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lunes, 20 de enero de 2014

LUIS CORDAVIAS PASCUAL

CORDAVIAS PASCUAL, Luis
[Guadalajara, 1873 / Madrid, 6 de diciembre de 1946]

Luis Cordavias Pascual nació en la ciudad de Guadalajara en 1873 y murió en Madrid el 6 de diciembre de 1946, aunque fue enterrado en el cementerio de la capital alcarreña el día 9 de ese mismo mes y año. Era hijo de Mariano Cordavias Corrales, que falleció en la capital alcarreña el 22 de agosto de 1909, y de Luisa Pascual Cabellos, que lo hizo el 10 de enero de 1897. Tuvo un hermano, Emiliano que era el mayor, y tres hermanas: Francisca, Purificación y Julia, que murió el 16 de agosto de 1871 a los 8 meses de nacer.
Sus abuelos paternos eran Anastasio Cordavias, fallecido el 29 de marzo de 1864 a los 60 años de edad, y Clotilde Corrales. Tanto su tío Vicente como su abuelo Anastasio fueron carteros. Su padre fue cajista de la Imprenta Provincial, antes de emplearse también como cartero, y su tío Emilio fue oficial administrativo de la Administración de Contribuciones de Guadalajara; todos fueron decisivos en su biografía profesional.
Contrajo matrimonio con Ascensión Sorrosal en el mes de octubre de 1899, y tuvieron dos hijos: Luis, que siguió la carrera de las armas y murió durante los primeros días de la Guerra Civil en cuyo levantamiento militar participó muy activamente, y Julio, que siguió la carrera periodística y política de su padre. Aunque en su familia todos fueron funcionarios, también fue propietario de algunas fincas rústicas, de las que hemos localizado una en El Casar.
Asistió a las escuelas de párvulos de don Sabino Díaz, después a la de Lorenzo García y, finalmente, a la de Juan José Martín en la calle Montemar, muy cercana al domicilio familiar de la calle de Bardales. Con sólo 14 años entró a trabajar como aprendiz en la Imprenta Provincial de Guadalajara. Allí conoció a Julián Fernández Alonso, a Enrique Burgos, a Alfonso Martín Manzano y al pequeño grupo de tipógrafos socialistas que en 1879 habían participado con Pablo Iglesias en la fundación del PSOE. Cuando en 1885 su padre y su tío Mariano ingresaron como carteros en la oficina de Correos de Guadalajara, fueron los encargados de distribuir sin franqueo el Boletín que este núcleo marxista sacaba sin coste en la Imprenta de la Diputación, apenas medio centenar de ejemplares, y de mantener contacto más frecuente con los compañeros de Madrid.

