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martes, 8 de febrero de 2022

MIGUEL BENAVIDES SHELLY

BENAVIDES SHELLY, Miguel

[Arganda del Rey, 30 de abril de 1889 / Ciudad de México, enero de 1943]

Miguel Benavides Shelly nació el 30 de abril de 1889 en la localidad madrileña de Arganda del Rey, donde residía su familia que era propietaria de varias fincas agrícolas en esa comarca, y falleció en Ciudad de México en los últimos días de enero de 1943. Era hijo de Miguel Benavides Alfaro, un antiguo oficial del ejército que vino el mundo en Valladolid el 28 de abril de 1828, y de Manuela Shelly Fernández de Córdoba, que había nacido en Alicante el día 9 de octubre de 1849, vástagos de dos familias del estamento nobiliario y con una larga tradición militar. La pareja tuvo otros dos hijos (Severiana y José María) que, debido a la diferencia de edad entre los cónyuges, muy pronto quedaron al cuidado exclusivo de su madre, que enviudó el 3 de marzo de 1901.

Miguel Benavides Shelly contrajo matrimonio en diciembre de 1919 con Felisa Cordero de Paz e Iturriaga, hija del oficial de la Guardia Civil Jenaro Cordero Ferraz, que era diez años más joven que él. Tuvieron tres hijos: Teresa Benavides Cordero, nacida en 1921, Felisa, que vino al mundo en 1924, y Miguel, que nació en 1929, aproximadamente. Los cuatro le acompañaron al exilio en 1939.

Completada la enseñanza primaria, Miguel Benavides Shelly inició en 1899 sus estudios de Bachillerato en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, obteniendo el título correspondiente en junio de 1905. Durante el curso siguiente se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central madrileña, pero creemos que no completó estos estudios y que se licenció como titulado en Filosofía y Letras, aunque al llegar al exilio en la República Dominicana declaró que su profesión era la de maestro, seguramente por indicación de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE).

Sin embargo, profesionalmente no se dedicó a la docencia, ni en la enseñanza primaria ni secundaria, sino que trabajó como oficial administrativo del Ministerio de Hacienda. La Gaceta de Madrid del 12 de abril de 1915 ya le incluía en la relación de aspirantes a funcionarios de la Hacienda Pública con titulación de Bachiller y, una vez conseguida la plaza, fue destinado a la provincia de Alicante, donde había nacido su madre y a la que estuvo desde entonces fuertemente vinculado.

Sin embargo, en el último trimestre de 1924 aceptó permutar su puesto en esa provincia con el también funcionario Santiago Garrido, destinado en la delegación de Hacienda de Guadalajara. Instalado en la capital alcarreña, al terminar el año 1925 mereció una de las recompensas de 500 pesetas que el Ministerio otorgó a sus funcionarios más destacados. Permaneció en tierras alcarreñas hasta que en diciembre de 1927 solicitó el traslado a Albacete, regresando a Alicante en el año 1929.

Actividad social y política

En 1923 Miguel Benavides Shelly iniciaba su actividad pública; en el mes de mayo de ese mismo año asistió a la asamblea de constitución de la sección de Alicante de la Liga Española de los Derechos del Hombre, una sociedad nacida en 1913 bajo el impulso del doctor Luis Simarro, como consecuencia de su campaña en defensa del pedagogo anarquista Francisco Ferrer Guardia, y que se había refundado en el año 1922 y estaba bajo la presidencia de Miguel de Unamuno.

Desde su origen, con el nombre de Liga Española para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, esta asociación tuvo una fuerte inspiración masónica, así que no debe de ser casualidad que el 21 de febrero de ese mismo año Miguel Benavides ingresase en la logia Numancia de Alicante, la número 3 de la Gran Logia Regular española, con el nombre simbólico de Meng-Tien, en referencia a un general y arquitecto que impulsó la construcción de la Gran Muralla china. Trasladado a Guadalajara, pasó a la logia Ibérica número 1 de Madrid pues no había ninguna en la capital alcarreña, hasta que, por su mediación y con la colaboración de Marcelino Martín y Miguel Bargalló, se constituyó la logia Arriaco número 8. Destinado en Albacete, se incorporó a la logia Mendizábal de esa ciudad, hasta que en 1929, de regreso a Alicante, volvió a la logia Numancia, ahora con el grado 33, que ostentó desde el primer trimestre de 1930.

Esta vinculación con la Masonería le hizo tristemente célebre durante la Guerra Civil. Al estallar el conflicto las fuerzas golpistas se hicieron con el control de Segovia y las milicias rebeldes asaltaron la casa que la familia Benavides tenía en la ciudad, incautándose de toda la documentación personal que allí se guardaba. Con estos materiales José Manuel Ojeda Guillelmi, miembro del Servicio de Información y Policía Militar franquista durante el conflicto, escribió un librito de un centenar de páginas titulado Vida política de un grado 33 que en 1937 publicó en Burgos el canónigo Juan Tusquets en sus Ediciones Antisectarias. A pesar de la censurable violación de su intimidad, la imagen que se ofrece de de Miguel Benavides en este libro es moderada y moderna, excepto para alguien tan sectario e imbuido del integrismo católico como el autor y el editor de la obra.

