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lunes, 17 de marzo de 2014

JULIO JUAN Y BLANQUER

JUAN Y BLANQUER, Julio
[Madrid, 20 de diciembre de 1874 / ]

Nació en Madrid el 20 de diciembre de 1874. Fue alumno de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid, entre los años 1889 y 1895, obteniendo la licenciatura en Ciencias Físico-Matemáticas y alcanzando el grado de Doctor.
Ingresó por oposición en el Cuerpo de Profesores de Instituto con fecha de 3 de abril de 1903, obteniendo su primer destino como profesor de Matemáticas en la ciudad de Pontevedra. Con fecha del día 13 de marzo de 1904 se publicó una Real Orden trasladándole a la Cátedra de Matemáticas del Instituto de Segovia, y allí fue director de la estación meteorológica de la capital castellana, además de asiduo contertulio en los cenáculos sociales y literarios segovianos. También publicó en marzo de 1912, en la Imprenta y Librería de Antonio Martín en Segovia, un original estuche que contenía un librito con las tablas de logaritmos y antilogaritmos de los números, una carpeta con las tablas de logaritmos de senos y cosenos, de tangentes y cotangentes y, por último, sendos libritos con la explicación de las tablas de logaritmos y el programa acdémico de álgebra y trigonometría.
Pasó después por los Institutos de segunda enseñanza de Valencia, San Isidro de Madrid y, finalmente, de Guadalajara, mientras ascendía en el escalafón. Al mismo tiempo, formó parte de los tribunales designados para juzgar las oposiciones a distintas Cátedras de Matemáticas vacantes, como por ejemplo las de los Institutos de Baeza y Mahón.
En marzo de 1927 el claustro le propuso para que fuese nombrado director del Instituto, y pocos días después se recibió en el Instituto el nombramiento. Como director, pasó a pertenecer, como vocal nato, a la Comisión Provincial de Monumentos, de la que también formaba parte el profesor Gabriel María Vergara Martín, asistiendo por primera vez a la reunión que celebró la citada comisión ese mismo mes de marzo. Del mismo modo, se integró en la Junta Provincial de Instrucción Pública.
Aunque Julio Juan y Blanquer se había afiliado a Unión Patriótica, el partido del general Miguel Primo de Rivera, durante la Dictadura y la había apoyado públicamente, después de que se proclamase la Segunda República, el nuevo gabinete de la conjunción republicano-socialista le confirmó en su puesto como director del Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara mediante un Decreto de junio de 1931. En los agitados años de la República supo conservar al Instituto de Guadalajara al margen de las enconadas luchas sociales y políticas del momento, de lo que son buena prueba los elogios que recibe del diario monárquico ABC, en su edición de Sevilla, en un reportaje sobre el centro educativo alcarreño en el que menciona expresamente “su interés y constante celo”.
Con posterioridad a las jornadas de julio de 1936, y una vez sofocado por las tropas leales y las milicias obreras el golpe faccioso, el nuevo gobierno republicano le mantuvo al frente del Instituto de Guadalajara, a pesar de ser conocido su pasado militante en la Unión Patriótica y de que había merecido la confianza de los gabinetes radical-cedistas, aunque como concesión a la nueva etapa que se abría recibió el título de Comisario-Director del Instituto.
 Julio Juan y Blanquer y el resto del claustro de profesores del Instituto de Segovia en 1908

Su principal objetivo en esos difíciles meses fue conservar abierto el centro y continuar con la vida académica habitual. Lo consiguió durante un tiempo, e incluso fue capaz de organizar en 1937 diversos actos de homenaje con motivo de la celebración del primer centenario del Instituto de Guadalajara, entre los que de sobresale con justicia el breve estudio histórico de sus profesores y alumnos que se editó con la firma del profesor Gabriel María Vergara Martín.
Entre las acusaciones que se le hicieron una vez acabada la Guerra Civil, quizás la más grave fuese la de haber denunciado a sus compañeros del claustro que simpatizaban con las derechas, uno de los cuales fue fusilado. Aunque no puede negarse que realizó y entregó ese informe, fechado el 9 de agosto de 1936, que le había sido solicitado, Julio Juan y Blanquer aducía que sólo había señalado a aquellos profesores cuyas posiciones ideológicas eran sobradamente conocidas y la mayoría de ellos siguieron dando sus clases con normalidad y uno de ellos estuvo acogido en unas habitaciones habilitadas en el propio Instituto.

