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martes, 18 de febrero de 2014

MANUEL DE LUXÁN GARCÍA

LUXÁN GARCÍA, Manuel
[¿?, 1848 / Madrid, diciembre de 1934]

Manuel Luxán y García nació en 1848 y falleció en Madrid en diciembre de 1934. Era el único hijo de José de Luxán y Molina, que falleció el 26 de diciembre de 1896, y de Ignacia García Arévalo.
Se casó con Remedios Zabay y Usua, hija de Pascual Zabay Bayona, que falleció el 2 de enero de 1876, y de Claudia Usua y Zabay, que murió el 16 de enero de 1899. El matrimonio tuvo varios hijos, entre los que destaca Manuel de Luxán y Zabay, arquitecto de profesión que en julio de 1903 contrajo matrimonio con Elisa Goded Llopis, hermana del que fue general Manuel Goded.
Manuel Luxán decidió seguir la carrera militar de su padre, que fue Inspector de primera clase del Cuerpo de Sanidad Militar, y de su suegro, que también fue médico militar, e ingresó en la Academia de Ingenieros militares de Guadalajara. Finalizados sus estudios, recibió su bautismo de fuego en la Tercera Guerra Carlista, luchando en el frente del norte contra las tropas del pretendiente Carlos VII a las órdenes del general José López Domínguez.
Acabada la contienda y pacificado el país, volvió a residir en Guadalajara y fue muchos años profesor de su Academia de Ingenieros del Ejército. Durante su estancia en la ciudad arriacense se interesó vivamente por las cuestiones teóricas de su profesión, y muy especialmente por los procedimientos y condiciones para la construcción de todo tipo de instalaciones militares. Más adelante, ascendió y ganó un destino en Madrid, donde fue Jefe del Negociado de Academias en la Sección de Instrucción del Ministerio de la Guerra.
Fruto de esta dedicación fue la publicación de una serie de libros de gran interés, entre los que destacan Hospitales militares. Estudio de la construcción ligera aplicada a estos edificios. Memoria reglamentaria escrita en el año de 1878 por el Comandante graduado D. Manuel de Luxán y García, Capitán de Ingenieros y, sobre todo, Higiene de la Construcción. Condiciones que deben reunir las viviendas para que sean salubres, una obra editada en Guadalajara en 1887 y que el año anterior había sido galardonada en el concurso convocado por la Sociedad Española de Higiene. También escribió algunos trabajos de mérito que se publicaron en el Memorial de Ingenieros, como “Un proyecto italiano de Hospital Militar” en 1885, y artículos en revistas ajenas a las instituciones castrenses, como “Un problema de ventilación” en 1887 en la Revista de la Sociedad Central de Arquitectos.
Su interés por la higiene y la salubridad pública no fue extraordinaria en la Guadalajara de esos años, donde se escribieron diversos libros y tratados sobre el mismo tema en un corto plazo de tiempo. Destacamos la obra Concepto higiénico del cosmopolitismo humano de Ricardo Franco, médico del Ateneo Instructivo del Obrero arriacense, que se publicó en 1889, y la Topografía médica de Guadalajara, del médico José López Cortijo, que se abría con esta significativa frase: “La higiene es la base del bienestar individual y social”. En esos mismos años, se constituyó en Molina de Aragón una Academia Molinesa de Higiene y Salubridad pública de la que era secretario Gregorio Megino.
Con el que fue general de brigada José Marvá y Mayer elaboraron dos proyectos de cuartel de nueva construcción, uno para albergar a un regimiento de Infantería y otro para un batallón de Cazadores, que presentaron al concurso organizado por el Ministerio de la Guerra, mereciendo dos accésits de 3.000 pesetas cada uno, según establecía una Real orden de 11 de Marzo de 1889.
En el mes de julio de 1888 ascendió al empleo de comandante y fue destinado como Jefe del Detall al 4º Regimiento de Reserva de Zapadores Minadores del Arma de Ingenieros, de guarnición en Barcelona, aunque en febrero del año siguiente se le trasladó con el mismo puesto al 4º Regimiento de Zapadores Minadores pero en activo, como teniente coronel graduado. Desde el 1 de agosto de 1894 percibió los haberes de teniente coronel, ascendiendo definitivamente a ese grado en octubre de 1895, siendo entonces destinado a la comandancia general del 4º Cuerpo de Ingenieros, aunque antes de que acabase ese año fue trasladado a la plantilla del Ministerio de la Guerra. En septiembre de 1902, con el rango de coronel, fue destinado a la Comandancia de Ingenieros de La Coruña, aunque en junio de 1903 fue declarado excedente con destino en la Primera Región militar.
En el año 1904 fue destinado a Cádiz como jefe de la Comandancia de Ingenieros en la capital gaditana; allí prestó su concurso para el establecimiento de un campo de tiro para la asociación del Tiro Nacional de España, que agrupaba a los civiles que practicaban esta modalidad deportiva, entonces muy popular. En 1908 obtuvo el mando de la Comandancia General de Ingenieros de la VIII Región militar.
Además de su actividad profesional, Manuel de Luxán también participó en otras iniciativas ciudadanas. Así, por ejemplo, colaboró con la Revista Antiesclavista, órgano de la Sociedad Antiesclavista Española, fundada por el vicealmirante Luis Sorela Guaxardo-Faxardo y que ofrecía una orientación cristiana y un cierto tono paternalista. Concretamente, hemos encontrado un interesante artículo titulado “Algunas ideas más sobre la educación y la instrucción como procedimiento antiesclavista”, que se publicó en su número 16 en el año 1894. Y, naturalmente, fue socio de la Sociedad Española de Higiene.
JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 15 de febrero de 2014

