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jueves, 18 de mayo de 2017

ENRIQUE ARAUZ ESTREMERA

ARAUZ ESTREMERA, Enrique
[Peralejos de las Truchas, 15 de julio de 1864 / Molina de Aragón, 17 de marzo de 1905]

Pedro Enrique Araúz Estremera nació en la localidad molinesa de Peralejos de las Truchas, auténtico solar familiar, el día 15 de julio de 1864 y fue bautizado catorce días después. Realizó sus estudios en el colegio de los Padres Escolapios de la capital del Señorío y, al finalizarlos, se trasladó a Madrid. Era hijo de Simón Araúz Huerta, que falleció el 10 de octubre de 1887 a los cincuenta y nueve años de edad, y de Dolores Estremera, que murió el 22 de junio de 1894; ambos se encuentran enterrados en el Santuario de Nuestra Señora de Ribagorda, junto a Peralejos de las Truchas, al que la familia tenía particular devoción y a cuya reconstrucción contribuyó económicamente.
Pertenecía a una distinguida familia, los Arauz, que en el siglo XVIII había llegado al Señorío de Molina desde tierras vascas para dedicarse a la minería del hierro y la forja, aunque desde los primeros años del siglo XIX convirtieron a la ganadería en la principal actividad económica de la familia. En tierras molinesas emparentaron con otra familia vasca, a cuyo patriarca todos conocían como “el tío Anochea”, que había emigrado antes al Señorío y donde se había enriquecido. Definitivamente asentados en la comarca, en 1816 los Araúz construyeron en Peralejos de las Truchas, sobre el caserón del tío Anochea, una hermosa casa solariega que era conocida por las gentes de la comarca como la Casa Grande. Desde Peralejos extendieron su presencia a otros pueblos de la comarca, como Salvio Araúz, que a principios del siglo XX regentaba un “almacén de ultramarinos y otros géneros” en Saelices del Ducado.
Enrique Araúz Estremera se casó el día de Navidad de 1896 con María Robles de Aznar, natural de la localidad de Bronchales, en la vecina provincia de Teruel, pero que residía en Molina de Aragón, ciudad en la que falleció en febrero de 1903. Tuvieron tres hijos: José María, que nació en Molina de Aragón el 18 de abril de 1898 y falleció en la Vega de Arias de Guadalajara el 6 de agosto de 1977, María Dolores y Carlos, que nació en Molina de Aragón el 24 de enero de 1902 y murió en Madrid el 2 de mayo de 1982. De ideología integrista, crió a sus hijos en un ambiente profundamente tradicionalista y éstos sostuvieron sus mismas ideas.

Su actividad política
Toda la familia Arauz destacó por su temprano compromiso con la causa carlista, a la que durante generaciones se dedicaron sin escatimar esfuerzos ni sacrificios. Enrique ejerció su militancia carlista como periodista en Madrid, donde fundó y dirigió el periódico La Concordia; de vuelta a Peralejos de las Truchas, en 1897 fue elegido alcalde de su localidad natal y siguió colaborando con frecuencia en El Correo Español, órgano periodístico del carlismo.
Seguía una larga tradición familiar; Marcos Araúz Gómez (1818-1872) fue oficial a las órdenes del pretendiente durante la Primera Guerra Carlista, Pedro Manuel Araúz Estremera fue un héroe de la Tercera Guerra Carlista; conocido y venerado en el Señorío molinés, a decir del escritor también carlista José Sanz y Díaz, que le describía así: “viejo y noble señor de la Montaña, cruzado del Carlismo, amante de la España tradicional, católico que rayaba en santidad y paño de lágrimas de las gentes de Peralejos”. Había nacido el 29 de abril de 1859 y falleció el 25 de febrero de 1933 en Peralejos de las Truchas, contrayendo matrimonio con Dolores Tejada, con la que tuvo tres hijos: Simón, Gaspar y Enrique. Por su parte, su tío Juan Francisco Araúz Huerta, que había nacido en 1838, fue diputado provincial por el Señorío en 1867, bajo el reinado de Isabel II, y en 1871, con Amadeo I de Saboya en el trono, pero permaneció siempre fiel a la dinastía carlista hasta su fallecimiento en Peralejos de las Truchas en 1899.
Pero su legado principal fue literario. En 1895 se publicó en el madrileño Establecimiento Tipográfico de Felipe Pinto el libro La hija del Tío Paco o lo que pueden dos mil duros, una voluminosa novela escrita por Enrique Araúz Estremera que, inspirada en el costumbrismo rural del también escritor carlista José María de Pereda, nos describe su tierra y hace un canto de añoranza de las tradiciones del Señorío de Molina, sin olvidar hacer en el prólogo una defensa explícita de los fueros y las antiguas libertades de sus habitantes. A pesar de su carga ideológica, es seguramente el libro de costumbres más interesante publicado en la Guadalajara decimonónica. Se muestra así como uno de los más destacados representantes, junto al sacerdote Anselmo Herranz Establés, de ese carlismo molinés que hizo de la defensa de los fueros y de la personalidad jurídica del Señorío una causa política que sólo veía defendida por el carlismo. A su muerte, dejó inconclusa otra novela que nunca llegó a ser publicada.
Enrique Arauz Estremera también fue víctima de la particular fiebre del oro que vivió en la segunda mitad del siglo XIX la provincia alcarreña e intentó, aunque sin mucho éxito, impulsar a través de la minería el desarrollo económico de su tierra, registrando la mina Santa Teresa en el pueblo de Aragoncillo, vecino a Molina de Aragón, sin tener éxito en su explotación.
En el año 2008 se inauguró en la Dehesa del Campillo de Alcoroches un sencillo monumento entre robles, que recuerda el lugar de reunión de los trece pueblos de esa sesma que bajo uno de sus robles, como hacía los vizcaínos en Guernica, tomaban acuerdos y nombraban sus representantes. En el estrado que forma parte del monumento se inscribió una cita de Enrique Aráuz Estremera que hace referencia a “la elección de diputados y sexmeros”.
JUAN PABLO CALERO DELSO