Su expediente de depuración
Nada más terminar la Guerra Civil fue detenido y encausado en dos ocasiones y condenado a penas de cárcel que cumplió en la Prisión Central de Guadalajara, hasta que se declaro extinguida su pena, que redujo por el trabajo, mediante un Decreto del 24 de abril de 1940. Al salir de la cárcel, se presentó inmediatamente en el Instituto con la pretensión de volver a ocupar su plaza, por lo que el entonces director, Adolfo Gómez Cordobés, solicitó instrucciones a la autoridad gubernativa, lo que seguramente aceleró la resolución definitiva de su expediente de depuración por la comisión correspondiente, que el 18 de enero de 1940, y por unanimidad, ya había acordado su expulsión de la carrera docente, decisión que Julio Juan y Blanquer solicitó que se revisase al salir de prisión. El 21 de mayo de 1940 se resolvió su expediente y la comisión aprobó rechazar sus alegaciones, entre las que señalaba la de “no quedarse sin comer”, y apartarle definitivamente del servicio.
Se le acusaba de la elaboración del informe reseñado, de haber estado afiliado a Izquierda Republicana y a FETE-UGT durante el conflicto bélico y de vivir en el pabellón del Instituto con una mujer con la que no estaba casado. De nada sirvieron los avales que firmaron la práctica totalidad del personal del centro, con la significativa excepción del oficial administrativo Salvador Embid Villaverde, al que no había señalado como derechista. Más vergonzosa es la actitud del profesor Adolfo Gómez Cordobés, al que avaló su actuación durante la Guerra y que no fue molestado a pesar de sus conocidas simpatías por los golpistas, pero que en la comisión de depuración, de la que formaba parte, votó a favor de su separación del servicio, conociendo la edad y circunstancias de Julio Juan y Blanquer.
A causa de su lamentable situación decidió abandonar tierras alcarreñas y marchó a la ciudad de Santander, donde pasó a residir en un piso del número 6 de la Avenida de los Infantes, teniendo que impartir clases en el Colegio Academia Juanes para poder ganarse la vida, a pesar de su avanzada edad, pues estaba a punto de cumplir los 70 años, tiempo reglamentario para su jubilación si no hubiese sido expulsado de la carrera docente.
En el mes de julio de 1947 solicitó de nuevo que se revisase su expediente de depuración. Aportaba nuevos testimonios en su favor de Joaquín Sánchez Losada, delegado de Educación Nacional y decano del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias y Filosofía y Letras de Santander, que declaraba que había “observado intachable conducta profesional, política y religiosa”; de Gonzalo Odriozola Díaz, director del Liceo Menéndez Pelayo santanderino, que mostraba su “convicción de su sincera religiosidad, de su sano patriotismo y desconociendo en él ninguna actividad política”; de Rogelio Leal Antolín, director del Colegio Academia Juanes, de Pablo de Pablos Duque, canónigo de la catedral de Santander y que coincidió con él cuando fue profesor de Religión en el Instituto de Segovia, y de Gabriel Palomero Díaz, canónigo lectoral de la capital cántabra, estos dos últimos con el visto bueno del vicario.
A pesar de que por su edad la revisión favorable del expediente sólo tendría efectos sobre su jubilación y que no volvería a dar clase, a pesar de estos avales, y a pesar de que alguien había añadido a mano en el escrito remitido al juez la frase “que lo estudien con interés”, la comisión decidió no resolver positivamente el expediente y mantener la sanción.
En una prueba de crueldad teñida de sarcasmo, en diciembre de 1951, el ministro de Educación y Ciencia, Joaquín Ruiz-Giménez Aguilar, presidió un acto de homenaje a los catedráticos de Instituto y uno de los obsequiados era Julio Juan y Blanquer.
JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 14 de marzo de 2014

JUAN SOL Y ORTEGA

SOL Y ORTEGA, Juan
[Reus, 2 de diciembre de 1849 / Barcelona, 20 de agosto de 1913]