DOMINGO DORESTE RODRÍGUEZ

DORESTE RODRÍGUEZ, Domingo
[Las Palmas de Gran Canaria, 13 de marzo de 1868 / 14 de febrero de 1940]

Domingo Doreste Rodríguez nació en Las Palmas de Gran Canaria el 18 de marzo de 1868 y falleció en la misma ciudad el 14 de febrero de 1940.
En Las Palmas cursó los estudios primarios y, a partir de 1879, los de Bachillerato en el Colegio de San Agustín, pues el Instituto de segunda enseñanza, en el que había impartido clases Anselmo Arenas, había sido cerrado poco antes por la autoridad educativa bajo las presiones del obispo José María Urquinaona. Alcanzó el título de bachiller en 1887.
Parece ser que la modesta posición económica de su familia y su vocación religiosa retrasaron sus estudios de segunda enseñanza y aún más los universitarios. En 1893 se trasladó a Salamanca con el propósito de obtener la licenciatura en Derecho en su Universidad Civil e ingresar en la Orden de Predicadores, los dominicos, que tenían en la capital salmantina sus estudios teológicos en el convento de Santo Tomás.
La inmersión en el ambiente universitario conmovió el espíritu de Domingo Doreste que si bien mantuvo su vinculación con la congregación dominicana, pues fue vicepresidente de la Academia de Santo Tomás salmantina y escogió el seudónimo de Fray Lesco para firmar sus primeras colaboraciones periodísticas, decidió no profesar en la orden de predicadores. En esta decisión pesó forzosamente su intensa relación con Miguel de Unamuno, a cuyas clases de Griego asistía en la Universidad y con quien años más tarde aún mantenía correspondencia.
Terminados sus estudios se presentó a las oposiciones para escribiente del Ministerio de Gracia y Justicia, que aprobó ese mismo año. En el Juzgado de Primera Instancia de Guadalajara había quedado una plaza vacante por el fallecimiento del funcionario que la ocupaba, Eugenio Díez, y es la que le fue asignada al nuevo funcionario Domingo Doreste Rodríguez. El 19 de enero de 1900 tomó posesión de su puesto y pasó a residir en la capital alcarreña.
Su primera estancia en Guadalajara coincidió con la renovación del pensamiento político español, que tuvo por entonces su mejor expresión en el regeneracionismo, bajo los efectos de las convulsiones sufridas por la sociedad hispana como consecuencia de la derrota en las guerras coloniales de 1898. Fue, también, un período de cambio y maduración del pensamiento de Domingo Doreste, aún bajo los efectos del contacto con el ámbito universitario y, muy señaladamente, con Miguel de Unamuno. Se forjó así su carácter público, “marcado por la honestidad, la rectitud, el civismo y un desmedido afán de justicia”, en palabras de María del Carmen García Martín.
Fue muy breve este primer paso por Guadalajara, pues en 1901 se trasladó a la Universidad de Bolonia para ampliar sus estudios de Derecho, aunque no está claro que fuese becado para ingresar en el Real Colegio Mayor San Clemente de los Españoles, pues ni siquiera María del Carmen García Martín, su principal biógrafa, ha encontrado documentación de una estancia de la que, por otro lado, hay sobrados testimonios, aunque cabe confusión sobre las fechas.
A la vuelta de su estancia en Italia, retornó a su tierra natal y desde entonces colaboró con Las Efemérides, el periódico del republicano federal canario José Franchy y Roca al que se incorporó como redactor, y en 1904 fundó con Rafael Ramírez Doreste La Mañana, que se subtitulaba “Diario de reformas sociales”. Desde ese momento, y siempre bajo el seudónimo de Fray Lesco, sus colaboraciones en la prensa canaria fueron constantes, incluso después del cierre de La Mañana en 1915.
En 1905 aprobó las oposiciones de Secretario Judicial y en 1906 fue destinado de nuevo a Guadalajara, donde participó en la vida cultural de la ciudad. En febrero de 1907 impartió una charla sobre “La cuestión social” en los salones del Ateneo Instructivo del Obrero, que fue comentada elogiosamente en la prensa local; se convertía en el primer funcionario que se dedicaba a teorizar sobre el sindicalismo. Según reseña La Región, afirmó que “en la gran lucha entre el capitalismo y el trabajo, el primero tiene muchas más ventajas que aseguran su victoria, [...] los capitalistas; mientras están en calma son enemigos entre sí, y sin embargo cuando se ven atacados, enseguida se unen, formando esos grandes trust, que son infranqueable barra que los defiende de las justas pretensiones del proletario. Combatió el contrato del trabajo, llamándolo absurdo, pues para todo contrato la ley exige que las partes se hallen en igualdad de circunstancias, cosa que no sucede en este contrato, por existir siempre imposición por parte del patrono y necesaria sumisión por parte del obrero. Y [...] terminó recomendando que para lograr se nivelen esas dos grandes masas de poseedores y desheredados, no son necesarias medidas radicalísimas, ni gritar ¡abajo el capital! pues todo ello es contraproducente, sino paulatinamente, ir introduciendo las reformas precisas”.
Desde la capital alcarreña fue trasladado a la localidad cacereña de Plasencia y en 1911 conseguía el destino en un juzgado de Las Palmas de Gran Canaria. En 1918, reintegrado una vez más a su ciudad natal, organizó con Juan Carló, Enrique García Cañas y Nicolás Massieu Matos la Escuela de Artes Decorativas Luján Pérez, que revolucionó la creación artística de las Islas Canarias. Era ésta una escuela-taller en la que los alumnos no sólo recibían instrucción teórica, que desde 1922 impartió el propio Domingo Doreste, sino también clases prácticas en las que se fomentaba la creatividad artística.
Cristóbal García del Rosario señala que las características de la Escuela ya se anticipaban en un artículo de Doreste publicado en el periódico canario La Crónica el 5 de junio de 1917: que no sea una academia de aprendizaje presuntuoso y estéril, que forme decoradores que cubran la demanda de refinamiento de un nuevo urbanismo y que lo haga desde Canarias. La historia del Arte en las islas no sería la misma sin la huella de esta Escuela de Artes Decorativas de Las Palmas, y hay coincidencia en señalar que su influencia permaneció durante muchos años y marcó a generaciones de artistas isleños.
Aunque destacó como periodista, cultivó otros géneros literarios: publicó algún poema en la revista Florilegio, en 1932 escribió el libreto de una zarzuela de ambiente canario, La zahorina, a la que puso música su hijo, Víctor Doreste, y en 1931 publicó sus Cartas a un católico, que hace pocos años se reunieron y publicaron en un sólo volumen.
JUAN PABLO CALERO DELSO