En paralelo a esta actividad masónica corrió su militancia política. Aunque manifesto que a los 16 años formó parte de las juventudes de la Unión Republicana de Nicolás Salmerón, básicamente su actividad política se desarrolló a partir de la Dictadura primorriverista. Durante su estancia en Guadalajara se integró en la Agrupación del PSOE, más por afinidad personal con Marcelino Martín, Miguel Bargalló o Tomás de la Rica que por identidad ideológica con el partido socialista. Pero desde su regreso a Alicante, en el año 1929, se afilió a Acción Republicana, el partido político fundado por Manuel Azaña durante la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera que se constituyó legalmente en el año 1931, siendo entonces elegido Miguel Benavides para hacerse cargo de la Secretaría Provincial de Alicante hasta que en enero de 1932, tras una Asamblea Provincial, fue nombrado Contador de su ejecutiva provincial, convertido ya en uno de los militantes más destacados del republicanismo alicantino. En el año 1934 Acción Republicana se integró en un nuevo partido, Izquierda Republicana, nacido de la convergencia de diversos grupos bajo el liderazgo de Manuel Azaña y al que se afilió Miguel Benavides, que ese mismo año fue elegido Contador de su directiva nacional. Toda esta carrera política no se puede entender sin su estrecha amistad con Carlos Esplá Rizo, un periodista alicantino republicano y masón, que en su juventud había sido secretario de Vicente Blasco Ibáñez, y al que Miguel Benavides acompañó hasta su exilio en México, donde mantuvo su adscripción a Izquierda Republicana.

Segunda República, Guerra y exilio

Pero quizás su actividad política más destacada durante el quinquenio republicano fuese el Gobierno Civil de Guadalajara. En una primera etapa, fue gobernador de la provincia alcarreña entre el 6 de noviembre de 1932 y el 13 de septiembre de 1933 y, en su segundo período, ocupó esa misma responsabilidad desde el mes de febrero de 1936 hasta el 13 de diciembre de ese mismo año, en que apareció su cese en la Gaceta de Madrid.

En 1932 su nombramiento fue bien acogido, incluso por la prensa derechista, por haber vivido en Guadalajara y conocer la provincia de primera mano. Además se señalaba que era “hombre joven, culto y tolerante con toda clase de ideologías [que gobernaría] procurando en todo momento patentizar sus ideas democráticas”, como se podía leer en el semanario Flores y Abejas con motivo de su designación. Cumpliendo las expectativas puestas en él, en su primer día al frente de la provincia recibió a una comisión de propietarios y trabajadores agrícolas de Azuqueca de Henares consiguiendo con su intervención resolver el conflicto planteado entre ellos.

Destacó también por su mediación para conseguir que se mantuviesen abiertas las factorías de La Hispano en Guadalajara, tanto de aviones como de vehículos, pues el gobierno republicano se resistía a que pasasen a estar controladas por la FIAT, una empresa que tenía su matriz en la Italia fascista, llegando a formarse una comisión que se entrevistó personalmente con el jefe del gobierno, Manuel Azaña.

Al finalizar su primer paso por el Gobierno Civil de Guadalajara, fue nombrado, aunque muy brevemente, delegado del gobierno en la isla de Menorca, renunciando al puesto, que parece ser que no llegó a ocupar, y siendo sustituido por Teodoro González González-Vega en vísperas de las elecciones legislativas que dieron el triunfo a las candidaturas conservadoras. Trasladó entonces su residencia a la ciudad de Segovia, recuperando su empleo en la Delegación de Hacienda y residiendo en el número 20 de la calle Ochoa Ondeategui.

Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, Miguel Benavides Shelly fue de nuevo nombrado gobernador civil de la provincia de Guadalajara. En esta ocasión la principal preocupación del nuevo delegado gubernativo fue la violencia política, con el asesinato por pistoleros de la extrema derecha de los carteros de Moratilla de los Meleros y de Sigüenza, que estaban promoviendo los sindicatos de clase en sus comarcas, la represión con uso de armas de fuego por la Guardia Civil de la protesta de los trabajadores de las salinas del norte de la provincia o los ataques personales o amenazas de muerte protagonizadas por militares conspiradores y reconocidos monárquicos.

Paradójicamente, esa tarea de pacificación se vio entorpecida por el ascenso del jefe de la Guardia Civil en la provincia alcarreña; José Sanjurjo Rodríguez-Arias, comandante del 20º Tercio de esta fuerza, fue ascendido a general de brigada el día 21 de mayo de 1936, siéndole asignado el mando de la 4ª Zona de la Guardia Civil, con residencia en Madrid, y que tenía a su cargo las provincias de Ávila, Badajoz, Cáceres, Cuenca, Madrid, Salamanca, Toledo y Zamora. El 25 de mayo se convocó un homenaje en la ciudad de Guadalajara en la que Miguel Benavides le impuso la faja de general y José Sanjurjo Rodríguez-Arias cedía el testigo del mando de la Guardia Civil en la provincia a su segundo, Ricardo Ferrari Ayora, que se sublevó en julio de 1936 y puso a la Guardia Civil a disposición de los golpistas.

