Licencia de uso y reprodución

El contenido de las biografías publicadas en este Diccionario Biográfico de la Guadalajara contemporánea es propiedad de sus autores, cuyo nombre aparece al pie de cada texto.
Los textos y las imágenes que los acompañan se publican en el blog bajo licencia Creative Commons, que autoriza a copiar y distribuir su contenido, con o sin modificaciones, para uso público o privado, siempre que no se use para fines comerciales y que se cite a los autores y la fuente de procedencia.
Archivo:CC-BY-NC-SA.png

lunes, 25 de abril de 2022

TOMÁS GÓMEZ MARTÍNEZ

GÓMEZ MARTÍNEZ, Tomás

[Palencia, 1839 / Guadalajara, 1 diciembre de 1892]

Tomás Gómez Martínez nació en la ciudad de Palencia en el año 1839, hijo de Manuel Gómez y Maximina Martínez, y falleció en Guadalajara el día 1 de diciembre de 1892, en su domicilio del número 7 de la calle de San Lázaro. Contrajo matrimonio con Cándida Vellisca González y tuvieron un hijo, Federico Gómez Vellisca, que permaneció soltero hasta su muerte, producida el 10 de marzo de 1901 cuando contaba 31 años.

Desde el punto de vista laboral, Tomás Gómez fue, seguramente a partir de 1865, tipógrafo en la imprenta de la familia Ruiz, establecida desde 1814 en la calle de San Lázaro de Guadalajara. Cuando en 1882 esta familia de impresores cerró su taller tipográfico, su maquinaria y enseres fueron adquiridos por Antero Concha, que ya tenía un modesto establecimiento dedicado sobre todo a confeccionar modelos de impresos para el Estado y particulares. El nuevo propietario pronto trasladó la imprenta al número 2 de la Plaza de San Esteban, en el edificio que había sido palacio del vizconde de Palazuelos, pero mantuvo a Tomás Gómez como regente, puesto en el que le sustituyó su hijo Federico, que también fue tipógrafo y que también murió siendo regente de la citada imprenta de Antero Concha.

Su actividad sindical

Aunque su trabajo como tipógrafo marcó profundamente su vida, tanto pública como privada, aún fue más trascendente su actividad política y sindical derivada de su labor profesional en la imprenta de la familia Ruiz, que fue durante décadas la única digna de tal nombre en la provincia y cuyos propietarios tenían desde siempre una evidente simpatía por los republicanos, Junto a ellos, Tomás Gómez se implicó en la vanguardia política, y sobre todo sindical, de la Guadalajara de su época.

El 29 de septiembre de 1868, con motivo de la Revolución Gloriosa que derrocó a Isabel II, Tomás Gómez acudió a la Casa Consistorial arriacense como uno de los comisionados del Partido Demócrata. Y cuando se rompió este partido, él se alineó con los republicanos; si en junio de 1870 era vocal del Comité Local Republicano de Guadalajara, que presidía el catedrático de Instituto de segunda enseñanza Hilarión Guerra, dos años después ya era el secretario del citado comité local. A pesar de la caída del régimen republicano, y de la consiguiente restauración monárquica, hasta su muerte siguió siendo fiel a sus ideales y era frecuente encontrarle participando en los banquetes que todos los 11 de febrero celebraban los republicanos de Guadalajara en conmemoración de la proclamación de la Primera República, También continuó ocupando puestos directivos en el partido federal, de hecho en 1886 era su presidente en la capital alcarreña, y mostrando una absoluta fidelidad a Francisco Pi y Margall.

En el otoño de 1871 la clase obrera de la ciudad de Guadalajara comenzó a organizarse con autonomía y en defensa de sus propios intereses. Por un lado, algunos trabajadores jóvenes que militaban en el Partido Republicano Federal, como el zapatero Antero Baños o el pintor Bernardino Martín que pertenecía como Tomás Gómez al comité de este partido, impulsaron la constitución de la federación local de la Primera Internacional en la capital alcarreña. Fruto de la actividad de este grupo promotor, de la que se hizo eco el semanario La Federación en su número correspondiente al 24 de diciembre de 1871, el día 10 de febrero de 1872 quedó constituida la Federación Local internacionalista de Guadalajara, que llevó una vida tan precaria que en junio el Consejo Federal reconocía que no había tenido ningún contacto reciente con ella y en octubre de 1872 la consideraba disuelta; aunque sabemos que seguía activa a finales de diciembre de ese mismo año.

Pero ese mismo otoño de 1871 se fundó, seguramente por iniciativa del mismo grupo de trabajadores, una Asociación Cooperativa de Obreros de Guadalajara que el día 28 de diciembre ya tenía su Reglamento aprobado por el gobernador civil y que en la sesión celebrada por el Ayuntamiento de Guadalajara dos días después mereció el respaldo de los concejales arriacenses, que consideraron “digno de todo elogio el noble pensamiento que emana de dicha asociación”, que presidía Tomás Gómez Martínez. Frente a la orientación revolucionaria de la Internacional, esta Asociación Cooperativa de Obreros de la capital alcarreña tenía una naturaleza mutual, llegando a disponer, por ejemplo, de su propia tahona para ofrecer el pan a precios más asequibles para los trabajadores y sus familias. Esta orientación prolongó su vida más allá del forzado paso a la clandestinidad de la Internacional en 1874 y de la represión monárquica a partir de 1875 y, siempre bajo la presidencia de Tomás Gómez, mantuvo abierta su sede social en la calle de Carbonerías hasta su disolución en el año 1883, desangrada por las luchas intestinas de una clase trabajadora que, tras la liberalización de Sagasta y los liberales en 1881, se asociaba en nuevas organizaciones.

Por un lado, los anarquistas con Antero Baños promovieron la constitución de alguna sociedad obrera, como la de zapateros, que se asociase a la recién nacida Federación de Trabajadores de la Región Española. Y por otra parte, los marxistas, que habían formado un pequeño núcleo a partir de los cajistas de la Imprenta Provincial, sostenían la Agrupación Local del Partido Socialista Obrero Español, aunque este pionero grupo marxista no pudo contar con el concurso de Tomás Gómez Martínez, que permaneció leal al Partido Republicano Federal.

Pero en 1882, y al calor de una huelga nacional de los trabajadores de artes gráficas, este pequeño núcleo de tipógrafos socialistas agrupó a todos los trabajadores de artes gráficas de la capital de la Alcarria, primero como una Subsección de la Asociación del Arte de Imprimir de Madrid y, a partir de la constitución de la Federación Tipográfica, formaron una Sección propia de la que Tomás Gómez fue su presidente, Ligorio Ruiz era su secretario y Julián Fernández Alonso ocupaba el cargo de tesorero.

Bajo su inspiración, estos tipógrafos fueron los pioneros del movimiento obrero consciente y organizado en la capital alcarreña; no por casualidad todavía en el año 1891 a la primera Junta Directiva del Ateneo Instructivo del Obrero, cuyo promotor había sido el cajista Alfonso Martín Manzano, pertenecían otros tres tipógrafos: Tomás Gómez, Juan Isidoro Ruiz y Tadeo Calomarde.


 Su actividad periodística

Esa profesión de tipógrafo y su militancia federal confluyeron fácilmente en la prensa provincial. En el año 1870 apareció La Voz de la Alcarria, un semanario que fue el primer portavoz del republicanismo federal en la provincia de Guadalajara y en el que colaboraron activamente Tomás Gómez, que también lo confeccionaba pues se imprimía en el taller tipográfico de la familia Ruiz, el farmacéutico molinés Federico Bru Mendiluce, el médico Manuel González Hierro y Manuel Mexía Sáez del Pedroso, entre otros.

