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domingo, 9 de diciembre de 2018

JOSÉ DOMINGO DE UDAETA FERRO

UDAETA FERRO, José Domingo de
[Guadalajara, 11 de mayo de 1803 / Madrid, 4 de diciembre de 1887]

José Domingo de Udaeta Ferro nació en la ciudad de Guadalajara el 11 de mayo de 1803. Fue bautizado, dos días después, en la Iglesia Parroquial del Arcángel San Miguel, siendo su madrina Josefa de Estúñiga, que pertenecía a una de las más relevantes familias de la ciudad. Falleció en Madrid el 4 de diciembre de 1887.
Realizó estudios de derecho en la Universidad de Alcalá de Henares y el 9 de mayo de 1826 obtuvo la licenciatura en leyes y el día 13 del mismo mes y año fue investido con el grado de Doctor. En junio de 1828, después de haber cumplido veinticinco años de edad y satisfaciendo los demás requisitos legales, fue autorizado para ejercer como abogado en los Reales Consejos, aunque posteriormente no destacó en el ejercicio profesional del Derecho, pues estuvo más dedicado a sus negocios particulares.
En 1843 fue propuesto para ser condecorado con la Cruz de Carlos III por haber ejercido el cargo de Jefe Político, o Gobernador Civil, y presidente de la Diputación Provincial sin recibir remuneración ninguna, pero la reina no firmó el preceptivo decreto hasta el 13 de abril de 1851, siendo entonces nombrado Comendador de la Orden de Carlos III.
Su entorno familiar
Era hijo de Antonio Pablo de Udaeta, natural de Respaldiza, que en la actualidad es un barrio de la localidad alavesa de Ayala, y de María Josefa Ferro, nacida en la ciudad de Guadalajara. Sus abuelos paternos fueron Lorenzo de Udaeta y Teresa de Ibarrola, ambos nacidos en Respaldiza, y sus abuelos maternos eran Antonio Ferro y María Peregrini que eran oriundos de la República de Génova, en Italia, aunque habían vivido y fallecieron en Guadalajara.
José Domingo de Udaeta Ferro pertenecía a una de las familias más distinguidas de la élite progresista de la Guadalajara del siglo XIX. En las postrimerías del siglo XVIII llegó hasta la capital alcarreña, desde su Álava natal, Juan Francisco de Udaeta Ibarrola, un comerciante que en 1793 se casó con Josefa Molero, hija de un rico vendedor de paños alcarreño. La fortuna de la pareja no era exigua, pues la esposa aportó como dote casi 300.000 reales y en 1794 hipotecaron una casa de nueva construcción valorada en más de un millón de reales que les rentaba unos 30.000 al año.
Pero Juan Francisco de Udaeta Ibarrola tenía mucho interés en formar parte del gobierno municipal y a tal fin, en 1792 y 1794 presentó su carta de hidalguía en el Ayuntamiento de Guadalajara y acabó por comprar el puesto de regidor, aunque los demás regidores de la ciudad no lo acogieron con simpatía por desempeñar el oficio de comerciante, una ocupación que les estaba vedada, pues esos cargos concejiles estaban reservados para nobles o hidalgos de sangre.
Para evitar suspicacias, a pesar del dictamen favorable que emitió el Consejo de Castilla en 1794, cedió ante notario a su hermano Antonio Pablo de Udaeta Ibarrola géneros y efectos de comercio por la cantidad de 250.000 reales, aunque todo indica que siguió ejerciendo la actividad mercantil en la sombra. No tenemos noticia del cumplimiento de sus obligaciones municipales, pero sabemos que Juan Francisco de Udaeta Ibarrola fue acusado por su esposa en 1797 de despilfarrar su dote y en 1804 de haberse ausentado a Indias, por lo que Josefa Molero solicitó su separación matrimonial.