Prólogo de La hija del tío Paco:
https://laalcarriaobrera.blogspot.com/2009/12/el-senorio-de-molina-segun-enrique.html

jueves, 11 de mayo de 2017

INOCENTE FERNÁNDEZ ABÁS

FERNÁNDEZ ABÁS, Inocente
[Madrid, 1832 / Guadalajara, diciembre de 1890]

Nació en la ciudad de Madrid en 1832 y falleció en Guadalajara en diciembre de 1890, antes de cumplir los 59 años de edad, siendo enterrado en el cementerio de la ciudad arriácense según el rito católico. Contrajo matrimonio y tuvo, al menos, dos hijos: Luis, que fue un prestigioso abogado y conocido político agrarista, y Lucas, que siguió la carrera científica de su padre, llegando a ocupar la cátedra de Mineralogía y Cristalografía de la Universidad Central madrileña.
Desde 1849 cursó estudios de Ciencias, alcanzando en 1857 el título de licenciado en Ciencias Físico-matemáticas en la Universidad Central madrileña. Realizó sus estudios en una Escuela Normal para profesores de Secundaria que, experimentalmente, se abrió en Madrid en 1847 por iniciativa de Gil de Zárate, auténtico impulsor del plan de estudios conocido como Plan Pidal, y que dirigía Fernando de Castro. Se ingresaba en ella por oposición y sólo se ofrecían tantas plazas como podían ser absorbidas por el sistema educativo, pues se pretendía que los alumnos allí licenciados pudiesen ingresar sin oposición en el cuerpo de catedráticos de Instituto.