Juan Sol y Ortega nació en la localidad tarraconense de Reus el día 2 de diciembre de 1849 y falleció en Barcelona, a causa de un ataque al corazón, a las once y media de la noche del 20 de agosto de 1913.
Después de cursar los estudios de primera y segunda enseñanza, se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, donde alcanzó el grado de Licenciado. Se inscribió en los Colegios de Abogados de Barcelona y de Madrid, aunque el ejercicio de la abogacía nunca fue su principal ocupación; sin embargo, actuó como letrado en algunos casos que tuvieron amplia repercusión social, como la defensa de los anarquistas de Cullera en 1912, y perteneció a la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

Su acción política
Sintió temprana vocación por la acción política, que siempre llevó a cabo en las filas del republicanismo. Durante la Restauración, y desde un primer momento, militó en la corriente progresista que lideraba Manuel Ruiz Zorrilla desde su exilio parisino, y formó parte de su Comité Central. Ni el posterior acatamiento de la monarquía por algunos de sus compañeros de partido, como Cristino Martos o José Canalejas, ni la deserción de la facción posibilista de Emilio Castelar, que se integró en el Partido Fusionista Liberal, consiguieron mermar su lealtad a la República.
Sol y Ortega, en palabras de Tomás Maestre, “simboliza el clásico republicanismo español; es el año 1873, que aspira, pertinaz e inflexible, a continuar la Historia de España”. Por eso, no es de extrañar que mantuviese una marcada independencia política, y que siempre fuese más leal al viejo ideario republicano que a los grupos políticos en los que militó.
Afiliado al Partido Republicano Progresista, después de la muerte de Ruiz Zorrilla no dudó en incorporarse a Unión Republicana con Nicolás Salmerón, pero en 1907 se mostró contrario a la integración en Solidaridad Catalana, una alianza de todas las corrientes ideológicas que reconocían la personalidad política de Cataluña y que abarcaba desde los carlistas hasta los republicanos federales. A pesar de ser catalán y de que al bloque solidario se sumaron la mayoría de los republicanos, Juan Sol y Ortega se adhirió al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, enfrentándose a Nicolás Salmerón y a sus antiguos compañeros de filas.
Participó en distintas campañas políticas, en las que destacó como orador brillante y polemista temible: en 1899 contra el gobierno de Francisco Silvela, después de la pérdida de nuestra últimas colonias ultramarinas; en la primavera de 1909, junto con Benito Pérez Galdós, denunciando irregularidades en la administración del madrileño Canal de Isabel II en la llamada “campaña de la moralidad”; en el otoño de ese mismo año, en la censura al gabinete de Antonio Maura por la sangrienta represión de la Semana Trágica barcelonesa, encabezando en Madrid una multitudinaria manifestación con Benito Pérez Galdós, Rodrigo Soriano y Pablo Iglesias, que por primera vez concurría con los republicanos…
Precisamente, la Audiencia Territorial de Barcelona emitió un suplicatorio al Senado para juzgarle por la jurisdicción especial de guerra, por haber sido procesado en la causa que se seguía por el incendio del colegio de los Padres Jesuitas en la barcelonesa calle de Caspe durante la Semana Trágica, aunque poco después se le eximió de toda responsabilidad y participación en los hechos. Y lo mismo sucedió con dos procesos por delitos de opinión a raíz de sus palabras en un mitin y en la prensa durante esas jornadas revolucionarias, investigaciones judiciales de las que el diario ABC informó tendenciosamente para desprestigiarle.