martes, 11 de febrero de 2014

FERNANDO URRÍES BUCARELLI

URRÍES BUCARELLI, Fernando
[Zaragoza, 12 de agosto de 1800 / Tarbes, 9 de febrero de 1873]

Fernando Urríes y Bucarelli nació en Zaragoza el día 12 de agosto de 1800 y falleció en la ciudad francesa de Tarbes, muy próxima al Pirineo aragonés, el 9 de febrero de 1873.
Era hijo de Pedro María Jordán de Urríes Fombuena, que había nacido en Zaragoza el 13 de octubre de 1770 y que ostentaba el marquesado de Ayerbe y la baronía de Sánchez-Torrelas, y de María Juana Bucarelli Bucarelli, nacida en Málaga el 5 de septiembre de 1784 y fallecida en Zaragoza el 24 de agosto de 1836, que era hija de los marqueses de Valle Hermoso. Tuvieron dos hijos: Fernando y Rafael, que nació en Madrid el 25 de octubre de 1801 y murió en Zaragoza el 23 de noviembre de 1850, habiendo contraído matrimonio con Joaquina de Tomás y Alcaine.
Fernando Urríes se caso con María del Carmen Josefa Arias y Fernández de Moros, que había nacido en la localidad aragonesa de Calatayud el 5 de febrero de 1803, y con la que tuvo dos hijos: Juan de Dios Jordán de Urríes Arias, nacido en 1825, y Carlota de Urríes Arias, que vino al mundo en Molina de Aragón el 4 de noviembre de 1826.
Como tantos hidalgos empobrecidos o segundones de familias nobiliarias de su tiempo, siguió la carrera de las armas, ingresando en el Real Cuerpo de Guardias de Corps, en el que su padre había ocupado destinos muy destacados y del que también formaba parte su hermano Pedro Ignacio, que era hijo de un primer matrimonio de su padre con María Nicolasa de Palafox y Silva y que había heredado los marquesados de Ayerbe y Lierta. Ascendió en el Ejército y en 1833 era el Primer Comandante del Batallón de Molina de Aragón, adscrito a la Quinta Brigada, que estaba desplegada en la provincia de Guadalajara y en la vecina comarca de Medinaceli.
Pedro María Jordán de Urríes Fombuena
Hacia 1845 ya le encontramos licenciado del ejército y dando los primeros pasos en su fructífera carrera política. En 1848 fue elegido diputado a Cortes por el distrito electoral de Molina de Aragón, en sustitución de Bonifacio Fernández de Córdoba, que cesó después de ser nombrado Gobernador general de Galicia. En los comicios de 1850 concurrieron los dos diputados que habían ocupado el escaño en la anterior legislatura, Fernando Urríes y Bonifacio Fernández de Córdoba, saliendo elegido el segundo, victoria que repitió en la siguiente convocatoria electoral.
A pesar de esas derrotas, en muy poco tiempo se hizo con una notable influencia entre los molineses, hasta el punto que Benito Pérez Galdós en su novela Narváez, que forma parte de sus Episodios Nacionales, le cita como un “antagonista tan formidable” frente a sus oponentes políticos en la circunscripción del Señorío molinés. Lo demostró en los comicios de 1853 conquistando el escaño, aunque por un ajustado margen de votos: noventa y uno de los ciento ochenta electores inscritos. Y en 1857, tras el paréntesis del Bienio Progresista, volvió a ganar las elecciones en el Señorío, en esa ocasión en pugna con Víctor Tomás Muro, y se sentó en el Congreso durante esa breve legislatura, que sólo duró un año.
Ideológicamente siempre perteneció al partido moderado, y se identificó con la facción de los neocatólicos. Fue acusado públicamente de ser uno de los diputados políticamente más próximos al conde de San Luis y a su gobierno impopular y corrupto que en 1854 fue derribado por los generales O’Donnell y Espartero, dando paso al Bienio Progresista.
Terminado en 1856 el gobierno del general Baldomero Espartero demostró esta sintonía con los moderados en junio de 1857 firmando con otros 61 diputados una moción de este sesgo ideológico durante la discusión parlamentaria de la Ley de Instrucción Pública. Su afinidad con los sectores más reaccionarios del moderantismo tenía raíces familiares; su padre había formado parte de la camarilla de Fernando VII y estuvo implicado en la conjura de El Escorial, acompañando al rey a Bayona y Valençay, y uno de sus hermanos, Alberto de Urríes y Bucarelli, fue uno de los carlistas aragoneses más activos en la Primera Guerra y en las conspiraciones y levantamientos carlistas posteriores.
Además, se convirtió en un rico propietario agrario, que entre 1855 y 1858 formaba parte de la junta directiva de la Asociación de Ganaderos del Reino, en la que se agrupaban los principales propietarios del país. Y aprovechó su presencia en el Parlamento para defender los intereses ganaderos, como se puso de manifiesto en la enmienda que presentó el 1 de abril de 1853 con un grupo de diputados, solicitando incorporar a un proyecto de ley el siguiente artículo: “Desde 1º de Junio del corriente año se dará a los dueños de ganados la sal que necesiten para el consumo de estos en las fábricas y alfolíes a 20 rs. vn. la fanega, mezclando con la misma una sustancia que, sin ser perjudicial para los ganados, la inutilice para los usos domésticos”.
También fue propietario de distintas fincas urbanas, entre ellas una en la ciudad de Guadalajara en terrenos que pertenecieron al antiguo convento de la Concepción y que la Diputación Provincial alcarreña compró en el año 1879 a su viuda por 27.500 pesetas para levantar sobre ella el Palacio provincial, que sigue siendo la sede de esta corporación.
Pero su principal afición fue el teatro; como lo demuestra el retrato que se hizo de él en la Semblanza de los diputados de la legislatura de 1849 y 1850, donde se afirmaba que si en el mundo de la farándula era destacado protagonista, en el ámbito parlamentario su labor era sólo de comparsa. En 1849 fue nombrado vocal de la Junta consultiva de Teatros junto a los más destacados autores dramáticos del país: Mesonero Romanos, Hartzenbusch, Fernando Corradi o Hilarión Eslava.
Y, sobre todo, durante largos años fue el gerente del Teatro Real de Madrid, una responsabilidad que le ocasionó muchas preocupaciones y le hizo viajar repetidamente al extranjero para traer las mejores voces de su tiempo a la capital de España y que, lejos de darle dinero, le arruinó. En aquellos años, era reconocido como uno de los hombres de teatro más entendidos del país, y además siempre al tanto de lo que sucedía fuera de nuestras fronteras; a él se debe, en buena medida, la importancia que adquirió el Teatro Real madrileño.
En 1815 fue nombrado caballero de la Orden de Calatrava con la Encomienda de Carrión. También fue uno de los Directores del Casino del Príncipe de Madrid.
JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 7 de febrero de 2014