El 9 de mayo de 1880, antes de que la llegada a la presidencia del gobierno de Práxedes Mateo Sagasta ampliase las libertades públicas, salió a la calle un nuevo periódico con la cabecera de La Verdad de orientación republicana federal, pero que para eludir la censura se subtitulaba “periódico semanal, científico, literario, de instrucción pública, intereses generales y materiales, noticias y anuncios”; tenía una periodicidad semanal, publicándose todos los domingos, y salió hasta el mes de julio de 1883. Lo fundó Tomás Gómez aunque, por exigencias legales del momento, figurasen como directores el abogado Tomás Sancho Cañas o José Ruiz, dueño del taller tipográfico en el que se imprimía y que además servía como sede de su redacción y administración. Colaboraban en sus páginas Manuel González Hierro y Manuel Mexía Sáez del Pedroso, a quienes ya vimos como redactores de La Voz de la Alcarria, junto a Miguel Mayoral Medina, Tomás Sancho, Calixto Rodríguez, Victoriano Fernández y Carlos Corrales. Se vendía a un precio muy asequible, dos reales al trimestre, y disfrutó de un amplio apoyo popular.

Del mismo modo, su militancia obrerista le permitió poner sus conocimientos como tipógrafo al servicio de la prensa sindical de Guadalajara. El día 13 de junio de 1882 salió el primer número del Boletín Oficial de la Asociación Cooperativa de Obreros de Guadalajara, una publicación mensual que se distribuía gratuitamente entre sus socios. Solo tenía cuatro páginas de tamaño folio y se imprimía, por el propio Tomás Gómez, en la Imprenta de Ruiz. Su redacción estaba en el número 7 de la calle de Carbonerías, domicilio social de la propia asociación, y tuvo una vida corta, pues su último número vio la luz en el mismo año de su aparición, víctima de las divergencias surgidas entre los socios.

Ese mismo año, según Juan José Morato, la subsección de Guadalajara de la Asociación del Arte de Imprimir, que presidía Tomás Gómez, comenzó a publicar un Boletín del Arte de Imprimir que apenas tiraba medio centenar de ejemplares en la Imprenta Provincial alcarreña. No costaba nada, pues los tipógrafos del establecimiento lo confeccionaban gratuitamente y dos antiguos empleados, los hermanos Cordavias, que ya estaban empleados en el servicio de Correos lo distribuían libre de franqueo. Su vida debió de ser muy breve pues no hemos encontrado más noticia del Boletín que la información que ofrece Juan José Morato.

A su muerte, en El Atalaya de Guadalajara se publicó una sentida necrológica en la que se podía leer: “El compañero estimable, el amigo cariñoso y el republicano consecuente y entusiasta, ha abandonado para siempre este mundo lleno de tristezas, amarguras y desengaños para los que como él, solo vivía trabajando moral y materialmente; lo primero para condolerse de nuestra sociedad egoísta y lo segundo para que no faltase el pedazo de pan a su honrada familia”. Y añadía: “numeroso concurso acompañó a su última morada al cadáver del infortunado presidente del Comité local [del Partido Republicano] federal, disputándose sus amigos y correligionarios el consuelo de llevarlo en hombros durante el trayecto hasta el cementerio, con la asistencia de la música de la localidad”.

A Tomás Gómez se le había concedido la cruz pensionada de María Isabel Luisa, una distinción reservada para los individuos de la tropa que se hubiesen distinguido en acciones de guerra, y durante el Sexenio Revolucionario fue miembro destacado de los Voluntarios por la Libertad.

JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 11 de abril de 2022

FRANCISCO FERNÁNDEZ IPARRAGUIRRE

FERNÁNDEZ IPARRAGUIRRE, Francisco

[Guadalajara, 22 de enero de 1852 / Guadalajara, 7 de mayo de 1889]

Francisco Fernández Iparraguirre nació en Guadalajara el día 22 de enero de 1852 y falleció en la misma ciudad el 7 de mayo de 1889. Fue su padre Manuel Fernández de la Rubia, que había nacido en 1799 en Santa Cruz de Mudela, una pequeña localidad de la provincia de Ciudad Real, y que falleció en Guadalajara el 3 de febrero de 1870. Fue su madre Juliana Iparraguirre Sanz que nació, hija de Pedro y de Gregoria, en Guadalajara, ciudad en la que falleció el 18 de agosto de 1907 a los 87 años de edad. Además de Francisco, la pareja tuvo otros tres hijos: Manuel, que nació el 5 de octubre de 1857 y fue oficial de Caballería, Soledad, que murió el 15 de abril de 1860 cuando solo tenía un año de edad, y Julián Fernández Iparraguirre, que falleció el 25 de noviembre de 1864 a los 4 años de su nacimiento.

Francisco Fernández Iparraguirre contrajo matrimonio con Carmen Fritschi García, con la que vivió en el número 4 de la plaza de Santo Domingo de la capital alcarreña y con la que tuvo tres hijos, de los que dos fallecieron a corta edad: María del Pilar, que murió el 1 de febrero de 1887 con tres años y medio, y Manuel Augusto, que falleció el 21 de abril de 1888 a los 17 días de nacer. El tercero, Francisco Fernández Fritschi, nació en Guadalajara en 1889, pocos días antes de que su padre muriese tras una larga y cruel enfermedad, pero muy pronto se trasladó a Madrid con su madre y completó sus estudios de Bachillerato en el madrileño Instituto Cardenal Cisneros el 20 de junio de 1904 con la nota de Sobresaliente, ingresando en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos donde alcanzó el título correspondiente.

Francisco Fernández Iparraguirre cursó sus estudios de segunda enseñanza en el Instituto de Guadalajara, entre los años 1862 y 1868, obteniendo la calificación de Sobresaliente en la mayoría de las asignaturas y ganando siete premios en los concursos de final de curso. En 1868 se matriculó en la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Madrid y, a causa de la grave enfermedad que sufría su padre, aprobó en dos cursos todas las asignaturas de la carrera, obteniendo el título de Licenciado a los dieciocho años de edad. A partir de 1880, cursó y aprobó, como alumno libre, todas las asignaturas del Doctorado en dicha Facultad, practicando los ejercicios que eran preceptivos y mereciendo el grado de Doctor con una tesis sobre “División de la naturaleza y de la ciencia”, tema sobre el que pronunció una conferencia titulada “Clasificaciones de la ciencia” en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara en los primeros meses de 1878 y del que publicó en 1884 un folleto bajo el título de Discurso sobre las pretendidas divisiones de la naturaleza y de la ciencia.

De vuelta a Guadalajara, y siguiendo los pasos de su padre recién fallecido que también era farmacéutico de profesión, mantuvo desde 1870 la oficina de farmacia con laboratorio en la planta baja de su domicilio familiar, cuya rebotica se convirtió en el centro neurálgico de la agitación cultural en la Guadalajara de la Restauración y, al mismo tiempo, en el corazón de la investigación científica de su titular.

Actividad científica

Como farmacéutico, desde 1885 y hasta su muerte, cuatro años después, fue el Decano de los establecidos en Guadalajara y desempeñó en repetidas ocasiones el cargo de Vocal en las Juntas de Sanidad municipal y provincial. En 1882, junto a Pablo López Cortijo y Juan Almazán, formó la Comisión provincial de la Exposición Farmacéutica de ese año, organizada por el Colegio de Farmacéuticos de Madrid.

Participó en el 6º Congreso Internacional Farmacéutico, que se celebró en Bruselas en 1885, al que acudió corriendo personalmente con todos los gastos sin ninguna ayuda oficial. Fue nombrado vicepresidente del congreso y participó con una Memoria con el título de “Causes et remèdes du mépris que l’on porte partout à la classe pharmaceutique” que, al año siguiente fue publicada en el compte rendu del encuentro. A su vuelta, presentó un resumen del congreso que fue publicado por el Colegio de Farmacéuticos de Madrid junto a una traducción de su Memoria.

En la Exposición Provincial de Guadalajara que se celebró en la capital alcarreña en 1876 fue premiado con una medalla de bronce por una “Colección de plantas espontáneas en los alrededores de Guadalajara” que presentó en forma de herbario y en la que describía un tipo de zarza a la que Juan Texidor Cos, profesor de Farmacia en la Universidad de Barcelona, bautizó en su honor con el nombre taxonómico de Fernandezii. En 1884 publicó en la revista El Restaurador Farmacéutico un estudio crítico sobre esta variedad titulado “La zarza milagrosa de Pastrana (Rubus discolor, var. Fernandezii-Tex.)”, que no era el primer artículo que se recogía en las páginas de esta prestigiosa revista farmacéutica, fundada en 1844 por Pedro Calvo Asensio, pues en 1878 ya se publicó su texto sobre “Liquefacción de los gases llamados permanentes”.