Su actividad docente
A partir del 10 de julio de 1859 formó parte del profesorado del Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara, primero como catedrático de Física y Química y, desde el año 1863, de Matemáticas, por traslado de quien ocupaba esa plaza, el catedrático Faustino Pérez Ortiz; residió en el número 56 de la Calle Mayor Alta. Su vocación pedagógica nacía del convencimiento de que “la instrucción de la juventud [es la] única base sobre la que puede apoyarse el bienestar y la libertad de la Nación, librándonos de los escollos a que nos llevarían, tanto las aberraciones de los que en un día pretenden llegar al límite de lo desconocido, como el fanatismo de los que prescindiendo de la ineludible ley del progreso de la humanidad, se empeñan en mantener al hombre en el más absoluto reposo moral, que sería su muerte”.
Desde esas premisas, es normal que se preocupase por la dignificación de la carrera docente; así, en octubre de 1865, firmó con el resto de miembros del claustro del Instituto de Guadalajara un manifiesto dirigido a sus compañeros del resto de España en el que les instaba a apoyar a La Enseñanza, una nueva publicación dirigida a defender los intereses profesionales de maestros y profesores, y recordaba el fallido intento de publicar un portavoz de los catedráticos de Instituto del que se iban a hacer cargo los profesores de los Institutos madrileños de Noviciado y de San Isidro.
En marzo de 1886 las páginas de la misma publicación recogían un nuevo manifiesto firmado por Inocente Fernández Abás y el resto de catedráticos del Instituto arriácense para “elevar una exposición á las Cortes pidiendo algunas reformas relativas á la segunda enseñanza y al personal de sus Profesores, tales como derechos pasivos, aumento de sueldo, nivelación de Institutos, leyes fijas para los ascensos y concursos, etc.”.
Por Real Orden del 28 de agosto de 1871, y aún bajo el reinado de Amadeo I de Saboya, fue nombrado director del Instituto de Guadalajara, cargo en el que permaneció por espacio de varios años, hasta su cese el 7 de agosto de 1876, seguramente porque su conocida militancia republicana federal no sería compatible con los nuevos aires que soplaban en la enseñanza pública española después de la aprobación de la Ley Orovio; su sustituto, José Julio de la Fuente, sintonizaba mejor con el nuevo régimen político. Durante esos años fue vocal de la Junta Provincial de Enseñanza.
Su actividad política
Inocente Fernández Abás tuvo una destacada actividad política en la Guadalajara del Sexenio, convirtiéndose en uno de los más aventajados militantes del Partido Republicano Federal, lo que es mucho decir pues ese partido contaba en Guadalajara que nutridos seguidores, entre los que se encontraban muchos de los personajes más conocidos y de los intelectuales más lúcidos de la provincia.
En junio de 1869 firmaba, como delegado de la provincia de Guadalajara, el Pacto Federal Castellano, consecuencia de la aplicación práctica de los principios ideológicos del Partido Republicano Federal y auténtica piedra angular de una conciencia regional castellana. Sin embargo, en la Junta Provisional del Estado de Castilla la Nueva el representante de la provincia guadalajareña era Cirilo López, que ya había integrado la Junta Revolucionaria en septiembre de 1868.
A pesar de que la Constitución de 1869 consagraba la opción monárquica, defendida por Juan Prim y los progresistas, no se desanimó en su lucha política y en junio de 1870 formaba parte en calidad de vicepresidente del Comité Local Republicano de Guadalajara, que presidía el también catedrático de Instituto de segunda enseñanza Hilarión Guerra, y que completaban Emilio Carrasco y Eduardo Calamita, como secretarios, Juan Paniagua, como tesorero, y Antonio Ruiz, Bernardino Martin, Tomás Gómez y Policarpo García, como vocales. También en esos años perteneció, y también como vicepresidente, a la Junta Provincial Republicana que presidía Manuel González Hierro.
La quiebra de la Primera República y la restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII no entibiaron su lealtad a la causa republicana federal, a pesar de las deserciones de algunos de sus antiguos compañeros. De hecho, en 1886 fue presentado por el Partido Republicano Federal para ocupar una concejalía en el consistorio arriácense, felicitándose anticipadamente sus correligionarios por un éxito que creían seguro alcanzar. Obtuvo el acta de edil de Guadalajara y ejerció sus funciones hasta poco antes de su temprana muerte.
En febrero de 1888 acudió en representación de sus compañeros alcarreños al acto de conmemoración del decimoquinto aniversario de la proclamación de la Primera República, que tuvo lugar en Madrid, y en abril de ese mismo año fue el encargado de remitir el importe de los donativos recogidos en Guadalajara con motivo de la suscripción abierta “para socorrer a los presos y emigrados políticos republicanos”, en la que también colaboraron algunos socialistas como Ignacio Aragonés y Mariano Cordavias.
Además, fue uno de los principales animadores del Ateneo Escolar, una de las más destacadas iniciativas de la burguesía ilustrada alcarreña a la que, en palabras de Juan Diges y Manuel Sagredo, “fue uno de los que por aquellos tiempos prestaron […] su decidido concurso, y de ella fue nombrado vicepresidente honorario”, además de ofrecer diversas conferencias en ese Ateneo y en los que le sucedieron.
JUAN PABLO CALERO DELSO

jueves, 4 de mayo de 2017

HILARIO YABEN YABEN

YABEN YABEN, Hilario
[Villanueva de Araquil, 14 de enero de 1876 / Sigüenza, 23 de noviembre de 1945]

