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sábado, 14 de octubre de 2017

FELIPE NIETO BENITO

NIETO BENITO, Felipe
[Burgo de Osma, 26 de mayo de 1831 / Madrid, 24 de septiembre de 1888]

Felipe Nieto y Benito nació en la villa de El Burgo de Osma, en la provincia de Soria, el día 26 de mayo de 1831. Era hijo de Miguel Nieto, que había nacido en el pueblo vallisoletano de Torrecilla de la Orden, y de Cecilia Benito, que vino al mundo en el pueblo burgalés de Salas de los Infantes. Su padre, oficial del ejército, había apoyado al pretendiente en la Primera Guerra Carlista, por lo que fue desterrado a Guadalajara, y con él llegó Felipe Nieto Benito a tierras alcarreñas.
Sabemos que permaneció soltero y que falleció en Madrid, donde vivía en el número 71 de la céntrica calle de Toledo, el 24 de septiembre de 1888 sin dejar más familia que su hermana Juana. Como destacaba la prensa, vio cumplida su voluntad de que “se le entierre civil y modestamente, sin intervención alguna de la autoridad eclesiástica ni del clero, y encarga a sus testamentarios que practiquen todos los actos y gestiones precisas a fin de dar cumplimiento a lo consignado [...] removiendo en caso necesario los obstáculos o dificultades que puedan presentar cualesquiera clase de personas, autoridades o corporaciones".
Su amigo Fernando Lozano Montes, en la necrológica que escribió en Las Dominicales del Libre Pensamiento, definía así su carácter: “Como el soldado marcha hacia la trinchera á la voz del jefe, sin volver la cabeza atrás, mirando solo o donde le llaman el honor y el deber, así ha marchado don Felipe Nieto por el mundo. Caballeroso, modesto, reflexivo, escondía bajo la apariencia severa del militar acostumbrado al mando, un tesoro de ideas y afectos. Allí, en aquel fondo, se tenía trazadas las líneas de una conducta inflexible y las ha seguido con resolución estoica”.

Su carrera militar
Siguió los pasos de su padre y se dedicó a la carrera de las armas. El 9 de marzo de 1849, poco antes de cumplir los dieciocho años, comenzó su servicio militar en el arma de Infantería; el 1 de agosto de ese mismo año ya era cabo 2º y el 1 de diciembre ascendió a cabo 1º. Quiso permanecer en el ejército, y el 2 de abril de 1850 alcanzó el grado de Sargento 2º, ascendiendo a Sargento 1º el 6 de octubre de 1852 por pasar a prestar servicio en Ultramar, donde participó en las campañas coloniales de Santo Domingo y de Cuba. El 20 de julio de 1854, y como consecuencia de un ascenso general aprobado con motivo del triunfo del pronunciamiento de los generales Leopoldo O’Donnell y Baldomero Espartero, ganó el grado de Subteniente, que se hizo efectivo el 28 de junio de 1855.
El 5 de abril de 1859 alcanzó el grado de teniente por antigüedad y el 18 de noviembre de 1863 ascendió a Capitán por méritos de guerra, mejora que se hizo efectivo el 29 de septiembre de 1868 por gracia general concedida por el nuevo gobierno después del triunfo de la Revolución Gloriosa. El 26 de junio de 1870 mereció el grado de Comandante por “servicios especiales”, que a su vez se hizo efectivo el 1 de junio de 1873 por permuta de la Cruz del Mérito militar con distintivo blanco que se le había concedido. El 23 de enero de 1878 el rey Alfonso XII contrajo matrimonio con su prima María de las Mercedes de Orleans, y como consecuencia de un decreto que celebraba el enlace, Felipe Nieto fue ascendido a Teniente Coronel.
Combatió con heroísmo en Ultramar, regresando a la Península al proclamarse la República, y en el frente del Norte, luchando contra los carlistas en la Tercera Guerra y, además de los ascensos reseñados, en 1881 se le concedió la Placa de la Orden de San Hermenegildo.
Su acción política
Ideológicamente, evolucionó desde sus raíces tradicionalistas familiares hasta unirse al republicanismo federal. El motor de esta evolución política fue su decidida oposición al integrismo católico y al oscurantismo religioso que había conocido de cerca en su propia familia. Felipe Nieto Benito se identificó muy estrechamente con el laicismo, tan hermanado con el republicanismo federal, y fue tan ardiente defensor del libre pensamiento como hostil antagonista del clericalismo. Fue así como forjó una gran amistad personal con Fernando Lozano Montes, oficial del ejército como él, que desde 1883 fue el codirector, con Ramón Chíes, de Las Dominicales del Libre Pensamiento, el semanario anticlerical más conocido de su tiempo junto a El Motín, de José Nakens.
Aunque no ocupó cargos representativos, sí dejó en la prensa públicas muestras de su adhesión al republicanismo federal, como cuando, con motivo de la terrible epidemia del cólera de 1885, Felipe Nieto apareció con su hermana Juana en la suscripción de Las Dominicales del Libre Pensamiento que encabezaba Nicolás Salmerón, o en 1888 firmando un manifiesto de apoyo al director del periódico federal Las Regiones. Y todavía pocos meses antes de morir continuaba como socio del Casino democrático-popular de Madrid, centro de reunión de los republicanos de la capital.

