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lunes, 24 de abril de 2017

MANUEL JUAN FERNÁNDEZ MANRIQUE

FERNÁNDEZ MANRIQUE, Manuel Juan
[Condemios de Arriba, 1828 / Madrid, noviembre de 1861]

Manuel Juan Fernández Manrique nació en 1828 en el pueblo de Condemios de Arriba, al norte de la provincia de Guadalajara, y falleció en Madrid en noviembre de 1861. Su familia era una de las más ilustres de su comarca natal y ocupó diversos cargos institucionales de importancia durante las primeras décadas del siglo XIX; con el mismo nombre y apellidos hubo un canónigo que en 1813 fue diputado a Cortes por Guadalajara y miembro de la primera Diputación Provincial de Cuenca.
No era tan halagüeña la situación económica de su padre, Juan Pedro Fernández Manrique, que en 1845 se dirigió al Ayuntamiento de Atienza, donde residía, explicando que era “pública y notoria la escasez de recursos” que padecía, hasta el punto “de sufrir las mayores privaciones, siéndole imposible de modo alguno sostener el lugar y rango que por su familia le corresponde”, escenario lamentable que el alcalde atencino reconocía al informar en 1845 que, aunque pertenecía a una “de las familias principales y más distinguidas que ha habido” en Atienza, “por razón a las circunstancias, desde principios de siglo han venido tan a menos sus intereses y fortuna, que en la actualidad es un pobre como se titula, sin conocer otros recursos más para subsistir que la única casa en que habita”.

Sus estudios
Realizó sus primeros estudios en el Seminario conciliar de San Bartolomé de Sigüenza, donde estuvo matriculado desde 1837 hasta 1839 sin llegar a recibir las órdenes sacerdotales; este último año se instaló en Valladolid con el propósito de cursar allí la carrera de Derecho, aunque en 1840 se trasladó a Madrid para proseguir sus estudios en la Universidad Literaria de la capital del reino, pasando a residir en el número 3 de la Plaza de la Villa. Las privaciones de su familia dificultaron sus estudios superiores, y en la citada exposición al Ayuntamiento de Atienza, su padre se quejaba con amargura que llegaba “a tanto su penosa situación de no poder sostener la carrera de Jurisprudencia a su hijo único”, y que éste “para proporcionarse sus escasos alimentos y no verse precisado a abandonar la carrera, tiene que sujetarse a escribir en cualquier establecimiento y, por medio de un trabajo ímprobo, adquirir su más penosa subsistencia”.
A pesar de que sabemos que algunas veces no pudo afrontar los gastos de la matrícula universitaria antes de su vencimiento y que en otras ocasiones tuvo que realizarlo abonándolo en varios plazos, finalmente obtuvo el grado de Bachiller en Leyes en noviembre de 1845 y se licenció en Derecho el 11 de julio de 1846, habiendo obtenido nota de sobresaliente en todos los cursos. Una vez terminados sus estudios, ejerció como abogado en Madrid hasta su fallecimiento.

Su actividad política
Siendo aún muy joven sintió inclinación por la escritura y en 1844 publicó el primer volumen de Cristina. Una historia contemporánea, una obra que estaba dedicada a la antigua regente y madre de Isabel II, la reina María Cristina de Borbón. Al año siguiente vio la luz un segundo tomo, ambos editados por la Sociedad Literaria de Madrid en la imprenta que en la calle San Roque tenía Wenceslao Ayguals de Izco, un literato hoy poco apreciado pero que con su novela María o la hija de un jornalero inauguró en 1845 la literatura social contemporánea en lengua castellana.
La extensa biografía de la Reina Regente, de la que Manuel Juan Fernández Manrique era autor, se publicó en un momento afortunado, que otros considerarán oportunista, pocos meses después de que en 1843, tras la caída del general Baldomero Espartero, los moderados iniciasen una larga etapa de gobierno bajo el liderazgo del general Ramón María de Narváez, que permitió que María Cristina de Borbón volviese de su exilio y recuperase la tutela efectiva, que no legal, de su hija, que juró la Constitución y comenzó su reinado efectivo el 23 de julio de 1843.
El autor, que no esconde su simpatía por la reina y su afinidad con el partido moderado, reconoce ese papel tutelar de la reina madre, y afirma que "la ilustre Princesa, cuya historia nos proponemos trazar, inauguró nuestra regeneración política; y combinando su existencia con la de esta última, la dio impulso, fomento, vida". Y aún añade más adelante: "María Cristina, lo repetimos, ha influido sobrado directamente en la suerte de nuestro país […] un nombre que ha presidido a los combates, alentado al noble y esforzado soldado para obtener inesperados triunfos; un nombre que se ha invocado en las grandes crisis, en las terribles conmociones que parecían tender a destruir los cimientos de una nación", un papel que estaba lejos de lo que se esperaba de un monarca constitucional, y mucho más si sólo era regente.
Más allá del éxito que le brindó la oportunidad política del momento, no debió de tener mucho éxito con esta primera obra, pues no volvió a publicar ningún otro libro de historia, aunque sabemos que comenzó una Historia militar de España en el siglo XIX, obra que dejó inacabada pero en la que trabajó varios años, pues llegó a solicitar y obtener del Ministerio de la Guerra que “se le faciliten los planos, memorias y noticias que necesite para la redacción de la obra [...] pero con la restricción de que esta gracia no sea extensiva á los planos y documentos que a juicio de los jefes de las expresadas dependencias tengan el carácter de reservados”, según una Circular que el citado Ministerio dirigió al Capitán General de Castilla la Nueva y que estaba fechada el 20 de octubre de 1852.
Mantuvo, sin embargo, una marcada afición por los asuntos políticos que canalizó a través de la prensa, colaborando activamente con diversos periódicos y revistas, entre las que destaca El Occidente, un reconocido portavoz del partido moderado del que era propietario Cipriano del Mazo y de cuya redacción formó parte Manuel Fernández Manrique, junto a otros personajes destacados como Luis González Bravo, hasta que tuvo que abandonar temporalmente la capital del reino para cuidar de su delicada salud.
Restablecido de su enfermedad, siguió vinculado a la prensa moderada, y podemos encontrar artículos suyos en varias publicaciones, entre las que destaca el diario La Época, uno de los más importantes de su época. También lo hizo como abogado, y por eso en 1858 ejerció como representante de Dionisio López Roberts, director de El Diario Español, en su demanda contra Manuel Franco, editor del periódico absolutista La Regeneración, consiguiendo para su representado las explicaciones públicas suficientes para que el enfrentamiento entre uno y otro medio de comunicación no llegase a los tribunales.
Sin embargo, no parece que se viese tentado por la política institucional y no ocupó ningún cargo ni de representación ni administrativo, a pesar de su relación con el partido moderado, que gobernó el país durante tantos años. El único rastro que hemos encontrado de activismo político fue su firma junto a la del diputado alcarreño Manuel Ortiz de Pinedo y algunos políticos más en una petición de indulto para Nicolás Chapado, un guardia con una intachable hoja de servicios y condecorado en combate que fue condenado a muerte por enfrentarse a un sargento que le maltrataba; finalmente, el indulto de la reina llegó a tiempo.

