Licencia de uso y reprodución

El contenido de las biografías publicadas en este Diccionario Biográfico de la Guadalajara contemporánea es propiedad de sus autores, cuyo nombre aparece al pie de cada texto.
Los textos y las imágenes que los acompañan se publican en el blog bajo licencia Creative Commons, que autoriza a copiar y distribuir su contenido, con o sin modificaciones, para uso público o privado, siempre que no se use para fines comerciales y que se cite a los autores y la fuente de procedencia.
Archivo:CC-BY-NC-SA.png

domingo, 30 de enero de 2022

ISABEL MUÑOZ-CARAVACA LÓPEZ-ACEVEDO

MUÑOZ-CARAVACA Y LÓPEZ ACEVEDO, Isabel

[Madrid, 3 de agosto de 1848 / Guadalajara, 28 de marzo de 1915]

 Isabel María Magdalena Josefa Muñoz-Caravaca y López-Acebedo nació en Madrid el día 3 de agosto de 1848. Era hija de Francisco Muñoz-Caravaca y García-San Miguel, un rico propietario oriundo de Alcázar de San Juan, y de Alejandra López-Acebedo y Sánchez, natural de Madrid. Maestra, periodista y científica, fue una de las personalidades más destacadas de la Guadalajara contemporánea.

De familia aristocrática y posición acomodada -vivía en el número 9 de la calle del Reloj, muy cerca del Palacio Real madrileño y a espaldas del Senado nacional y del Convento de la Encarnación-, recibió una educación esmerada; estudió en Madrid y en un internado de París, obteniendo la habilitación como maestra, y recibió también enseñanza musical en el Real Conservatorio de Madrid con el maestro Manuel de la Mata. Rompía así con la tradicional exclusión de las mujeres de la cultura y el conocimiento, porque, a pesar de su pertenencia a los estamentos privilegiados, su familia simpatizaba con las corrientes políticas más avanzadas y participaba de las nuevas realidades sociales.

 Su vida familiar

Mostró desde pequeña un carácter rebelde, como ella misma manifestó, y al morir su madre cuando aún era una niña, forjó una personalidad fuerte y dominante, habituada a crecer sin el freno y el ejemplo materno. Quizás por eso tardó tanto en casarse, para los usos de su época, contrayendo finalmente matrimonio el día 7 de diciembre de 1874, en la Parroquia de San Martín de Madrid, con Ambrosio Moya de la Torre y Ojeda, veintiséis años mayor que ella, que era entonces director del madrileño Instituto de Noviciado y que había impartido clase en la Universidad Central de Madrid, en la que había obtenido el Doctorado en Ciencias con la primera tesis sobre Probabilidad que se presentó en España bajo el título de Sobre la importancia filosófica del cálculo de Probabilidades, que se publicó ese mismo año. Catedrático de Instituto desde 1844, antes de llegar a la capital del país ya había ejercido la docencia en Logroño, Murcia y Valencia.

A la rebeldía natural de Isabel se le unió el talante progresista de su marido, un republicano federal avanzado que había nacido en el seno de una familia hidalga pero progresista, cuya madre, María Alonso de Ojeda, había sido la primera viuda en cobrar en 1842 el auxilio acordado para los socios fallecidos de la Sociedad de Socorros Mutuos de Jurisconsultos, una de las primeras entidades solidarias nacidas al amparo de la legislación de 1839, y a la que perteneció su marido, Gabriel Moya de la Torre.

Durante los veinte años que transcurrieron desde su boda hasta la muerte de su marido, el 21 de enero de 1895 en Benidorm –donde había acudido para aliviar sus dolencias-, disfrutaron de la vida relajada y del ambiente elegante de esa burguesía madrileña satisfecha con los cambios sociales, políticos y económicos que se sucedieron durante la Restauración. Parece ser que dilapidaron la fortuna familiar en viajes y comodidades y que fueron una de las primeras familias que buscaron refugio en la sierra madrileña, seguramente en Húmera que es donde nació su hijo pequeño, Jorge. Una opción personal que entroncaba con el excursionismo de raíz krausista, una influencia cultural que seguramente conocieron y experimentaron.

Resume muy bien aquel período de su vida la carta que escribió a Nicolás Díaz Pérez, un escritor republicano y masón, que buscaba datos sobre la casa que albergó a la primera logia de España para una serie de artículos que, bajo el título común de “Datos para escribir la Historia de la Orden de los Caballeros Francmasones en España”, publicó desde 1890 en la Revista de España. Del contenido de la carta, que se publicó en la citada revista en su número correspondiente a marzo de 1891, podemos deducir la notable fortuna familiar, pues su padre le compró el edificio del número 6 de la calle de la Princesa a la propia reina Isabel II en 1865. El texto muestra la importancia de ese patrimonio familiar, que sufrió notable mengua en sus manos, y también pone de manifiesto la enorme curiosidad de Isabel y su mente analítica.

Maestra en Atienza

Si hasta que murió Ambrosio Moya de la Torre vivió la vida propia de una familia burguesa, al enviudar en 1895 rompió con los convencionalismos de su tiempo y decidió “cumplir el mandato bíblico de ganarse el pan con el sudor de su frente”, a pesar de haber cumplido 47 años y tener dos hijos menores de edad. Abandonó las ventajas que disfrutaba en su céntrica casa madrileña, que no estaría sobrada de modernas comodidades, para compartir la dura vida de las mujeres de un pueblo serrano: sin luz eléctrica, que no llegaría hasta marzo de 1905, sin agua corriente en la casa, cuidando sola de sus hijos en un hogar pequeño y muy deteriorado en una modesta casa del número 29 de la calle Zapatería…

En septiembre de 1895 se incorporó a la Escuela de Niñas de Atienza, donde desarrolló una intensa labor pedagógica que se vio reflejada en sus libros Principios de Aritmética, publicado en Madrid por la prestigiosa Librería de Hernando en el año 1899, que tenía un carácter eminentemente práctico, y Elementos de la Teoría del Solfeo, editado en Madrid en los primeros años del siglo XX e impreso en la Tipolitografía de R. Péant; además, siguió ocupándose de la revisión de las reediciones de algunos manuales escolares de Matemáticas escritos por su marido y que siguieron reimprimiéndose después de su muerte.

Ella misma nos lo cuenta: “No era vieja, tampoco joven, Venía viviendo desde niña en el cómodo bienestar de las capas doradas de la clase media, bastante mimada por la suerte. Alguna vez había trabajado algo, poco y sin método, por aficiones de desocupada, no por necesidad. Se había casado, como casi todo el mundo se casa, pero había reñido con el marido: no se entendían. Una cadena de circunstancias y sucesos, de errores también unos propios y otros extraños, había desmoronado su fortuna; como muchas fortunas suelen desmoronarse, a la manera de los terrones de azúcar cuando les caen encima muchas gotas de agua; […] Sin una peseta, sin apoyo en su familia ni en las ajenas” y, añadía en su artículo, seguramente parcialmente autobiográfico que publicó en Flores y Abejas el 14 de junio de 1908: “y había llegado a este momento crítico en que su vida concluía o empezaba; o tomaba una dirección completamente nueva e imprevista”.

Hay que resaltar que el sueldo que obtenía como maestra se detraía de su pensión de viudedad, así que fue su voluntad de convertirse en una trabajadora y no la penuria económica lo que la decidió a trasladarse a Atienza. No deja de ser curioso, y una prueba más de su escasa preocupación por la administración de sus bienes, que aparezca en el listado de maestros de Primera Enseñanza que no habían percibido el aumento gradual de sueldo incluido en las nóminas aprobadas por la Secretaría de la Junta de Instrucción pública en 1899 y en 1900.

Pero su magisterio no se circunscribía a sus obligaciones académicas, y se implicaba en la educación de sus alumnas más allá de las cuatro paredes de su escuela. Se propuso desterrar las bárbaras costumbres del Jueves Lardero y, a pesar de que no era día lectivo, impartía clase esa tarde para que las niñas no participasen en el festejo, o celebraba junto con los niños de la escuela masculina de Atienza y su maestro, Aquilino Correa, la Fiesta del Árbol, y también buscaba acabar con las burlas crueles y machistas que sufrían sus alumnas en las calles de la villa... Además, atendía una Escuela Nocturna para Adultos y preparaba a algunas jóvenes de Atienza para ingresar en la Escuela Normal de Magisterio.

Ella misma lo explicaba admirablemente: “Yo, sin pensar en mí, me dediqué con ardor a la educación de mis alumnos, que nunca creí reducidos a las niñas matriculadas; y siempre consideré prolongado moralmente hasta el límite de la población, el radio de nuestra influencia educadora; y en cuanto he podido, no ha sido mi clase un recinto limitado donde se dogmatizase a puerta cerrada, y donde sólo iniciados pudieran penetrar. Que mi clase hubiera sido el pueblo entero: ¡esa era mi aspiración, mi sueño!”.