Desde julio de 1936 procuró por todos los medios mantener la paz en tierras alcarreñas; así el día 15 emitió un bando para asegurar “el riguroso mantenimiento del orden público” y a partir del día 18 negoció con los oficiales de la guarnición de Guadalajara que le dieron su palabra de lealtad a la República hasta que se sublevaron forzando su huida a Madrid, volviendo a la provincia cuando fue liberada por las milicias cenetistas madrileñas de Cipriano Mera. Al volver a ejercer sus funciones, emitió un nuevo bando el día 28 de julio en el que prohibía que a nadie se le “exigiese la documentación, […] realizare registros domiciliarios, detenciones, ataques contra la vida, integridad corporal o propiedad ajena”, aunque su control de la situación era ya muy limitado.

 Cuando el 4 de noviembre de 1936 se formó el segundo gabinete de Francisco Largo Caballero, el nuevo gobierno incorporó un Ministerio de Propaganda a cuyo frente situó al periodista republicano alicantino Carlos Esplá Rizo, que como ya dijimos mantenía una larga amistad con Miguel Benavides Shelly, quien fue nombrado secretario particular del ministro el día 22 de noviembre y, forzosamente, renunció a su puesto como gobernador civil de Guadalajara, cese que se hizo efectivo el 13 de diciembre de ese mismo año.

El 25 de mayo de 1938 fue nombrado, a propuesta del ministro de Obras Públicas Antonio Velao Oñate, delegado del Gobierno en la Confederación Hidrográfica del Ebro, aunque para entonces el control de casi todo el cauce y la cuenca de este río ya estaban bajo la autoridad del ejército rebelde. Fue, de todos modos, su último cargo al servicio de la República Española en el interior del país.

En los primeros meses de 1939 abandonó con su familia el territorio español, ante la amenaza de represalias por parte de la dictadura franquista, dada su condición de masón y su militancia republicana; no en vano José Manuel Ojeda reconocía en su libro que cuando fuese detenido el capítulo final de su biografía sería “el más sabroso y trágico”. Y, efectivamente, Miguel Benavides Shelly fue juzgado y condenado en rebeldía, en el sumario 309/1941, a 30 años de reclusión mayor y otras penas accesorias por su pertenencia a la Masonería.

En un primer momento recaló en la República Dominicana, adonde llegó en diciembre de 1939, residiendo en el número 43 de la calle de Isabel la Católica de la capital del país, Santo Domingo, y donde actuó como responsable de la JARE junto a Rafael Supervía y Balbina Medrano. En 1938 el dictador dominicano, Rafael Leónidas Trujillo, decidió no presentarse a la reelección como presidente del país, ocupando la jefatura del Estado los presidentes títeres Jacinto Bienvenido Peynado, hasta su muerte en 1940, y Manuel de Jesús Troncoso, hasta 1942. La política de puertas abiertas a los exiliados españoles de ese período, se cerró con la progresiva vuelta al poder del dictador Trujillo, hasta el punto que José Andreu Abelló, en representación de la JARE, escribió al gobierno mexicano en febrero de 1941 que la familia Benavides “se hallaban en la actualidad en la República Dominicana, en cuyo país se le ha creado una situación difícil, por lo que es de urgencia procurar su inmediata salida”.

Finalmente, el día 25 de marzo de 1942 Miguel Benavides y los suyos llegaron a México y se instalaron en el número 157 de la calle Ayuntamiento en el Distrito Federal. La JARE le nombró funcionario, con un salario de 250 pesos mensuales, le proveyó de una tarjeta para la asistencia médica y le facilitó otros servicios, Aunque en la petición de entrada en México la JARE apuntaba que probablemente fijaría su residencia en el estado de Michoacán, lo cierto es que fue nombrado profesor en el Colegio Madrid de Ciudad de México, abierto para asegurar la formación de los hijos de los exiliados españoles, pero falleció a finales de enero de 1943. El periódico Adelante, portavoz del PSOE en México, reseñaba en su número del 1 de febrero de 1943  “su decisión y energía en momentos difíciles para la República, a la que sirvió, sin tasa ni medida, cuando fué requerido para ello. Del señor Benavides Shelly puede decirse con completa justicia que fue un hombre entregado de lleno a los ideales democráticos, un republicano sin ambiciones, que desdeñó honores para ser útil a España”, y destacaba “su paso por el gobierno provincial del feudo Romanonista […] reclamado por la voluntad popular, a proseguir su obra de saneamiento moral y politico en aquella provincia española, tantos años sometida al caciquismo”.

JUAN PABLO CALERO DELSO

domingo, 30 de enero de 2022

ISABEL MUÑOZ-CARAVACA LÓPEZ-ACEVEDO

MUÑOZ-CARAVACA Y LÓPEZ ACEVEDO, Isabel

[Madrid, 3 de agosto de 1848 / Guadalajara, 28 de marzo de 1915]

 Isabel María Magdalena Josefa Muñoz-Caravaca y López-Acebedo nació en Madrid el día 3 de agosto de 1848. Era hija de Francisco Muñoz-Caravaca y García-San Miguel, un rico propietario oriundo de Alcázar de San Juan, y de Alejandra López-Acebedo y Sánchez, natural de Madrid. Maestra, periodista y científica, fue una de las personalidades más destacadas de la Guadalajara contemporánea.