VICTORIANO POYATOS ATANCE

POYATOS Y ATANCE, Victoriano
[Peñalver, 9 de febrero de 1866 / Valencia, ]

Victoriano Polonio Poyatos y Atance nació el 9 de febrero de 1866 en Peñalver, un pueblo de la comarca de La Alcarria en la provincia de Guadalajara. Sabemos que contrajo matrimonio y que su hijo, Victoriano Poyatos Bermejo, cursó estudios de Veterinaria en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central madrileña, logrando el título correspondiente en 1919 y siendo nombrado al año siguiente veterinario auxiliar del ejército.
Se trasladó a Madrid desde su tierra natal y allí completó sus estudios, primero de Bachillerato en el Instituto San Isidro y luego de Magisterio, obteniendo en 1886 nota de sobresaliente en la Reválida para el título de maestro superior. En 1888 se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central madrileña, alcanzando la licenciatura y ganando, en 1898, el grado de Doctor.

Su carrera docente
Al menos desde 1895 dirigió un colegio de enseñanza primaria con el nombre de San José, en la Plaza del Progreso de Madrid, que hasta 1903 ofreció alguna plaza con matrícula gratuita a la Asociación Benéfico-Escolar. En 1901 ocupó, junto a otros profesores, el cargo de clasificador en la junta del Gremio de Academias, una asociación que agrupaba por entonces a un buen número de colegios privados madrileños.
A partir de 1898 se presentó en repetidas ocasiones a las oposiciones que se convocaron para cubrir plazas de catedrático de Instituto en distintas ciudades españolas, alcanzando buenas puntuaciones pero sin conseguir ninguna de las cátedras a las que optaba. Hasta que, finalmente, en junio de 1902 aprobó la oposición para catedrático de Lengua y Literatura castellana del Instituto de Ávila.
No permaneció mucho tiempo en esa capital castellana, pues en 1904 ya se encontraba destinado en el Instituto de Segunda Ensñanza de Cuenca. En esta ciudad desarrolló una interesante actividad periodística, dirigiendo El profesorado conquense, una revista semanal que salió a la luz en 1904 y acudió puntual a su cita hasta el mes de diciembre de 1907. Era una revista profesional “de instrucción pública”, es decir, destinada a maestros y profesores, con sólo ocho páginas, de las que la última era de anuncios publicitarios, entre los que se encuentran los de algunos de sus primeros libros de texto publicados, confeccionada con un diseño muy tradicional y en la que Victoriano Poyatos solía firmar el artículo de portada. Además, en 1904 promovió la formación de un Ateneo Cervantino, aunque no encontró en la sociedad conquense el eco suficiente para sacar adelante su iniciativa.
El 27 de septiembre de 1906, como consecuencia de su participación en un concurso de traslados, fue destinado a la misma Cátedra en el Instituto de Bilbao. Su residencia en la capital vasca sólo fue un período de transición hasta que solicitó y obtuvo destino en el Instituto de Valencia, ciudad en la que residió y ejerció la docencia hasta su jubilación en febrero de 1936, aunque una Orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, publicada en la Gaceta de Madrid el 6 de febrero de dicho año, le autorizó a continuar impartiendo clase a sus alumnos hasta la finalización del curso, ya en vísperas de la Guerra Civil. Durante esos años, también formó parte de distintos tribunales de oposición a diferentes Cátedras de Lengua y Literatura.
Su obra escrita
Más allá de su práctica docente, Victoriano Poyatos destacó por su vasta obra publicada, una larga relación de manuales y libros de texto escritos con una marcada vocación pedagógica. Quizás el más interesante sea su Resumen de historia literaria, cuya primera edición salió en 1903 de la imprenta de Celedonio León en Cuenca pero que conoció numerosas reediciones; era un manual escolar, escrito sin ambiciones canónicas pero con la voluntad de ofrecer una herramienta útil a los alumnos de los Institutos de Bachillerato, de los que se esperaba que leyesen por su cuenta un número significativo de las obras reseñadas, por lo que no se incluían los habituales extractos. Compartió su reputación con Literatura y preceptiva: retórica y poética, editado en la misma ciudad y año y en el mismo taller tipográfico conquense, que conoció ocho ediciones, la última del año 1935.
Otros libros reconocidos fueron su Gramática castellana, editado por la Librería de la Viuda de R. Ortega de Valencia en el año 1923; Análisis gramatical, que fue impreso en la Tipografía de Enrique Nadal de Torrente en 1924; una Historia de la literatura española y de las clásicas y extranjeras, también salido de la imprenta de Enrique Nadal en 1926, y un Análisis literario, obra ambiciosa de 580 páginas que se editó en la misma imprenta valenciana en 1927.
Durante la Segunda República su actividad editora se incrementó notablemente; a la reimpresión de algunas de sus obras, como su Historia de la Literatura española que conoció su última edición en 1934, hay que añadir la publicación en la imprenta valenciana de J. V. Pont Ferrer de una Gramática española y de un Resumen de historia literaria de las literaturas clásicas, española y extranjeras, ambas en 1931. Al año siguiente publicó, en el mismo establecimiento tipográfico, Antología de clásicos españoles. Ejercicios graduados de análisis preceptivo e histórico y Lectura de clásicos y análisis gramatical. Ejercicios graduados. Y en 1935 dio a la imprenta una Antología de clásicos españoles y extranjeros.
No fue, sin embargo, muy abundante su producción periodística, lo que nos extraña en alguien que dirigió durante varios años una publicación semanal. Apenas hemos encontrado algunos artículos suyos en la prensa general como, por ejemplo, el que publicó en Gente Vieja el 15 de junio de 1905 con motivo del 300º aniversario de la primera edición de El Quijote.
En sus primeros libros se mostraba como un profesor progresista influido parcialmente por Francisco Giner de los Ríos; además, consideraba “que para conocer la literatura hay que acercarla a los fenómenos sociales y a la historia”, una orientación próxima a la historia social que ofrecía un enfoque muy avanzado para esos años de principio del siglo XX. Sin embargo, en 1924 le encontramos formando parte del Comité Ejecutivo de la Unión Patriótica de Valencia, el brazo político de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, mereciendo ser uno de los destinatarios de las burlas del periódico satírico valenciano La Chala a la caída del régimen primorriverista.
JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 3 de febrero de 2014

JOSÉ LÓPEZ DE JUANA PINILLA

LÓPEZ DE JUANA PINILLA, José
[Sigüenza, 1 de agosto de 1774 / Madrid, 26 de abril de 1846]