Por su parte, Antonio Pablo de Udaeta Ibarrola se casó secretamente en 1795 con María Josefa Ferro, hija de Antonio Ferro que era otro acaudalado comerciante de Guadalajara y que había sido varios años Síndico Personero de su ayuntamiento, cargo que ocupaba al comenzar la Guerra de la Independencia, por lo que participó en la elección de Juan Nepomuceno de Rosales como delegado de la ciudad de Guadalajara en la asamblea que el rey José I Bonaparte había convocado Bayona en 1808 para conocer la realidad española y sentar las bases de su reinado, encuentro al que finalmente no acudió Juan Nepomuceno de Rosales y en la que se aprobó el llamado Estatuto de Bayona.
Si Antonio Pablo de Udaeta Ibarrola había recibido 250.000 reales de su hermano para que continuase con los negocios familiares, su mujer aportó al matrimonio una dote de 130.000 reales; no era una escasa fortuna para formar una familia, aunque inferior a la que disfrutaba su hermano Juan Francisco, a quien en 1794 se le calculaba una fortuna superior a un millón de reales. Gracias a su experiencia institucional y a su fortuna económica, esta familia se incorporó en el siglo XIX a la élite burguesa liberal ocupando diferentes cargos políticos: Antonio Pablo de Udaeta Ibarrola fue concejal en 1813 y alcalde en 1822 y su hijo Antonio de Udaeta Ferro ocupó el mismo cargo en 1843 y 1863. Este último, contrajo matrimonio con Tomasa de la Brena y falleció en Madrid el 20 de febrero de 1864.
A edad madura, José Domingo de Udaeta Ferro contrajo matrimonio con Inés Romo Bedoya, que pertenecía a dos familias con título de hidalguía que habían ocupado cargos municipales en el siglo XVIII: los Romo en Sigüenza y los Bedoya en Hita, de donde era originaria la familia, y en Guadalajara, donde Vicente de Bedoya compró un primer puesto de regidor en 1709.
Inés Romo Bedoya había contraído un primer matrimonio con José de Torres y Tovar, Marqués de Villamejor. Los Torres debían su título nobiliario al Archiduque Carlos de Austria, pretendiente al trono español durante la Guerra de Sucesión (1701-1714). Desde entonces habían acumulado un cuantioso patrimonio y había ocupado cargos concejiles en Guadalajara; pero la desaparición del Régimen señorial y la supresión de los mayorazgos tuvieron efectos desastrosos para el Marquesado de Villamejor. Cuando José de Torres y Tovar falleció en Romanones (Guadalajara) el 30 de noviembre de 1836, no solo carecía de extensas propiedades, sino que prácticamente se encontraba en quiebra. Su viuda se vio forzada a declinar el Marquesado de Villamejor y conservar únicamente el vizcondado de Irueste como dote para su hija en un matrimonio ventajoso. En esa situación de severos apuros económicos, se casó con José Domingo de Udaeta Ferro, que era una de las más grandes fortunas de la provincia alcarreña.
Inés Romo Bedoya murió en Guadalajara el día 2 de diciembre de 1892, y en los últimos años dedicó sus recursos y su influencia entre la élite progresista alcarreña a favorecer la candidatura al Congreso de los Diputados de su nieto Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, que gracias a la intermediación de su abuela recabó los apoyos suficientes para derrotar a su propio hermano en los comicios de 1891 y convertir a Guadalajara en su feudo político particular.
José Domingo de Udaeta Ferro e Inés Romo Gamboa no tuvieron hijos propios, pero aquél fue nombrado curador de Ana de Torres y Romo, y en su nombre pleiteó repetidamente para conseguir que la reina Isabel II diese por nula la venta del Marquesado de Villamejor a favor de doña María de las Nieves de Zuazo de Rendón. En un primer momento, 26 de agosto de 1849, la Cancillería del Ministerio de Gracia y Justicia rechazó su pretensión, pero insistió José Domingo de Udaeta en abril de 1851, consiguiendo que el 14 de enero de 1853 la reina firmase la rehabilitación del título de Marquesa de Villamejor para Ana de Torres y Romo, que para entonces ya había contraído matrimonio con Ignacio de Figueroa y Mendieta.