El 3 de Febrero de 1882 fue nombrado individuo de la Junta para la Exposición Nacional de Minería, Artes Metalúrgicas, Cerámica, Cristalería y Aguas Minerales que se celebró en 1883 en el Parque del Retiro de Madrid, bajo la iniciativa del ministro José Luis de Albareda y del jefe del cuerpo de Ingenieros de Minas, Luis de la Escosura y Morrough, tan vinculado a la minería en la provincia de Guadalajara. Fue la primera exposición minera que se organizó en España y en la que hubo pabellones de varios países. Para ella el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco construyó un edificio que es conocido desde entonces como el Palacio de Velázquez.

 Actividad docente

Entre 1878 y 1882 Francisco Fernández Iparraguirre también completó, como alumno libre, la carrera de Magisterio, practicando los ejercicios de reválida y obteniendo el título de Maestro Normal el 9 de Octubre de 1882. Igualmente cursó los estudios de Métodos y Procedimientos para las enseñanzas especiales de Sordomudos y Ciegos, siendo habilitado para ello tras aprobar el examen realizado el día 15 de Octubre de 1884.

Desde 1870 y hasta el año 1880 se dedicó a la enseñanza privada de la lengua francesa y de otras asignaturas, bien fuese dando clases particulares o impartiendo estas materias en varias Academias y Colegios de preparación para carreras especiales. El día 6 de Noviembre de 1880 fue nombrado, por la Diputación Provincial de Guadalajara de la que dependía económicamente el centro, profesor auxiliar de Lengua del Instituto de segunda enseñanza de la capital alcarreña, siendo ratificado el 10 de Setiembre de 1883 por una Real Orden como Catedrático interino con un salario anual de tres mil pesetas. En 1887 concurrió con otros ciento veinte aspirantes a las oposiciones convocadas para proveer ocho cátedras de Francés, aprobando con el número uno de su promoción y fue propuesto por unanimidad para ocupar la cátedra del Instituto de Guadalajara, de la que tomó posesión el 10 de Mayo de 1887. Allí permaneció hasta su muerte, aunque en su último curso de docencia solicitó el traslado al mismo puesto pero en el Instituto de segunda enseñanza de Cádiz, lo que le fue concedido por una Real Orden según recogía La Correspondencia de España del 20 de julio de 1888, aunque no llegó a trasladarse a esa provincia andaluza.

Como profesor de lengua francesa, publicó en 1883 el folleto Estudios gramaticales. Concepto general del verbo y explicación racional del mecanismo de su conjugación, con noticias sobre las formas verbales en más de 20 idiomas; en 1885 otro folleto titulado Enseñanza intuitiva y racional de los idiomas que acompañaba a un artilugio bautizado como Cuadro mecánico para la conjugación en las seis lenguas novolatinas publicado en la Tipografía de Manuel Ginés Fernández de Madrid, y que fue premiado con Diploma de Mérito en la Exposición Literario-Artística de ese año; además de un Programa razonado para la enseñanza de la Lengua Francesa en dos cursos.

También, con su amigo Tomás Escriche Mieg, dio a la imprenta una Colección de diálogos con numerosos modismos de los más usuales y Trozos escogidos de Literatura Francesa, de la que conocemos su segunda edición de 1888 en la Imprenta Provincial de Guadalajara; sus Nociones de Gramática General aplicadas especialmente al Castellano de 1884, que ya anticipó en un artículo titulado “Estudios gramaticales. Concepto general del verbo y explicación racional del mecanismo de su conjugación” que salió el 15 de junio de 1883 en la Revista Contemporánea; los Cuadros sinópticos para practicar metódicamente por escrito, en cualquier idioma, la clasificación de palabras, que suele llamarse análisis gramatical y los Cuadros sinópticos para descomponer, en idéntica forma, las proposiciones en sus elementos, formando parte de lo que generalmente se denomina análisis lógico. Pero destaca, sobre todo, su Método racional de Lengua Francesa del año 1885, cuya segunda edición fue publicada en 1889 por los herederos de Fernández Iparraguirre sin el concurso de Tomás Escriche que era su coautor.

Por otra parte, se encargó de impartir distintos cursos en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara y en su sucesor, el Ateneo Caracense de la misma ciudad (taquigrafía, Lengua Francesa…), encargándose en el curso de 1887 a 1888 de la dirección de las enseñanzas en este último Ateneo. Y en 1881, con motivo de conmemorarse el Centenario de Pedro Calderón de la Barca, fue premiado en un certamen público con el primer premio por su “Juicio crítico de El Mágico Prodigioso”.


 Actividad cultural

Francisco Fernández Iparraguirre fue el primer firmante del llamamiento fundacional del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara el 2 de febrero de 1877, y se le eligió como Tesorero-Contador de su primera Junta Directiva, en la que estaba acompañado por José Julio de la Fuente, Nicolás Ugarte, José Artola, Ramiro de Bruna, Cirilo López, Tomás Escriche, Román Atienza, Félix María Clemencín, Felipe Sánchez, Antonio Vidal, Eulogio Horcajo y Mariano Vallhonrat. Su iniciativa era más que meritoria, pues desde que en 1844 se inauguró el Casino Artístico Caracense, de corta vida, no había habido más Ateneo que uno subversivo y clandestino que fundaron en esos mismos años los jóvenes que luego animaron el periódico ¡Miel de la Alcarria!

Y, apenas un mes después, el día 11 de marzo se inauguró el Ateneo en una de las dependencias del Palacio del Infantado, con la presencia e intervención del entonces gobernador civil, Antonio Alcalá-Galiano. Pero, poco más tarde, y con motivo de instalarse allí el Colegio de Huérfanos del Ejército, se trasladó al número 2 de la calle de la Concepción, en la antigua y secularizada iglesia en la que se había instalado la Exposición Universal de 1876 y en parte de cuyo solar, una vez derruida, se erigió desde 1880 el palacio de la Diputación Provincial.

Su labor en este Ateneo que, con diversos nombres, se mantuvo vivo entre 1877 y los últimos años del siglo XIX, fue muy intensa; recién abiertas sus puertas impartió cursos abreviados de Taquigrafía los sábados y desempeñó los cargos de tesorero, bibliotecario, secretario de varias secciones y secretario general, siendo en este caso el responsable de la publicación de las Memorias anuales correspondientes. En 1880 este centro se transformó en el Ateneo Escolar Caracense, del que también fue uno de sus promotores y primer presidente de una Junta Directiva que tenía a José Julio de la Fuente como presidente honorífico. Más allá del Ateneo, también participó la vida social guadalajareña y en el mes de enero de 1889 fue elegido Bibliotecario de la sociedad La Peña de Guadalajara.

Sin embargo, no hemos encontrado ningún rastro de actividad política y, ni siquiera, alguna pista de su adscripción ideológica, a pesar de haber vivido años tan intensos como los de el Sexenio Revolucionario y los primeros pasos de la Restauración. Aunque Luis Cordavias sostenía que "jamás se mezcló para nada en política", en La Controversia, que se proclamaba “religiosa, científica y política”, hemos encontrado una referencia a la colaboración del “filólogo y naturalista Sr. Fernández Iparraguirre” en la Revista Religiosa, una publicación vinculada al diario integrista católico El Siglo Futuro, sin que sea suficiente para deducir una militancia tradicionalista de Francisco Fernández Iparraguirre.

 El Volapük

El 23 de abril de 1887 Fernández Iparraguirre dio en el Ateneo Caracense su primera conferencia sobre el volapük, una nueva lengua creada en 1879 por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer, con el objetivo de disponer de un idioma común que favoreciese el diálogo y limitase los efectos del nacionalismo, y que se anticipó al esperanto de Ludwik Lejzer Zamenhof, un estudioso del volapük que decidió perfeccionarlo y depurarlo con una nueva lengua a partir, precisamente, de 1887.