Su actividad parlamentaria
En la Restauración, los grupos opuestos a la dinastía quedaron al margen de la participación política hasta el año 1881, pero él casi desde el principio formó parte de las instituciones monárquicas en representación de los republicanos barceloneses. Fue elegido concejal del Ayuntamiento de la Ciudad Condal en 1885 y reelegido en 1896, y ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados por esa misma circunscripción en los comicios de 1893, 1898, 1899, 1907 y 1910.
Concurrió por primera vez a las elecciones celebradas el 5 de marzo de 1893, resultando elegido por un escaso margen de papeletas y sentándose en la Cámara Baja hasta el final de la legislatura, en julio de 1895. Volvió a conseguir el acta en los procesos electorales convocados para el 27 de marzo de 1898 y el 14 de abril de 1899, legislatura esta última que terminó el 24 de abril de 1901. En las siguientes elecciones legislativas, celebradas en 1901 y 1903, fue derrotado por la Lliga Regionalista y se quedó sin escaño.
El 5 de mayo de 1907 fue elegido senador por la provincia de Guadalajara; su elección fue resultado de un pacto entre las tres principales fuerzas políticas con presencia en tierras alcarreñas, que se repartieron amistosamente los escaños. Fueron elegidos el liberal Álvaro de Figueroa, que consiguió 407 votos; el republicano Juan Sol y Ortega y el conservador José María Sanz Albornoz, que obtuvieron 350 papeletas cada uno. Su elección, se debía tanto al amplio respaldo electoral de los republicanos guadalajareños como a la necesidad de Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, de ganarse el apoyo de los republicanos para salvaguardar la hegemonía política que disfrutaba en la provincia y que en 1907 se veía amenazada por el gobierno que presidía el conservador Antonio Maura.
Al margen de las circunstancias de su elección, Sol y Ortega se interesó realmente por los problemas y las aspiraciones de los guadalajareños. En una ocasión hizo de intermediario para que se aceptase por el gobierno una petición del cura párroco de Tórtola y se le asignasen 5.000 pesetas para la reparación de la iglesia del pueblo. Finalmente, sólo se consignaron 2.500 pesetas, pero hubo muchos rumores y algunas críticas maledicentes hacia el párroco, por haber solicitado la intermediación de un republicano.
Pero su paso por la Cámara Alta se vio trastornado por la elección parcial que hubo que convocar el 13 de diciembre de 1908 en el distrito de Barcelona a causa de haberse cumplido el plazo reglamentario sin que presentase su credencial el diputado electo Francesc Maciá Llusá, entonces teniente coronel del ejército y, más tarde, primer presidente de la restaurada Generalitat de Catalunya. Completado el nuevo proceso electoral, Juan Sol y Ortega ocupó el escaño en disputa, debilitando de ese modo a Solidaridad Catalana que había ganado por amplísima mayoría los comicios en abril de 1907. Se incorporó al Congreso el 16 de febrero de 1909 y permaneció en su puesto hasta el cierre de la legislatura, en abril de 1910. En las elecciones celebradas en mayo de ese año ganó tres actas de diputado, por los distritos de Barcelona, Santa Cruz de Tenerife y Málaga. En el sorteo celebrado en la Cámara Baja, le correspondió la representación por la ciudad de Málaga, siendo sustituido en el escaño de la ciudad canaria por Alfredo Vicenti Rey.
En el momento de su muerte era diputado por Málaga y aunque para ABC, según publicó al dar la noticia de su fallecimiento, era “una de las personalidades más salientes de la extrema izquierda española”, esta adscripción tan inexacta como gratuita decía más de la posición política del diario monárquico que del ideario del Juan Sol y Ortega.
Después de su muerte, se puso su nombre a algunas calles de ciudades catalanas, como por ejemplo Cornellá de Llobregat.
JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 10 de marzo de 2014

JUAN DIGES ANTÓN

DIGES ANTÓN, Juan
[Guadalajara, 27 de diciembre de 1855 – 28 de diciembre de 1925]

Juan Diges Antón nació en Guadalajara el 27 de diciembre de 1855 y falleció en la misma ciudad el día 28 de diciembre de 1925, al día siguiente de cumplir setenta años de edad. Formaba parte de una familia numerosa con sus hermanos José, que se casó con Amparo López Moya, María, casada con Pedro Pérez Caja, Cándido y Manuel, que contrajo matrimonio con Encarnación López Moya y fue alcalde de la ciudad arriacense.
Estuvo casado con Rosa de Lucas, que falleció en Guadalajara el día 15 de octubre de 1913, y residieron en el número 8 de la calle Antonio del Rincón y en el número 17 de la calle del Amparo, siempre en Guadalajara. Tuvo una descendencia numerosa pero desgraciada; cuatro de sus hijos (Víctor, los gemelos Francisco y José y Luciano) fallecieron antes de llegar a la edad adulta; él mismo escribía en la revista del Ateneo que “después de las desgracias con que Dios se ha servido probarme, llevándose la mayor parte de mis hijos, continúo con mi interrumpida tarea de bibliotecario”.
Otros tres crecieron y salieron adelante; Saturnina Diges Lucas estuvo casada con Marceliano Pascual y falleció en Guadalajara el 24 de febrero de 1924. Su hijo Santiago aprobó los estudios en la Escuela de Ayundantes de Obras Públicas, para seguir la misma carrera profesional de su padre y casó con Margarita Villalba. Alejandro, aficionado como su padre al dibujo, fue aceptado como profesor Auxiliar de Dibujo sin sueldo en la Escuela de Artes y Oficios municipal que abrió sus puertas en Guadalajara en 1922.
En 1876 concluyó sus estudios de Magisterio en la Escuela Normal de Guadalajara, aunque no ejerció como maestro y entró a trabajar como delineante, primero en la Comandancia y Talleres de Ingenieros militares de la capital alcarreña y, después de aprobar unas duras oposiciones, como funcionario del Cuerpo de Sobrestantes de Obras Públicas, obteniendo destino en la Jefatura provincial de Guadalajara, permaneciendo en el mismo centro de trabajo durante el resto de su carrera profesional, que no fue muy próspera, pues hasta mayo de 1922 no ascendió a Sobrestante de tercera clase, medio año antes de su jubilación en enero de 1923.