Su actividad profesional
La enorme fortuna acumulada por los Udaeta durante los años de transición del siglo XVIII al siglo XIX se vio sensiblemente incrementada a raíz de los procesos desamortizadores emprendidos por los liberales en 1836 y 1855. La compra de fincas, tanto urbanas como rústicas, aumentó significativamente el patrimonio familiar de los Udaeta, aunque tuvo como consecuencia que el eje de sus negocios e intereses se trasladase de la industria y el comercio, con el que habían fraguado su fortuna particular, hacia la agricultura y la ganadería, renunciando de ese modo a impulsar el proceso de modernización económica en la provincia de Guadalajara.
Sólo José Domingo de Udaeta Ferro adquirió en tierras alcarreñas 1.361 lotes de los que fueron desamortizados a partir del año 1836 en Guadalajara; la familia de hidalgos que se había visto comprometida en el Antiguo Régimen por su espíritu emprendedor se convertía con el sistema liberal en parte de una burguesía terrateniente y rentista, que imitaba modos y maneras de la antigua nobleza. Este poder económico estaba entrelazado con el poder político; así mientras adquirían nuevas fincas agrarias, José Ramón de Udaeta era el Comisionado principal de la empresa arrendataria del suministro de aguardientes a Guadalajara y su comarca.
El enriquecimiento personal de José Domingo de Udaeta Ferro fue notable; en 1856 pagaba una cuota por contribución de bienes inmuebles y subsidio industrial y de comercio en la capital provincial que ascendía a 2.620 reales, y que sólo era superada por Mariano Téllez-Girón, Duque de Osuna y del Infantado, y por Gregorio García Tabernero. El segundo proceso desamortizador, abierto por iniciativa del ministro Pascual Madoz durante el Bienio Progresista, le permitió adquirir nuevos bienes e incrementar significativamente su hacienda. En esa ocasión, compró terrenos en distintas localidades de la provincia que sumaban más de 5.500 fanegas, además de un molino aceitero en Yebes y un molino harinero en Campillo de Ranas.
En la propia ciudad de Guadalajara acumulaba varias fincas urbanas, entre las que destaca la llamada Huerta de Clavero, en la Carretera de Madrid, para la que solicitó permiso para ampliarla en 1866, las casas del número 4 de la calle de Bardales, que reformó en 1877, y del número 12 de la Plaza de San Gil, que reformó en 1883, y los edificios de los números 9 y 11 de la calle Carbonería. También era propietario de una casa y un obrador, con patio en la calle paralela posterior, en la carretera de Zaragoza, que le fue expropiada para ampliar su tránsito por la ciudad.
Como resultado de estos incrementos patrimoniales, en el año 1868 era el decimosexto mayor contribuyente por cuota territorial de toda la provincia alcarreña.
Acción política
En su juventud, durante el reinado de Fernando VII, José Domingo de Udaeta Ferro se mostró ferviente partidario de la monarquía absoluta o, por lo menos, no destacó en la defensa del régimen constitucional. En 1828 declaró públicamente que ni siquiera durante el Trienio Liberal formó parte de ninguna de las asociaciones ciudadanas que se consideraban instrumentos del liberalismo: Milicia Nacional, Sociedades Patrióticas, logias secretas o clubs políticos, insistiendo en todo momento en su pertenencia al estamento nobiliario; y si bien es cierto que esa declaración era imprescindible para ser habilitado como abogado ante los Reales Consejos, la relación de testigos hace pensar que esa declaración es veraz.
Con la muerte del monarca absoluto, su ideario conoció profundas transformaciones. Ya en julio de 1833 fue nombrado asesor del Intendente de la provincia y formó parte de las Juntas provinciales de Caridad, y en octubre de ese año de la de Sanidad, ésta última constituida para afrontar la epidemia de cólera, mientras su hermano Antonio pertenecía a la Diputación del Comercio de la ciudad de Guadalajara.