Su pedagogía se centraba en el alumno y buscaba una formación integral de las niñas que tenía a su cargo: “yo creo que no vine aquí sólo para enseñar a las niñas a manejar estúpidamente una aguja. Tienen inteligencia, tienen corazón, tienen sentimientos: desenvolverla, conmoverle, excitarlos: esa creo yo que es mi misión”. Esa pedagogía excluía completamente la violencia corporal, tan usada en aquellos días en los recintos escolares; casi recién llegada a Guadalajara, en el otoño de 1898, mantuvo una agria polémica con Alejo Hernando, un maestro muy conocido y premiado de la vecina localidad salinera de Imón, sobre los castigos físicos a los alumnos, en el que tuvo que soportar un tono prepotente.

Su amplia actividad docente no pasó desapercibida en Atienza, ni sus colaboraciones periodísticas dejaron de provocar reacciones en la provincia de Guadalajara; si las respuestas a sus artículos en prensa no siempre tenían un tono amable, la presión en la villa atencina debió de resultar aún más inquietante. Su carácter fuerte, sus conocimientos muy por encima de la mayoría de sus convecinos, sus ideas tan avanzadas en una provincia cada vez menos progresista y su indiscutible protagonismo social le abrieron las puertas, primero de un círculo ilustrado comarcal (Eduardo Contreras, Bruno Pascual Ruilópez, Jorge de la Guardia o Julián del Amo, entre otros), y después de toda la provincia alcarreña la apoyasen y animasen. Como se puso de manifiesto en el banquete y homenaje que, organizado por la redacción de Atienza ilustrada, se celebró el 19 de julio de 1901, y al que asistió “el diputado provincial Sr. Ignesón, el médico de Miedes D, Jorge Laguardia y nuestro compañero en la prensa Luis Cordavias, que con tal motivo se ha trasladado también á Jadraque”, acompañados por “todo lo más significado de esta villa [ y por el ] alcalde en representación del Ayuntamiento, y como admirador de la eminente escritora”.

Pero también debieron de granjearle muchos enemigos, sobre todo entre la red caciquil que gobernaba la ciudad y la comarca y, muy especialmente, entre la Iglesia Católica, como se comprobó cuando en 1905 un misionero, el padre Cadenas, soliviantó desde el púlpito a los vecinos de Atienza contra Isabel Muñoz Caravaca, que no se mostraba piadosa en sus costumbres.

Una hostilidad muy hipócrita, pues a lo largo de esos años no hay un sólo acontecimiento ni un sólo visitante en Atienza que no reseñe con encomio su presencia. Pero la presión no dejó de ser persistente, así que en el verano de 1902, cansada de del acoso caciquil y eclesiástico, renunció a su plaza de funcionaria y presentó ante el Rectorado de la Universidad Central su dimisión como maestra de Atienza, alegando motivos de salud. La dimisión le fue aceptada y abandonó toda actividad docente, aunque desde la Junta Local de Primera Enseñanza impulsó la construcción de una nueva escuela en la villa de Atienza.

Renunció con dolor y con mucha añoranza de lo que pudo ser y no fue: “lo que hubiera podido llegar a ser mi Escuela si los padres y el medio ambiente me hubieran ayudado; lo que ha llegado a ser, aun sin ningún concurso extraño; lo que yo he hecho, por deficientes que sean mis condiciones intelectuales: cuando solo me han guiado, mi aspiración a no ser inútil en la sociedad y mi carácter apasionado por cualquier obra emprendida, cuando jamás cupo en mí el interés mezquino, aunque legítimo, de la remuneración de mi trabajo”. Porque hay que recordar que Isabel Muñoz Caravaca ejercía como maestra sin remuneración.

Quizás el desencadenante de la inquina que despertó fue su escaso respeto a las tradiciones en una sociedad rural como la de la provincia de Guadalajara finisecular. Proclamaba abiertamente que “el respeto a lo antiguo y tradicional debe tener sus límites, pues no todas sus costumbres se recomiendan por su moralidad y su conveniencia. Hay algunas que, si se abandonaran y hasta se olvidaran, nada se perdería por ello”. Y de ese convencimiento vinieron sus críticas y denuestos contra la fiesta de los toros y contra cualquier festejo que supusiese maltrato animal; y, al mismo tiempo, su restauración de la bandera de la Caballada de Atienza.

Otra de las costumbres tradicionales que la soliviantaban era la pena de muerte. Ya hemos visto su completa oposición a la violencia contra los animales y contra los niños; no era menor la que mostraba hacia la pena capital. Como en todas las demás ocasiones, se implicó abiertamente en el combate contra la pena de muerte en cada caso concreto que se dictaminaba en la provincia de Guadalajara. Un buen ejemplo nos lo ofrece el indulto para dos jóvenes de Albendiego condenados a muerte por la violación y asesinato de una muchacha de la misma localidad. Isabel Muñoz Caravaca inició una campaña en la prensa, a través de Flores y Abejas, y marchó a Madrid con una comisión de la villa de Atienza para pedir que la pena les fuese conmutada. En última instancia, se consiguió el indulto.

Su actividad cultural

Fue una asidua colaboradora de la prensa; no fue la primera mujer alcarreña que colaboró frecuentemente en periódicos y revistas de la provincia, pues años antes ya se había publicado algún artículo de Isabel Jiménez Ruiz, pero si la más constante y, seguramente, la que tenía mejor estilo. Escribió en Atienza Ilustrada, colaborando también en su confección, y en su continuación periodística, La Alcarria Ilustrada, en Flores y Abejas, en la que llegó a formar parte de la redacción y en la que también escribía su hijo Jorge, en El Republicano, La Alcarria Obrera y Juventud Obrera de Guadalajara, los periódicos de la clase obrera alcarreña con la que se identificaba, y en Acción Socialista de Madrid. En muchas ocasiones usaba seudónimos, por lo que muchos artículos suyos nos serán desconocidos.

Científica pionera, se dedicó a la Astronomía e instaló un telescopio en su domicilio de Atienza, siendo admitida en la Sociedad Astronómica de Francia. En agosto de 1905 fue la anfitriona de Camille Flammarión, que vino a España para observar un eclipse de sol y con el que cooperó en sus investigaciones sobre el terreno. Además, a ella se debe la restauración y el estudio de la bandera medieval de La Caballada atencina.

Feminista de primera hora, declaró que “yo a los veinte años era feminista por instinto”, sostenía un feminismo con un fuerte acento social que iba más allá de la demanda del sufragio; lejos del feminismo burgués de su tiempo, fue pionera del feminismo socialista que buscaba, en un plano de igualdad, la emancipación de las mujeres y de la clase obrera. Porque Isabel Muñoz Caravaca se sumó a la causa de los trabajadores y, aunque nunca perteneció a ningún partido ni sindicato, colaboró con las Sociedades Obreras de Guadalajara y respaldó desde la prensa las luchas de las clases populares.

En abril de 1910 se trasladó a Guadalajara, instalándose en la calle Manuel Medrano en su número 5, para acompañar a su hijo Jorge, que había obtenido una plaza de Auxiliar de la Secretaría de la Junta Provincial de Instrucción Pública, pues aunque tenía el título de Magisterio nunca se decidió a ejercer la profesión de maestro, quien sabe si a causa de los sinsabores que había sufrido su madre.

En el año 1914 enfermó de cáncer y falleció en su casa de Guadalajara a las 2 de la madrugada del domingo 28 de marzo de 1915. Su entierro, con ceremonia religiosa, enfrentó a sus dos hijos y disgustó e muchos de sus amigos. Isabel Muñoz-Caravaca nunca había sido una persona de creencias religiosas y, por el contrario, en muchas ocasiones había sufrido el acoso de la Iglesia, pero finalmente recibió la Extremaunción y tuvo un entierro católico, lo que fue nuevo motivo de agrias disputas familiares entre su hijo mayor, Gabriel, y el pequeño, Jorge, que se opuso a dar este carácter católico a los funerales y no asistió al entierro de su madre. Si El Liberal Arriacense escribía que “representaciones de las diversas clases sociales acudieron a rendir el último tributo a la escritora distinguida, a la mujer buena, que de todos supo hacerse amar y respetar”, en las páginas de El Socialista se podía leer: “No era una afiliada al Partido Socialista, pero socialistas eran sus ideas, y en nuestra Prensa las vertió muchas veces, demostrando estar compenetrada en todo con nuestra causa. […] Desde hacía mucho tiempo había roto con los convencionalismos de la sociedad a que pertenecía por lo aristocrático de su cuna, y se había aproximado a los que luchan dentro de la realidad por las reivindicaciones de los desheredados, por la realización de un ideal de justicia y de humanidad. Para nosotros era más hermosa y más legítima la nobleza de su pensamiento que la de su alcurnia. Para ella, también”.

JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 22 de enero de 2022

JUANA ARAGONÉS SANZ

ARAGONÉS SANZ, Juana

[Guadalajara, 1854 / Guadalajara, 17 de enero de 1939]

Juana Aragonés Sanz nació en la ciudad de Guadalajara en 1854, muy probablemente, pues en el juicio al que fue sometida en 1919 su abogado defensor alegó que nunca había sido detenida en sus 64 años de vida, y falleció a causa de un cáncer de mama en la capital alcarreña el 17 de enero de 1939, a los 94 años de edad y solo dos meses y medio antes del final de la Guerra Civil.

Era hija de Sandalio Aragonés y de Cecilia Sanz y se crió en el número 31 de la calle de San Roque, transcurriendo toda su vida alrededor de los barrios populares del Alamín y de Budierca, falleciendo en su domicilio del número 3 de la calle Navalpotro. Creció en el seno de una familia numerosa y trabajadora, así que sus primeros años, como los de todas las niñas de su misma condición, no fueron fáciles: su hermana Nicolasa falleció el 9 de julio de 1861 cuando sólo tenía diez años de edad y su hermana Celedonia sufrió igual suerte el 12 de septiembre de 1862, a los seis meses de nacer; por su parte su hermano Ignacio, casado con Juliana Bermejo, perdió a su hija Julia, con apenas 18 meses, el 30 de agosto de 1876; a su hijo Julián el 14 de julio de 1882, y a dos niñas gemelas el 27 de noviembre de 1885, a las pocas horas de nacer.

Pero esa misma familia formó parte esencial del núcleo socialista alcarreño en el último cuarto del siglo XIX y en los primeros años del siglo XX; su hermano Modesto acudió en Madrid a las reuniones fundacionales del PSOE en 1879 y llegó a ocupar destacados cargos representativos de ámbito nacional en la Unión General de Trabajadores; su hermano Ignacio fue el primer presidente de la Sociedad de Socorros Mutuos de Albañiles de Guadalajara y su hermano Manuel, empleado en la Imprenta Provincial, fue uno de los pioneros en tierras alcarreñas de la Asociación del Arte de Imprimir, el germen de la UGT.

Ella también se integró en este grupo de pioneros socialistas, como demostraba la Revista Popular del 15 de noviembre de 1890 reseñando la función benéfica que se celebró el día 6 en el Teatro Romea de la capital, en la que representaron como actores las “señoritas Aragonés, el señor Burgos, Alfonso Martín, etc.”; de hecho, su hermana Catalina se casó con un hermano de Alfonso Martín Manzano, otro de los primeros militantes alcarreños de aquel núcleo pionero del marxismo español junto a Julián Fernández Alonso y Enrique Burgos Boldova.

Aunque contrajo matrimonio con Elías Rodríguez de la Cruz y fue madre de varios hijos, no puede decirse que Juana Aragonés quedase por eso reducida al ejercicio de las tareas del hogar, como sucedía tradicionalmente a las mujeres de su clase social después de casarse. Popularmente conocida como La Chaleca, fue una mujer de fuerte carácter que encabezó todos los motines del pan y algaradas de mujeres en la Guadalajara de su tiempo, crisis repetidas “que son producto del cálculo que hace la mujer del jornalero que ve que le suben el pan en la época en que se aproxima la paralización del trabajo, son el eco de la indignación que produce el alza de un artículo tan necesario cuando el trigo baja [su precio]”.

Su nombre apareció por primera vez en la prensa en septiembre de 1897, cuando las tahonas de Guadalajara decidieron subir el precio de la pieza de pan de 35 a 40 céntimos, lo que fue causa de que el 11 de septiembre más de doscientas mujeres, encabezadas por Juana Aragonés, acudieron desde los barrios obreros hasta la casa del acaparador de granos Nicolás Cuesta para evitar que sacase trigo para otras poblaciones. Ni la protección de la fuerza pública ni la presencia del señor Cuesta y sus empleados, impidieron que el contenido de varios sacos se esparciese por las calles ni que la casa del acaparador fuese apedreada. A los pocos días los panaderos arriacenses decidieron bajar dos céntimos el precio del pan. No puede ser casual que el día 12 de julio, apenas dos meses antes de los incidentes, falleciese su hija Ignacia que solo contaba dos años de edad.

Pero la crisi de subsistencia continuó y La Chaleca mantuvo su actitud reivindicativa, como se podía leer en un falso y humorístico telegrama que publicaba La Crónica del 3 de marzo de 1898:

Esa primera quincena de marzo hubo una manifestación ante el Gobierno Civil, para protestar por la escasez y el alto precio de los alimentos, en la que participaron más de tres mil personas en una ciudad que no llegaba a los 10.000 habitantes, prueba de la gravedad de la situación y del éxito de la labor de agitación de Juana Aragonés y las mujeres del Alamín y Budierca. Poco después, se agravó el conflicto colonial en Cuba y Filipinas, se desató la guerra con Estados Unidos y el problema de la subsitencia quedó anegado por una ola de patriotismo; incluso una sobrina de La Chaleca, estudiante en el Conservatorio, intervino en algún festival benéfico.

Cinco años después, “contra toda razón y contra toda justicia, en el momento más inoportuno, cuando el precio del trigo tiende a bajar, y sin alegar otra causa que la de haber cesado la competencia, los panaderos de la capital [subieron] cinco céntimos en kilo el precio del pan”, según reconocía incluso la prensa conservadora, provocando, como denunciaba por su parte Flores y Abejas, que “en los barrios extremos de la capital se [notase] gran efervescencia”. Finalmente, en la tarde del 17 de diciembre de 1902 sobrevino un enfrentamiento con un panadero, haciendo constar la prensa que La Chaleca había sido “maltratada de palabra y de obra” por el citado panadero, hasta el punto de que el juzgado municipal intervino y abrió un expediente. Las crisis de subsistencias, repetidas hasta en una provincia triguera como Guadalajara, siempre contaron con la respuesta de las mujeres alcarreñas con Juana Aragonés a la cabeza,

 En la huelga general de 1918

Con los años no disminuyó su combatividad, como se puso de relieve el 6 de agosto de 1918 con motivo del conflicto desencadenado, una vez más, por el encarecimiento de los precios y la pérdida de calidad del pan que se vendía en la ciudad de Guadalajara. Como señalaba la prensa madrileña, “esta mañana, a las once, un grupo de mujeres, en actitud levantisca, comenzó a recorrer las calles, obligando al cierre a los comercios y haciendo cesar el trabajo en las oficinas”, llegando a decretarse una huelga general cuando a las mujeres se les sumaron los obreros de fábricas y talleres. El gobernador civil, Diego Trevilla Paniza, ordenó a la Guardia Civil salir a las calles y, al llegar las fuerzas del orden a la Plaza de Marlasca, “numerosas mujeres y hombres se arrodillaron […] y empezaron a gritar que preferían morir a tiros que no de hambre”. Como consecuencia de la sangrienta represión de la huelga, Juana Aragonés resultó herida al interponer su cuerpo en la trayectoria de una bala disparada contra un obrero huelguista -otras fuentes periodísticas hablan de una herida en la cabeza sin ofrecer más detalles-, quedando con una cojera de por vida y, además, un trabajador resulto muerto por disparo de bala de la Guardia Civil. La Chaleca fue encausada junto con otros cuatro trabajadores por el juez militar Alfonso Moreno Sarrais, pasando inmediatamente a prisión hasta que fue puesta en libertad en espera de juicio, en el mes de octubre de ese mismo año.

Finalmente, el 24 de mayo de 1919 se abrieron, en el gimnasio de la Academia de Ingenieros, las sesiones del Consejo de Guerra que juzgó aquellos hechos. El abogado defensor de Juana Aragonés, el capitán Flores, alegó que “La Chaleca no es más que una víctima de las injusticias sociales, que en ocasiones ha demostrado noble fiereza para defender su derecho a la vida”. Finalmente, el 21 de junio se hizo pública la sentencia del Consejo de Guerra, después de ser aprobada por el Capitán General, en la que se absolvió a todos los acusados con la excepción de Juana Aragonés y de Demetrio de Yera, apodado Gorrilla, que tuvo como abogado defensor al entonces capitán Ortiz de Zárate, que fueron condenados a cuatro meses de arresto, ingresando en la prisión provincial para su cumplimiento, aunque en virtud de un indulto fueron liberados en el mes de octubre. Su condena solo puede ser entendida como un escarmiento por su defensa intransigente de los derechos de las clases populares, pues no se la pudo acusar de ningún acto violento.

Es prueba de este evidente liderazgo entre las mujeres de familias trabajadoras de la ciudad no solo sus entrevistas con alcaldes y gobernadores civiles con motivo de huelgas y motines, sino también sus encuentros particulares con el conde de Romanones, que no dudaba en recibirla y entrevistarse con ella cuando estaba en Guadalajara. Ella, a cambio, no tenía problema en vender su voto al mejor postor cuando había elecciones si eso le permitía dar de comer a su familia.