De familia aristocrática y posición acomodada -vivía en el número 9 de la calle del Reloj, muy cerca del Palacio Real madrileño y a espaldas del Senado nacional y del Convento de la Encarnación-, recibió una educación esmerada; estudió en Madrid y en un internado de París, obteniendo la habilitación como maestra, y recibió también enseñanza musical en el Real Conservatorio de Madrid con el maestro Manuel de la Mata. Rompía así con la tradicional exclusión de las mujeres de la cultura y el conocimiento, porque, a pesar de su pertenencia a los estamentos privilegiados, su familia simpatizaba con las corrientes políticas más avanzadas y participaba de las nuevas realidades sociales.

 Su vida familiar

Mostró desde pequeña un carácter rebelde, como ella misma manifestó, y al morir su madre cuando aún era una niña, forjó una personalidad fuerte y dominante, habituada a crecer sin el freno y el ejemplo materno. Quizás por eso tardó tanto en casarse, para los usos de su época, contrayendo finalmente matrimonio el día 7 de diciembre de 1874, en la Parroquia de San Martín de Madrid, con Ambrosio Moya de la Torre y Ojeda, veintiséis años mayor que ella, que era entonces director del madrileño Instituto de Noviciado y que había impartido clase en la Universidad Central de Madrid, en la que había obtenido el Doctorado en Ciencias con la primera tesis sobre Probabilidad que se presentó en España bajo el título de Sobre la importancia filosófica del cálculo de Probabilidades, que se publicó ese mismo año. Catedrático de Instituto desde 1844, antes de llegar a la capital del país ya había ejercido la docencia en Logroño, Murcia y Valencia.

A la rebeldía natural de Isabel se le unió el talante progresista de su marido, un republicano federal avanzado que había nacido en el seno de una familia hidalga pero progresista, cuya madre, María Alonso de Ojeda, había sido la primera viuda en cobrar en 1842 el auxilio acordado para los socios fallecidos de la Sociedad de Socorros Mutuos de Jurisconsultos, una de las primeras entidades solidarias nacidas al amparo de la legislación de 1839, y a la que perteneció su marido, Gabriel Moya de la Torre.

Durante los veinte años que transcurrieron desde su boda hasta la muerte de su marido, el 21 de enero de 1895 en Benidorm –donde había acudido para aliviar sus dolencias-, disfrutaron de la vida relajada y del ambiente elegante de esa burguesía madrileña satisfecha con los cambios sociales, políticos y económicos que se sucedieron durante la Restauración. Parece ser que dilapidaron la fortuna familiar en viajes y comodidades y que fueron una de las primeras familias que buscaron refugio en la sierra madrileña, seguramente en Húmera que es donde nació su hijo pequeño, Jorge. Una opción personal que entroncaba con el excursionismo de raíz krausista, una influencia cultural que seguramente conocieron y experimentaron.

Resume muy bien aquel período de su vida la carta que escribió a Nicolás Díaz Pérez, un escritor republicano y masón, que buscaba datos sobre la casa que albergó a la primera logia de España para una serie de artículos que, bajo el título común de “Datos para escribir la Historia de la Orden de los Caballeros Francmasones en España”, publicó desde 1890 en la Revista de España. Del contenido de la carta, que se publicó en la citada revista en su número correspondiente a marzo de 1891, podemos deducir la notable fortuna familiar, pues su padre le compró el edificio del número 6 de la calle de la Princesa a la propia reina Isabel II en 1865. El texto muestra la importancia de ese patrimonio familiar, que sufrió notable mengua en sus manos, y también pone de manifiesto la enorme curiosidad de Isabel y su mente analítica.

Maestra en Atienza

Si hasta que murió Ambrosio Moya de la Torre vivió la vida propia de una familia burguesa, al enviudar en 1895 rompió con los convencionalismos de su tiempo y decidió “cumplir el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente”, a pesar de haber cumplido 47 años y tener dos hijos menores de edad. Abandonó las ventajas que disfrutaba en su céntrica casa madrileña, que no estaría sobrada de modernas comodidades, para compartir la dura vida de las mujeres de un pueblo serrano: sin luz eléctrica, que no llegaría hasta marzo de 1905, sin agua corriente en la casa, cuidando sola de sus hijos en un hogar pequeño y muy deteriorado en una modesta casa del número 29 de la calle Zapatería…

En septiembre de 1895 se incorporó a la Escuela de Niñas de Atienza, donde desarrolló una intensa labor pedagógica que se vio reflejada en sus libros Principios de Aritmética, publicado en Madrid por la prestigiosa Librería de Hernando en el año 1899, que tenía un carácter eminentemente práctico, y Elementos de la Teoría del Solfeo, editado en Madrid en los primeros años del siglo XX e impreso en la Tipolitografía de R. Péant; además, siguió ocupándose de la revisión de las reediciones de algunos manuales escolares de Matemáticas escritos por su marido y que siguieron reimprimiéndose después de su muerte.