Su actividad periodística
Durante su paso por la Imprenta Provincial le entró, como a tantos trabajadores de artes gráficas de su tiempo, la afición por la escritura en general y por el periodismo en particular. El primer texto que publicó vio la luz en 1888 en El Camarada, un periódico infantil de Barcelona, y era un relato breve ambientado en la guerra carlista que había terminado doce años antes; aunque esporádicamente, siguió colaborando con esta cabecera hasta 1891. Al año siguiente pasó a escribir en La Ilustración Ibérica, una revista ilustrada de Barcelona que hasta 1894 publicó en varias ocasiones relatos y poemas suyos, y en El Resumen de Madrid.
Además, en la Imprenta Provincial alcarreña se formó un grupo de amigos con inquietudes políticas y literarias, entre los que se encontraban Alfonso Martín Manzano, Enrique Burgos Boldova y Juan Manuel de la Rica Albo, también empleados en ese establecimiento tipográfico, su hermano Emiliano, Ramón Ruiz Moreno, Nicolás Aquino, Raimundo Lamparero, Manuel López de los Santos y Francisco Alcañiz. Por iniciativa de todos ellos, el 1 de marzo de 1891 salió a la calle el periódico Miel de la Alcarria, que sólo pudo publicar seis números en la Tipografía Provincial como consecuencia de un estilo que, a imitación de Madrid Cómico, se consideraba poco respetuoso en el versallesco panorama periodístico provincial y de las caricaturas de personajes locales que dibujaba Juan Manuel de la Rica.
Naufragado este primer intento, el 2 de septiembre de 1894 veía la luz el primer número de un nuevo proyecto periodístico: Flores y Abejas. Nacía de la voluntad de cuatro amigos: Luis Cordavias Pascual y Alfonso Martín Manzano, escarmentados de la experiencia de ¡Miel de la Alcarria!, Marcelino Villanueva Deprit y Federico López González, que fue su primer director; además, se imprimía en La Liberty, el establecimiento tipográfico de Enrique Burgos, y su administrador era Quintín de la Sen, funcionario administrativo del taller tipográfico de la Diputación.
Identificados por entonces con el republicanismo, Luis Cordavias y Alfonso Martín, que se mantuvieron al frente del periódico después de la marcha de los otros dos socios fundadores, buscaron apoyo en el magisterio de Miguel Mayoral Medina, un respetado médico alcarreño que había sido alcalde de la ciudad y que lideraba aquel sector del republicanismo burgués que en esos años se estaba incorporando al liberalismo dinástico. Fue la personalidad del doctor Mayoral la que fijó las señas de identidad del nuevo semanario, hasta el punto de que años después la cabecera de Flores y Abejas afirmaba que el periódico había sido fundado por él, lo que desmienten los primeros números de la publicación.
En su primera etapa, que se cerró en 1901 cuando Alfonso Martín Manzano se hizo con la dirección, el semanario siguió la evolución del grupo promotor: del socialismo al republicanismo, para pasar a la izquierda del régimen y terminar, como tantas cosas en Guadalajara, en la órbita del conde de Romanones. Eso sí, sin perder en ningún momento el carácter festivo e intrascendente que siempre distinguió a esta publicación, y que ya se encontraba en el malogrado ¡Miel de la Alcarria!, pero ahora desprovisto de las aristas más críticas que tuvo esta revista.
En 1912 fue Luis Cordavias quien recogió el testigo de la dirección del semanario y lo pilotó hasta su desaparición en julio de 1936. Para entonces, ya era un escritor sobradamente conocido que firmaba casi desde los primeros números una sección muy popular, “Floreos y aguijonazos”. De su mano, Flores y Abejas se mantuvo como una publicación de referencia en la prensa provincial y en la más longeva de las cabeceras alcarreñas en un entorno periodístico muy cambiante. Fue por entonces cuando entró a formar parte de la Junta Directiva Asociación de la Prensa de Guadalajara, para la que fue reelegido en repetidas ocasiones.
Pero Flores y Abejas no fue la única publicación que recibió sus artículos. Antes escribía frecuentemente en El Atalaya de Guadalajara, y después siguió colaborando con numerosas publicaciones de la provincia, como La Región, un periódico conservador de Guadalajara, La Torre de Aragón del Señorío de Molina o La Alcarria Ilustrada de Jadraque y Brihuega. Además, desde finales del siglo XIX fue corresponsal en tierras alcarreñas de algunos de los más prestigiosos diarios de Madrid, como El Liberal, El Imparcial, Heraldo de Madrid y ABC. También aceptaron algunos de sus cuentos en la revista Blanco y Negro.
En 1896 estuvo a punto de marchar a Madrid como periodista para el rotativo El Globo, un periódico republicano posibilista que compró el conde de Romanones, pero el traslado se frustró, el puesto fue para otro y Cordavias permaneció en Guadalajara, quejándose amargamente de que “era uno de los procedimientos políticos más puestos en práctica por don Álvaro: conseguir adeptos procedentes del campo enemigo a trueque de postergar a los amigos más fieles y de más confianza”. En 1906 fue José Ortega Munilla quien le ofreció pasar a la redacción de El Imparcial en Madrid, pero en esta ocasión fue él quien rechazó la invitación.
El pronunciamiento militar que desató la Guerra Civil puso forzado punto final a Flores y Abejas que, alejado de su identidad original, se había alineado abiertamente frente a la República. La activa implicación en la conjura militar de Luis Cordavias Sorrosal, hijo del director del semanario, y su muerte como consecuencia de su participación en los combates en la ciudad arriacense, hicieron imposible la continuidad del periódico que publicó su último número el día 20 de julio de 1936.
El 22 de julio de 1958 volvió a salir a las calles Flores y Abejas, con una voluntad manifiesta de continuidad que se reafirmaba con la numeración del primer ejemplar de esta Segunda Época: el 2.182. Julio Cordavias Sorrosal, hijo de su último director, formaba parte de su redacción, aunque la dirección recayó en Félix Martialay por exigencias legales. El 12 de septiembre de 1990 cambió su cabecera por El Decano y, casi un siglo después, terminaba aquella aventura juvenil de Alfonso Martín Manzano y Luis Cordavias Pascual.