JUAN PABLO CALERO DELSO.

sábado, 11 de diciembre de 2021

ANTONIO BOTIJA FAJARDO

BOTIJA FAJARDO, Antonio 

[Barcones, 11 de junio de 1840 / Jadraque, 27 de mayo de 1922] 

Antonio Botija Fajardo nació el día 11 de junio de 1840 en el pueblo soriano de Barcones, limítrofe con la provincia de Guadalajara y tradicionalmente vinculado con las localidades de Atienza, de cuyo alfoz medieval formó parte, y Sigüenza, a cuyo obispado pertenecía. Su madre fue Saturnina Fajardo Gálvez, y su padre pertenecía a la familia Botija, que tradicionalmente era una de las principales de la comarca serrana y que desde el siglo XVIII destacaba por su preparación cultural y su militancia liberal, emparentando en la centuria siguiente con algunos de los más destacados linajes de esa región, como los Gamboa a través de Francisca Botija. Caso en primeras nupcias con Antonia Botija Verdugo, con la que tuvo una hija llamada Concepción, y de la que enviudó el 18 de noviembre de 1899, contrayendo matrimonio en segundas nupcias con Julia Fernández Pérez en el mes de octubre de 1903 en Madrid. Aunque su familia siguió viviendo en Barcones, tuvo una relación muy especial con la localidad alcarreña de Jadraque, de donde era oriunda su primera esposa. Aunque residió en Madrid, la visitaba con tanta frecuencia que, al sentirse gravemente enfermo, “presintiendo un triste final, pidió insistentemente a su hija que le trasladasen a su casa solariega de Jadraque”, donde falleció el día 27 de mayo de 1922 y donde está enterrado junto a su primera esposa. Ofrece una buena prueba de esta vinculación particular su iniciativa para instalar la luz eléctrica en Jadraque, donde se iniciaron las obras durante el verano de 1897 aprovechando las aguas de un molino de su propiedad. En ese mes de junio visitaron la localidad los técnicos encargados de la maquinaria necesaria y, finalmente, el día 30 de enero de 1898 se inauguró el nuevo alumbrado eléctrico, que en 1905 fue ampliado y mejorado. Además, fue propietario de uno de los dos retratos que Francisco de Goya hizo de Gaspar Melchor de Jovellanos, concretamente del que pintó en Jadraque y que ahora se encuentra en el Museo del Prado.

 Su actividad profesional 

En 1865 completó su formación como Ingeniero Agrónomo, continuando así la labor de José García Sanz, otro eminente agrarista nacido en tierras de Guadalajara en la primera mitad del siglo XIX y que fue autor de obras tan notables como sus Manual de silvicultura práctica, Manual para el cultivador de sedas y observaciones prácticas para colmeneros, Manual de silvicultura o Manual práctico de horticultura. A poco de terminar sus estudios superiores, ocupó la plaza de profesor de Agricultura en el Instituto de Bachillerato de su provincia natal de Soria; y aunque que no hemos encontrado ninguna referencia fiable y sabemos que las cátedras de esa asignatura no se crearon hasta 1877, hay constancia de que en algunos Institutos de la España rural (como los de Soria, Ávila, Burgos, León, Salamanca o Zamora) esas enseñanzas se establecieron en la década de 1860. En 1869 se traslado a Madrid para ocupar la cátedra de Agricultura, por oposición, y, temporalmente, la de Historia Natural en la Escuela General de Agricultura, centro de formación de Ingenieros Agrónomos y Capataces Agrícolas que acababa de ser trasladada desde Aranjuez a Madrid. Además, fue el primer Secretario de esa institución, cargo en el que fue reemplazado en 1870 por José Arévalo Baca, pasando Antonio Botija a ocuparse de las asignaturas de Agronomía y de Nociones de Mecánica. En junio de 1876 se incorporó como profesor a la plantilla de la Estación Agronómica, adjunta a la Escuela y orientada hacia la investigación y experimentación científica; la inauguró el por entonces ministro de Fomento y fue la precursora del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias Con la Restauración monárquica, a partir de 1875, su carrera profesional experimentó un gran impulso, pues a su indudable mérito y capacidad se unía su afinidad ideológica con el Partido Conservador de Antonio Cánovas del Castillo. Siguió prestando especial atención a la enseñanza, y así en el año 1876 el jurado responsable de la selección de los programas de enseñanza agrícola para el nuevo sistema educativo aprobó únicamente los de Construcciones rurales, de José de Arce Jurado, el de Industria rural, de Diego Pequeño, y el de Agronomía de Antonio Botija. Y cuando en 1877 se crearon oficialmente las cátedras de Agricultura en los Institutos de segunda enseñanza, Antonio Botija fue propuesto para ocupar la del de San Isidro de Madrid por el Consejo de Instrucción Pública, dependiente del Ministerio de Fomento. En 1880 permutó con Manuel Rodríguez Ayuso, que ocupaba esa cátedra de Agricultura en el Instituto de Cádiz, pero no por eso se trasladó a la ciudad andaluza, pues muy pronto inició su carrera política. 


Tras su paso por las instituciones, volvió a la enseñanza. En 1897 opositó y ganó una cátedra en la Escuela Central de Agricultura, también conocida como Instituto Alfonso XII, por haber sido este monarca su principal promotor. En 1903, y “en virtud de la reorganización de la Escuela general de Agricultura”, Antonio Botija fue designado catedrático de Climatología de ese centro, siendo nombrado en agosto de 1904, y de cara al comienzo del siguiente curso académico, director de la Escuela Especial de Ingenieros Agrónomos, cargo que desempeñó hasta su jubilación en septiembre de 1907. Su interés por la agricultura no se quedó encerrado en las aulas y mantuvo su vinculación con el cuerpo de Ingenieros Agrónomos. En 1893 fue promovido a Ingeniero jefe de segunda clase del Cuerpo de Ingenieros agrónomos y cuatro años después alcanzó el rango de jefe superior de la administración civil. En 1902 le nombraron ingeniero jefe de primera clase del Cuerpo de Agrónomos, aunque en situación de supernumerario, y poco después ingeniero segundo del Cuerpo de Minas. En enero de 1907 ascendió a Inspector general de primera clase del Cuerpo de Ingenieros Agrónomos. Además, en 1892 fue elegido presidente de la Asociación de Ingenieros Agrónomos, precisamente al mismo tiempo que ocupaba un escaño en el Congreso de los Diputados, y fue director de la Revista de la citada asociación desde que ésta comenzó su publicación. También se interesó por la aplicación práctica de sus conocimientos y en 1895 fue designado director del primer ensayo de trabajos catastrales llevado a cabo en la provincia de Granada. Con este historial profesional, cuando las quejas de los ingenieros que estaban a sus órdenes en Granada llegaron a la citada Asociación de Ingenieros denunciando su violento proceder, la Asociación se limitó a pedirle explicaciones, aconsejándole atemperar su carácter; y todo ello a pesar de que los 41 ingenieros de Granada amenazaban con su dimisión de no encontrarse una solución al problema que padecían. Pero su carácter autoritario no empañó una exitosa carrera profesional. En 1873 formó parte de la comisión, creada por una orden gubernativa, encargada de clasificar los bienes del Estado que por la ley del 18 de diciembre 1869 se reservaron para uso y disfrute del monarca y a los que, una vez proclamada la Republica, hubo que darles nuevo destino. En 1879, como ingeniero agrónomo y catedrático de agricultura del Instituto de San Isidro, fue jurado en el certamen de flores y aves que se celebró en los jardines del Retiro de Madrid. En 1886 acudió al Congreso de Viticultores españoles, celebrado entre los días 7 y 16 de julio, en la delegación del Instituto Agrícola de Alfonso XII, y pertenecía a la Junta Consultiva del Servicio Agronómico. Fue vocal de la comisión central de defensa contra la filoxera. En 1889 fue miembro de la Junta consultiva inspectora del Congreso de los Diputados y en 1895 fue ascendido, en calidad de vocal, a la Junta Consultiva Agronómica. Impartió numerosas conferencias y en 1873 realizó un estudio pionero sobre las orugas del peral y del manzano en su finca de la provincia de Guadalajara, “cuyo arbolado frutal había sido invadido fuertemente por este insecto”. Además, hizo varios viajes de carácter profesional al extranjero y recibió la Cruz de Francisco José de Austria en atención a sus méritos profesionales. Dio a la imprenta un Resumen de un curso de Agricultura elemental, que recogía el programa y los materiales empleados en sus clases de Bachillerato, que conoció dos ediciones: la primera en 1869 y la segunda en 1878, editada por la Librería de Hernando. También es autor de un volumen sobre los Árboles de ribera, reeditado por el Ministerio de Agricultura en 1949, y de un muy ilustrado Atlas de Agricultura, también editado en 1878.