Nació en Sigüenza el día 1 de agosto de 1774 y fue bautizado en la Iglesia de San Pedro, siendo su padrino Blas de Cabo. Era hijo de José López Pinilla, nacido en Setiles, y de Josefa de Juana, natural de Sigüenza. Su padre pertenecía a una familia de hidalgos enraizada en el Señorío de Molina y emparentada con el poderoso linaje de los López-Pelegrín y su familia materna residía desde hacía generaciones en la ciudad de Sigüenza. Murió en Madrid, donde residía, el 26 de abril de 1846, cuando tenía 71 años de edad.
Contrajo matrimonio con Vicenta de Castro González, que había nacido en el pueblo burgalés de Santo Domingo de Silos, hija de Antonio de Castro, y que falleció en Madrid el 26 de febrero de 1857. Tuvieron dos hijos: Domingo, que fue diputado por Guadalajara en las Cortes Constituyentes de 1854 y director general de Loterías durante el Bienio Progresista, y Victoria.
Realizó sus estudios en la Pontificia y Real Universidad de Santa Catalina en El Burgo de Osma, que en diciembre de 1778 había vuelto a abrir sus puertas, completando “con lustre” el bachillerato en Leyes, materia “que por sustitución expliqué algunos años”. En 1798, al acercarse a la mayoría de edad, solicitó que le fuese reconocida su titulación jurídica a fin de poder actuar como abogado ante los Reales Consejos.
Sin embargo, renunció el ejercicio libre de la abogacía y emprendió una brillante carrera administrativa, que dio comienzo el 22 de mayo de 1799 cuando fue nombrado Subdelegado de Rentas del partido judicial de su Sigüenza natal. El 13 de julio del año siguiente lo fue también de la Junta de Comercio y Moneda seguntina y el 22 de abril de 1807 sumó a sus responsabilidades la de la Junta de Salinas del partido judicial de Atienza, que incluía a las de Imón y La Olmeda. Ese mismo año dio pruebas de su competencia en materia tributaria con la publicación de un completo Tratado teórico práctico de los juicios de contrabando, que dividió en dos partes: “la primera comprende el orden y ritualidad con que debe procederse en ellos, y la segunda las reales instrucciones, cédulas y órdenes que rigen en la materia”.
La Guerra de la Independencia
La insurrección de la población madrileña en mayo de 1808 marcó el inicio de la Guerra de la Independencia, un conflicto en el que dio sobradas muestras de su capacidad y de su determinación. Toda su trayectoria vital quedó marcada por esos años aciagos, de los que dio cumplida cuenta en 1812 con la publicación de un Manifiesto en el que recogía su notable actuación durante el conflicto bélico y que en mayo de 1813 ofreció a las Cortes de Cádiz, que lo aceptaron con agrado.
Su temprana implicación en la guerra dio comienzo cuando Joaquín Montesoro Moreno y la Junta de Molina de Aragón se negaron a entregar a las autoridades afrancesadas los fondos recaudados en el Señorío, una conducta que no sólo aplaudió sino que revalidó entregando al general José de Palafox los fondos de la Depositaría de Rentas seguntina y de la tesorería de las salinas de Imón. Al mismo tiempo, se incorporaba a la Junta patriótica de Sigüenza, que presidió José María de Beladíez desde su fundación, el 12 de agosto de 1809, hasta su marcha a Cádiz por haber sido elegido diputado a Cortes, pasando José López de Juana Pinilla a ocupar la presidencia.
Con el aval de la Junta Suprema Central, auxilió en el otoño de 1808 a los ejércitos que sobre el Ebro aguardaban la llegada de Napoleón, enviando diversos recursos hasta Cintruénigo, Tudela y Ágreda; y cuando en noviembre de 1808 la ofensiva napoleónica desbarató los frentes y algunas unidades en retirada del ejército español se desplazaron hasta Sigüenza, se aseguró de proporcionarles víveres y alojamiento. En diciembre, como consecuencia del avance de las columnas napoleónicas, tuvo que refugiarse primero en Sacecorbo y luego en Arbeteta, recaudando y distribuyendo desde esos puntos recursos de todo tipo a las tropas españolas que operaban en Soria, Cuenca, Guadalajara y el Señorío de Molina. Como consecuencia de estas acciones, el 23 de marzo de 1809 el rey José I le cesó como Subdelegado de Rentas.