En cualquier caso, Francisco Fernández Iparraguirre se convirtió desde 1885 en un apóstol del volapük y atrajo a un grupo de intelectuales alcarreños que, alejados de la política, sólo confiaban en la ciencia para que la Humanidad disfrutase de un futuro mejor; entre ellos estaban los profesores Manuel Sanz Benito y Tomás Escriche Mieg o el ingeniero militar Nicolás de Ugarte, que concurrían a una tertulia volapükista que se reunía en la rebotica del número 4 de la plaza de Santo Domingo.

En el mes de mayo de 1887, y como consecuencia de esa primera conferencia, se fundó el Centro Volapükista Español, en el que Fernández Iparraguirre explicó un breve curso en cinco lecciones del que salieron varios alumnos traduciendo la nueva lengua y en julio y agosto hizo otro tanto con varios internos del Colegio de huérfanos de militares, que aprobaron todos el examen de la nueva lengua. Como resultado de toda esta actividad, antes de que acabase ese año, este Centro se fusionó con el Ateneo Caracense y él fue nombrado Presidente general de ambas sociedades.

De su mano, Guadalajara se convirtió en la capital del volapük durante casi una década: aquí se editaron libros y una revista, se dieron conferencias y se asistió a congresos nacionales e internacionales. Francisco Fernández Iparraguirre fue el primer socio honorario de la Asociación Francesa para la propagación del Volapük, de las de Munich, Nurenberg, Vercelli y otras. Por sus trabajos en la propagación de esta lengua universal o volapük, recibió sucesivamente, en 22 de marzo, 6 de noviembre de 1886 y 27 de Junio de 1887, los títulos de “volapükatidel, löpitidel y plofed”, siendo el primero que los recibía en España y, por último, en el Congreso Universal, celebrado en Munich en Agosto de 1887, para constituir una Academia internacional, su nombre figura el primero entre los miembros que han de formar el Consejo supremo de dicha Academia.

Publicó dos ediciones de un Resumen de las Lecciones de Volapük dadas en el Círculo Filológico Matritense. Gramática compendiada, con vocabularios y ejercicios para el estudio de dicha lengua, un Diccionario volapük-español y fue el editor de Literat volapükik, una colección de anécdotas, cuentos, pensamientos y máximas formada por un total de 71 artículos en prosa y 21 poesías, originales de 24 autores de 14 naciones distintas. Y, por último, dirigió El Volapük, una revista internacional dividida en secciones comercial, científica, políglota literaria, recreativa y de propaganda que se publicó mensualmente a partir del 1 de Enero de 1886.

Francisco Fernández Iparraguirre consiguió en vida una fama y prestigio extraordinarios; en febrero de 1889 vio la luz el libro Un Boticario y varios farmacéuticos. Perfiles y semblanzas profesionales o siluetas y bocetos del natural de distinguidos farmacéuticos contemporáneos, escrito por Luis Siboni y D. Ángel Bellogín que le incluían entre los cuarenta y seis profesionales retratados. Fue nombrado socio corresponsal del Colegio de Farmacéuticos de Madrid, socio honorario del Ateneo de La Habana y del Círculo Filológico Matritense, individuo de número de la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid y de la Asociación Fonética de Profesores de Lenguas vivas de París y Miembro Correspondiente de la Junta Poética Malacitana, distinción que no aceptó.

También fue profeta en su tierra, y sus compañeros del Ateneo de Guadalajara le brindaron un homenaje tras su muerte. En el mes de marzo de 1901 el Ayuntamiento de su ciudad natal decidió cambiar el nombre a la Plaza de la Fábrica, desde entonces del conde de Romanones, y al Paseo de las Cruces, hasta ahora del doctor Fernández Iparraguirre, y poner sendas placas conmemorativas en las Plazas de Moreno y Marlasca.

JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 28 de marzo de 2022

MIGUEL FLUITERS CONTERA

FLUITERS CONTERA, Miguel

[Guadalajara, 19 de julio de 1874 / Guadalajara, 24 de diciembre de 1952]

Anacleto Miguel Fluiters Contera nació en Guadalajara el 19 de julio de 1874 y falleció en la misma ciudad el día 24 de diciembre de 1952 bajo el manto de la Virgen del Pilar, siendo enterrado al día siguiente en el cementerio de la ciudad arriacense.

Los Fluiters fueron una de las familias de tejedores católicos holandeses que el barón de Ripperdá se trajo desde Leyden para trabajar en la Real Fábrica de Paños de Guadalajara en 1719. Como no se cumplieron las ventajosas condiciones laborales con las que fueron atraídos a España, los tejedores holandeses organizaron diversas huelgas entre 1719 y 1730, que quizás fueron las primeras que se convocaron en una fábrica en nuestro país, cuyo resultado no debió de ser muy satisfactorio, pues los holandeses retornaron a su país con la excepción de las familias Fluiters, Boiteberg y Waldermée.

Era nieto de de María Fierro y de Pedro Fluiters Cuesta, que vivió en la capital alcarreña entre 1822 y 1890, e hijo de Enrique Fluiters Fierro, un agente de negocios que falleció en Guadalajara el 2 de marzo de 1897 a los 48 años de edad. Tuvo cuatro hermanos que llegaron a la edad adulta: José, casado con Antonia Pardo García con la que tuvo un hijo, Rafael Fluiters Pardo; Cecilia, que contrajo matrimonio con Cándido Cubillo y que fueron padres de Manuel, Carmen, María Ángeles, Teresa y José Cubillo Fluiters; Emilio, que se trasladó a Madrid y abrió su propio negocio, y Carmen Fluiters Fierro.

Su madre, Jenara Contera Caballero, nació el 19 de septiembre de 1845 y murió el 30 de diciembre de 1945 a los cien años de edad, una longevidad muy extraordinaria y más en aquella época. Era hija de Josefa Caballero y de Miguel Contera Vela, a su vez hijo de Diego Contera y María Concepción Vela, que había nacido en Gajanejos y que murió en Guadalajara el 26 de noviembre de 1864. Tuvo tres hermanos: Casimiro, Antonio y Pascuala, con los que compartía una considerable fortuna; durante muchos años se dijo que era la mujer más rica de Guadalajara.

Miguel Fluiters Contera contrajo matrimonio con Dolores Aguado Gracia, hija de José Aguado López y de Santiaga Gracia Gracia, en la desaparecida ermita de la Virgen de la Soledad de Guadalajara, a la que su madre tenía mucha devoción. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Soledad, casada con Antonio Ballesteros; Enrique, que se casó con Teresa Monterde; Josefa, que contrajo matrimonio con Antonio Viejo; y Amparo Fluiters Aguado que murió el 20 de abril de 1904 a los trece meses de nacer.

Tras completar sus estudios de Bachillerato en el colegio de los Escolapios de Alcalá de Henares, en el año 1891 inició la carrera de Derecho en la Universidad Central de Madrid, pero a la muerte de su padre, cuando solo tenía veinte y tres años, abandonó sin completar su formación universitaria y se tuvo que hacer cargo de la agencia de negocios familiar situada en el número 16 de la Plaza de Santo Domingo, en la que ya ayudaba antes de que su padre falleciese, además de gestionar el cuantioso patrimonio de su madre.

Actividad política

Sin embargo, y gracias a este desahogo económico, fue en la actividad política y social en donde destacó más intensamente durante el primer tercio del siglo XX. Lo hacía siguiendo una tradición familiar, pues su padre ya había sido concejal de la capital en 1881, cuando los liberales volvieron al poder después del largo período de predominio conservador en los primeros años de la Restauración monárquica, y su hijo fue alcalde de Guadalajara durante los años más duros de la dictadura franquista (en un primer período entre 1941 y 1946 y, en una segunda etapa, entre 1949 y 1951).

Su carrera política se inició en 1899, recién cumplidos los veinticinco años, como candidato liberal en las elecciones municipales de ese año, a las que se presentaron los republicanos José Adán, Severiano Sardina, Lino Agustín, Félix Alvira, Rafael de la Rica, Manuel y José Diges, los liberales Antonio Molero Asenjo, Miguel Pérez Patiño, Lorenzo Vicenti, Bernardino Viejo del Pueyo, León Carrasco Gómez y Julio Ramírez Serrano y los carlistas Emilio Casado Batanero y Miguel Rodríguez de Juan. Los republicanos se hicieron con siete de las diez concejalías en disputa y ganaron en todos los distritos, con la excepción de aquel en el que se presentaba Miguel Fluiters, que fue el candidato más votado aunque con solo diecinueve papeletas de diferencia sobre los republicanos.