En las elecciones celebradas en 1837 para cubrir los cargos concejiles, José Domingo de Udaeta fue elegido alcalde segundo, lo que sería una primera prueba de su adscripción al liberalismo progresista. En diciembre de 1839 fue de nuevo elegido, en esta ocasión como alcalde primero para el año 1840, pero no pudo cumplir su mandato pues la Diputación Provincial, presidida por Patricio de la Escosura, declaró nula su elección y la de Gregorio García Tabernero, una arbitrariedad de los moderados que despojaba de su cargo a dos reconocidos progresistas que habían ganado la confianza de sus conciudadanos. En su lugar, fueron designados Gabino García Plaza y Pedro Villapecellín, pero ellos tampoco pudieron completar su mandato ya que, antes de que acabase ese año, una revolución progresista puso brusco final a los gobiernos moderados y a la regencia de María Cristina de Borbón.
En 1840 fue elegido diputado a Cortes por la circunscripción de Guadalajara, pero se distanció del régimen esparterista, pues en 1843 perteneció a la Junta Revolucionaria provincial que, presidida por Antonio Sánchez Osorio, se constituyó en Guadalajara con motivo del pronunciamiento militar que desalojó al general Baldomero Espartero de la Regencia. Disuelta la Junta y consolidado el nuevo régimen, el gobierno ratificó el nombramiento de la junta provincial, que había designado Jefe Político y presidente de la Diputación de Guadalajara a José Domingo de Udaeta, cargos que ejerció desde el 2 de agosto hasta el 7 de diciembre de 1843, cuando fue sustituido por Rafael de Navascués, ofreciéndosele en ese momento una plaza de Ministro de la Audiencia de Valladolid.
Durante la Década Moderada estuvo alejado de la política gubernamental y sufrió el ostracismo que padecieron los progresistas en la provincia alcarreña. No por eso renunció a sus ideas y a su compromiso político, porque en julio de 1854 le vemos de nuevo formando parte de la Junta de Gobierno de la Provincia, constituida el 21 de julio de 1854, junta revolucionaria de carácter progresista que presidía José María Medrano y al que acompañaban José Domingo de Udaeta Ferro, José Serrano, José Martínez, León López Espila, Diego García Martínez, Joaquín Sancho Garrido, Casimiro López Chávarri y Cayetano de la Brena.
Con motivo de las elecciones a Cortes Constituyentes de 1854 hizo público su deseo de no presentarse a los comicios, a pesar de que había recibido peticiones en ese sentido, y avisando que, en caso de ser elegido, renunciaría por motivos personales. Al mismo tiempo, manifestaba su apoyo a cualquier candidatura liberal, y no tuvo reparo en asistir a una reunión convocada por él y los progresistas más destacados de la provincia para fijar una candidatura para las próximas elecciones a Cortes Constituyentes.
Con el final del Bienio Progresista en 1856, que dio paso a los gobiernos centristas de la Unión Liberal, José Domingo de Udaeta volvió a revelarse como un político atento a los cambios dentro del liberalismo progresista. En agosto de 1856, derribado el gobierno de Espartero, se nombró una nueva Diputación Provincial de la que formaba parte, aunque fue destituida en octubre por una nueva lista de diputados que ya no le incluía. También fue designado es nombrado vocal de la Junta de Beneficencia, de la Comisión Superior de Instrucción Primaria y de la Junta Inspectora del Instituto de Segunda enseñanza de la capital.
Más tarde, con los últimos gabinetes moderados, José Domingo de Udaeta Ferro volvió al retraimiento político de años atrás, aunque ejerció como juez de primera instancia en Guadalajara, hasta que la conspiración puesta en marcha para derrocar a Isabel II le devolvió al primer plano de la escena institucional.
El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 llevó a una Junta Revolucionaria a asumir el gobierno de la provincia; en esta ocasión José Domingo de Udaeta Ferro no se encontraba entre sus miembros, a pesar de lo cual el 13 de octubre de ese mismo año volvió a ser designado, como ya lo había sido en el año 1843, Gobernador Civil de la provincia de Guadalajara por una decisión del Gobierno Provisional que firmó el general Francisco Serrano. Ocupó este cargo hasta que presentó su dimisión, el 24 de septiembre de 1869. En los primeros momentos, todavía esta jefatura llevaba asociada la presidencia de la Diputación Provincial, aunque muy pronto este último cargo pasó a ser de elección directa por los diputados. Fue, por eso mismo, el primer Gobernador Civil de la provincia que disfrutó de las nuevas atribuciones y capacidades que se mantuvieron, casi sin cambios, hasta 1997.