Ella misma nos lo cuenta: “No era vieja, tampoco joven, Venía viviendo desde niña en el cómodo bienestar de las capas doradas de la clase media, bastante mimada por la suerte. Alguna vez había trabajado algo, poco y sin método, por aficiones de desocupada, no por necesidad. Se había casado, como casi todo el mundo se casa, pero había reñido con el marido: no se entendían. Una cadena de circunstancias y sucesos, de errores también unos propios y otros extraños, había desmoronado su fortuna; como muchas fortunas suelen desmoronarse, a la manera de los terrones de azúcar cuando les caen encima muchas gotas de agua; […] Sin una peseta, sin apoyo en su familia ni en las ajenas” y, añadía en su artículo, seguramente parcialmente autobiográfico que publicó en Flores y Abejas el 14 de junio de 1908: “y había llegado a este momento crítico en que su vida concluía o empezaba; o tomaba una dirección completamente nueva e imprevista”.

Hay que resaltar que el sueldo que obtenía como maestra se detraía de su pensión de viudedad, así que fue su voluntad de convertirse en una trabajadora y no la penuria económica lo que la decidió a trasladarse a Atienza. No deja de ser curioso, y una prueba más de su escasa preocupación por la administración de sus bienes, que aparezca en el listado de maestros de Primera Enseñanza que no habían percibido el aumento gradual de sueldo incluido en las nóminas aprobadas por la Secretaría de la Junta de Instrucción pública en 1899 y en 1900.

Pero su magisterio no se circunscribía a sus obligaciones académicas, y se implicaba en la educación de sus alumnas más allá de las cuatro paredes de su escuela. Se propuso desterrar las bárbaras costumbres del Jueves Lardero y, a pesar de que no era día lectivo, impartía clase esa tarde para que las niñas no participasen en el festejo, o celebraba junto con los niños de la escuela masculina de Atienza y su maestro, Aquilino Correa, la Fiesta del Árbol, y también buscaba acabar con las burlas crueles y machistas que sufrían sus alumnas en las calles de la villa... Además, atendía una Escuela Nocturna para Adultos y preparaba a algunas jóvenes de Atienza para ingresar en la Escuela Normal de Magisterio.

Ella misma lo explicaba admirablemente: “Yo, sin pensar en mí, me dediqué con ardor a la educación de mis alumnos, que nunca creí reducidos a las niñas matriculadas; y siempre consideré prolongado moralmente hasta el límite de la población, el radio de nuestra influencia educadora; y en cuanto he podido, no ha sido mi clase un recinto limitado donde se dogmatizase a puerta cerrada, y donde sólo iniciados pudieran penetrar. Que mi clase hubiera sido el pueblo entero: ¡esa era mi aspiración, mi sueño!”.

Su pedagogía se centraba en el alumno y buscaba una formación integral de las niñas que tenía a su cargo: “yo creo que no vine aquí sólo para enseñar a las niñas a manejar estúpidamente una aguja. Tienen inteligencia, tienen corazón, tienen sentimientos: desenvolverla, conmoverle, excitarlos: esa creo yo que es mi misión”. Esa pedagogía excluía completamente la violencia corporal, tan usada en aquellos días en los recintos escolares; casi recién llegada a Guadalajara, en el otoño de 1898, mantuvo una agria polémica con Alejo Hernando, un maestro muy conocido y premiado de la vecina localidad salinera de Imón, sobre los castigos físicos a los alumnos, en el que tuvo que soportar un tono prepotente.

Su amplia actividad docente no pasó desapercibida en Atienza, ni sus colaboraciones periodísticas dejaron de provocar reacciones en la provincia de Guadalajara; si las respuestas a sus artículos en prensa no siempre tenían un tono amable, la presión en la villa atencina debió de resultar aún más inquietante. Su carácter fuerte, sus conocimientos muy por encima de la mayoría de sus convecinos, sus ideas tan avanzadas en una provincia cada vez menos progresista y su indiscutible protagonismo social le abrieron las puertas, primero de un círculo ilustrado comarcal (Eduardo Contreras, Bruno Pascual Ruilópez, Jorge de la Guardia o Julián del Amo, entre otros), y después de toda la provincia alcarreña la apoyasen y animasen. Como se puso de manifiesto en el banquete y homenaje que, organizado por la redacción de Atienza ilustrada, se celebró el 19 de julio de 1901, y al que asistió “el diputado provincial Sr. Ignesón, el médico de Miedes D, Jorge Laguardia y nuestro compañero en la prensa Luis Cordavias, que con tal motivo se ha trasladado también á Jadraque”, acompañados por “todo lo más significado de esta villa [ y por el ] alcalde en representación del Ayuntamiento, y como admirador de la eminente escritora”.

Pero también debieron de granjearle muchos enemigos, sobre todo entre la red caciquil que gobernaba la ciudad y la comarca y, muy especialmente, entre la Iglesia Católica, como se comprobó cuando en 1905 un misionero, el padre Cadenas, soliviantó desde el púlpito a los vecinos de Atienza contra Isabel Muñoz Caravaca, que no se mostraba piadosa en sus costumbres.