Esa victoria particular, que aliviaba parcialmente el desastre de su partido, ya mostraba el respaldo personal y las simpatías que Miguel Fluiters despertaba entre sus convecinos. Hasta el periódico conservador La Palanca no tenía más remedio que reconocer que “se granjeó la simpatía de su pueblo […] llegando a ser sin disputa el hombre más popular y más simpático, el que arrastró mayor fuerza de opinión, el que en elecciones manejó con más facilidad al pueblo, en suma, como suele decirse, el hombre del día, durante muchos años”. Este dominio fue tan evidente que Miguel Fluiters fue alcalde de Guadalajara desde el 1 de julio de 1909 hasta el 11 de octubre de 1918, casi diez años presidiendo el concejo arriacense de forma interrumpida, pues los gobiernos conservadores nunca se sintieron con fuerzas para desplazarle de la alcaldía.

Sin embargo, y siendo concejal del municipio guadalajareño, Miguel Fluiters participó en las maniobras irregulares para hurtar a los republicanos esta alcaldía, y la mayoría en el Ayuntamiento arriacense, lo que finalmente consiguieron en 1901 con acusaciones infundadas de corrupción y métodos claramente antidemocráticos. Pero poco le duró la satisfacción al recién nombrado teniente de alcalde, pues muy pronto los conservadores derribaron la nueva mayoría liberal del pleno municipal. Miguel Fluiters y los demás concejales de su partido en el Ayuntamiento de Guadalajara renunciaron a sus cargos municipales y escribieron una carta, que reprodujo íntegra La Crónica el 8 de marzo de 1903, en la que explicaban sus razones para dimitir de sus escaños municipales, culpando al gobierno conservador que los postergaba y ninguneaba y no, como algunos decían, por su deseo de que volviesen los concejales republicanos expulsados injustamente a ocupar los puestos de los que fueron desplazados; mediante otra carta similar, el alcalde José López Cortijo se adhirió a la protesta del resto de concejales liberales.

Para entonces, Miguel Fluiters ya formaba parte del núcleo de poder más íntimo del conde de Romanones en Guadalajara, del que fue un fiel escudero, llegando a afirmar que los concejales liberales arriacenses “en el orden político sólo atenderán a las inspiraciones del conde de Romanones, y en lo administrativo se ajustarán a la ley y a los dictados de su conciencia”. En el verano de 1902 ya formó parte de la comisión que preparaba el homenaje de la provincia al conde de Romanones al cesar como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo desde el que impulsó medidas eficaces para mejorar la situación del magisterio nacional que sufragó por suscripción popular un monumento en su honor que, en un pleno municipal celebrado el 26 de enero de 1912 bajo la presidencia de Miguel Fluiters, se aprobó instalar frente al Palacio del Infantado en la plaza que llevaba el nombre del cacique liberal. Y quince meses después, el 2 de mayo de 1913, el ayuntamiento de Guadalajara, con Miguel Fluiters a la cabeza, nombró al conde de Romanones hijo adoptivo de la ciudad.


A pesar de este cierto sectarismo partidario, lo cierto es que Miguel Fluiters fue el responsable, en muy buena medida, de la modernización de la ciudad y muchas de sus iniciativas siguen marcando la vida de los alcarreños. Por ejemplo, fue él quien, siendo todavía concejal, propuso en junio de 1902 que las fiestas de la ciudad se trasladasen al mes de septiembre, pues al celebrarlas en octubre, como era tradicional, se malograban muchos espectáculos y actividades por las lluvias.

Pero sobre todo es recordado por sus proyectos para remozar el casco urbano de Guadalajara para lo que consideró necesario, según sus propias palabras, “proceder al derribo del Convento de Santa Clara y la manzana comprendida entre el arco de la Plaza, calle Mayor y travesía del Museo”. Y, efectivamente, en 1909 se derribó el arco que, desde la Plaza Mayor, daba un estrecho acceso a la Calle Mayor Baja y, en septiembre de 1911, se demolieron las tapias del expropiado convento de Santa Clara, dando lugar a la configuración urbana que hoy conocemos. Esta última medida contó con el apoyo de los concejales Manuel Diges, republicano, y Luis Martín Lerena, dirigente de la Federación de Sociedades Obreras, y la oposición del Obispo Auxiliar de Toledo y de los sectores integristas católicos alcarreños, provocando tal enfrentamiento que los músicos de la banda se negaron ese año a tocar en la procesión de San Antonio.

Miguel Fluiters también expropió algunas propiedades para ampliar el arranque de la calle Mayor Alta, reformó las Casas Consistoriales, el Teatro Principal y las escuelas de la ciudad. Embelleció Guadalajara con sus parques, construyendo el quiosco de la música del parque de la Concordia y plantando el pequeño pinar que lo rodeaba parcialmente e impulsó la Fiesta del Árbol con el propósito de cubrir con arbolado el actual parque de San Roque. Y también durante su mandato se amplió significativamente el casco urbano arriacense, primero con la construcción del grupo escolar de las Cruces y después con la compra a la congregación religiosa de las Concepcionistas Franciscanas de una gran parcela en esa misma zona, en lo que hoy es el Paseo de Fernández Iparraguirre, iniciando así la expansión de la ciudad a través de ese eje viario.

Aunque, seguramente, su contribución principal al desarrollo y modernización de la capital alcarreña fuese su apoyo decidido a la instalación en Guadalajara de las fábricas de La Hispano, de aviación y de automóviles. Durante la Primera Guerra Mundial el reino de España permaneció neutral, lo que le convirtió en un proveedor privilegiado para ambos contendientes; pero, aunque la sociedad española estaba dividida, el rey Alfonso XIII y los liberales, como el conde de Romanones, simpatizaban con los aliados. Para aprovechar el impulso industrializador que supuso el conflicto y para colaborar con los ejércitos aliados, primeros beneficiarios de la producción de La Hispano-Suiza, se decidió abrir una nueva factoría fuera de Cataluña. El amor del monarca a los automóviles y el deseo del conde de Romanones de seguir mostrándose como benefactor de la provincia, abrieron la posibilidad de instalar la fábrica en las cercanías de Madrid, y más concretamente en Guadalajara.

Ante esta eventualidad, Miguel Fluiters se implicó a fondo para conseguir que las fábricas se estableciesen en su ciudad. Finalmente, el 4 de abril de 1917 comenzaron las obras de construcción de esas factorías, que cambiaron completamente la fisonomía de Guadalajara. Numerosas familias obreras acudieron a la capital alcarreña y, ante la habitual falta de viviendas, surgieron nuevos barrios en la Estación y el Cerro del Pimiento,

La apertura de La Hispano alivió el desempleo crónico que sufrían muchos trabajadores de Guadalajara, un grave problema como reconocía Miguel Fluiters: “Este asunto de la crisis obrera es mi preocupación constante, porque entiendo que en Guadalajara no debiera existir, porque creo que tenemos medios sobrados para evitarla cuando se presenta y aun para no dar lugar a que llegue a presentarse”. Hay que reconocer que desde la alcaldía se esforzó por mantener una relación privilegiada con los sindicatos, y el conjunto de los trabajadores, de su ciudad.

Desde 1910 procuró que se abriese una Escuela de Artes y Oficios que permitiese formar a los trabajadores alcarreños, muchos de los cuales eran jornaleros sin oficio concreto que se empleaban en distintos trabajos según las necesidades y las tareas estacionales. A pesar de su empeño, y de la oferta de colaboración de la Escuela Laica que dirigía Tomás de la Rica, en 1916 hubo que renunciar al proyecto por la oposición frontal del conde de Romanones, a través de Manuel Brocas que era su secretario personal. Cuando, finalmente, se puso en marcha esta Escuela, Miguel Fluiters ya no era alcalde.