Elección y actividad parlamentaria
José Domingo de Udaeta Ferro fue elegido diputado suplente a Cortes en las elecciones que se celebraron el 19 de enero de 1840. En primera instancia ganaron los escaños titulares Santos López-Pelegrín Zabala, José Muñoz Maldonado, conde de Fabraquer, y Manuel Montes de Oca. Este último ya había sido diputado por Cádiz en 1834 y 1837 y que en los comicios de 1840 ganó otra vez el acta por Cádiz y, además, por las circunscripciones de Baleares y Guadalajara, optando por renunciar a su escaño por el distrito alcarreño.
Así que el 14 de abril de ese mismo año José Domingo de Udaeta fue llamado para sustituirle, jurando su cargo nueve días después. Su paso por el Congreso apenas duró dos meses, pues en junio se suspendieron las sesiones a causa del clima de inestabilidad política que vivía el país. Finalmente, el día 11 de octubre de 1840 el Congreso fue disuelto como consecuencia de la Revolución que llevó al general Baldomero Espartero a la Regencia y al gobierno de la nación.
Durante su paso por el Congreso se integró en la Sección Séptima. Intervino muy frecuentemente en los debates parlamentarios y fue un diputado muy activo, sobre todo en los asuntos económicos, participando en las discusiones sobre los presupuestos de ingresos y gastos del Estado y de los Ministerios de Hacienda y de Gracia y Justicia. Interviene también cuando la Cámara trata los asuntos que más preocupaban a los progresistas en aquellos años: la Ley de Ayuntamientos, peticiones de la Milicia Nacional, dotaciones de culto y clero y pagos a metálico de los compradores de bienes nacionales, una cuestión en la que tenía un interés particular por haber sido uno de los principales adquirientes de estos bienes en la provincia de Guadalajara. También participa en diversos dictámenes como los de las Actas electorales de la provincia de León, una petición del Ayuntamiento de Llerena (Badajoz) o sobre militares retirados de Pontevedra.
A pesar de que esas elecciones fueron ganadas por los moderados, entre acusaciones generalizadas de fraude, y de que los otros tres candidatos por Guadalajara se identificaban con la corriente más conservadora del liberalismo, es difícil incluir a José Domingo de Udaeta dentro del partido moderado, como pone de manifiesto la anulación gubernamental de su cargo de alcalde de Guadalajara para 1840, a la que ya hemos hecho referencia, y el conjunto de su trayectoria política. En todo caso, como su compañero de representación Santos López-Pelegrín Zabala, asumiría una posición intermedia entre las dos alas del liberalismo.
También fue senador en las legislaturas de 1871 y 1872, después de más de treinta años y en circunstancias muy diferentes. Si en el Congreso de 1840 era un progresista que se situaba entre las filas de los más avanzados de la nación, accedió al Senado como representante del mismo partido político, pero cuando éste estaba siendo desbordado por otras fuerzas revolucionarias que, como los demócratas, participaban de la coalición electoral que le había llevado al Senado. Se mantuvo fiel a la línea oficial del progresismo y apoyó la solución monárquica para España.
Intervino preguntando al Ministro de Fomento sobre la legislación de montes, sobre las obligaciones de las corporaciones civiles y sobre el Reglamento interior del Senado.
Formó parte de numerosas comisiones: General de Presupuestos, de Amnistía, de Empleados públicos, de Peticiones al Senado… y perteneció a la Comisión del Senado que asistió a las honras fúnebres del general Juan Prim.