Nació en la localidad navarra de Villanueva de Araquil el día 14 de enero de 1876, pocas semanas antes de que acabase en su tierra natal la Tercera Guerra Carlista, y falleció en Sigüenza el 23 de noviembre de 1945, pocos meses después de que terminase la Segunda Guerra Mundial; quizás ambos acontecimientos bélicos enmarquen su espíritu batallador y el tiempo que le tocó vivir.
Después de acudir a la escuela local, en 1886 ingresó en el Seminario de Pamplona, ordenándose como diácono en 1889 y obteniendo el título de Bachiller en Artes en 1893. Desde allí pasó a Madrid, primero, y luego a Salamanca para ampliar sus estudios, consiguiendo en 1898 el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia salmantina y la licenciatura en Derecho en la Universidad civil de la misma ciudad, aunque también cursó algunas asignaturas en la Universidad Central madrileña.
Su traslado a Sigüenza
Con sólo veintitrés años se presentó a las oposiciones del cabildo catedralicio de Sigüenza, tanto para la canonjía rectoral en 1898, que ganó pero que no pudo obtener por un defecto de forma, como para la lectoral, que ganó en la última semana del mes de mayo de 1899. Desde sus primeros días, mostró el ánimo combativo que siempre le caracterizó; ese año predicó el sermón en una misa de ánimas y lo dedicó a criticar al gobierno, al ejército y a la prensa, acusando a los diarios El Imparcial, El Liberal y El Heraldo de prácticamente todos los males de la patria. No gustó mucho en Sigüenza que utilizase un acto religioso de difuntos para hacer públicas sus ideas extremistas.
Ocupó ininterrumpidamente esta canonjía hasta que el 29 de junio de 1915 el obispo Toribio Minguella le promovió a la dignidad de arcediano. A partir del mes de octubre de 1936, tras la violenta muerte del obispo Eustaquio Nieto en los primeros días de la Guerra Civil, fue designado administrador apostólico de la sede vacante, responsabilidad que mantuvo como Vicario Capitular hasta el nombramiento, el 15 de octubre de 1944, de un nuevo obispo: Luis Alonso Muñoyerro. Se puede decir que durante medio siglo poco o nada se hizo en la diócesis sin su participación, pero es muy significativo que en el ambiente de cruzada posterior al conflicto bélico ni se nombrase un nuevo sufragáneo durante más de ocho años ni las nuevas autoridades políticas y eclesiásticas se decidiesen a elevarle al obispado para el que parecía predestinado.
Durante sus primeros años de estancia en la provincia de Guadalajara, opositó infructuosamente para los cabildos de Palencia, en el mes de abril de 1910, de Valencia y, en el verano de 1902, para el de Pamplona, donde protagonizó un sonado escándalo. Votaron a su favor cuatro de los canónigos de la seo navarra, y el obispo se indispuso con ellos porque no apoyaron a su candidato, que salió finalmente elegido para la canonjía. Estos cuatro canónigos pamploneses escribieron una respetuosa carta de dimisión al prelado, a la que éste respondió retirándoles las licencias para confesar, decir misa y predicar. A partir de entonces, se aposentó definitivamente en Sigüenza, y trajo a vivir con él a sus hermanos Ricardo y Martín.
Fue profesor en el Seminario diocesano de San Bartolomé; de Teología Dogmática desde su llegada a Sigüenza hasta el año 1915, cuando pasó a ocupar la cátedra de Sociología, en la que cesó en el curso de 1932. Asimismo, fue decidido impulsor de la Escuela Nocturna de Adultos, sucesora de la Escuela Dominical que había sido establecida en 1881, en la que enseñó durante muchos años, y desde 1912 también fue profesor de francés y filosofía en el Colegio de Bachillerato San Luis Gonzaga de Sigüenza, en el que su hermano Ricardo, doctor en Ciencias, también impartía clase.

