Licencia de uso y reprodución

El contenido de las biografías publicadas en este Diccionario Biográfico de la Guadalajara contemporánea es propiedad de sus autores, cuyo nombre aparece al pie de cada texto.
Los textos y las imágenes que los acompañan se publican en el blog bajo licencia Creative Commons, que autoriza a copiar y distribuir su contenido, con o sin modificaciones, para uso público o privado, siempre que no se use para fines comerciales y que se cite a los autores y la fuente de procedencia.
Archivo:CC-BY-NC-SA.png

domingo, 5 de enero de 2014

ISABEL JIMÉNEZ RUIZ

JIMÉNEZ RUIZ, Isabel
[Huete, 8 de julio de 1848 / Quintanar de la Orden, 18 de diciembre de 1906]

Isabel Jiménez Ruiz nació en la villa de Huete, en la Alcarria conquense, el 8 de julio de 1848 y dos días después fue bautizada en su iglesia parroquial de San Esteban. Era hija de Juan Jiménez y de Josefa Ruiz, ambos naturales del pueblo de Aguilar del Río Alhama, en el extremo meridional de La Rioja, y fueron sus abuelos paternos Benito Jiménez y Antonia del Rodal y los maternos Antonio Ruiz y María Mayor. Falleció en la localidad toledana de Quintanar de la Orden el 18 de diciembre de 1906, a la temprana edad de cincuenta y ocho años.
El día 6 de octubre de 1877 contrajo matrimonio en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Salmerón con Antonio Gascón Guerrero, y del matrimonio nacieron dos hijas: Gregoria, que nació en Salmerón el 12 de marzo de 1882 y falleció en Quintanar de la Orden el 22 de enero de 1909, y Eladia, que vino al mundo el 10 de junio de 1884 en la misma localidad que su hermana mayor.
Curso estudios de Magisterio en la ciudad de Soria, y la Junta Provincial de Instrucción Primaria de esa provincia castellana certificó el 22 de julio de 1868 que había superado satisfactoriamente todos los ejercicios que eran preceptivos; el 2 de enero de 1869 se le expidió en Madrid el título de maestra elemental, con el que ejerció el Magisterio hasta su fallecimiento.
Se presentó a la convocatoria para obtener destino en una escuela de niñas y el 25 de marzo de 1871 obtuvo por oposición la plaza de maestra en Mondéjar, en donde residió hasta el 30 de abril de 1873 en que se trasladó a la escuela de Salmerón, el pueblo en el que se casó y en el que nacieron sus hijas y en el que ejerció la docencia hasta el 22 de febrero de 1888; veinticinco años sólo interrumpidos por los seis meses de licencia por enfermedad que solicitó y obtuvo en 1878 para curarse en un clima más suave de sus fiebres reumáticas, según la recomendación del facultativo Juan José Crespo, médico de esa localidad alcarreña.
El 28 de febrero de 1888 comenzó a dar clase en la escuela de Illana, muy próxima a su pueblo natal, y allí se estableció en la calle de la Villa baja. En 1897 concursó para ser destinada a una escuela de la ciudad de Guadalajara, pero no consiguió la plaza, así que el 14 de abril de 1901 solicitó un nuevo traslado a una escuela de mayor categoría, siendo destinada el 7 de mayo de 1902 a Quintanar de la Orden, un puesto obtenido por ascenso en el escalafón, el segundo que obtenía después del que ganado en 1884 por haber mejorado la categoría de la escuela de Salmerón, en la que permaneció cuatro años más. Sabemos que inculcaba a sus alumnas el valor de su dignidad como mujeres y que gustaba mucho de utilizar en sus clases el recitado de poemas y canciones.
Durante su estancia en Illana escribió un artículo titulado “La mujer en el hogar” que fue publicado en el semanario El Atalaya de Guadalajara el 18 de abril de 1893; creemos que fue el primero pero sabemos que no fue el único artículo que publicó, pues en la irregular colección que se conserva de ese periódico hemos encontrado otro texto con su firma el día 18 de noviembre de ese mismo año. Era un artículo en el que, bajo una apariencia contenida, manifestaba ideas muy avanzadas sobre el papel de la mujer.
No fue Isabel Jiménez Ruiz la primera mujer de Guadalajara que destacó por sus conocimientos o que tuvo el aliento necesario para exponerlos en público. Ya en 1886 la también maestra María Magdalena Martínez había escrito un excelente artículo en el semanario El Domingo, pero tenía sin embargo un carácter estrictamente profesional, pues estaba dedicado a “La importancia de la escritura al dictado”, y esa era una materia, la instrucción de los niños, que entraba dentro del ámbito femenino.
También merece la pena que destaquemos a Crescencia Alcañiz, que en esos mismos años intervino en las actividades del Ateneo Caracense, pero lo hizo al cobijo de su padre, el Inspector de Primera Enseñanza Vicente Alcañiz, que era socio de esa institución, aunque tenemos que reconocer que no sólo asistió a las charlas del Ateneo e intervino en sus debates, sino que llegó a impartir alguna conferencia. En 1891 obtuvo la nota de sobresaliente en las oposiciones para maestra de escuelas de niñas.
La diferencia que hace destacar a Isabel Jiménez Ruiz es que resulta insólito que en una fecha tan temprana como 1893, la maestra de un pequeño pueblo de la Alcarria escribiese en la prensa política provincial, y republicana para más señas, artículos sobre las cuestiones que planteaba por entonces el feminismo, rompiendo el estrecho marco de lo doméstico. Se adelantó así a Isabel Muñoz Caravaca, que no empezó a publicar sus escritos en la prensa provincial hasta que en el año 1895 llegó a Atienza para ocuparse de su escuela de niñas.