Establecimiento de la fundación
Dictó un testamento, firmado el 15 de junio de 1885 ante el notario madrileño Francisco Moragas, en el que declaraba que deseaba “conciliar los intereses particulares de su hermana [...] con los intereses generales de la humanidad, a la cual quiere ser útil en vida y en su muerte”, por lo que disponía que a su muerte se le entregase a su hermana Juana todo su mobiliario, alhajas y enseres, vendiéndose el resto de sus propiedades y que, una vez liquidadas sus deudas y pagado su entierro, se invirtiese todo el capital en títulos y valores de la Deuda Pública cuyas rentas fuesen disfrutadas de forma vitalicia por su hermana y, una vez fallecida, se destinasen a sostener una Escuela Laica para varones en Guadalajara. Su propósito era evidente: “No quiero que á los hijos de mi patria los eduquen los jesuitas, clérigos ni escolapios entre los terrores del infierno y el miedo á la muerte; quiero que sean hombres libres, dispuestos á combatir el mal doquiera se encuentre, y más en los días de prueba que van a llegar”.
Nombró albaceas testamentarios y patronos de la Fundación a Francisco Pi y Margall, Ramón Chíes Gómez y Fernando Lozano Montes, a los que facultaba para designar sucesores para la administración de la Fundación y estipulaba que en caso de que falleciesen sin designar nuevos patronos, el ayuntamiento arriacense les sustituiría en la gestión de su legado. Establecía que los albaceas podrían disponer del capital necesario para la instalación de la Escuela y que el resto de la herencia la destinarían, según su particular opinión, a “asegurar su perpetua existencia en forma de renta”. También quedaba a criterio de los albaceas establecer las normas de funcionamiento de la Escuela Laica y el nombramiento de los maestros que allí impartiesen clase.
La única condición que impuso Felipe Nieto para el funcionamiento de la escuela sostenida y gestionada por su Fundación fue que, en ningún momento y bajo ningún concepto, se impartiese educación religiosa en el mencionado centro escolar. Si en alguna ocasión las disposiciones legislativas del gobierno hiciesen obligatoria la enseñanza de la religión en las aulas y no pudiese salvarse este escollo normativo, Felipe Nieto dispuso que la Escuela Laica fuese cerrada y sus bienes destinados a la creación o mantenimiento de una Escuela de Artes y Oficios en la capital alcarreña, destino que también tendría su legado si el Gobierno la cerraba o la sometía a la Iglesia.
Apertura de la Escuela Laica de Guadalajara
Al fallecer Felipe Nieto, y según lo dispuesto en su testamento, los albaceas pusieron manos a la obra; en febrero de 1889 ya se habían trazado los planos de la nueva Escuela “a satisfacción de todas las exigencias de utilidad y belleza” y se preparó un viaje de Pi y Margall a Guadalajara para iniciar las obras. Sin embargo, como Juana Nieto Benito tuviese una precaria situación económica, resolvieron entregarla de forma vitalicia las rentas del capital y aguardar a que falleciese para cumplir la última voluntad expresada por su amigo.
Cuando llegó ese momento, en el año 1902, Fernando Lozano era el único albacea testamentario superviviente y decidió seguir adelante con las disposiciones de Felipe Nieto y fundar en Guadalajara una Escuela Laica. Afortunadamente, Fernando Lozano no era un lego en materia educativa ya que tenía una estrecha relación con Francisco Ferrer Guardia, pedagogo que había fundado en 1901 la Escuela Moderna de Barcelona y con el que asistió al Congreso de Librepensadores de Roma en 1900.