El 30 de mayo de 1809 fue nombrado Intendente de la Provincia de Guadalajara por nombramiento de la Junta Central de Aragón, en la que participaba la del Señorío de Molina, por delegación de la Junta Suprema Central. En agosto se formó una Junta Provincial de Guadalajara, de la que fue vicepresidente, mientras la Junta del Señorío de Molina le nombraba director de la fábrica de armas que había establecido en el pueblo de Corduente, y que proveía de fusiles a los soldados españoles, teniendo que hacer frente a una de las primeras huelgas obreras de la España contemporánea. En represalia, las autoridades leales a José I decretaron que todos sus bienes fuesen incautados y que hasta sus padres fuesen hechos prisioneros dónde y cuándo se les encontrase, lo que pudo evitar providencialmente.
El 25 de mayo de 1810 se encargó como Intendente de la provincia de Segovia, por ser limítrofe con la de Guadalajara y estar vacante su intendencia, tomando entonces una de sus decisiones más relevantes, al encomendar a Genaro Arias, segundo ayudante de conserje del Real Palacio de San Ildefonso, que hiciese un inventario de los bienes que se hallaban en ese Palacio y que procurase conservarlos y ponerlos a salvo de los ejércitos franceses. Esta responsabilidad le fue ratificada por el Consejo de Regencia establecido en Cádiz el 26 de marzo de 1812, cuando el citado inventario ya había sido concluido.
El 4 de agosto de 1810 el Consejo de Regencia de Cádiz, convalidó su nombramiento como Intendente Corregidor de la provincia de Guadalajara, lo que llevaba asociado el cargo de director de las Reales Fábricas de Paños instaladas en Brihuega y en la capital de la provincia. Y al mes siguiente le fue encargada la Intendencia de las provincias de Madrid y Segovia. Por entonces, su campo de actuación se extendió por amplias zonas del centro de la Península, excediendo en numerosas ocasiones el ámbito territorial de la provincia de Guadalajara, como podemos comprobar con el envío a Cádiz desde Huertahernando de unas valijas interceptadas a los franceses por la partida guerrillera de Tomás Príncipe en la provincia de Valladolid en el verano de 1810 y que le habían sido entregadas.
Adoptó en numerosas ocasiones medidas y disposiciones de carácter tributario que tenían como fin último acopiar recursos de todo tipo (armas, alimentos, monetario...) para abastecer tanto a las tropas regulares como a las guerrillas que combatían a los soldados de José I, tanto en las provincias bajo su mando como en Aragón o Burgos. Así, por ejemplo, el 18 de noviembre de 1812 aprobó nuevas providencias para la Contribución de Guerra que afectaban a las corporaciones eclesiásticas de las diócesis de Toledo y Sigüenza.
No sólo jugó un papel destacado en la lucha contra el rey José I, también participó en la revolución política que acompañó a la contienda armada. El 4 de agosto de 1810 fue elegido alcalde de la ciudad de Guadalajara, que se encontraba en poder de las tropas napoleónicas, dirigidas por el general francés Joseph Léopold Hugo. Además, como Intendente, fue vicepresidente de la primera Diputación Provincial de Guadalajara que, aunque con unos límites territoriales distintos a la actual, se constituyó el 25 de abril de 1813, bajo el amparo legal de la Constitución de Cádiz, en la localidad de Anguita. Como diputado suplente resultó elegido Patricio Sanz Pinilla, de Alustante, que seguramente era familiar suyo, pues de esa localidad era su bisabuelo paterno.
Era hombre de fuertes convicciones y de carácter severo, por lo que durante la Guerra de la Independencia tuvo en repetidas ocasiones agrios enfrentamientos con distintas instituciones: con la Junta patriótica y el Intendente interino de Burgos por el control y administración de la provincia de Segovia, cuya administración asumió al no haber un Intendente patriota y ser colindante con su circunscripción, con el brigadier Juan Martín Díaz el Empecinado por asuntos económicos…
En 1813, al terminar la guerra, se estableció en la Guadalajara liberada, residiendo en la Plazuela de la Fábrica, junto a las manufacturas reales, pues era en esos momentos Intendente General de la provincia y director de las “Reales Fábricas de Paños y demás tejidos establecidos por cuenta de Su Majestad en esta ciudad”. Convivían con él, su mujer y sus dos hijos, entonces con 15 y 13 años de edad, y cuatro criados a su servicio: Isidro Martínez, Bernardina Sánchez Mudarra, Vicenta de Mingo y María Esperanza Carrascal.