Su actividad profesional
Ya hemos señalado que su primer trabajo fue el de aprendiz en la Imprenta Provincial que dependía de la Diputación de Guadalajara. Sin embargo, no transcurrió su vida laboral por los caminos de las artes gráficas, como les sucedió a sus amigos de ese establecimiento tipográfico. Como señalaba su amigo Alfonso Martín Manzano: “dejando el componedor, se hizo enseguida empleado”.
En diciembre de 1897, con motivo de la vuelta al gobierno de los liberales, entre los que el conde de Romanones ya brillaba con luz propia, él y su hermano Emilio fueron nombrados empleados, con el grado de Auxiliar de primera clase, en la Delegación de Hacienda de Guadalajara. A nadie extrañaba en la España finisecular que se accediese a la función pública sin más mérito que el “enchufe” de algún prohombre del partido gobernante, y menos si su tío Emilio estaba empleado en el mismo organismo y su padre había estado destinado muchos años en la delegación en Soria de ese mismo ministerio.
Desde ese momento, Luis Cordavias Pascual se convirtió en funcionario del Estado y comenzó una carrera administrativa no muy brillante, en 1901 fue ascendido a oficial de quinta clase de la Intervención de Hacienda de Guadalajara, que se tradujo en penurias económicas que muchas veces denunciaba, siempre sin aspereza, en sus artículos periodísticos. Durante el primer tercio del siglo XX se desarrolló un movimiento asociativo de los funcionarios, que tuvo en los cuerpos de Telégrafos y Hacienda a sus segmentos más activos. Luis Cordavias asistió a distintas reuniones y asambleas, aunque nunca se destacó en las distintas organizaciones corporativas y sindicales que se acogieron a los funcionarios más reivindicativos.
En las primeras semanas de la Guerra Civil se decretó la separación del servicio de algunos funcionarios que se habían opuesto públicamente a la República; entre ellos estaba Luis Cordavias, que después de casi cuarenta años de servicio había ascendido a Jefe de Negociado de Primera Clase, al que se declaró cesante y que fue desterrado a Pastrana durante todo el conflicto bélico. Concluida la guerra, y a pesar de sus estrechos lazos con el nuevo régimen franquista, fue readmitido como funcionario pero no recuperó su puesto en Guadalajara y fue destinado a Madrid, donde se jubiló el 12 de enero de 1943 al cumplir los setenta años de edad.

Su actividad cultural
Tuvo un protagonismo muy destacado en la vida social de Guadalajara, emprendiendo o colaborando con muchas iniciativas y aunque sería muy difícil enumerar todas ellas, podemos destacar algunas que nos parecen más significativas. Desde muy joven fue gran aficionado al teatro, como la mayoría de componentes del núcleo socialista inicial y sus familias; no es de extrañar, por lo tanto, que en 1890 figurase como actor aficionado en el Liceo Artístico, junto con sus hermanas. En su madurez, fue delegado provincial de la Asociación de Escritores y Artistas.
Perteneció durante muchos años a la Comisión Provincial de Monumentos, que aunque no fue muy activa no dejaba de estar animada por los mejores sentimientos en la defensa del patrimonio de la provincia alcarreña. Las instituciones del Estado le prestaron tan poco aliento que, tras varios fallecimientos, en 1928 la Comisión había quedado reducida a un sólo miembro: Luis Cordavias. Sus desvelos fueron debidamente reconocidos, pues en 1922 fue elegido académico correspondiente de la de Bellas Artes de San Fernando, ingresando con un discurso sobre “El monasterio de Lupiana”. También fue admitido en la Academia de Ciencias Históricas y Bellas Artes de Toledo.
En 1902 formó en la Junta establecida por los Ayuntamientos de Guadalajara y Alcalá de Henares para ampliar el Canal del Henares, imprescindible para el desarrollo agrícola de la comarca, y ese mismo año se integró en la Junta local encargada de ayudar a que se erigiese un monumento nacional a Emilio Castelar. Además, fue socio de la Sociedad Española de Excursiones y uno de los promotores de sociedad Amigos de la Música, a la que algunos llamaban “Amigos del sopor” por su afición a las obras clásicas, de las que se ofrecían regularmente conciertos en el Casino.
Cultivo otras aficiones, algunas sorprendentes; durante ocho años perteneció a la Junta Directiva provincial del Tiro Nacional, una asociación que fomentaba la práctica del tiro deportivo con armas de fuego y que en Guadalajara tenía muchos seguidores, incluso en las clases populares; entre 1905 y 1915 fue reelegido en varias ocasiones para ocupar distintos cargos directivos. En 1918 formó parte de la Junta Directiva de la Cámara de Comercio provincial y simultaneó esta actividad con la promoción de la Cruz Roja en Guadalajara, que tuvo un arranque muy difícil. En 1909 el médico Ángel Campos se había quedado solo como delegado provincial, y animó a otros convecinos a formar una Junta, en la que Luis Cordavias ocupaba el cargo de Secretario.
En 1895 se hizo socio del Ateneo Escolar Caracense y fue asiduo del Casino de Guadalajara, a cuya Junta Directiva perteneció en varias ocasiones, acabada la Guerra Civil presidió una comisión de antiguos socios que convocó a los miembros supervivientes de la entidad a una asamblea que se celebró el 29 de julio de 1939 con el objetivo de reconstruir la sociedad y dotarla de una nueva sede social, ante la completa destrucción de la que tenían. Poco después, la comisión gestora se convirtió en Junta Directiva, pasando Luis Cordavias a ocupar la vicepresidencia, y se adquirió la casa contigua al derruido edificio del antiguo Casino para levantar unas nuevas instalaciones, como así se hizo.