Su obra escrita
Hilario Yaben Yaben fue el alma mater del catolicismo social en la provincia de Guadalajara y en las comarcas que por entonces pertenecían a la diócesis de Sigüenza en las provincias de Segovia, Soria y Zaragoza. Su presencia en la ciudad mitrada fue decisiva para la consolidación y expansión del sindicalismo católico en la región, pues aunque ya había algunos sacerdotes comprometidos, sin su energía personal el entramado de sociedades confesionales agrarias no hubiese alcanzado un desarrollo tan notable; tanto clérigos como laicos, siempre reconocieron esta primacía de Hilario Yaben.
Las vías a las que acudió para esta labor de propaganda social católica fueron plurales. En primer lugar hay un proceso de reflexión y pensamiento que se tradujo en una serie de libros y artículos sobre lo que entonces se llamaba la cuestión social. De su extensa obra escrita, sobresalen su Juicio crítico de las obras de Jovellanos, en 1913, Exposición crítica del Internacionalismo del Estado, obra que mereció el premio del Conde de Torreánaz, una distinción que concedía la Academia de Jurisprudencia, y que se editó en Madrid en 1914, Los contratos matrimoniales en Navarra y su influencia en la estabilidad de la familia, que se editó en Madrid en 1916, Función económica y social de los trust, impresa en 1920 y que fue distinguida por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, ¿Monarquía o república?, que salió en 1931 de los Talleres Poligráficos de Madrid, el Catálogo del Archivo catedralicio de Sigüenza, que se editó en Pamplona en 1937 y, ya en 1945, Osis, obispo de Córdoba. También tradujo, prologó y anotó las Apologías de San Justino, obra que fue reeditada en 1990.
Participó en numerosos congresos y reuniones de carácter científico como, por ejemplo, en el II Congreso de Estudios Vascos celebrado en el año 1920 en Pamplona con una ponencia titulada “Concepto moderno del capital”. También fue miembro correspondiente en la provincia alcarreña de la Real Academia de la Historia, continuando la tradición de otros canónigos seguntinos como Ramón de la Pastora o Carlos Rodríguez Tierzo.
Pero donde más destacó y donde ejerció un magisterio más indiscutible fue a través de sus colaboraciones en la prensa. Desde luego en las revistas de carácter teórico o de estudios, destacando su colaboración con la Revista Eclesiástica, que llegó a dirigir durante la Segunda República, la valenciana Contemporánea o la navarra Príncipe de Viana. Pero también en la prensa general, como por ejemplo La Acción, y más habitualmente en El Debate, donde fue redactor y responsable de la sección bibliográfica después de 1933, o en el Diario de Navarra.
Aunque, sin duda ninguna, su labor de propagandista del catolicismo social se manifestó sobre todo desde las páginas de El Henares, un semanario del que fue promotor, director, sostenedor económico y, en ocasiones, único redactor; este periódico lleva el sello indeleble de su acción y de su pensamiento. Se editó ininterrumpidamente en la imprenta del tipógrafo carlista Pascual Box de Sigüenza desde el año 1908 hasta finales de 1936, aunque durante la Guerra Civil su periodicidad se vio alterada. Era un periódico muy moderno en su diseño y confección, con abundante información del movimiento social católico dentro y fuera de España, lo que no era común en la prensa de provincias, pero que servía de vehículo para la difusión de un ideario tradicionalista, reaccionario y tan sectario como dogmático.
Su acción social
Durante su estancia en la ciudad episcopal promovió numerosas iniciativas, proyectos que no siempre tuvieron el éxito deseado. En 1910 fundó la Cocina de Caridad, que estaba destinada a dar de comer a los más necesitados de Sigüenza y que se sostenía gracias a los donativos de la burguesía seguntina, solicitados insistentemente desde las páginas de El Henares. A pesar de todos sus desvelos, la Cocina de Caridad estuvo en crisis permanente y en 1911 saldaba con 200 pesetas de déficit mensual y sólo se mantenía en funcionamiento gracias a las cien pesetas que mensualmente recibía del Arca de la Misericordia de la Catedral de Sigüenza.
En 1922 esas cien pesetas se vieron reducidas a la mitad ante los graves problemas que atravesaba el Hospital de San Mateo, poniendo en peligro su mantenimiento. Afortunadamente en 1927 recibió, gracias a la generosidad de Secundino Almazán, una casa propia, en el número 38 de la calle Travesaña, y así podía, aunque modestamente, seguir “cumpliendo sus benéficos fines”.
Hacia 1910 alentó la fundación de una Sociedad Seguntina de Socorros Mutuos, que se proyectaba dirigida principalmente a los trabajadores de la ciudad, aunque se pedía a los miembros de las clases más acomodadas que se inscribiesen en ella, pagando sus cuotas pero sin ánimo de beneficiarse de las prestaciones que ofrecía, o que entregasen donativos. Se socorría a los socios enfermos y a los que fallecían, pero no pudo acometerse satisfactoriamente, como deseaba Hilario Yaben, el pago de un seguro de vejez, aunque tenía una economía tan saneada que en 1922 presentaba un saldo positivo de más de 5.000 pesetas que se custodiaban en la Caja Rural de Sigüenza.
El número de socios aumentó lentamente, y se llegó a sumar casi un centenar de inscritos que pagaban regularmente sus cotizaciones mensuales; como ejemplo, en el año 1934, los nuevos adherentes desembolsaban de entrada tantos reales como años de edad tuviese el aspirante a socio y, posteriormente, abonaban una cuota mensual que oscilaba entre 1 y 2'5 pesetas, según la elección personal del afiliado. Esta Sociedad quiso formar una cooperativa obrera de producción que construyese en Sigüenza algunos chalets para veraneantes, siempre tan numerosos en la ciudad mitrada, pero no reunió capital ni socios suficientes para cubrir sus objetivos; para desesperación de Hilario Yaben, durante la Segunda República los trabajadores afiliados a la Casa del Pueblo formaron una cooperativa que ganó la subasta para realizar las obras de pavimentación de la ciudad episcopal que sacó a concurso el Ayuntamiento.
En 1922 intentó establecer en la diócesis de Sigüenza una Sociedad de Socorros Mutuos contra Incendios, pero no llegó a funcionar porque no se alcanzó un número suficiente de socios. También fracasó la Cooperativa de consumo para sacerdotes de la diócesis de Sigüenza, aunque por entonces se intentó crear una cooperativa de ámbito nacional por parte de la Liga Nacional de Defensa del Clero con los mismos objetivos que había tenido la de Guadalajara.
Esta voluntad de mejorar la situación económica de los campesinos a través de instituciones económicas fue causa de serios problemas. En 1910 Pantaleón García Zarza escribió una carta abierta a Hilario Yaben, que fue publicada por El Vigía de la Torre, en la que pedía al canónigo seguntino que le aclarase las dudas que habían surgido en torno a la gestión actual y al futuro inmediato de la Sociedad Mutual y Agraria, de la que muchos sacerdotes de la diócesis decidieron en su día convertirse en agentes no remunerados, recomendando a sus feligreses que ingresasen en ella sus ahorros y depositando en dicha Sociedad diversas cantidades pertenecientes a algunas asociaciones sociales católicas. El párroco de Ambrona había sacado su dinero y el de sus parroquianos de la institución y hacía públicas sus dudas para evitar la ruina a los campesinos y el descrédito para los sacerdotes implicados y para los Sindicatos católicos; sin embargo Hilario Yaben nunca contestó públicamente a Pantaleón García desde las páginas del semanario molinés o desde El Henares, y lo cierto es que no tenemos más noticias de esta Sociedad.