Apartado de la Administración Pública
Su fuerte compromiso con las instituciones que desde Cádiz habían gobernado el imperio español durante la Guerra de la Independencia le ocasionó notables perjuicios cuando se ganó la paz y el rey Fernando VII volvió a la Península para ocupar el trono español. La restauración absolutista alentada por el monarca castigó injustamente a todos aquellos patriotas de ideología liberal que se habían destacado durante la contienda, entre los que se encontraba José López de Juana Pinilla, que no sólo no fue recompensado por sus desvelos, sino que se vio apartado de todo cargo político o administrativo hasta 1819.
De nada le sirvió que el 18 de mayo de 1814 se presentase personalmente ante el propio Fernando VII a la cabeza de las Diputaciones provinciales de Guadalajara, Soria y Segovia y explicase al rey que “Las provincias de Guadalajara, Segovia y Soria, que en cinco años de infortunios y calamidades han dado las pruebas más positivas de su constante amor á V. M., se congratulan de su feliz llegada al Trono, y por nuestro conducto renuevan á V. M. su sumisión y respeto”.
Además de por su respaldo a la obra revolucionaria de las Cortes de Cádiz, la interrupción de su carrera administrativa se vio complicada por algunas denuncias de Nicolás Uriz y otros que con el tiempo se revelaron falsas y a las que hizo frente con decisión. Para desmentirlas, el 25 de junio de 1813 publicó en Guadalajara una carta dirigida a la opinión pública en respuesta a la que Fructuoso María Guerra, asesor de El Empecinado, había enviado el 6 de junio al Diario Mercantil de Cádiz. De nada sirvió, pues en El Espectador del 5 de julio de 1821 se podía leer: “El señor Juana Pinilla no ha progresado tanto durante los memorables seis años [de la restauración absolutista]; pero eso ha sido á causa de la terrible persecución que se le suscitó, por sus operaciones en Guadalajara. Ella fue de tal naturaleza, que todo el favor de su pariente el señor [Ramón López] Pelegrín, actual ministro de Ultramar, ni la gratitud y protección de su amigo el desdichado canónigo [Matías] Vinuesa [de Tamajón], pudieron desenredarle del lío; si bien consiguieron evitarle los resultados que sin tales aldabas, habrían tal vez sobrevenido”. Todavía años después, sostenía que su cese en octubre de 1814 estuvo causado “por el concepto de liberal y por una intriga que sería largo referir”.
Mientras estuvo apartado de cualquier cargo de responsabilidad, escribió una amplia obra doctrinal, resultado de su aguda reflexión teórica sobre la Hacienda Pública española y la legislación que al respecto habían promulgado las Cortes de Cádiz. En 1814 compuso una Exposición sobre asuntos hacendísticos que dirigió a los diputados y, una vez que el monarca estuvo asentado en el trono de Madrid, le envió un Proyecto de Hacienda dedicado al rey. Insistió en 1815 con su Colección de noticias relativas a la población, productores y riquezas de España; y aún en 1816 redactó una Representación que dirige al Rey N. S. el intendente don José López de Juana Pinilla sobre los medios de organizar un sistema de Real Hacienda.
Las reformas tributarias
Desechas las insidias en su contra y reconocido el mérito de su obra, a partir de 1819 volvió a asumir distintas responsabilidades políticas y administrativas. El 26 de noviembre fue elegido para vocal de una Junta establecida por el gobierno con el fin de estudiar las reformas necesarias de una Hacienda Pública que estaba exhausta, y a la que se le pedía que extendiese “sus observaciones al sistema de administración de todas y cada una de las rentas que constituyen el real erario”; sus conclusiones se entregaron en 1820 al gabinete constitucional que surgió del pronunciamiento de Rafael de Riego.
Desde el 24 de marzo de 1820 ocupó el cargo de Tesorero general del reino, aunque de forma provisional hasta la consolidación del nuevo gobierno liberal. Después de su cese, con fecha de 20 de mayo fue elegido para ser miembro de la comisión que examinó y propuso cambios en el Código de Hacienda. Parece ser que antes de que acabase ese año, fue enviado a las Islas Canarias como Intendente. Durante esos años elaboró una propuesta de reforma de la Hacienda Pública, que en 1822 salió de imprenta con el título de Situación de la Hacienda Pública en España en marzo de 1822 y medios de mejorarla.
Quizás fuese este último proyecto el que decidió a la Regencia que en 1823 se instauró en España a la caída del régimen liberal para nombrarle presidente de una nueva Junta constituida para formular los cambios necesarios para socorrer a una Hacienda real que estaba en déficit permanente, a pesar de la manifiesta hostilidad de los nuevos gobernantes hacia los que habían colaborado con el recién derribado gobierno constitucional.
Se ganó la estima del ministro de Hacienda Luis López-Ballesteros Varela, que el 19 de enero de 1824 le nombró Contador General de Valores y, como tal, vocal del Consejo de Hacienda, y el 29 de junio de 1826 le encargó la Dirección General de Rentas, puestos desde los que colaboró muy estrechamente con las reformas tributarias que este ministro emprendió hasta su cese en 1832. También en el año 1824 se integró en la comisión que presidía los sorteos de Loterías. Aprovechó sus cargos para ayudar en 1830 al militar y político alcarreño Francisco Romo y Gamboa, que a pesar de haber perdido un brazo durante la Guerra de la Independencia, había caído en desgracia por haber colaborado a partir de 1820 con el gobierno constitucional.
Con la muerte del rey Fernando VII en 1833 y el inicio de la transición del absolutismo al liberalismo, paradójicamente José López de Juana Pinilla pasó a un segundo plano político: su tiempo, el de los herederos tardíos de la Ilustración, ya había pasado y su adhesión al liberalismo más doctrinario y exaltado de aquellos momentos no parecía muy sincera. El 19 de abril de 1834 fue nombrado ministro del recién creado Consejo Real de España e Indias, un cargo únicamente honorífico, pues para entonces este Consejo tenía una función exclusivamente consultiva, hasta que fue disuelto por un Decreto del 28 de septiembre de 1836, lo que forzó su jubilación en 1837, cuando sólo contaba con sesenta y tres años de edad pero ya sumaba más de 37 años de servicio público.
Sin embargo, sus ideas siguieron influyendo poderosamente en la legislación que se aprobó a lo largo de los primeros años del reinado de Isabel II, sobre todo de la mano de Ramón de Santillán González, su sobrino y discípulo, que fue ministro de Hacienda desde abril de 1840 hasta julio de 1841 y que en 1849 fue el primer gobernador del Banco de San Fernando después de su fusión con el Banco de Isabel II, y aún volvió a serlo en 1856 de su sucesor, el Banco de España.