Su obra como jurisconsulto
Manuel Juan Fernández Manrique destacó por ser el autor de dos importantes obras de carácter teórico y espíritu práctico: un Diccionario de Hacienda y, sobre todo, sus Elementos de Derecho Público Español, que se publicaron por entregas a partir de la primavera de 1847, con el propósito declarado de completar dos volúmenes con 20 ó 24 entregas, cada una de las cuales tendría 16 páginas y se vendería al económico precio de un real. La obra recibió generosos elogios en la prensa de su tiempo y, por ejemplo, El Eco del Comercio comentaba que “esta obra, cuya utilidad é importancia se manifiestan con la sola enunciación de su titulo, creemos la hará más recomendable á nuestros abogados la circunstancia de no haber en España, y principalmente en esta corte, otra original que abrace la multitud de principios que se han emitido por los jurisconsultos de más crédito y que discuta los inconvenientes de algunas opiniones que el progreso intelectual de esta época ha modificado. Todo esto, unido al buen concepto que su joven autor ha sabido adquirirse, hace esperar que la obra anunciada sea favorablemente recibida por el público”.
Esta buena opinión se mantuvo a lo largo del tiempo, y al año siguiente, con motivo de la publicación de una nueva entrega, se podía leer en El Espectador: por ahora nos limitaremos á decir que si el señor Manrique emplea en lo sucesivo el mismo criterio, la misma atención asidua y laboriosa que hasta aquí, no dudamos en asegurar que su obra alcanzará un porvenir brillante y dará un impulso necesario á los estudios sociales y políticos tan importantes como poco atendidos entre nosotros”. Un criterio que compartía El Popular, señalando que “en lo que va publicado de esta obra abundan las consideraciones filosóficas y se notan un estilo nervioso y didáctico y un método severo que facilita mucho la comprensión de las doctrinas”.
Sin embargo el ritmo de la edición de las diferentes entregas era tan lento que, más de un año después de su aparición, la obra estaba lejos de culminarse y ya se oían algunas quejas: Su lectura nos ha hecho concebir la esperanza de que esta clase de producciones se eleven en nuestro país á la altura á que han llegado en otros pueblos de Europa. ¡Mas al observar la lentitud con que el señor Manrique la imprime, podremos considerar muy dichosos á nuestros nietos si tienen la fortuna de alcanzar su conclusión!”, decía con ironía El Clamor Público.
En abril de 1859 dio a la imprenta su Diccionario de Hacienda, obra también por entregas con artículos dispuestos por orden alfabético en los que se trataba cada concepto desde una triple visión: doctrinal, histórica y preceptiva. Se abría con los correspondientes a “Acuñación de monedas” y “Administración de la Hacienda”, y quizás escarmentado por los retrasos en las entregas de sus Elementos de Derecho Público español, para el Diccionario de Hacienda se impuso un ritmo más constante, y cada mes salió de la imprenta una nueva entrega: la tercera en abril, la cuarta sobre la “Administración de Aduanas” en mayo, en junio la quinta entrega ese verano la sexta y séptima y en septiembre la octava, dedicada a los “Administradores de Hacienda”, y en octubre y noviembre la novena y décima entrega. Sin embargo su muerte prematura le impidió completar su obra.
También este Diccionario recibió generosos elogios en la prensa. En El Clamor Público se decía que su “utilidad es incontestable sí se tiene presente que se reúnen metódica y ordinariamente las numerosas disposiciones rentísticas que rigen cada uno de los ramos de hacienda”, y añadía que “este trabajo revela un profundo estudio, un criterio muy exacto en las materias económicas, y grande perseverancia en su autor para marcar el origen de cada asunto rentístico, y sus articulaciones en la escala del tiempo, siguiendo con observaciones atinadas las lagunas que alguna vez se advierten en nuestra historia y en nuestra legislación”, calificando el proyecto como “una verdadera enciclopedia de Hacienda”.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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