Su acción sindical
Hilario Yaben afirmaba que "se distinguen los partidarios de la Escuela social católica de las demás escuelas, en que admiten la intervención de la Iglesia para realizar la reforma social"; y sobre este principio pivotaba su acción sindical, dirigida a que los obreros cambiase de opinión y supiesen “que los católicos nos interesamos sinceramente por su bienestar material, y por todo los que de alguna manera pueda conducir al mismo”. Un sindicalismo, pues, de reacción, orientado a esos "obreros de la derecha a quienes conviene ayudar: apartándolos al mismo tiempo del peligro de caer en el socialismo".
Su acción sindical, dirigida especialmente a los pequeños propietarios, se tradujo en un permanente esfuerzo para organizar a los pequeños propietarios agrarios de la provincia y, en general de la diócesis. Su éxito fue indudable, pues en pocos años levantó una Federación Agraria que acogía a casi medio centenar de sindicatos locales, aunque el número de sus socios siempre fue muy reducido. Hilario Yaben gobernaba esta red de sociedades agrarias con verdadera mano de hierro, hasta el punto de que no se integró en ninguna confederación de ámbito nacional, lo que la ha convertido en una desconocida en los estudios sobre el tema.
Otra de sus preocupaciones fue la organización de cooperativas agrarias a partir de los sindicatos campesinos de la diócesis seguntina; de hecho, la Federación Agraria de Sigüenza funcionaba como una cooperativa de consumo, adquiriendo al por mayor semillas, abonos y otros productos agrarios, como el arroz, que llevaba por ferrocarril hasta Sigüenza y, desde allí, se distribuían por todas la diócesis atendiendo a las peticiones de los sindicatos, cuyos afiliados obtenían así importantes ventajas y descuentos. A causa del éxito de esta iniciativa, Hilario intentó fundar una cooperativa de venta que distribuyese directamente en Madrid la producción de la provincia alcarreña, sobre todo huevos, pollos y miel, ahorrándose productores y consumidores los intermediarios; aunque se realizaron algunos ensayos de venta de huevos, nunca funcionó la cooperativa.
Del mismo modo, quiso fundar una cooperativa con los productores de trigo de la diócesis, pues estaba convencido de que deberían absorber la industria harinera y la de panificación para optimizar sus beneficios. En 1921 hubo un intento de poner en pie esta cooperativa mediante un acuerdo con la fábrica de harinas de Maranchón, pero este plan no llegó a realizarse por la apatía de los labradores.
En el año 1908 se abrió en Sigüenza el Círculo Católico de Obreros, respaldado por los canónigos Hilario Yaben y Raimundo Andrés Relaño, que se mantuvo activo durante más de veinticinco años. En 1922 se trasladaron a su nueva sede, en el número 11 de la calle Comedias, un edificio de nueva construcción que contaba además con una vivienda para el conserje y otras habitaciones destinadas a hospedería, exclusivamente para sacerdotes. El Círculo seguntino tenía en esos momentos 85 socios y la cuota de ingreso era de cinco pesetas; a pesar de que desarrollaba una importante tarea propagandística incluso, proyectando películas de divulgación anticomunista que retrataban la miseria de la población rusa, el organismo sufría una profunda crisis por su escasa actividad.
El 23 de enero de 1910 se abrió en Guadalajara otro Círculo Católico Obrero bajo la advocación de San Ildefonso promovido por José Rogerio Sánchez, catedrático del Instituto de segunda enseñanza, y apoyado por algo menos de un centenar de socios, pertenecientes en su práctica totalidad a las clases medias y propietarias, con el aliento del cardenal de Toledo y de Hilario Yaben, que intervino en el acto de inauguración con una conferencia sobre “La Iglesia, es y ha sido la amparadora y protectora del obrero”. Sin base obrera, y con escaso apoyo eclesiástico, este Círculo, a diferencia del de Sigüenza, llevó una vida precaria hasta su disolución.