Una hostilidad muy hipócrita, pues a lo largo de esos años no hay un sólo acontecimiento ni un sólo visitante en Atienza que no reseñe con encomio su presencia. Pero la presión no dejó de ser persistente, así que en el verano de 1902, cansada de del acoso caciquil y eclesiástico, renunció a su plaza de funcionaria y presentó ante el Rectorado de la Universidad Central su dimisión como maestra de Atienza, alegando motivos de salud. La dimisión le fue aceptada y abandonó toda actividad docente, aunque desde la Junta Local de Primera Enseñanza impulsó la construcción de una nueva escuela en la villa de Atienza.

Renunció con dolor y con mucha añoranza de lo que pudo ser y no fue: “lo que hubiera podido llegar a ser mi Escuela si los padres y el medio ambiente me hubieran ayudado; lo que ha llegado a ser, aun sin ningún concurso extraño; lo que yo he hecho, por deficientes que sean mis condiciones intelectuales: cuando solo me han guiado, mi aspiración a no ser inútil en la sociedad y mi carácter apasionado por cualquier obra emprendida, cuando jamás cupo en mí el interés mezquino, aunque legítimo, de la remuneración de mi trabajo”. Porque hay que recordar que Isabel Muñoz Caravaca ejercía como maestra sin remuneración.

Quizás el desencadenante de la inquina que despertó fue su escaso respeto a las tradiciones en una sociedad rural como la de la provincia de Guadalajara finisecular. Proclamaba abiertamente que “el respeto a lo antiguo y tradicional debe tener sus límites, pues no todas sus costumbres se recomiendan por su moralidad y su conveniencia. Hay algunas que, si se abandonaran y hasta se olvidaran, nada se perdería por ello”. Y de ese convencimiento vinieron sus críticas y denuestos contra la fiesta de los toros y contra cualquier festejo que supusiese maltrato animal; y, al mismo tiempo, su restauración de la bandera de la Caballada de Atienza.

Otra de las costumbres tradicionales que la soliviantaban era la pena de muerte. Ya hemos visto su completa oposición a la violencia contra los animales y contra los niños; no era menor la que mostraba hacia la pena capital. Como en todas las demás ocasiones, se implicó abiertamente en el combate contra la pena de muerte en cada caso concreto que se dictaminaba en la provincia de Guadalajara. Un buen ejemplo nos lo ofrece el indulto para dos jóvenes de Albendiego condenados a muerte por la violación y asesinato de una muchacha de la misma localidad. Isabel Muñoz Caravaca inició una campaña en la prensa, a través de Flores y Abejas, y marchó a Madrid con una comisión de la villa de Atienza para pedir que la pena les fuese conmutada. En última instancia, se consiguió el indulto.

Su actividad cultural

Fue una asidua colaboradora de la prensa; no fue la primera mujer alcarreña que colaboró frecuentemente en periódicos y revistas de la provincia, pues años antes ya se había publicado algún artículo de Isabel Jiménez Ruiz, pero si la más constante y, seguramente, la que tenía mejor estilo. Escribió en Atienza Ilustrada, colaborando también en su confección, y en su continuación periodística, La Alcarria Ilustrada, en Flores y Abejas, en la que llegó a formar parte de la redacción y en la que también escribía su hijo Jorge, en El Republicano, La Alcarria Obrera y Juventud Obrera de Guadalajara, los periódicos de la clase obrera alcarreña con la que se identificaba, y en Acción Socialista de Madrid. En muchas ocasiones usaba seudónimos, por lo que muchos artículos suyos nos serán desconocidos.

Científica pionera, se dedicó a la Astronomía e instaló un telescopio en su domicilio de Atienza, siendo admitida en la Sociedad Astronómica de Francia. En agosto de 1905 fue la anfitriona de Camille Flammarión, que vino a España para observar un eclipse de sol y con el que cooperó en sus investigaciones sobre el terreno. Además, a ella se debe la restauración y el estudio de la bandera medieval de La Caballada atencina.

Feminista de primera hora, declaró que “yo a los veinte años era feminista por instinto”, sostenía un feminismo con un fuerte acento social que iba más allá de la demanda del sufragio; lejos del feminismo burgués de su tiempo, fue pionera del feminismo socialista que buscaba, en un plano de igualdad, la emancipación de las mujeres y de la clase obrera. Porque Isabel Muñoz Caravaca se sumó a la causa de los trabajadores y, aunque nunca perteneció a ningún partido ni sindicato, colaboró con las Sociedades Obreras de Guadalajara y respaldó desde la prensa las luchas de las clases populares.

En abril de 1910 se trasladó a Guadalajara, instalándose en la calle Manuel Medrano en su número 5, para acompañar a su hijo Jorge, que había obtenido una plaza de Auxiliar de la Secretaría de la Junta Provincial de Instrucción Pública, pues aunque tenía el título de Magisterio nunca se decidió a ejercer la profesión de maestro, quien sabe si a causa de los sinsabores que había sufrido su madre.