Sus últimos años
A partir del 1 de abril de 1939, con la ocupación por las tropas franquistas de todo el territorio nacional, la vida y personalidad de Luis Cordavias sufrieron un cambio muy notable. El cierre de Flores y Abejas, que no pudo volver a editarse ante la escasez de recursos económicos y materiales y la competencia desleal de Nueva Alcarria, redujo notablemente su actividad periodística. Pero, aunque fuese con menos frecuencia, mientras vivió no escasearon sus artículos en las páginas de Nueva Alcarria. Pero el escritor superficial, divertido y de versificación sencilla dejó paso a un hombre resentido que publicaba artículos llenos de rencor y deseos de venganza que invitaban a la delación y a la feroz persecución de sus enemigos políticos.
Perdido el culto a la verdad, llegó a acusar a los “rojos” de la destrucción del Palacio del Infantado que fue resultado de un bombardeo de la aviación franquista de la que tuvo conocimiento directo, sus textos están impregnados de esa intolerancia ideológica que siempre intentó que no tuviese eco en Flores y Abejas. Sólo en algunas ocasiones se publicaron algunos artículos en los que recordaba su niñez y nos hablaba de la Guadalajara de mediados del siglo XIX, destacando el que publicó relatando la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 en la ciudad arriacense.
El 6 de diciembre de 1946, mientras se encontraba de visita en Madrid, se sintió repentinamente indispuesto en la habitación de la pensión en la que se alojaba y falleció. Trasladado su cadáver a Guadalajara, el día 9 de diciembre fue enterrado en el Cementerio de la capital alcarreña, en la que siempre había vivido. No faltaron los homenajes y necrológicas laudatorias en las páginas de la prensa provincial.
El 23 de marzo de 1949 el pleno municipal de Guadalajara aprobó una propuesta, avalada por un informe del Cronista Provincial Francisco Layna Serrano, para bautizar con nuevos nombres a doce calles de la ciudad, y una de las sancionadas fue la de “Periodista Luis Cordavias”, nombre que lleva desde entonces una de las vías del centro de la capital.

Sus publicaciones
Además de los incontables artículos que escribió a lo largo de más de medio siglo, también dio a la imprenta un puñado de libros de temática muy variada. En 1893 publicó, en colaboración con Alfonso Martín, una galería de retratos de personajes coetáneos de Guadalajara que llevaba por título Retratos al vuelo y que se editó en la Imprenta Provincial; la obra mereció breves reseñas en la prensa madrileña: Madrid Cómico, La Gran Vía... De esos años es también el librito ¡No nos ha visto Dios!, un pequeño poema “versificado con corrección y soltura” según los críticos de su tiempo.
Fue también autor de un libro de cuentos, De mi pluma, de otros textos breves y de carácter cómico como Rosas y estrellas, Los aprensivos y ¡Seis novios en una tarde!, y de una revista escrita con Alfonso Martín Manzano, Guadalajara cómica, que se representó a beneficio del Ateneo Obrero. Otros libros suyos fueron La jota. Elogio en verso, del año 1912, Pisto alcarreño, una comedia que organizada por la Doctrina Cristiana se representó en Guadalajara “en beneficio de los niños menesterosos”, o La reina de los mayos, una zarzuela en un acto y tres cuadros escrita en colaboración con Alfonso Martín Manzano y Antonio Velasco, redactor de Flores y Abejas.
De mucho más interés son sus obras de investigación y divulgación histórica como La monja de las llagas. Vida de Sor Patrocinio, cuya primera edición salió de imprenta en 1917, El monasterio de Lupiana. Antecedentes para su historia, de 1922, El Cardenal Cisneros, editado en 1927, y la Guía arqueológica y de turismo de la provincia de Guadalajara, escrita con Julián García Sainz de Baranda en 1929.
También colaboró en la obra colectiva El erudito español D. Manuel Serrano y Sanz (1866-1932), dirigida por Francisco Layna Serrano y dedicada a ese notable historiador y Cronista Provincial de Guadalajara. En 1905 escribió una “coletilla” para Plumas alcarreñas, una obra de su amigo Alfonso Martín Manzano, y en 1929 redactó el prólogo para el libro Un viaje a Oriente de Isidro Taberné.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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