Su acción política
Detrás de este activismo había una indudable vocación política. Hilario Yaben era de ideología conservadora, combinando un matizado tradicionalismo político con una evidente preocupación social; partidario de la monarquía pero opuesto al régimen de democracia liberal en vigor durante la Restauración, se sintió más próximo al sistema corporativo del dictador Primo de Rivera o a la democracia orgánica del general Franco. Sólo le alejaba del carlismo más montaraz la opción dinástica por Alfonso XIII, que Yaben no combatía por simpatía personal sino por pragmatismo.
Hilario Yaben fue siempre un integrista, y afirmaba rotundamente que “la Iglesia tiene superioridad indirecta sobre el Estado”. Criticaba el sufragio universal, base de la democracia representativa y la soberanía popular, al que llamaba despectivamente “sufragio anárquico”, y se oponía a los partidos políticos, críticas que se hicieron más duras durante la Dictadura de Primo de Rivera, que apoyó abiertamente.
Al éxito de esta línea ideológica subordinaba su identidad política; a principios del siglo XX simpatizó abiertamente con el Partido Conservador, siendo un ferviente admirador de Antonio Maura, pero después colaboró muy activamente en la fundación del Partido Social Popular. Más tarde participó en la organización del Partido Agrario que acabó integrándose en la CEDA de José María Gil Robles.
Se presentó en dos ocasiones como candidato al Congreso de los Diputados, aunque sin éxito. La primera en los comicios de 1918, cuando acudió como candidato católico independiente en abierta oposición al conde de Romanones; y aunque fue claramente derrotado, obtuvo unos buenos resultados después de una campaña electoral marcada por la extrema agitación eclesiástica promovida por los sacerdotes más próximos a Yaben, a los que se acusó de insultos, de utilización partidista de los sermones y de otras muchas irregularidades.
El éxito del caciquismo liberal romanonista dejó a los conservadores sin margen de maniobra y sin opción política en la provincia de Guadalajara. Fue entonces cuando los sacerdotes, con Hilario Yaben a la cabeza, se convirtieron en la punta de lanza de una oposición política que tenía tintes claramente tradicionalistas. Desde La Unión de Guadalajara y desde El Henares de Sigüenza se descalificaba el sufragio universal y otras conquistas democráticas plenamente incorporadas al régimen constitucional, se exigía la sumisión de las leyes civiles a la tutela religiosa, se hacía gala de un clasismo desenfrenado y de un paternalismo rancio para con las clases populares, se cuestionaban libertades ciudadanas trabajosamente conquistadas…
La apasionada defensa de sus opiniones políticas le ocasionó numerosos problemas, siendo amonestado por el gobernador civil ante el sesgo político de sus predicaciones, que en ocasiones fueron consideradas ofensivas e insultantes. Asimismo, fue multado por su participación en algunos hechos violentos producidos con motivo de la convocatoria de una huelga obrera promovida por la UGT seguntina durante la Segunda República. Esa legitimación de la violencia como medio adecuado de defender las ideas políticas se reforzó durante la Guerra Civil y los primeros años de la posguerra, hasta su fallecimiento.
En 1922 Hilario Yaben participó en la fundación del Partido Social Popular y ofreció El Henares como plataforma de propaganda, publicando el proyecto del programa político del partido y numerosos artículos sobre la nueva formación. En su origen, el PSP no admitía la militancia activa del clero, afirmado que de los eclesiásticos se solicitaba la simpatía y el consejo pero no un activismo destacado que ofreciese una imagen excesivamente clerical del nuevo partido. Pero en la Asamblea Constituyente del PSP, celebrada en Madrid del 15 al 20 de diciembre de 1922, algunos sacerdotes como Hilario Yaben participaron en el acto, mientras que otros se conformaron con enviar un saludo a los allí reunidos.
En las elecciones celebradas en 1923, las únicas convocadas durante la efímera existencia del partido, Hilario Yaben prefirió alentar la formación de una Candidatura Agraria unitaria, concurrente en todos los distritos de la provincia, formada a partir de la Cámara Agraria Provincial y cuyos candidatos eran terratenientes y ricos propietarios opuestos al conde de Romanones, que fueron derrotados. Muy mermadas debían ser las fuerzas del PSP alcarreño, y muy escasa la confianza depositada por Hilario Yaben en el nuevo partido, cuando el canónigo seguntino decidió aliarse con los sectores agrarios más alejados del movimiento social cristiano que llevaba años organizando en Guadalajara.