JUAN PABLO CALERO DELSO

domingo, 2 de diciembre de 2018

MANUEL MARÍA VALLES CARRILLO

VALLES CARRILLO, Manuel María
[Tendilla, 1 de enero de 1836 / Guadalajara, 13 de septiembre de 1909]

Nació el 1 de enero de 1836 en el pueblo de Tendilla, a pocos kilómetros de la ciudad de Guadalajara, en la que vivió la mayor parte de su vida, con domicilio en el piso principal del número 41 de la Calle Mayor Alta, y en la que murió el 15 de septiembre de 1909. Era hijo de Patricio Valles y de Jorja Carrillo y tuvo una hermana, Juana Valles Carrillo, que en el año 1902 se jubiló como maestra de Alhóndiga. otra pequeña localidad de la provincia alcarreña. En 1838 Patricio Valles contrajo segundas nupcias con Francisca Solana Rivas, con quien tuvo más hijos. Por su parte, Manuel María Valles se casó con Leona Manuela de la Fuente, y el matrimonio tuvo dos hijas, Manuela y Amalia, y un hijo, Manuel.
Asistió a la escuela de su pueblo natal, en la que aprendió sus primeras letras y después en Guadalajara y Madrid cursó los estudios necesarios para ser procurador de los tribunales. En 1898 resultó elegido Decano del Colegio de Procuradores de Guadalajara, y se mantuvo en ese puesto a lo largo de los años hasta su muerte.

La Tercera Guerra Carlista
Manuel María Valles fue el máximo dirigente político del carlismo durante el Sexenio Revolucionario, aunque fuese Isidoro Ternero Garrido el más destacado líder provincial del partido carlista, pero tenía una proyección más nacional que local. En el mes marzo de 1870 fue nombrado secretario de la junta carlista de Guadalajara, de la que formaban parte otros destacados carlistas de la provincia como Víctor Sainz de Robles o Manuel Pérez Villamil; más adelante se sumó Baltasar Ponciano Zabía.
Durante estos años, en buena parte como consecuencia del ingreso en las filas carlistas de nuevos militantes que provenían del catolicismo más integrista, se adoptó el nombre de Junta Católico-Monárquica para la estructura legal que sostenía al pretendiente, Carlos María de Borbón y Austria-Este. En Guadalajara la influencia del catolicismo tradicionalista era superior a la del carlismo puramente dinástico, como se puso de manifiesto en una comunicación, firmada por Manuel María Valles en nombre de la Junta Provincial y a la que se sumaron las Juntas Locales Católico-Monárquicas de Cogolludo, Chiloeches, Berninches, Moratilla de los Meleros, Málaga del Fresno y Loranca de Tajuña, en la que transmitían su adhesión a los acuerdos tomados por los carlistas en su reunión de la ciudad suiza de Vevey, pero advirtiendo que “nuestro partido no defiende personalidad de ninguna clase, y sí el augusto lema de Dios, Patria y Rey”.
De hecho, en Sigüenza, eje del catolicismo integrista en tierras alcarreñas, el carlismo se agrupó en un Círculo Católico que no se identificaba abiertamente como carlista, aunque apoyase al pretendiente, y no por casualidad el conserje del mencionado Círculo fue encausado por conspiración carlista cuando comenzaron las hostilidades de la última carlistada.
Como dirigente político del carlismo, fue responsable del éxito del partido en Guadalajara durante los procesos electorales de los primeros años del Sexenio, que se tradujeron en un puñado de alcaldes en todas las comarcas y en la obtención, por primera y única vez, de un escaño en el Congreso de los Diputados, y más concretamente el que ocupó el sacerdote Narciso Martínez Izquierdo por la circunscripción de Molina de Aragón en los comicios de 1871, una victoria que no estuvo exenta de trabas y dificultades, como las que impidieron en la primavera de 1870 que se constituyese la Junta Local carlista de Brihuega, según el propio Manuel María Valles hizo público. Él mismo fue elegido diputado provincial por Tendilla ese mismo año y en 1872 pertenecía a la Junta Provincial de Primera Enseñanza con el liberal Félix de Hita y el republicano federal Inocente Fernández Abás.
Pero esta participación en los procesos electorales y la renuncia a la vía insurreccional, que Isidoro Ternero había encabezado en 1869, no eran bien vistas por Manuel María Valles y muchos carlistas de la provincia, como se puso de manifiesto en el documento que publicaron en enero de 1871 en el que sostenían que acudían a las urnas “deponiendo repugnancias naturales” y sólo por obligación, pues “mándasenos ir á las urnas por quien tiene derecho á mandarnos”, o sea, su rey Carlos VII, a quien seguía mostrando lealtad en el mes de enero de 1872 como secretario de la Junta provincial de los carlistas.