Su acción política 

Antonio Botija y Fajardo aprovechó el prestigio personal y el arraigo de su familia en el norte de la provincia de Guadalajara para desarrollar un extensa carrera política; buena prueba de su popularidad fue que cuando en julio de 1895, de paso hacia Jadraque, visitó la sede episcopal seguntina la prensa recogió que “a la estación acudió medio Sigüenza a despedirle”. Y su ascendente en Jadraque y su comarca no era menor: “los naturales de Jadraque son gentes sencillas, de trato cariñoso y afable la generalidad, y poco amigos de luchas y rivalidades de partido. Allí no se conoce más que una opinión. Lo que Botija piensa, piensan todos, con raras excepciones”. Sin embargo, su realidad política era más hostil de lo que reflejaba la prensa y el Partido Conservador solo conseguía obtener representación institucional cuando ocupaba el gobierno de la nación, impotente sin la palanca gubernamental para romper la hegemonía de liberales y republicanos. Así, por ejemplo, el Partido Conservador solo eligió un comité en Sigüenza, del que Antonio Botija fue elegido presidente honorario, cuando se aproximaban las elecciones de 1896, en las que esperaba obtener el escaño del distrito, aunque resultó derrotado por el candidato liberal, y antiguo republicano, Bruno Pascual Ruilópez. Antonio Botija fue elegido diputado al Congreso por primera vez en una elección parcial celebrada el 15 de abril de 1883 para cubrir la vacante dejada por Rafael Ruiz Martínez, que había ganado el escaño por la circunscripción de Sigüenza en los comicios realizados el 21 de agosto de 1881. El nuevo congresista juró su cargo el día 31 de mayo y mantuvo su acta hasta la disolución de las Cortes el 31 de marzo de 1884. Volvió a ganar el escaño por la circunscripción del norte de la provincia en las elecciones legislativas del día 4 de abril de 1886, aunque con el apoyo de poco más de la mitad del censo electoral. Sin embargo no completó la legislatura, pues fue nombrado gobernador civil de Burgos y renunció a su escaño el 16 de diciembre de 1887, siendo sustituido por Antonio Díaz Valdés. En 1891, con la vuelta de los conservadores al gobierno, concurrió de nuevo por el distrito de Sigüenza en las elecciones convocadas para el día 1 de febrero de ese año. Se incorporó al Congreso el 22 de abril y se mantuvo en su escaño hasta el final de la legislatura, el 5 de enero de 1893. En los últimos años de su vida rompió con el Partido Conservador y se adhirió al Partido Liberal, seguramente más por apoyar al conde de Romanones en su política para la provincia de Guadalajara que por haber cambiado su pensamiento, aunque seguramente también influiría la negativa del líder conservador Antonio Cánovas del Castillo de buscarle un puesto en el encasillado habitual del Congreso de los Diputados, como le solicitó expresamente por carta desde Sigüenza el 31 de marzo de 1896, a pesar de su amplia experiencia parlamentaria.

JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 16 de noviembre de 2020

JOSÉ FERNANDO GONZÁLEZ SÁNCHEZ

GONZÁLEZ SÁNCHEZ, José Fernando

[Jaca, 28 de mayo de 1836 / Madrid, 7 de julio de 1915]

José Fernando González Sánchez nació el día 28 de mayo de 1836 en la localidad de Jaca, en el Pirineo aragonés, hijo de José González Alonso y María Josefa Sánchez Loriente, y falleció en Madrid el 7 de julio de 1915, siendo el penúltimo superviviente de los que habían sido ministros durante la Primera República. Contrajo matrimonio con Aquilina Pérez Mainer, “mi dulce y amantísima esposa, que ha sido, por sus virtudes y amor nunca entibiado, el encanto de mi vida”, con la que tuvo cuatro hijos: Carlota, Gabriela, José María y María Josefa.

Hombre de aspecto débil y con tendencia a la hipocondría, a pesar de que alcanzó la longevidad, espíritu sensible y amante del arte y la cultura, aunque con tendencia a la melancolía, retraído y celoso defensor de su intimidad, a pesar de contar con muchos y buenos amigos, acabó convertido, por su rectitud, en un referente moral y en un consejero imprescindible. Un año antes de su muerte la prensa madrileña reseñaba que, con motivo de una recepción en el Palacio Real, coincidieron el rey Alfonso XIII y su hijo José María, y que el monarca le dijo: “Salude afectuosamente a su padre. Tendría mucho gusto en verle. Dígaselo así. Ya sé que es republicano, y profesando esas ideas hace cuarenta años, hace muy bien en perseverar en sus convicciones. Pero eso no importa. Dígale que venga por aquí”.

De familia económicamente modesta, desde muy pronto tuvo que abandonar su ciudad natal y trabajar para costearse sus estudios y ayudar a la precaria economía familiar. Marchó a Lérida para completar el Bachillerato y, posteriormente, cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza, obteniendo el grado de doctor en Leyes en la de Salamanca. A pesar de su intensa actividad periodística y política, profesionalmente se dedicó al ejercicio de la abogacía desde su despacho en el número 4 de la calle de Alfonso XII de Madrid.

Durante el período final del reinado de Isabel II, caracterizado por un creciente autoritarismo y la dificultad de ejercer las libertades públicas, se dedicó al periodismo, porque le permitía aumentar sus escasos ingresos tanto como cumplir con su vocación política, que siempre antepuso a criterios económicos, como se puso de relieve en 1857 con su renuncia a colaborar con el periódico oscense El Alto Aragón antes de que publicase su primer número, a pesar de que en el prospecto de presentación figuraba como uno de sus promotores. Sus primeros artículos aparecieron en La Nueva España cuando era casi un adolescente.

Ya establecido en la capital del reino, colaboró con las dos principales cabeceras de la corriente republicana: La Discusión, de Nicolás María Rivero y Francisco Pi y Margall, y La Democracia, de Emilio Castelar. Además fundó una agencia de información, Correspondencia Peninsular, que se ofrecía como servicio de corresponsalía para la prensa de provincias. En 1866 y 1867 redactó los capítulos correspondientes a las provincias de Huesca y Zaragoza de la Crónica General de España, un proyecto editorial que pretendía ofrecer una historia descriptiva e ilustrada de todas las provincias españolas. Ambas se publicaron, en una edición conjunta con la de la provincia de Teruel, escrita por Pedro Pruneda, en el año 1867. Siguió escribiendo en la prensa hasta el final de sus días; en 1914 todavía colaboró con el londinense The Times en un suplemento especial sobre España.

Su acción política en el Sexenio

El destronamiento de la reina Isabel II le llevó al primer plano de la vida pública española. Desde el 29 de septiembre de 1868 formó parte de la Junta Revolucionaria del barrio madrileño de Hospicio, nutrida por “individuos de los antiguos comités progresista, demócrata y unionista del distrito” y que se constituía “con el fin de asegurar en el mismo el orden de la libertad que Madrid acaba de conquistar en un sublime arranque de entusiasmo”. Muy pronto destacó por su actividad política, y tan pronto se decía que sería uno de los nuevos gobernadores civiles que la coalición de gobierno cedía al Partido Demócrata, como se anunciaba que dirigiría en Alicante un nuevo periódico bajo la cabecera de La Revolución, o figuraba como uno de los promotores de un Círculo de la Revolución junto a Nicolás Salmerón, Rafael María de Labra, Cristino Martos, Segismundo Moret, Ramón Chíes, Francisco Giner de los Ríos o Manuel Becerra.

A partir del mes de noviembre de 1868, tras la escisión del Partido Demócrata, se distinguió como uno de los militantes más destacados del Partido Republicano Federal en Madrid, y si el día 14 de ese mes se anunció la formación del comité republicano del madrileño distrito de Hospicio en el que ocupaba una vocalía, en abril de 1869 fue nombrado presidente honorario del Club republicano federalista de los radicales de Alicante.

Durante el reinado de Amadeo de Saboya se presentó a las elecciones legislativas convocadas para el mes de marzo de 1871 como candidato por la provincia de Alicante, perdiendo la votación por un margen muy ajustado y entre denuncias de presiones de los amadeístas a los electores del distrito. En las que se celebraron el 24 de agosto de 1872, concurrió como candidato republicano por la circunscripción de Huesca, obteniendo 2.142 de los 2.143 votos emitidos (a pesar de la oposición de los republicanos más intransigentes), incorporándose al Congreso de los Diputados el 19 de septiembre de ese año y permaneciendo en su escaño hasta el 22 de marzo de 1873, después de haber tenido la oportunidad de votar en favor de la República en la histórica sesión del 11 de febrero de ese año.

En su acción parlamentaria destacó como un buen orador, especialmente atento a los asuntos coloniales, como demuestra su firma al pie de un manifiesto hecho público el 3 de octubre de 1868 en el que se reclamaba “la conveniencia altísima de que la Madre patria, inmediatamente, comunique a nuestras provincias ultramarinas su firme voluntad de hacerlas entrar en la comunidad nacional, sin reservas, ni mistificación de género alguno”. Fue miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Abolicionista española e hizo de la liberación de los esclavos en nuestras colonias una de sus prioridades políticas; dando cauce a este interés desde su escaño parlamentario con su intervención en la sesión que trató la esclavitud en Cuba el 7 de febrero de 1873. También promovió la construcción de una Cárcel Modelo que renovase el sistema penitenciario español e hizo campaña por la supresión de la pena de muerte. Como diputado, fue elegido vocal del Consejo de Gobierno y Administración del Fondo de Redención y Enganches del Servicio Militar.