La Dictadura del general Primo de Rivera, impuesta después del pronunciamiento de septiembre de 1923, contó con el apoyo entusiasta de Hilario Yaben, aunque supuso la muerte del PSP, incapaces sus aún escasos afiliados de decantarse a favor o en contra del nuevo régimen antidemocrático. Mostró entonces Yaben su vertiente más tradicionalista y se enardeció con la oposición del conde de Romanones al dictador.
Pero la proclamación popular de la Segunda República trastocó el panorama político general y el marco de las alianzas de Hilario Yaben. La Real Academia de Ciencias Morales y Políticas premió en 1913 con un accésit una memoria presentada por Hilario Yaben que se titulaba “Ningún pueblo, sea la que sea su Constitución, tiene el derecho ordinario de insurrección”: sin embargo, desde que se proclamó la Segunda República, el canónigo seguntino se dedicó con cuerpo y alma a derribar el nuevo régimen, incluso apelando a la fuerza. Nada extraño, pues el último capítulo de su libro ¿Monarquía o República? se titulaba, precisamente, “La incompatibilidad de la forma republicana en España”.
Para las elecciones a Cortes Constituyentes de 1931 Hilario Yaben estuvo a punto de ir como candidato por su tierra natal y figuraba en la primera lista "católico-fuerista" de Navarra, aunque luego fue sustituido por el nacionalista vasco José Antonio de Aguirre, entonces alcalde de Guecho y que luego sería el primer lehendakari. Frustrada su presencia en las listas de Navarra, se presentó como candidato por Guadalajara bajo las siglas de Acción Nacional con el ingeniero agrónomo Jesús Arizcun, y volvía a enfrentarse al conde de Romanones, que lo hacía en solitario como candidato liberal, y a Antonio Monedero, que se presentó como agrario republicano. Se repitió la situación de 1918 y fueron innumerables las denuncias de coacción sobre las conciencias y uso espurio de púlpitos y confesionarios de muchos sacerdotes a favor de Hilario Yaben.
No quedó ahí su oposición al legítimo gobierno republicano y, pasando de las palabras a los hechos, con motivo de una huelga general convocada por las centrales obreras en Sigüenza, Hilario Yaben encabezó un grupo armado que salió a las calles para frustrar la convocatoria. Se les encausó y, antes de ser sentenciados, fueron amnistiados con el Decreto que se aplicó al general José Sanjurjo, que había organizado un golpe de Estado en el verano de 1932.
Al comenzar la Guerra Civil, Hilario Yaben abandonó precipitadamente la ciudad de Sigüenza, revuelta por el asesinato por un grupo de pistoleros del líder de la Casa del Pueblo seguntina, y algunos acusaban a instancias eclesiásticas locales de ser los instigadores del asesinato. Por si cabía alguna duda de su posición, firmó como Vicario diocesano, por haber sido fusilado el obispo Eustaquio Nieto, la Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la Guerra en España, publicada el 1 de julio de 1937 y en la que se leía que la rebelión “tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en Estado que sepa continuar dignamente su historia” y, lavándose las manos de los crímenes cometidos, añadían: “Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los medios para realizarlo”, que de sobra conocían y justificaban.
El 15 de junio de 1937 escribió al cardenal Isidro Gomá en solicitud de consejo pues el régimen franquista le había propuesto “para la presidencia del Consejo o Comisión Técnica que va aneja a cada Delegación”, a propuesta del Delegado de Milicias de Guadalajara. Yaben se resiste a aceptar el nombramiento, pero lo hace por incompatibilidad con su puesto de Vicario Capitular de Sigüenza, pero no muestra reparos a avalar con su concurso la brutal represión de las milicias franquistas en el norte de la provincia alcarreña.
No deja de ser sorprendente que en las páginas de Nueva Alcarria, que por entonces era el único periódico de la provincia y el órgano del partido único FET y de las JONS, la muerte de Hilario Yaben sólo mereciese una breve nota necrológica de apenas quince líneas dentro de la sección que antes se llamaba “Ecos de Sociedad”; el sacerdote fallecido, al que en Guadalajara pocos podían superar en esfuerzos por derribar el régimen democrático, moría sin recibir el completo y merecido reconocimiento de las nuevas autoridades franquistas.
JUAN PABLO CALERO DELSO