde de Romanones, del que se convirtió en uno de sus más fieles propagandistas, como puso de manifiesto en numerosas ocasiones, y que le valió ya en 1895 ser nombrado vocal de la Junta provincial de Instrucción Pública. Durante la Primera Guerra Mundial se mostró firme amigo de las potencias aliadas, y llegó a tomar la palabra en un banquete aliadófilo celebrado en el Hotel España de Guadalajara. En 1911 quiso fundar una Caja de Ahorros y un Monte de Piedad en Guadalajara, pero el proyecto no salió adelante, pues sólo 118 vecinos de la provincia hicieron aportaciones para el capital fundacional, que quedó muy lejos de lo que se había considerado necesario, corriendo Álvaro de Figueroa con los gastos ocasionados por su fallida gestación.
Pero, sobre todo, fue un personaje enormemente querido y popular en la ciudad. “Era circunstancia precisa que en muchas fiestas literarias y en todos a cuantos banquetes asistía, hiciese uso de la palabra, deleitando a todos los concurrentes con su inagotable ingenio y con sus graciosísimas ocurrencias”, decía el semanario Flores y Abejas en su nota necrológica, y La Unión recordaba en iguales circunstancias su activa participación en tertulias y reuniones.
En 1923 abandonó la ciudad de Guadalajara y pasó a residir en Barcelona, pero tres años después volvió a la provincia alcarreña en busca de recuperación para su salud, estableciéndose en la villa de Cabanillas del Campo, donde falleció el día 18 de mayo de ese año, aunque fue enterrado en el cementerio de Guadalajara.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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