Cuando los carlistas se echaron al monte en la primavera de 1872 y desencadenaron la Tercera Guerra Carlista, Manuel María Valles, que era un dirigente político sin implicación directa en el frente militar, fue puesto en busca y captura con Baltasar Ponciano Zabía como máximos cabecillas provinciales del carlismo. Fue aprehendido y condenado a pena de destierro, que se levantó en noviembre de 1874, y al embargo de sus bienes. Además, el 1 de abril de ese año el gobernador civil Juan Felipe Sendín García-Hidalgo ordenó que los diputados provinciales Manuel María Valles, electo por Tendilla, Pedro Albacete Bueno, por Maranchón, y Toribio Hualde Salcedo cesasen en su cargo y dejasen de pertenecer a la Diputación Provincial por su probada pertenencia al partido carlista.
Su acción política
Sin embargo, una vez derrotado el ejército carlista y recluido en el exilio el pretendiente Carlos VII de Borbón y Austria-Este, se mostró dispuesto a aceptar el nuevo orden político y a combatir por sus ideas dentro de los cauces del sistema, ingresando en el Partido Conservador, que le acogió con los brazos abiertos y en el que fue desde el principio un dirigente destacado en la ciudad arriacense, hasta el punto de que cuando se constituyó la nueva Diputación Provincial en 1877, Manuel María Valles fue elegido diputado por Tendilla y en 1878 ocupó la Secretaría de la misma, con Román Morencos en la presidencia y Justo Hernández Gómez en la vicepresidencia de la corporación, permaneciendo como diputado varios años.
Desde ese momento, ocupó diversos cargos en las instituciones políticas de la provincia; así entre 1883 y 1892 fue casi ininterrumpidamente vocal de la Junta Provincial de Beneficencia, en 1885 lo era también de la de Instrucción Pública y en 1890 era, además, secretario general de la Junta de Patronos de los Baños de Carlos III de Trillo. Volvió, como hemos visto, a la Diputación Provincial y además fue elegido concejal para el ayuntamiento de la capital alcarreña, siempre en las filas del partido de Cánovas del Castillo y definitivamente alejado del carlismo.
En la primera década del siglo XX la jefatura del Partido Conservador en Guadalajara recayó en el diputado Alfredo Sanz Vives, que debía emplearse a fondo para suturar las costuras de un partido con fuertes tendencias centrípetas en Guadalajara, que se agravaban por su tradicional ausencia de poder político provincial, generalmente monopolizado por los liberales del conde de Romanones, herederos de la hegemonía de los progresistas.
No fue Manuel María Valles ajeno a estas disensiones y se integró en la llamada corriente tetuanista, que seguía políticamente al duque de Tetuán, integrando el comité de Guadalajara de este grupo político junto a Felipe Lamparero, Gregorio Carrasco, José María Aragón y el presbítero Cotano, y que tenía al semanario La Colmena como su portavoz. El comité se disolvió en diciembre de 1902, volviendo a la obediencia del Partido Conservador, que no por eso dejó de sufrir en Guadalajara muy graves disensiones en años sucesivos. En abril de 1909, poco antes de morir, Manuel María Vallés mostró públicamente su adhesión a Antonio Maura, que era presidente del Consejo de Ministros y líder del Partido Conservador.
En 1904 fue nombrado por el gabinete conservador vocal secretario de la Comisión Provincial, y cuando falleció era delegado regio y Presidente del Consejo Provincial de Industria y Comercio, cargo para el que fue nombrado por el gobierno en febrero de 1908, Decano del Colegio de Procuradores de Guadalajara, Vicepresidente de la Comisión provincial de la Cruz Roja y consejero de la sucursal en Guadalajara del Banco de España.