Su defensa del patrimonio
Pero Juan Diges Antón destacó, sobre todo, por ser uno de los más eruditos conocedores y más activos defensores del patrimonio artístico y cultural de la capital alcarreña. Sería una tarea abrumadora hacer una simple relación de todas las campañas que, a través de la prensa y de cuantos medios estaban a su alcance, emprendió para salvar de la ruina y la destrucción los monumentos de mérito y los restos históricos de Guadalajara.
Aunque, si hubiese que destacar alguna, ésta sería sin duda la defensa de la Capilla de Luis de Lucena o de los Urbinas, último vestigio de la antigua y derruida iglesia mudéjar de San Miguel del Monte, cuyos solar fue adquirido por su familia. En 1918, siendo secretario de la Comisión Provincial de Monumentos, escribió al conde de Romanones, un intercambio de misivas que se recogió en la prensa, para pedirle que salvase al edificio de la ruina y con el propósito instalar allí un Museo, “de que tan necesitado se halla esta población”.
Fue, durante muchos años, vocal de la Comisión Provincial de Monumentos, que sólo pudo desarrollar una actividad intermitente, constantemente interrumpida por el menguado apoyo de las instituciones políticas y por la falta de miembros activos y comprometidos, quedando en muchas ocasiones Juan Diges Antón como su único vocal en ejercicio.
Sus investigaciones históricas se tradujeron en algunos libros de mérito. Con Manuel Sagredo Martín participó en el concurso convocado en 1888 por el Ateneo Caracense y Centro Volapükista español de Guadalajara para galardonar obras de carácter histórico sobre la provincia, obteniendo el primer premio con su Biografía de hijos ilustres de la provincia de Guadalajara, un trabajo animado por el espíritu que se recogía en la propia obra: “Reconocemos nosotros que estas biografías nuestras, aunque cortas ó incompletas, son convenientes hasta tanto que otra persona venga á escribirlas con la debida extensión y como la importancia de algunos de los personajes lo merece, porque queda consignado en el papel, mejor ó peor ordenado, lo que se halla esparcido en diferentes sitios, difícil de consultar, y lo que se halla en la memoria de las gentes que, conservado por la tradición, llega más o menos tarde a borrarse o a extinguirse por completo”. El libro fue publicado al año siguiente, con un prólogo laudatorio del doctor Miguel Mayoral Medina, en la Tipografía y Encuadernación Provincial de Guadalajara.
En 1917 se imprimió en los talleres gráficos de la Casa de Expósitos de Guadalajara su Resumen histórico del convento de monjas clarisas de Guadalajara, un librito de casi un centenar de páginas cuyo título no hace justicia al interés de la obra, que más que un resumen es una completa investigación artística e historiográfica sobre este cenobio; además, el libro se abría con una emocionada dedicatoria del autor a su esposa, que había fallecido poco antes.
Esta labor fue merecidamente reconocida, siendo nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.