 

Esta sintonía entre el alcalde y los trabajadores se puso otra vez de manifiesto el 21 de septiembre de 1911, cuando los obreros de la capital secundaron unánimemente una huelga nacional sin que hubiese ningún incidente, pues la mayoría de los huelguistas convirtieron la jornada de paro en un agradable día de campo. Sin embargo, y parece ser que siguiendo instrucciones de Romanones, hubo un notable despliegue de la Guardia Civil, tres obreros fueron detenidos en el interior del Centro de Sociedades Obreras, que había sido clausurado lo mismo que el periódico Juventud Obrera. A pesar de esta represión gratuita, la UGT felicitó al alcalde Miguel Fluiters por su actitud. No es de extrañar que, el 14 de febrero de 1917, la Federación de Sociedades Obreras, adherida a la UGT, pidiese que se diese el nombre de Miguel Fluiters a la calle Mayor Baja, como reconocimiento a sus desvelos por la ciudad y por la clase obrera, y que la calle Mayor Alta se llamase, en lo sucesivo, Calle Mayor. El 15 de abril de 1917 la ciudad de Guadalajara no solo bautizó con su nombre a su calle principal, sino que le tributó un agradecido homenaje.

Pero, paradójicamente, sus principales logros fueron la causa de su caída en desgracia. En el verano de 1918 estalló en Guadalajara una crisis de subsistencias, de las que se repetían cada pocos años, y la subida del precio del pan por las tahonas de la ciudad provocó una manifestación de mujeres, encabezada por Juana Aragonés La Chaleca. Pero la apertura de La Hispano había cambiado el perfil de la ciudad; el 6 de agosto de 1918 a las mujeres se les sumaron los obreros desencadenando una huelga general en la ciudad. El gobernador civil, Diego Trevilla Paniza, sacó a la calle a la Guardia Civil que en la Plaza de Marlasca disparó sobre la multitud, provocando un muerto y varios heridos de distinta consideración. Estos sucesos conmocionaron a toda la ciudad; desde que en 1823 una turbamulta absolutista se levantó contra Moreno y Marlasca, no había habido derramamiento de sangre en la ciudad en ninguna crisis, golpe de Estado o revolución.

Aunque Miguel Fluiters se encontraba fuera de Guadalajara atendiendo a sus asuntos particulares y al frente del municipio estaba Vicente Pedromingo de la Riva, los manifestantes primero se dirigieron a su domicilio particular, solicitando que el servicio doméstico de su casa se sumase a la huelga, y luego le culparon de la represión, a pesar de que ya había dado pruebas de su oposición a la adopción de medidas drásticas en los conflictos sociales. Incapaz de resistir la presión ciudadana, en octubre de ese mismo año renunció a la alcaldía y, prácticamente, puso fin a su carrera política, si bien no permaneció ajeno lo que pasaba en su ciudad y provincia.

Actividad social

Esta acción política estaba acompañada, necesariamente, de una actividad social muy destacada. En el mes de marzo de 1897 fue elegido tesorero de la Cruz Roja provincial, dos años después ocupó el mismo cargo en la primera Junta Directiva de la Cámara de Comercio de Guadalajara, en la que Basilio Paraíso era presidente honorario, y en la junta provincial de la Liga de Contribuyentes. En noviembre de 1907 formó parte de una comisión municipal establecida para gestionar la Tienda-Asilo arriacense, a la que pertenecían algunos concejales y otros ciudadanos ajenos a la corporación municipal entre los que se encontraba la plana mayor del romanonismo local: Antonio Vicenti, Miguel Fluiters y Vicente Pedromingo.

También mostró su preocupación por la infancia y la juventud; si un día apoyó desde el Ayuntamiento una instancia suscrita por José Linares, capitán de Caballería, solicitando colaboración para formar en Guadalajara un batallón infantil con el objetivo de “instruir a los niños en el arte militar”, años después presidió como alcalde el acto de juramento a su bandera de los boy-scouts y en 1908 fue el representante de los padres de alumnos en la Junta Provincial de Instrucción Pública.

Fue tal su popularidad que fue llamado para formar parte del jurado de un concurso de jotas que se celebra en la Plaza de Toros de Guadalajara, con asistencia de joteros venidos de distintos puntos de Aragón, pero también fue académico de la Real Academia Hispano-americana de Ciencias y Artes y obtuvo la Gran Cruz del Mérito Militar y la Medalla de la Batalla de Villaviciosa.

En su juventud fue un gran aficionado al teatro, como su hermana Carmen y su cuñado Cándido Cubillo, llegando a formar parte del grupo artístico del casino de La Peña y hasta, ocasionalmente, la prensa de Madrid publicó reseñas como esta: “se ha estrenado con gran éxito en el teatro de la Peña el juguete cómico-lírico titulado ¡Púm! en cuyo desempeño distinguiéronse notablemente la Sra. Cordavias y los Sres. Burgos, Cubillo, Ibargüen, Martínez y Fluiters”.

También se implicó en la defensa de sus intereses económicos. El 5 de abril de 1903 se celebró una asamblea de los propietarios agrícolas de la capital con el objetivo de elegir una comisión gestora encargada de adaptar el viejo Cabildo de Labradores a las circunstancias y condiciones propias del siglo XX, aprovechándose de una ley sobre Comunidades de Labradores, aprobada el 8 de julio de 1898 y de las normas de aplicación de esta ley, aprobadas el 19 de septiembre de 1902. Formada por Ángel Campos García, Ricardo Núñez Chinchón, Cruz López Cascajero, Jerónimo Sáenz Verdura, Leocadio Raposo Andrés y Miguel Fluiters Contera, esta Junta Organizadora tenía como misión principal constituir la sociedad de acuerdo a las leyes vigentes y elaborar unas nuevas Ordenanzas y un nuevo Reglamento que pudiesen ser estudiados y aprobados por el conjunto de los socios. El 23 de agosto de 1903 se celebró en las dependencias de la Diputación Provincial una nueva asamblea en la que se aprobaron los nuevos instrumentos legales y de gobierno interno del Cabildo, siendo remitidas al Gobernador Civil las Ordenanzas de la sociedad para que fuesen refrendadas por la primera autoridad provincial. Esta renovada sociedad agraria estaba fuertemente vinculada al Partido Liberal, por lo que fue uno de los instrumentos más eficaces del cacicazgo romanonista en la ciudad que apuntaló la carrera política de Miguel Fluiters Contera.

JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 4 de marzo de 2022

FRANCISCO DE EYRE MOSQUERA

EYRE MOSQUERA, Francisco de

[Chantada, 1818 / Guadalajara, 23 marzo de 1866]

Francisco de Eyre Mosquera nació en 1818 en la parroquia de San Xoán da Laxe que pertenece al municipio de Chantada, en la provincia de Lugo, y falleció en Guadalajara alrededor de las doce horas del día 23 de marzo de 1866. Era hijo de Teresa Mosquera Pérez y de Juan de Eyre, que provenía de una familia de origen irlandés asentada en Galicia desde el siglo XVI como consecuencia de las persecuciones religiosas contra los católicos en el Reino Unido. Permaneció soltero.

En el año 1836 obtuvo el título de Bachiller en Teología, el 19 de febrero de 1846 alcanzó la Licenciatura en Jurisprudencia y el 21 de febrero de 1856 la Licenciatura en Derecho Canónico. Durante los años de 1846 y 1847 ejerció como abogado en la comarca de Chantada y, a partir de 1850 actuó en los juzgados de Primera Instancia de Quiroga, en Lugo, y de Pola de Laviana, en Asturias.


 Su destino en Guadalajara

Al mismo tiempo, intentaba hacer carrera como funcionario en la incipiente Administración Pública del recién estrenado Estado liberal. El 23 de junio de 1849 fue nombrado Visitador de la renta del papel sellado y documentos de giro de la provincia de Cádiz, dependiente de la Dirección General de Rentas Estancadas del Ministerio de Hacienda, pero apenas permaneció un año en este puesto, retornando, como hemos señalado, al ejercicio libre de la abogacía en su tierra natal.