En el año 1914 enfermó de cáncer y falleció en su casa de Guadalajara a las 2 de la madrugada del domingo 28 de marzo de 1915. Su entierro, con ceremonia religiosa, enfrentó a sus dos hijos y disgustó e muchos de sus amigos. Isabel Muñoz-Caravaca nunca había sido una persona de creencias religiosas y, por el contrario, en muchas ocasiones había sufrido el acoso de la Iglesia, pero finalmente recibió la Extremaunción y tuvo un entierro católico, lo que fue nuevo motivo de agrias disputas familiares entre su hijo mayor, Gabriel, y el pequeño, Jorge, que se opuso a dar este carácter católico a los funerales y no asistió al entierro de su madre. Si El Liberal Arriacense escribía que “representaciones de las diversas clases sociales acudieron a rendir el último tributo a la escritora distinguida, a la mujer buena, que de todos supo hacerse amar y respetar”, en las páginas de El Socialista se podía leer: “No era una afiliada al Partido Socialista, pero socialistas eran sus ideas, y en nuestra Prensa las vertió muchas veces, demostrando estar compenetrada en todo con nuestra causa. […] Desde hacía mucho tiempo había roto con los convencionalismos de la sociedad a que pertenecía por lo aristocrático de su cuna, y se había aproximado a los que luchan dentro de la realidad por las reivindicaciones de los desheredados, por la realización de un ideal de justicia y de humanidad. Para nosotros era más hermosa y más legítima la nobleza de su pensamiento que la de su alcurnia. Para ella, también”.

JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 22 de enero de 2022

JUANA ARAGONÉS SANZ

ARAGONÉS SANZ, Juana

[Guadalajara, 1854 / Guadalajara, 17 de enero de 1939]

Juana Aragonés Sanz nació en la ciudad de Guadalajara en 1854, muy probablemente, pues en el juicio al que fue sometida en 1919 su abogado defensor alegó que nunca había sido detenida en sus 64 años de vida, y falleció a causa de un cáncer de mama en la capital alcarreña el 17 de enero de 1939, a los 94 años de edad y solo dos meses y medio antes del final de la Guerra Civil.

Era hija de Sandalio Aragonés y de Cecilia Sanz y se crió en el número 31 de la calle de San Roque, transcurriendo toda su vida alrededor de los barrios populares del Alamín y de Budierca, falleciendo en su domicilio del número 3 de la calle Navalpotro. Creció en el seno de una familia numerosa y trabajadora, así que sus primeros años, como los de todas las niñas de su misma condición, no fueron fáciles: su hermana Nicolasa falleció el 9 de julio de 1861 cuando sólo tenía diez años de edad y su hermana Celedonia sufrió igual suerte el 12 de septiembre de 1862, a los seis meses de nacer; por su parte su hermano Ignacio, casado con Juliana Bermejo, perdió a su hija Julia, con apenas 18 meses, el 30 de agosto de 1876; a su hijo Julián el 14 de julio de 1882, y a dos niñas gemelas el 27 de noviembre de 1885, a las pocas horas de nacer.

Pero esa misma familia formó parte esencial del núcleo socialista alcarreño en el último cuarto del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX; su hermano Modesto acudió en Madrid a las reuniones fundacionales del PSOE en 1879 y llegó a ocupar destacados cargos representativos de ámbito nacional en la Unión General de Trabajadores; su hermano Ignacio fue el primer presidente de la Sociedad de Socorros Mutuos de Albañiles de Guadalajara y su hermano Manuel, empleado en la Imprenta Provincial, fue uno de los pioneros en tierras alcarreñas de la Asociación del Arte de Imprimir, el germen de la UGT.

Ella también se integró en este grupo de pioneros socialistas, como demostraba la Revista Popular del 15 de noviembre de 1890 reseñando la función benéfica que se celebró el día 6 en el Teatro Romea de la capital, en la que representaron como actores las “señoritas Aragonés, el señor Burgos, Alfonso Martín, etc.”; de hecho, su hermana Catalina se casó con un hermano de Alfonso Martín Manzano, otro de los primeros militantes alcarreños de aquel núcleo pionero del marxismo español junto a Julián Fernández Alonso y Enrique Burgos Boldova.

Aunque contrajo matrimonio con Elías Rodríguez de la Cruz y fue madre de varios hijos, no puede decirse que Juana Aragonés quedase por eso reducida al ejercicio de las tareas del hogar, como sucedía tradicionalmente a las mujeres de su clase social después de casarse. Popularmente conocida como La Chaleca, fue una mujer de fuerte carácter que encabezó todos los motines del pan y algaradas de mujeres en la Guadalajara de su tiempo, crisis repetidas “que son producto del cálculo que hace la mujer del jornalero que ve que le suben el pan en la época en que se aproxima la paralización del trabajo, son el eco de la indignación que produce el alza de un artículo tan necesario cuando el trigo baja [su precio]”.

Su nombre apareció por primera vez en la prensa en septiembre de 1897, cuando las tahonas de Guadalajara decidieron subir el precio de la pieza de pan de 35 a 40 céntimos, lo que fue causa de que el 11 de septiembre más de doscientas mujeres, encabezadas por Juana Aragonés, acudieron desde los barrios obreros hasta la casa del acaparador de granos Nicolás Cuesta para evitar que sacase trigo para otras poblaciones. Ni la protección de la fuerza pública ni la presencia del señor Cuesta y sus empleados, impidieron que el contenido de varios sacos se esparciese por las calles ni que la casa del acaparador fuese apedreada. A los pocos días los panaderos arriacenses decidieron bajar dos céntimos el precio del pan. No puede ser casual que el día 12 de julio, apenas dos meses antes de los incidentes, falleciese su hija Ignacia que solo contaba dos años de edad.