Al proclamarse la República su nombre corría por los círculos políticos madrileños para ocupar distintos cargos institucionales: diplomático en alguna república americana indeterminada; director general de Contabilidad del Ministerio de Hacienda, un puesto que él rechazó con firmeza; o subsecretario general del mismo ministerio. Finalmente, en el mes de marzo, Estanislao Figueras le nombró director general de Instrucción Pública, sustituyendo a Cayetano Rosell que dimitió a petición propia, y el 30 de abril de 1873 se publicó su designación como Secretario General del ministerio de la Gobernación, que tenía como titular a Francisco Pi y Margall, cargo del que dimitió en la primera semana de junio del mismo año.

Cuando este líder federal pasó a hacerse cargo de la jefatura del Estado, el 11 de junio de 1873, le nombró ministro de Gracia y Justicia en su primer gabinete, hasta que el 28 de junio fue reemplazado por su paisano Joaquín Gil Bergés. El 19 de julio de 1873, ya bajo la presidencia de Nicolás Salmerón, fue nombrado ministro de Fomento, en sustitución de Ramón Pérez Costales, cargo que ocupó hasta el 4 de septiembre de 1873, cuando Nicolás Salmerón fue sustituido al frente de la República por Emilio Castelar.

De su breve paso por los gobiernos republicanos destaca su iniciativa para establecer mecanismos de mediación y conciliación en las luchas sociales, que se estaban viendo recrudecidas por el desarrollo de la Primera Internacional. De hecho, en la primavera de 1871 había asistido a una reunión, abiertamente proclamada “antisocialista”, que pretendía contrarrestar la propaganda internacionalista de las conferencias dominicales de San Isidro, comprometiéndose José Fernando González a escribir un folleto sobre las clases conservadoras.

El 14 de agosto de 1873 el Diario de Sesiones de las Cortes publicó un Proyecto de ley presentado por José Fernando González “creando jurados mixtos para dirimir las diferencias que puedan surgir entre propietarios y obreros”, con el propósito de responder “a esta necesidad de los tiempos, y cediendo de buen grado a los clamores de la opinión unánime, que demanda reformas sociales que, sin destruir las bases en que el edificio social descansa, ni lastimar derechos adquiridos, ni quebrantar violentamente respetables tradiciones, faciliten a las clases trabajadoras los medios necesarios para mejorar su condición y elevar el nivel de su bienestar moral y material”. Su cese al frente del Ministerio frustró su iniciativa, lo mismo que otras que en este mismo sentido promovió el también ministro Eduardo Benot.

Durante el tiempo que estuvo al frente de la cartera de Fomento, este ministerio era el responsable del sistema educativo y José Fernando González se mostró especialmente preocupado por las enseñanzas artísticas, siendo, con el también republicano Eduardo Chao Fernández, un firme defensor de que el Arte fuese una asignatura propia del Bachillerato, lo que no se consiguió hasta casi medio siglo después de cesar en esa responsabilidad ministerial. En esta misma línea hay que recordar que fue él quien, como ministro, estableció la sección de Música en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, por lo que en 1913 se barajó la posibilidad de elegirle como académico de la institución. Buena prueba de su afición musical fue el donativo que, siendo senador por Guadalajara, ofreció para sufragar las clases de música del Ateneo Instructivo del Obrero de la capital alcarreña.

No le faltaba experiencia en la gestión educativa, pues en 1869 había sido nombrado secretario de la Universidad Central madrileña, con Fernando de Castro como rector, iniciando entonces una estrecha colaboración con los krausistas españoles, y más particularmente con Francisco Giner de los Ríos, a quien apoyó como promotor y socio de la Institución Libre de Enseñanza.

En la legislatura constituyente republicana, cuyas elecciones se celebraron el día 10 de mayo de 1873, se presentó como candidato por las circunscripciones de Dolores, en la provincia de Alicante, donde ganó con 5.714 sufragios que representaban el 65% de los votos, y de Huesca, donde mereció el apoyo de 5.306 electores de las 5.312 papeletas emitidas. En la sesión parlamentaria del 17 de junio de 1873 optó por el acta del distrito de Huesca, renunciando a la representación de la provincia alicantina.

Su actividad parlamentaria en la Restauración

El 1 de enero de 1874 el golpe de Estado del general Manuel Pavía puso punto final a la república democrática, acto de violencia que José Fernando González denunció públicamente, y en enero de 1875, y como consecuencia del pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos, volvió a España la monarquía con la entronización de Alfonso XII de Borbón, hijo de la derrocada reina Isabel II. José Fernando González, siempre coherente con sus ideas, optó por abandonar el país en septiembre de 1876 y trasladarse en un primer momento a la ciudad portuguesa de Oporto, para establecerse más adelante en París y, posteriormente, en Hendaya, ganándose la vida con artículos periodísticos en publicaciones de diversos países.

En 1881, cuando el nuevo gobierno del antiguo progresista Práxedes Mateo Sagasta alivió las rigideces políticas de los primeros años y amplió el marco de libertades políticas, volvió a fijar su residencia en Madrid, compatibilizando desde 1882 su dedicación profesional a la abogacía con la actividad política, siempre desde las filas del republicanismo.

En el año 1886 se presentó a las elecciones legislativas por la circunscripción de Huesca en pugna con el también republicano Emilio Castelar, un reflejo de las profundas divisiones que sufrían las fuerzas antimonárquicas. Después de una campaña muy bronca entre estos dos únicos candidatos, Castelar, que ya había ocupado el mismo escaño en la legislatura anterior, obtuvo 974 votos y José Fernando González solo recibió 569 papeletas, a pesar de ser su tierra natal.

Sin embargo, fue elegido senador por la provincia cubana de Puerto Príncipe para las legislaturas de 1887, 1888, 1889 y 1890; tres años después ocupó un escaño en la Cámara Alta en representación de la Sociedad Económica de La Habana (Cuba) durante las legislaturas de 1893, 1894, 1895, 1898 y 1899. Terminadas las guerras coloniales con la independencia de Cuba, fue elegido senador por la provincia de Guadalajara para las legislaturas de 1899, 1900, 1901 y 1902, siendo en este último caso el único senador republicano en la Cámara.

Su elección como senador por Guadalajara fue la consecuencia de las negociaciones entre el Partido Liberal, liderado en tierras alcarreñas por el conde de Romanones, y los republicanos guadalajareños, cuya fuerza electoral no solo era indudable sino que era indispensable para que los liberales mantuviesen su representación parlamentaria cuando, como en el año 1899, los conservadores estaban el frente del gobierno de Madrid. El pacto se mantuvo en 1901, con hegemonía liberal, a la vista de los resultados electorales: el liberal-republicano posibilista Bruno Pascual Ruilópez obtuvo 330 votos, el liberal Juan Ranero Rivas, se hizo con 327 votos, el republicano José Fernando González recibió 307 votos, y el liberal Luis Fernández Heredia solo se hizo con 161 votos, siendo designados senadores los tres primeros y quedando sin escaño el tercer liberal. Fue el prestigio de José Fernando González lo que llevó a los republicanos de Guadalajara a postularle como senador, a pesar de no tener ninguna vinculación con la provincia y de no carecer de personalidades de valía.

Buena parte de ese prestigio se lo había ganado con su actitud política ante la cuestión colonial, asunto en el que ya había destacado durante el Sexenio y que siguió siendo objeto de su atención como senador por Cuba. Si bien es cierto que cuando se inició el conflicto colonial no dudo en declarar que “soy republicano y moriré siéndolo, pero tratándose de la honra y dignidad de la patria no me acordaré de lo que soy y estaré al lado del Gobierno, sin perjuicio de pedirle en su día las responsabilidades que le alcancen”, no por eso dejó de ser un agudo crítico de la restauración monárquica y de sus políticas desde su escaño. Consumado el Desastre del 98, y frente a quienes añoraban un pasado colonial, José Fernando González salió de la guerra en Cuba y Filipinas con una convicción fuertemente europeísta.

Sus últimos años

El final de su actividad parlamentaria en 1902 no puso punto final a su actividad política, aunque le apartó de la primera línea. En el año 1911 se constituyó un nuevo partido, la Unión Republicana, que pretendía superar las luchas cainitas que desgarraban a las distintas familias antimonárquicas y que habían desgarrado al partido homónimo desde el principio. A pesar de que el proyecto le pareció a José Fernando González “mejor intencionado, que realizable”, finalmente fue elegido presidente de honor en la asamblea que celebró el partido el día 15 de febrero de 1911, junto a Joaquín Gil Berges, Benito Pérez Galdós y Gumersindo de Azcárate.