El 31 de diciembre de 1856 fue nombrado Oficial Cuarto de la Administración de Bienes Nacionales de la provincia de Cádiz con un sueldo 6.000 reales anuales, hasta que el 28 de julio de 1857 fue enviado, como Oficial Segunda de la Sección de Minas y Montes, a Ciudad Real, por no haberse presentado en plazo el funcionario que había sido designado para ese puesto. El día 20 de septiembre tomó posesión de su cargo en esa provincia manchega, donde también estuvo muy poco tiempo, pues el 5 de abril de 1858 la reina Isabel II firmó su traslado, con el mismo nivel y en la misma sección, a la provincia de Guadalajara con un salario anual de 8.000 reales.

Desde el 27 de abril de 1858 no solo trabajó sino que también fijó su residencia en la ciudad arriacense, pues el Diario Oficial de Avisos de Madrid informaba en su número del día 25 de mayo del año siguiente que en la administración central de Correos estaba retenida por falta de franqueo una carta dirigida a Francisco Eyré en Guadalajara. El 29 de noviembre de 1858 fue ascendido a Oficial Primera y Jefe de la Sección de Minas y Montes de la provincia alcarreña con un sueldo de 10.000 reales.

Pero en el año 1859, y por iniciativa de su titular el Marqués de Corvera, se procedió a una reorganización del Ministerio de Fomento modificándose su estructura interna y, como resultado de esta renovación, el 12 de junio de 1859 la reina Isabel II le nombró Oficial Segundo de la nueva Sección de Fomento en Guadalajara, que tenía como jefe a Andrés González Ponce, conservando las mismas retribuciones. Finalmente, el día 6 de mayo de 1861 fue ascendido por antigüedad a Oficial de primera clase, manteniendo su plaza en la misma ciudad, y conservando este mismo puesto y destino hasta su fallecimiento el 23 de marzo del año 1866.

Durante sus años en tierras alcarreñas se vio aquejado por graves problemas de salud, una “gastralgia crónica” según el doctor Román Atienza que era su médico en Guadalajara, que le obligó a solicitar distintos permisos para ausentarse de su puesto de trabajo y recuperar su maltrecha salud. Si ya en julio de 1857 pidió una prórroga de un mes para su toma de posesión en Ciudad Real por su mal estado de salud, en 1858 solicitó una licencia de dos meses, que finalmente se prorrogó otros tres meses más, por el mismo motivo y aún pidió una más al año siguiente. Desde luego, no debía de gozar de muy buena salud pues murió con solo cuarenta y siete años.

Merece la pena destacar su profunda religiosidad, puesta repetidamente de manifiesto mientras residió en la capital alcarreña. Así el 8 de diciembre de 1864 se publicaron en La Esperanza, el portavoz oficioso del carlismo, una larga serie de preces remitidas por sus lectores en defensa del Papa Pio IX contra “las acometidas de los infieles modernos”, entre las que figura este poema remitido por Francisco de Eyre: “Tu santo amparo. Madre, nos presta cariñosa, / y da también consuelo al Pontífice-Rey; / La Iglesia es nuestro escudo, protégela amorosa, / que ella es seguro puerto de tu cristiana grey”. Y en 1865, también en la edición del 8 de diciembre por ser la festividad de la Inmaculada Concepción, se incluía otra breve oración remitida igualmente por Eyre a La Esperanza. Y también encontramos su nombre en el diario El Pensamiento Español, de orientación carlista.

Su evidente proximidad al partido carlista ni impidió que su carrera administrativa se desarrollase durante el Bienio Progresista ni que en el año 1859 el entonces gobernador civil de Guadalajara, Pedro Celestino Argüelles de la Unión Liberal, anotase en un informe de su hoja de servicios que su conducta política era “recomendable”.

Su estudio fotográfico

Francisco de Eyre Mosquera abrió en Guadalajara el primer estudio fotográfico de la provincia y uno de los primeros que se establecieron en España lejos de los grandes núcleos urbanos. Seguramente se inauguró en 1862, el mismo año que Jean Laurent recorrió por primera vez esa provincia, pues hemos visto alguna CDV con su sello y firmada y fechada en ese año por el retratado, y terminó su peripecia vital en marzo de 1866 con su fallecimiento.

Parece ser que, en opinión de Luis Enrique Cabrera, el estudio estuvo situado en el número 44 de la Calle Mayor Alta de la capital alcarreña, prácticamente en la esquina con la Plaza de Santo Domingo. Durante algún tiempo el establecimiento de fotografía lo regentó exclusivamente Francisco de Eyre, cuyo nombre es el único que aparece en algunas de las fotografías que se conservan, y en otro período lo codirigió con Vicente Vázquez, un joven y casi adolescente vecino de Guadalajara, apareciendo en este caso las imágenes bajo el sello comercial de Eyre y Vázquez. Tras el fallecimiento de Francisco de Eyre, y hasta 1870 aproximadamente, las fotografías comercializadas están firmadas solo por Vicente Vázquez.

El proceso de reproducción fotográfica más utilizado por Eyre y Vázquez fue el de la copia a la albúmina, un procedimiento inventado en 1849 por el francés Louis Désiré Blanquart-Evrard e introducido en España dos años después por el sevillano Francisco de Leygonier. Y el formato más común de su trabajo fotográfico fue la CDV, o Carte de Visite, con retratos individuales o familiares de vecinos de Guadalajara, aunque sabemos que no fue el único utilizado. Como decoración para las fotos de estudio se usó mobiliario de la época, una balaustrada y un forillo o pequeño telón que insinuaba un paisaje que cubría el fondo de la imagen.

Un número significativo de los retratos que han llegado hasta nosotros, que no suman medio centenar, corresponden a militares de la Academia de Ingenieros, lo que se explica porque al año siguiente de la visita del británico Charles Clifford a Guadalajara, en 1856, para tomar las primeras fotografías de la ciudad, el fundador de esta Academia, el general Antonio Remón Zarco del Valle, propuso que desde ese curso se tomase una placa de todos los alumnos que ingresasen en la Academia, con el objetivo de que, cuando lo mereciesen, esa fotografía pudiese ser incorporada a la Galería de Retratos que existía en el edificio de la Academia. Quizás con este propósito muchos militares pasaron por el estudio de Francisco de Eyre.

JUAN PABLO CALERO DELSO


 

lunes, 21 de febrero de 2022

ANTONIO ALCALÁ-GALIANO MIRANDA

ALCALÁ-GALIANO MIRANDA, Antonio

[París, 27 de marzo de 1842 / Túnez, 14 de agosto de 1902]

 Antonio Manuel Alcalá-Galiano Miranda nació en París el 27 de marzo de 1842 y falleció en Túnez el día 14 de agosto de 1902. Era hijo de Antonio Alcalá-Galiano y Fernández de Villavicencio, cuyo padre, Dionisio Alcalá-Galiano, había sido un ilustre marino muerto en combate en la batalla de Trafalgar y que, personalmente, si bien inició la carrera naval, había destacado por ser un eminente político liberal, radical en su juventud y moderado en su madurez. El 31 de diciembre de 1841 Antonio Alcalá-Galiano hubo de volver al exilio por su oposición a la regencia del general Baldomero Espartero, mientras que su esposa, embarazada de Antonio y llevando de la mano a su hijo Cristino, era tratada con desprecio y se vio obligada a caminar campo a través en pleno invierno para encontrar refugio en Francia. Instalados en París, en la rue de la Paix, la familia sufrió la muerte de Cristino y el nacimiento de Antonio, que fue bautizado en la iglesia parisina de la Madeleine el día 30 de marzo, siendo apadrinado por otros exiliados españoles: el magistrado Antonio Benavides Fernández de Navarrete y Antonia Viteri, esposa de Manuel Uriarte de la Herrán.

Su madre era Manuela Miranda Rendón, que siendo muy joven fue amante del rey Fernando VII con la que tuvo una hija, llamada Malvina. La esposa legítima del rey, la reina María Cristina de Borbón, conoció la relación pero, lejos de enemistarse con ella, sintió lástima de la joven Manuela a la que protegió desde entonces. Años después, ya fallecido el rey, Manuela Miranda fue cómplice de la entonces regente María Cristina en su relación con Fernando Muñoz, su futuro marido y duque de Riansares, sellando una profunda una amistad entre ambas familias.