Pero la crisi de subsistencia continuó y La Chaleca mantuvo su actitud reivindicativa, como se podía leer en un falso y humorístico telegrama que publicaba La Crónica del 3 de marzo de 1898:

Esa primera quincena de marzo hubo una manifestación ante el Gobierno Civil, para protestar por la escasez y el alto precio de los alimentos, en la que participaron más de tres mil personas en una ciudad que no llegaba a los 10.000 habitantes, prueba de la gravedad de la situación y del éxito de la labor de agitación de Juana Aragonés y las mujeres del Alamín y Budierca. Poco después, se agravó el conflicto colonial en Cuba y Filipinas, se desató la guerra con Estados Unidos y el problema de la subsitencia quedó anegado por una ola de patriotismo; incluso una sobrina de La Chaleca, estudiante en el Conservatorio, intervino en algún festival benéfico.

Cinco años después, “contra toda razón y contra toda justicia, en el momento más inoportuno, cuando el precio del trigo tiende a bajar, y sin alegar otra causa que la de haber cesado la competencia, los panaderos de la capital [subieron] cinco céntimos en kilo el precio del pan”, según reconocía incluso la prensa conservadora, provocando, como denunciaba por su parte Flores y Abejas, que “en los barrios extremos de la capital se [notase] gran efervescencia”. Finalmente, en la tarde del 17 de diciembre de 1902 sobrevino un enfrentamiento con un panadero, haciendo constar la prensa que La Chaleca había sido “maltratada de palabra y de obra” por el citado panadero, hasta el punto de que el juzgado municipal intervino y abrió un expediente. Las crisis de subsistencias, repetidas hasta en una provincia triguera como Guadalajara, siempre contaron con la respuesta de las mujeres alcarreñas con Juana Aragonés a la cabeza,

 En la huelga general de 1918

Con los años no disminuyó su combatividad, como se puso de relieve el 6 de agosto de 1918 con motivo del conflicto desencadenado, una vez más, por el encarecimiento de los precios y la pérdida de calidad del pan que se vendía en la ciudad de Guadalajara. Como señalaba la prensa madrileña, “esta mañana, a las once, un grupo de mujeres, en actitud levantisca, comenzó a recorrer las calles, obligando al cierre a los comercios y haciendo cesar el trabajo en las oficinas”, llegando a decretarse una huelga general cuando a las mujeres se les sumaron los obreros de fábricas y talleres. El gobernador civil, Diego Trevilla Paniza, ordenó a la Guardia Civil salir a las calles y, al llegar las fuerzas del orden a la Plaza de Marlasca, “numerosas mujeres y hombres se arrodillaron […] y empezaron a gritar que preferían morir a tiros que no de hambre”. Como consecuencia de la sangrienta represión de la huelga, Juana Aragonés resultó herida al interponer su cuerpo en la trayectoria de una bala disparada contra un obrero huelguista -otras fuentes periodísticas hablan de una herida en la cabeza sin ofrecer más detalles-, quedando con una cojera de por vida y, además, un trabajador resulto muerto por disparo de bala de la Guardia Civil. La Chaleca fue encausada junto con otros cuatro trabajadores por el juez militar Alfonso Moreno Sarrais, pasando inmediatamente a prisión hasta que fue puesta en libertad en espera de juicio, en el mes de octubre de ese mismo año.

Finalmente, el 24 de mayo de 1919 se abrieron, en el gimnasio de la Academia de Ingenieros, las sesiones del Consejo de Guerra que juzgó aquellos hechos. El abogado defensor de Juana Aragonés, el capitán Flores, alegó que “La Chaleca no es más que una víctima de las injusticias sociales, que en ocasiones ha demostrado noble fiereza para defender su derecho a la vida”. Finalmente, el 21 de junio se hizo pública la sentencia del Consejo de Guerra, después de ser aprobada por el Capitán General, en la que se absolvió a todos los acusados con la excepción de Juana Aragonés y de Demetrio de Yera, apodado Gorrilla, que tuvo como abogado defensor al entonces capitán Ortiz de Zárate, que fueron condenados a cuatro meses de arresto, ingresando en la prisión provincial para su cumplimiento, aunque en virtud de un indulto fueron liberados en el mes de octubre. Su condena solo puede ser entendida como un escarmiento por su defensa intransigente de los derechos de las clases populares, pues no se la pudo acusar de ningún acto violento.

Es prueba de este evidente liderazgo entre las mujeres de familias trabajadoras de la ciudad no solo sus entrevistas con alcaldes y gobernadores civiles con motivo de huelgas y motines, sino también sus encuentros particulares con el conde de Romanones, que no dudaba en recibirla y entrevistarse con ella cuando estaba en Guadalajara. Ella, a cambio, no tenía problema en vender su voto al mejor postor cuando había elecciones si eso le permitía dar de comer a su familia.

JUAN PABLO CALERO DELSO.