Todos ellos, excepto Joaquín Gil Bergés, se desentendieron completamente del proyecto por medio de una carta pública en la que sostenían que “por los periódicos nos hemos enterado, no sin sorpresa, que por la Asamblea que acaba de celebrarse hemos sido nombrados presidentes honorarios del Directorio y de la Junta Consultiva de Unión Republicana. Agradecemos el honor, pero no lo aceptamos. Conocidas son de ustedes, o deben serlo, las manifestaciones que hemos hecho, por requerimiento de los iniciadores de la Asamblea, excusándonos de contribuir, ni en poco ni en mucho, a ese empeño que, a nuestro juicio, implica grave daño para la causa por cuyo triunfo luchamos”.

Muy poco después, otro grupo de destacados republicanos encabezados por Melquiades Álvarez y Gumersindo de Azcárate decidió impulsar un nuevo partido político que, en un primer momento, se llamó Republicano Reformista. Aunque en la prensa del momento apareció vinculado a este proyecto desde sus primeros pasos en el verano de 1912, y que en general se le asocia a esta corriente, seguramente se acerque más a la verdad la opinión vertida en La Ilustración Financiera del 28 de octubre de 1913: en “las cartas de los señores D. José Fernando González y D. Benito Pérez Galdós, leídas al final de la comida, se vio que, por entre sus elocuentes frases, se deslizaba el tributo de amistad personal rendido al Sr. Álvarez, pero sin pasar de una adhesión platónica a las orientaciones por las que iba a emprender su rumbo el insigne tribuno”. Así se desprende también de la prensa, que comentaba, con motivo de un acto del partido, que “no quiso contarse entre los que se sentaron a la mesa con el jefe del reformismo en el Hotel Palace”.

Sin embargo, fue elegido, aunque fuese con carácter honorífico, miembro de la Junta Central provisional del Partido Reformista en enero de 1913 y de la que se constituyó definitivamente en febrero de 1914, así como de los comités del Partido Reformista de los distritos madrileños de Congreso, de Buenavista, de Centro, de Inclusa y de Universidad. Incluso, ante una crisis de gobierno, “se hablaba de que un candidato a ocupar un ministerio sería un antiguo ministro, y se barajaba el nombre de José Fernando González”. Se hizo pública por entonces una carta en la que manifestaba que “el que sea, y quiera ser siempre mientras viva, fiel a la causa de la República, no impide ciertamente que desee para mi patria, aunque sea bajo la Monarquía, una amplísima legalidad común, dentro de la cual pueda realizarse ordenadamente la vida progresiva de este nuestro pobre país, y ejercer cada cual con dignidad los derechos todos de su ciudadanía”.

Falleció en Madrid el día 7 de julio de 1915, recibiendo sepultura en el cementerio católico de la Sacramental de Santa María de la Almudena. El también ministro republicano Luis de Zulueta dijo de él en su necrológica en la revista España: “Fue sobre todo, una conciencia. Perteneció a aquel grupo de varones íntegros que, a pesar de sus defectos y de sus errores, dignificaron la política enlazándola con las ideas generales y rigiéndola según los principios éticos”.

JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 2 de noviembre de 2020

GREGORIO HERRÁINZ DE HERAS

HERRÁINZ DE HERAS, Gregorio
[Leganiel, 9 de mayo de 1842 / ]


Gregorio Herráinz de Heras (o de las Heras) nació en el pueblo de Leganiel, en la comarca de la Alcarria conquense, el día 9 de mayo de 1842. Era hijo de Felipe Herráinz de Parada, que ejercía como maestro de niños en aquella localidad, y de Juana de las Heras, tras cuyo fallecimiento su marido se hizo sacerdote. A pesar de contar con escasa fortuna familiar, Gregorio Herráinz estaba emparentado con los Guzmán y Manrique, que formaban parte de la elite política y económica alcarreña. En 1869 contrajo matrimonio en la ciudad de Guadalajara y, tres años después, nació su único hijo, que falleció en Valladolid el día 19 de septiembre de 1881.
En el año 1858 inició sus estudios en la Escuela Normal de Cuenca, con un permiso personal por no alcanzar la edad reglamentaria, pero para el segundo curso se trasladó a la Central de Maestros de Madrid, donde completó su carrera habiendo obtenido sobresaliente en todas las asignaturas y donde obtuvo en el año 1860 el diploma para la enseñanza a sordomudos y ciegos. La necesidad de ayudar en los estudios a sus tres hermanos pequeños le obligó, por la escasez de recursos económicos familiares, a opositar con éxito a la plaza de maestro de la Escuela de Hiendelancina, donde impartió clase muy pocos meses.
Ingresó por oposición en el Cuerpo de Profesores de Escuelas Normales el 16 de enero de 1864, con solo veintiún años de edad y se jubiló, “por haber cumplido la edad reglamentaria”, mediante un Real Decreto firmado el 9 de septiembre de 1918, cuando era el número uno del escalafón de profesores numerarios de Escuelas Normales y director de la de Zaragoza. Su primer destino fue como tercer profesor de la Sección de Letras en la Escuela Normal de Oviedo, en la que solo permaneció hasta el día 17 de Mayo de 1865, cuando consiguió el traslado a la de Guadalajara, ciudad en la que residió durante doce años.

Sus años en Guadalajara
Durante su estancia en Guadalajara continuó con sus estudios y realizó el curso especial de Dibujo Lineal Hendricks en la Escuela Normal Central madrileña, que le subvencionó la Diputación Provincial a causa de una situación económica particular tan penosa que en el acta del 5 de febrero de 1870 de la corporación provincial se recoge la decisión de conceder a Gregorio Herráinz de las Heras, “profesor tercero de la Escuela Normal de Maestros de esta provincia, una habitación que existe sin ocupar en el referido establecimiento, atendiendo al corto sueldo que disfruta”, cuando ya había contraído matrimonio.
En tierras alcarreñas desplegó una incansable actividad docente, impartiendo clases gratuitamente en el Círculo Mercantil y en la Escuela nocturna para adultos de la capital. En el año 1872 publicó el libro Modo de propagar la instrucción primaria en las poblaciones agrícolas y clases jornaleras, que era el lema del concurso público que había convocado la Sociedad Económica Matritense y en el que obtuvo el primer premio. En esta obra se muestra como un profundo conocedor de todas las circunstancias de la vida cotidiana de los campesinos, entre los que creció, y ofrece soluciones políticas en la línea del republicanismo contemporáneo más avanzado, manifestándose como un reformador social laico.
Durante el Sexenio Revolucionario se puso en marcha en Guadalajara la Escuela Normal de Maestras, una medida que suponía un avance muy significativo para la condición de la mujer en tierras alcarreñas y que abrió sus puertas en el año 1872 bajo el impulso de Gregorio Herráinz, que fue su primer Secretario y el redactor de su Reglamento. Continuó impartiendo clase en la Normal de Maestros y en la Exposición Provincial de Guadalajara de 1876 fueron premiados sus programas razonados de las asignaturas de Gramática, Geografía e Historia.
Formó parte de las Juntas Local y Provincial de Instrucción Pública de Guadalajara; de la primera, en 1873 como representante del Ayuntamiento; y de la segunda como padre de familia por nombramiento del Presidente del Poder ejecutivo del día 12 de Setiembre de 1874. En la capital alcarreña, y por su iniciativa, la Junta adquirió “dos nuevos locales a largo plazo de arrendamiento para dejar otros de todo punto inadecuados e insalubres; el material aumentó considerablemente y por medios extraordinarios, y el Magisterio percibió cuanto se le debía por atrasos”.
Igualmente promovió la unión profesional de los docentes de Primera Enseñanza, en el convencimiento de que “si la asociación existiera entre los maestros, cuando se echa encima un proceso electoral, estudiarían las condiciones de la lucha, designarían su candidato propio para cada uno de los distritos que permitieran concebir juiciosas esperanzas de éxito”. Con ese propósito, Gregorio Herráinz de las Heras elaboró con precisión y amplitud un proyecto de asociacionismo corporativo de los maestros que hizo público, aunque reconocía las dificultades de llevar a la práctica su propuesta, pues al ser el Magisterio una “colectividad que se ramifica casi por todas las localidades, ofrece, sin embargo, un cuadro desgarrador de disgregación y presenta rotos los mil vínculos de enlace que habrían de ser sus inagotables focos de prestigio, de fuerza y de bondad”. A pesar de todo, en 1873 se celebró en la Universidad Central madrileña una Asamblea del Magisterio nacional, a la que fue enviado como representante de la provincia de Guadalajara, siendo nombrado miembro de la comisión redactora del Reglamento de una efímera Asociación Nacional del Magisterio, que finalmente se constituyó en la provincia de Guadalajara en 1874, siendo nombrado Gregorio Herráinz su primer presidente.
También se implicó en las luchas políticas de la provincia en aquel agitado período. El día 29 de septiembre de 1868 fue uno de los dirigentes políticos que accedió a la Casa Consistorial de Guadalajara para proclamar el destronamiento de Isabel II y el triunfo de la Revolución. En 1869 se alineó con la escisión republicana, siguiendo a su pariente José Guzmán y Manrique Ruiz que ese mismo año fue elegido para ser el primer presidente provincial del Partido Republicano Federal. Gregorio Herráinz formó parte del Comité Local Republicano de la capital alcarreña junto a Hilarión Guerra Preciado, Emilio Carrasco, Vicente García Ron, Crispín Ortega, Agapito Gutiérrez y Fernando Artega y en junio de 1873 salió elegido concejal en la ciudad de Guadalajara con el apoyo de los republicanos. También se dice que dirigió un periódico en esta capital, aunque no hemos podido confirmarlo por haber desaparecido todos los ejemplares de la prensa provincial en los años del Sexenio.
Tras su marcha, Gregorio Herráinz siguió visitando la provincia y en el año 1909, cuando ya era director de la Escuela Normal de Zaragoza, pasó el verano en Sigüenza.