Antonio Alcalá-Galiano Fernández de Villavicencio, ya viudo después de un primer matrimonio que se rompió con escándalo, contrajo segundas nupcias con Manuela Miranda, a la que conoció a su vuelta de su primer exilio en 1834 y con la que se casó salvando una evidente diferencia de edad entre ambos cónyuges y a pesar de que él era considerado el hombre más feo de España por sus contemporáneos.

A su vez, Antonio Alcalá-Galiano Miranda se casó en febrero de 1866 en la localidad guipuzcoana de Irún con Asunción Cassani Romano, hija de José Cassani Cron y White, conde de Mathian que falleció en 1888, y de Teresa Romano Rizo, que murió en 1872. Tuvieron una única hija, María del Dulce Nombre Alcalá-Galiano Cassani, que vino al mundo en 1866 y que en 1889 contrajo matrimonio con Gastón Poli Costa en la ciudad chilena de Valparaíso, donde su padre estaba destinado como cónsul de España. Precisamente, esa estancia de Antonio Alcalá-Galiano Miranda en Valparaíso tuvo una insólita consecuencia. El escritor Juan Valera, primo de aquel, le envió a Chile el libro Azul, del joven poeta nicaragüense Rubén Darío, acompañado de unas cartas que sirvieron para consagrar en España el nuevo estilo literario del modernismo.

Aunque nacido en el exilio francés, Antonio Alcalá-Galiano Miranda muy pronto pudo venir a España con sus padres, pues al año siguiente de su nacimiento cayó la regencia de Espartero y los correligionarios políticos de su padre, encabezados por el general Ramón María Narváez, se hicieron con el poder tras un golpe militar. Aquí realizó sus estudios primarios y secundarios y en 1857 se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Central madrileña.

Desengañado de la política a la vuelta de su exilio en 1843, su padre se había mantenido al margen de la vida institucional española a pesar de la vieja amistad que le unía con los dirigentes del partido moderado y de los sacrificios realizados por sus ideas. Pero en 1864 abandonó ese retraimiento y el 26 de diciembre juró su cargo como ministro de Fomento en un gabinete presidido por el general Narváez. Pero el 10 de abril de 1865 los universitarios madrileños que daban una serenata al rector, Juan Manuel Montalbán, en desagravio a su destitución por el gobierno y en apoyo al catedrático Emilio Castelar, expulsado de la Universidad, fueron tiroteados por fuerzas de la Guardia Civil y del ejército. Se dice que, al tener noticia de estos sucesos, que han pasado a la historia como la noche de San Daniel, el ministro Antonio Alcalá-Galiano sufrió un ataque y falleció repentinamente.

La familia quedó completamente desamparada pues su prestigiosa posición social no estaba acompañada por una fortuna económica suficiente; se dice que el entierro de Antonio Alcalá-Galiano tuvo que ser costeado por sus compañeros del Consejo de Ministros ante la penosa situación de su viuda. Las perspectivas para el hijo debían de ser tan oscuras que su madre, Manuela Miranda, escribió el 26 de abril de 1865, apenas quince días después de enviudar, al duque de Riansares, esposo de su amiga la reina María Cristina para pedir que le recomienden a su hijo a Isabel II “para que le conceda el empleo de mayordomo de semana, aunque sea con el menor sueldo de la clase, [pues] esto sería una ayuda para nosotros que, como V. sabe, no contamos con ninguna clase de fortuna”.

Carrera política y diplomática

Parece ser que vistió durante algún tiempo el uniforme de los húsares en el Palacio Real madrileño, aunque no siguió la carrera de las armas, y hacia el año 1867 ingresó en el Cuerpo Diplomático ocupando algunos destinos en el exterior hasta que la caída de Isabel II y el ostracismo de los moderados a partir de septiembre de 1868 añadieron nuevas dificultades a la familia Alcalá-Galiano Miranda y le hicieron perder el favor de su principal valedora. Por otro lado, su padre, que había sido un liberal exaltado que llegó a votar la incapacidad de Fernando VII en la sesión del 11 de junio de 1823, aceptó en 1836 ocupar el Ministerio de Marina en el gobierno moderado de Francisco de Istúriz, por lo que era considerado un traidor por los progresistas y no cabía esperar ninguna ayuda de ellos.

Pero los vaivenes de la política decimonónica española le ofrecieron una nueva oportunidad cuando, a partir del mes de enero de 1875, los Borbones volvieron al trono de Madrid, de la mano de Alfonso XII que era hijo de Isabel II, y los antiguos moderados, ahora agrupados en el Partido Conservador retornaron al poder. Antonio Alcalá-Galiano Miranda se unió a las filas conservadoras de Antonio Cánovas del Castillo y muy pronto inició una carrera política.

Su primer destino institucional le puso al frente de la provincia de Guadalajara, ocupando el cargo de Gobernador Civil desde el mes de octubre de 1875 hasta julio de 1878, poniendo fin a una etapa de mucha inestabilidad, pues en los nueve meses anteriores, desde la llegada al trono de Alfonso XII, se habían sucedido tres gobernadores civiles: Vicente Rico Sánchez-Tirado, Augusto José de Casanova y Francisco Saúco Brieba. En tierras alcarreñas impulsó y compartió el optimismo de la burguesía que con la Restauración monárquica y el final de la República había recuperado no solo el poder político sino también la confianza en sí mismos y la esperanza de un futuro mejor, tal y como se puso de manifiesto con la Exposición Provincial de 1878 de la que él fue “iniciador y organizador activo e inteligente del concurso”, según reseñaba La Ilustración Española y Americana. También fue él quien inauguró el Ateneo Científico, Literario y Artístico el 11 de marzo de 1877, fruto de ese renovado optimismo de la burguesía provincial.

También vio el final de la Tercera Guerra Carlista, que había alcanzado notable intensidad en la provincia, sobre todo en las comarcas de la Sierra, la Baja Alcarria y el Señorío de Molina de Aragón. Todavía en el verano de 1875 las partidas carlistas de Guadalajara ocuparon temporalmente Alocén, incendiando su molino, y Miedes de Atienza, manteniendo vivo el conflicto hasta febrero de 1876.

En el mes de julio de 1878 fue nombrado gobernador civil de Alicante, una provincia de mayor rango que la de Guadalajara, adonde se trasladó con su familia, teniendo la desgracia de que su madre, Manuela Miranda Rendón, falleciese en Alicante el 2 de octubre de 1878, siendo enterrada en el Cementerio de San Blas. Un Real Decreto del 3 de agosto de 1879 le trasladó al Gobierno Civil de Toledo, donde estuvo, en esta primera etapa, hasta que fue cesado el 19 de diciembre de 1880. Tras el breve paréntesis de los gabinetes liberales de Sagasta, el 19 de noviembre de 1884 volvió a ser nombrado gobernador civil de Toledo, ocupando este cargo hasta el 6 de octubre de 1885, cuando le cesó un nuevo gobierno liberal.

La situación económica familiar no debía de haber mejorado mucho desde los tiempos de su padre, porque el 23 de octubre de 1878, tres semanas después del fallecimiento de su madre, Antonio Alcalá-Galiano solicitó “se le transmita la pensión de 1.500 escudos que le fue concedida [a su madre] por ley 15 de julio de 1865” en condición de huérfano de su padre desde esa fecha.


En 1887 se alejó de la política nacional y retornó a la carrera diplomática, ocupando los Consulados generales de España en Lisboa, en la ciudad chilena de Valparaíso, como ya hemos citado, en la localidad costera de Emuy, en China, y desde 1897 en la Argelia francesa y, más tarde, en Túnez, también bajo dominio francés, donde falleció en 1902 cuando estaba al frente de dicho consulado.

Se decía que “había heredado también de su padre, si no su elocuencia, la facilidad de hablar en público”, y de hecho se encargó de la edición y publicación de las Memorias de su padre, que tuvieron un éxito notable y que sirven de imprescindible referencia para los estudiosos de ese período. Personalmente, tradujo algunas obras del portugués y dejó “libros de política y literatura, y esparcidos en periódicos cientos de artículos políticos y literarios. Era, además, poeta de fácil y lozana versificación”.

JUAN PABLO CALERO DELSO