Alcalde de Guadalajara
En las elecciones municipales de 1895 los conservadores forzaron la maquinaria caciquil y gubernamental hasta hacerse con cinco actas, dejando solo dos puestos a los liberales y otros dos a los republicanos. Como resultado de esos comicios Manuel María Valles salió elegido concejal y desde el 1 de julio de 1895 fue nombrado alcalde de la ciudad arriacense, siendo ratificado dos años después, en junio de 1897. Sin embargo, cesó en su cargo el 13 de diciembre de ese año, cuando se le aceptó su dimisión como alcalde de la ciudad, presentada a raíz de la llegada al gobierno de los liberales; aunque en principio mantuvo el acta de concejal, ese mismo mes le fue aceptada una licencia de cuatro meses por enfermedad y dejó de acudir a los plenos.
En las elecciones municipales de 1899 se presentaron los republicanos José Adán, Severiano Sardina, Lino Agustín, Félix Alvira, Rafael de la Rica, Manuel Diges y José Diges, que salieron todos elegidos, junto a los liberales Miguel Fluiters, Lorenzo Vicenti y León Carrasco Gómez, también electos. Los conservadores Manuel María Valles y Juan Miranda Olave anunciaron su concurrencia a las urnas, pero finalmente no se presentaron, por lo que los carlistas ofrecieron sus propios candidatos en un intento fallido de recoger todos los votos de la derecha.
A pesar de no postularse en esos comicios ni en los de 1901, volvió a ser nombrado, que no elegido, concejal por el Gobernador Civil con la excusa de cubrir las vacantes producidas en el Ayuntamiento arriacense pero con el objetivo inconfesado de liquidar la mayoría republicana en el primer municipio de la provincia; junto a él se designó a Ezequiel de la Vega, José López Cortijo, José Díaz Sánchez, Fernando Güici y José Sáenz Verdura. Trastocada la mayoría elegida por voluntad popular, Francisco Julianis desplazaba de la alcaldía al federal Manuel Diges Antón, y Manuel María Valles, consumado el golpe antidemocrático, esa misma semana renunciaba a su puesto de edil.

Su actividad social
Dirigió los principales centros recreativos de la capital alcarreña. En 1879 fue elegido vocal suplente de la Junta Directiva del Casino de Guadalajara, y más adelante ocupó su presidencia. En 1889 ya figura como socio del Ateneo Escolar Caracense, que era la última expresión del ateneismo positivista y burgués arriacense. También perteneció al Ateneo Instructivo del Obrero y formó parte de su Junta Directiva en 1900, año en el que la votación se saldó con la salida temporal de los republicanos y su sustitución por miembros de la burguesía más conservadora: Facundo Martínez como presidente; Alfonso Martín Manzano, vicepresidente; Agapito Frías, bibliotecario y Manuel María Valles presidente de la Mesa de discusión.
También perteneció a numerosas juntas y comités surgidos para las iniciativas más diversas; por poner algún ejemplo, formó parte de la Junta local para coadyuvar a los trabajos para levantar un monumento nacional a Emilio Castelar, y de la Junta Provincial de Socorros a inútiles de guerra, establecida en octubre de 1897 a raíz del recrudecimiento del conflicto colonial en Cuba y Filipinas.
Aunque no era muy aficionado a los deportes, sabemos que practicó la caza, llegando a aparecer como personaje en Los cazadores, una obra de fuerte carácter autobiográfico escrita por Enrique Pérez Escrich y publicada en 1876, que fue reproducida por entregas en El Correo Militar a partir de su número del 30 de abril de 1900, que incluye un episodio con Manuel María Valles que narra una jornada de caza en tierras alcarreñas que parece el guión de La Escopeta Nacional, la película que dirigió Luis García Berlanga casi un siglo después. Y, como alcalde, tuvo el honor de presidir el jurado de la segunda carrera ciclista de Guadalajara, que se celebró en la ciudad arriacense el 16 de octubre de 1895.
Entre otros reconocimientos, recibió la medalla conmemorativa de los Sitios de Zaragoza, que se otorgó con motivo de su Centenario a los descendientes de los héroes del suceso y a los que colaboraron con estos actos conmemorativos.
JUAN PABLO CALERO DELSO