LA MUJER EN EL HOGAR
No es mi ánimo suscitar cuestiones sobre los derechos de la mujer, de si es o no conveniente que por medio del estudio se eleve a los más altos puestos, pues plumas mejor cortadas que la mía y talentos más esclarecidos han demostrado con abundantes razonamientos el pro y el contra de tan arduo asunto.
Y tan completas demostraciones obliga a confesar a hombres de reconocido talento (sin que nadie les obligue): “Es cierto que la mujer puede reemplazarnos en casi todas las profesiones; pero nosotros no podemos reemplazar a la mujer debidamente en el hogar”.
Sentado, pues, este precedente irrefutable, siendo la mujer la única para todos los quehaceres domésticos, para el cuidado esmerado y minucioso de un enfermo querido, practicando en estos casos a su cabecera actos del mayor heroísmo y abnegación, se la ve noche y día acudir solícita a su alivio, sin que su espíritu poderoso se deje vencer por la materia cansada.
Si se la considera como madre, ¿qué os diré mis queridos lectores? Nada nuevo, pues en la conciencia de todos están tiernamente grabados cuantos cuidados, desvelos y sacrificios han merecido de la tierna madre a quien deben la vida, y pálido resultará cuanto pueda decir para encarecer las virtudes de la buena madre de familia.
Pero aquí es a donde quiero traer esta poderosa cuestión, para llamar la atención sobre un punto de extremada necesidad y de general provecho, si fuera convenientemente atendido.
Sólo la mujer ha retrocedido, en el siglo de los adelantos, a los tiempos en que gemía como abyecta esclava.
Y que no asuste a nadie mi humilde aserto. La mujer es considerada hoy, para una gran parte de hombres, como una cosa; para otros, como un instrumento de placer, y para muchos, como una esclava miserable; sus trabajos en el hogar son menospreciados con punible desdén, y sus sacrificios escarnecidos. Siendo lo más lamentable, que los esposos que obran así prohíben a la infortunada esposa que eduque y enseñe convenientemente a sus hijos.
Con frecuencia escuchamos de aquellos seres, dirigiéndose a sus hijos: “No hagas caso de tu madre, dile que no te da la gana”. Y frases más duras y soeces.
Ved ahí explicada la causa de nuestro retroceso; a medida que el hombre avanza en su desenfreno, usando de las prerrogativas que las leyes le conceden, se erige en señor y dueño de vida y hacienda de la que Dios le dio por compañera. A medida que avanza, repito, oprime más y más la cadena en que gime su desgraciada víctima.
Los resultados de tan lamentable retroceso, no pasa día sin que se dejen sentir. El crimen, con horribles detalles a cuál más espantoso, es resultado del poco respeto que la pobre madre inspira en el hogar doméstico. ¿Podría evitarse? En gran parte sí.
Concediendo a la mujer más protección en las leyes judiciales, pues si bien se reflexiona, las vigentes son por demás injustas con nosotras, y si estas leyes bastaban en el siglo pasado, al presente no son suficientes, porque la sociedad de hoy no es como la de entonces.
Antes la mujer no necesitaba el escudo de la ley porque era amada y respetada de su esposo y de sus hijos.
Hace algunos años vi en un periódico, ilustrado con preciosos grabados, un hermoso cuadro que dice sobre este asunto más que yo pueda expresar: presentaba a los hijos de antaño yendo a misa cogidos de la mano de su madre y abuelas, con un recogimiento que hoy parecería ridículo, pues a dichos niños ya les apuntaba el bozo.
Los hijos de ogaño los retrataba en las mesas de los cafés contando a docenas sus conquistas amorosas, con estudiadas maneras, saboreando sendos puros y echándoselas los bebés de hombres de mundo.
Nada más fácil que ver desobedecidas a las madres que con lágrimas y sollozos se oponen a que sus hijos (remedo todavía de hombre), salgan de noche con un arsenal entre la faja –relinchando a imitación de las bestias- a destrozar huertos, plantíos, a practicar mil raterías, a producir riñas y escándalos que llenan de luto a sus desventuradas madres, y en vano éstas acuden a sus maridos para que hagan valer su autoridad y sujeta al hijo descarriado; pues se ríe y le contesta: “Déjale, para eso ha nacido hombre”, y esto es lo menos grosero que responden.
Y el hijo sigue haciendo progresos en el vicio y termina en el crimen, sin que las lágrimas de su madre conmuevan al hijo endurecido; y cuando el padre quiere contenerle, es ya tarde: si antes vio impasible la desobediencia de la madre, ahora ve su autoridad pisoteada y no puede rechazar el oprobio que cae sobre su culpable torpeza.
Entre los aristócratas no es menos temible esta falta de respeto y amor a la madre; en sus rostros casi infantiles se dibuja el vicio más asqueroso; la crápula y el despilfarro, los conduce de vicio en vicio al desconocimiento de toda noción moral.
¿Podrán ser buenos esposos estos entes?
No: porque pierden la fe en la mujer y no distinguen a la meretriz de la honrada; están gastados, todo les hastía y hacen de su infeliz esposa una mártir desventurada, víctima con frecuencia, de crueles tratamientos inconcebibles y repugnantes.
Y que no acuda la esposa al Juez pidiendo amparo, porque sus respuestas la llenarán de espanto. Pues en más de una ocasión he oído contestar a una desventurada: “¿La ha matado a usted? Pues no puedo hacer nada”
Isabel Giménez Ruiz. Illana, 9 de abril de 1893.
(El Atalaya de Guadalajara del 18 de abril de 1893)
JUAN PABLO CALERO DELSO

No hay comentarios:

Publicar un comentario