Fernando Lozano pretendía fundar una escuela en la que no se enseñase "otra doctrina que el amor a [los padres], al trabajo, a la moral más pura, a la ciencia, al arte y el respeto y consideración a los demás seres racionales. En la escuela en proyecto, los niños aprenderán a ser hombres, a estudiar en el taller y en el campo la naturaleza y la vida, a la vez que en las clases los universales conocimientos indispensables para abrirse paso en el camino de la ciencia", y afirmaba que "la escuela laica no es atea ni irreligiosa, es simplemente neutra, como lo son las Academias civiles y militares, como lo son las Universidades, y como lo eran los Institutos en tiempos de Cánovas y de los conservadores [...] en la escuela neutra no se enseña nada irreligioso, ni se molesta a nadie por sus creencias, ni se comete el bárbaro atropello de seducir y apartar del cariño y dirección religiosa de los padres, siempre sacratísimos".
Con este fin, Fernando Lozano adquirió en 1902 la Casa de los Belzas situada en el número 46 de la calle Barrionuevo baja de la capital alcarreña, con fachada a esa vía pero cuyas huertas se prolongaban hasta el Barranco del Alamín. En este mismo inmueble ya había existido anteriormente un centro de enseñanza, dirigido por León Fernández, en el que se impartía una educación que “se ajustará a los principios de nuestra Santa Religión, a las reglas de cortesanía y a los preceptos pedagógicos más autorizados”, llegando a ofrecerse instrucción militar a cargo del director del colegio.
Gracias a un anuncio publicado en la prensa local, podemos conocer como era el edificio que albergó a la Escuela. Estaba constituido por una casa de dos pisos, a los que había que sumar otra planta abuhardillada, equipados con cuarto de baño y una superficie de 270 metros cuadrados, que tenía dos alas anexas, con una extensión de 51 y 79 metros cuadrados respectivamente. A este bloque principal había que añadir un chalet suizo de dos plantas, y una superficie de ochenta metros cuadrados. Como explicaba León Fernández, “un edificio como éste y recibiendo por sus tres fachadas la luz directa del sol es de excelentes condiciones higiénicas tan necesarias en un centro de enseñanza”. A estos edificios se añadían dos invernaderos, uno de treinta metros de largo y tres de ancho con una fuente y depósito de agua y otro de forma ovalada con cuarenta y ocho metros de superficie con estufa y depósito de agua con cascada. Contaba además con un parterre de trescientos cuarenta metros cuadrados, un jardín cuya área ocupaba tres mil doscientos noventa y dos metros cuadrados, y una huerta contigua al jardín, que disponía de dos pozos de agua potable cedidos a perpetuidad por el ayuntamiento de Guadalajara.

Cierre de la Escuela y liquidación de la Fundación
La Escuela Laica siguió abierta incluso bajo la Dictadura de Primo de Rivera, cuando su continuidad corrió serio peligro por la inquina de los católicos, y vio su futuro despejado con la proclamación de la Segunda República, cuyo gobierno dictó una resolución para que fuese clasificada como “de beneficencia particular docente la denominada Escuela laica para varones, instituida por D. Felipe Nieto Benito en Guadalajara”.
Hasta que en 1936, cuando se preparaban las reformas necesarias en el edificio, fue destruido por la aviación franquista. Una vez terminada la Guerra Civil, ni las autoridades tuvieron ningún interés en mantener el legado de Felipe Nieto ni la legislación educativa vigente, dictada por el nacional-catolicismo, permitía que la Fundación cumpliese sus fines. Cuando llegó la Transición y un nuevo régimen constitucional se asentó en España, nadie tenía memoria de la Escuela Laica alcarreña, y en 1999 el Ayuntamiento de Guadalajara decidió disolver la Fundación más que centenaria, pasando los fondos que aún le quedaban a las arcas municipales.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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