Su actividad cultural
En 1880 fue uno de los socios fundadores del Ateneo Escolar Caracense y allí desplegó su reconocida laboriosidad, dirigiendo su Revista en 1881. En 1887 esta sociedad se fusionó con el Centro Volapukista Español, siendo nombrado Juan Diges presidente de la Sección del Ateneo mientras que su hermano José era elegido Tesorero general en una Junta que presidía Francisco Fernández Iparraguirre y que tenía a José Julio de la Fuente como uno de sus presidentes honoríficos. Después, formó parte de nuevos equipos directivos del Ateneo y en 1896 volvió a ser el responsable de su Revista. En 1890 recibió uno de los premios de los Juegos Florales organizados por el Ateneo.
También colaboró en 1891 en la fundación del Ateneo Instructivo del Obrero, a cuya Junta Directiva perteneció en alguna ocasión, obteniendo como reconocimiento a sus desvelos el título de Socio Meritísimo, concedido por sus afiliados como prueba de agradecimiento por impartir clases nocturnas a los trabajadores asociados.
En 1890 fundó, con su inseparable compañero Manuel Sagredo, La Revista Popular, que fue la primera publicación periódica ilustrada que salió de la imprenta en la provincia de Guadalajara. Sin embargo, lo escaso de sus recursos y el restringido apoyo que encontraron, forzaron el cierre prematuro de la revista, según él mismo declaraba públicamente.
No volvió a formar parte de la redacción de ningún otro periódico de la provincia, pero se pueden encontrar sus trabajos en prácticamente todas las cabeceras periodísticas que se publicaron en tierras alcarreñas en esos años, destacando por su frecuencia sus artículos en Flores y Abejas, a menudo ilustrados con sus detallados dibujos, y siendo de destacar sus apuntes de azulejos del Palacio del Infantado en un artículo publicado en la prestigiosa Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos.
Es buena prueba de su afición e interés por la prensa su folleto El periodismo en la provincia de Guadalajara, una meritoria obrita que se editó en 1902 en la imprenta de Felipe Pérez Cerrada y que fue durante más de un siglo la más completa obra de referencia sobre este tema, sólo teniendo que lamentarnos que no se conservasen muchas de las cabeceras que cita de primera mano y de las que guardaba ejemplares.
En 1890 dio a la imprenta su primera obra en solitario: la Guía de Guadalajara, un libro destinado a cubrir un hueco en la bibliografía provincial que estaba escrito al dictado de la utilidad y que buscaba la difusión de la capital alcarreña más allá de los límites provinciales. En el prólogo, explicaba que su libro era complementario de una Historia de la ciudad que estaba redactando Miguel Mayoral Medina, aunque la muerte prematura de éste dejó la investigación histórica inconclusa.
Otras obras dedicadas a dar a conocer y promocionar las tierras alcarreñas fueron Vías de comunicación de la provincia de Guadalajara, que se publicó en la tipografía de La Región en 1908, que ofrece una variadísima y riquísima información que excede con mucho lo que se anuncia en el título, y la Guía del turista en Guadalajara, escrita por encargo de la Junta Provincial de Turismo y publicada en 1914 en la tipografía de la Casa de Expósitos. Es ésta una obra de importancia capital para el conocimiento de la Guadalajara de la Restauración porque, además del texto siempre erudito y concienzudo de Juan Diges, se inserta un elevado número de fotografías que muestran lo moderno del proyecto, que recoge rutas turísticas por la capital y por distintos rincones de la provincia.

Su acción política
Aunque perteneció a algunos organismos públicos, como la citada Comisión Provincial de Monumentos o la Junta Local de Primera Enseñanza, siempre permaneció alejado de la lucha política a pesar del destacado protagonismo de sus hermanos José y, sobre todo, Manuel al frente del republicanismo federal alcarreño. Este distanciamiento no respondía, seguramente, a su falta de interés por la política sino a su voluntad de mantenerse en el terreno estrictamente cultural, aunque siempre salió públicamente en defensa de su hermano, bien con motivo de la restauración de las Casas Consistoriales de Guadalajara o bien para recordar una iniciativa de Manuel Diges para fundar una biblioteca municipal.
Sólo hemos encontrado una pista sobre sus inclinaciones ideológicas en la Guía de Guadalajara publicada en el año 1890, donde hace un repaso a los distintos partidos políticos de la ciudad y, después de resaltar la desorganización o escaso número del resto de los grupos, sostiene que “solamente D. Manuel González Hierro puede presentar lucida hueste, pues él solo capitanea 300 federales, aumentados todos los días con nuevos adeptos”.
Del mismo modo, quedó al margen de la acción reivindicativa profesional de los funcionarios, aunque se manifestó públicamente cuando el caso lo requería, como cuando firmó un escrito de los sobrestantes de Guadalajara relacionado con la carrera profesional de estos funcionarios.
JUAN PABLO CALERO DELSO