Su actividad profesional
En 1876, con el regreso de la monarquía borbónica en la figura de Alfonso XII, solicitó y obtuvo su traslado a la Escuela Normal de Soria, para la que fue nombrado segundo maestro mediante una Real Orden fechada el día 15 de diciembre de 1876 y donde cesó el 12 de febrero de 1877, después de haber solicitado una licencia de quince días, por lo que apenas impartió clase durante dos meses en esa capital castellana, regresando a la Escuela de Guadalajara.
Pero su retorno a tierras alcarreñas fue muy breve, pues el 15 de enero de 1878 se incorporó a la Escuela Normal de Valladolid. Desengañado de la lucha política partidista tras el final del Sexenio Revolucionario, aunque siempre estuvo identificado con las ideas de progreso y laicismo, en la ciudad vallisoletana se volcó en la actividad periodística, dirigiendo una revista profesional del Magisterio y asumiendo las labores de primer redactor de diario El Norte de Castilla hasta principios de 1882, además de dar clases particulares para aumentar sus menguados ingresos. En el año 1878 redactó, por encargo del Ayuntamiento vallisoletano, una Memoria sobre el estado de la educación e instrucción de las escuelas públicas de Valladolid.
La muerte de su único hijo en septiembre de 1881 le sumió en una profunda tristeza y le hizo imposible continuar viviendo en la misma ciudad, por lo que solicitó y obtuvo en diciembre de 1881 su traslado a la Escuela Normal de Segovia, de la que fue nombrado director y a la que se incorporó en febrero de 1882, residiendo en el segundo piso del número 10 de la calle Juan Bravo de esa ciudad. Durante su estancia en Segovia, y necesitado de ocupaciones que le distrajesen del enorme pesar por el fallecimiento de su hijo, se dedicó preferentemente a la defensa de los intereses de los maestros por medio del Boletín del Magisterio de la Provincia de Segovia, nacido por iniciativa de Valentín Fuentes Gonzalo pero del que en abril de 1882 se hizo cargo Gregorio Herráinz de las Heras con tanta consagración que su traslado en julio de 1899 supuso el cierre del citado boletín.
Como director de la Escuela Normal segoviana tuvo que reorganizar completamente este centro educativo, desatendido durante años por distintas circunstancias, hasta el punto de que solo estaban matriculados una veintena de alumnos. Ordenó el archivo del centro, redactó y consiguió que fuese aprobado el reglamento interior de la Escuela, restableció los registros de contabilidad interna, mejoró la biblioteca, estableció un laboratorio de Física e instaló, siendo la Normal de Segovia la primera en hacerlo, estaciones telegráficas y telefónicas, además de fomentar las excursiones escolares. Por motivo de su cargo, formó parte desde su llegada a tierras segovianas de la Junta Provincial de Instrucción Pública, que él se encargó de revitalizar y de que se reuniese con la debida regularidad, consiguiendo normalizar los sueldos de los maestros, anulando las retribuciones en especie que aún percibían algunos maestros rurales y alcanzado el objetivo de que todos los haberes del Magisterio se percibiesen del Habilitado de Clases Pasivas correspondiente.
En 1898 concursó para la Escuela Normal de Zaragoza y fue propuesto por el Consejo de Instrucción Pública para ocupar allí una plaza, pero una reforma de los centros normalistas aprobada por el Ministerio de Fomento rebajó la categoría de la de Zaragoza, por lo que en 1899 Gregorio Herráinz solicitó se revocase ese nombramiento y se la destinase a otro centro de superior categoría, lo que fue desestimado en primera instancia. Seguramente como consecuencia de este contencioso, el 15 de junio de 1900 quedó afecto a la Subsecretaría del Ministerio de Instrucción Pública, para poco después ser nombrado director de la Escuela Normal de Zaragoza, pues en 1905 ya formaba parte, con el rector de la Universidad aragonesa Mariano Ripollés Baranda, del comité que se formó en Zaragoza para organizar la Exposición Pedagógica Universal de 1905.
Participó Gregorio Herráinz en otros Congresos Pedagógicos; en el primero, celebrado en Madrid en 1882 por iniciativa del Fomento de las Artes, contribuyó con una ponencia titulada “Reformas que reclaman nuestras Escuelas Normales. Instituciones pedagógicas que con ellas deben concurrir a la formación de los maestros y elevar la cultura de la mujer: carácter de esta cultura”, que fue muy aplaudida y alabada por Claudio Moyano; y aunque en ella apoyaba la formación cultural de las mujeres, sus argumentos son hoy difíciles de entender: “Como en el sexo fuerte se dan extraños contrasentidos, ejemplares afeminados, que prefieren quehaceres mujeriegos, sin que por eso se destruya, ni tan siquiera se quebrante la tendencia general, en el débil se presentan también caracteres varoniles, aptitudes mentales salientes y privilegiadas, que inclinan, que arrastran hacia los profundos veneros de la ciencia: no les cerremos la entrada”. El tercer Congreso Pedagógico se desarrolló en Madrid en octubre de 1892, en conmemoración de la llegada de Colón a tierras americanas, por lo que tuvo carácter internacional; en él su ponencia trató de los “Requisitos que deben exigirse para el ejercicio de la primera enseñanza, pública y privada. Por quién, cómo de qué manera deben nombrarse y pagarse los maestros públicos”.
También participó, en varias ocasiones como presidente, en tribunales oficiales para oposiciones del Magisterio. Y el 23 de enero de 1882, a propuesta del rector de la Universidad de Valladolid, se le distinguió con el título de Caballero de la Real Orden de Carlos III, en atención a sus méritos en la enseñanza.

Gramático y filólogo
Buena parte de su tiempo lo dedicó Gregorio Herráinz a estudiar la Gramática de la lengua castellana, aunque casi nunca obtuvo reconocimiento; sabemos que en 1894 Unamuno calificaba, sin haberlo leído, de “chinchorrerías y armas al hombro” un folleto suyo recién publicado en Segovia. Su primera obra fue una Gramática castellana teórico-práctica en todas sus partes. Obra acomodada a las necesidades de esta enseñanza en las Escuelas Normales, que se publicó en Madrid 1869 y al año siguiente salió de imprenta un Compendio de gramática castellana, razonada y al alcance de los niños para facilitar su uso como libro de texto.
Años después, ya destinado como director de la Escuela Normal de Segovia, y quizás bajo la influencia del filólogo Matías Salleras que le había precedido en ese cargo, volvió a interesar por la filología y publicó en 1885 su Consultor ortográfico de cartera o Compilación suma de lo conducente a la solución de dudas en el acto de escribir y un Tratado de gramática razonada con aplicación decidida y constante al estudio del idioma español, ambos impresos en el establecimiento tipográfico segoviano de F. Santiuste. Todavía un año después publicó Contra privilegio, escalpelo o Examen crítico de las obras de la Academia de la Lengua. En sus libros se implicó en los debates contemporáneos sobre la lengua castellana, oponiéndose a la ortografía fonética y defiende la etimológica.
Como consecuencia de su actividad profesional, también publicó varios libros de tema pedagógico, entre los que merece la pena destacarse Reformas sobre Primera Enseñanza, que vio la luz en Segovia en 1884; una recopilación de sus Conferencias pedagógicas celebradas en Segovia durante la última decena de Agosto de 1888; su Tratado de Antropología y Pedagogía, editado por la madrileña Librería de la Viuda de Hernando y Compañía en 1896; Evolución progresiva de la educación, alcance de esta en el día y sus consecuencias, que apareció en Zaragoza en 1903; una Reseña Histórica de la Escuela Normal Superior de Maestros de Zaragoza desde su fundación en 1844 a fin del año académico de 1905-1906, que fue editada en 1907 en la Imprenta del Hospicio Provincial de Zaragoza; y su Resumen de un Curso de Estudios Superiores de Pedagogía, que salió de la misma imprenta zaragozana en 1912. En 1879 publicó en Valladolid las Conferencias agrícolas al calor del hogar, que una Real orden de 8 de Junio de 1880 declaró libro texto de lectura oficial para las escuelas de niños y de adultos, por lo que conoció tres ediciones; además fue obra premiado en la Exposición Agrícola Vallisoletana.
JUAN PABLO CALERO DELSO