Su acción política
Durante la Década Moderada le tentó, como a tantos, la acción política. El periódico El Reparador daba noticia en septiembre de 1843 de algunas posibles candidaturas que se anunciaban para las próximas elecciones; en Guadalajara se preveía que se presentarían Agustín Castellanos, Luis María Pastor Copo y José Gordo Sáez, para diputados, teniendo como suplentes a Ramón Eusa y Julián Calleja. Como posibles senadores se citaban a Judas José Romo Gamboa, Obispo de Canarias, José López de Juana Pinilla, el marqués de Villanueva de la Sagra, Basilio Antonio, obispo de Ibiza, José María García Rodrigo y Pedro Saiz de Andino. Sin embargo, finalmente no se presentó a la elección.
El 25 de agosto de 1845 fue nombrado senador vitalicio por la reina Isabel II, según lo que establecía la Constitución de 1844 para la Cámara Alta; pero su avanzada edad y la quebrantada salud que padecía le impidieron tomar posesión de su escaño, y aunque en febrero de 1846 se dirigió al Senado solicitando un aplazamiento de su juramento como senador, pues "me veo obligado a guardar cama e imposibilitado de todo trabajo mental y material", lo cierto es que falleció esa primavera sin haber conseguido sentarse en el Senado.
A su muerte dejó inconclusa su obra póstuma, la Biblioteca de Hacienda de España, una publicación que se vendía por suscripción en cuadernos de 120 páginas, y que interrumpió su edición, primero por su enfermedad y, posteriormente, por su fallecimiento, cuando ya habían salido de imprenta los cuatro primeros tomos; fue su hijo, Domingo López de Castro Pinilla, quien completó la obra, publicando dos volúmenes más en 1847 y 1848.
Dejó una amplia obra escrita, además de la que hemos ido reseñando. Colaboró en el Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal, una ambiciosa obra en diez tomos elaborada por Sebastián Miñano, que en su volumen undécimo recogía rectificaciones y advertencias, de las que más de una veintena le habían sido remitidas por José López de Juana Pinilla. También figuraba, en 1843, como redactor de la Revista de España y del Extranjero, que en Madrid dirigía Fermín Gonzalo Morón y que reunía a muchas de las firmas más prestigiosas del país.
En noviembre de 1829 fue nombrado Caballero pensionado de la Real Orden española de Carlos III, distinción que se hizo efectiva en febrero de 1830.
JUAN PABLO CALERO DELSO