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lunes, 17 de marzo de 2014

JULIO JUAN Y BLANQUER

JUAN Y BLANQUER, Julio
[Madrid, 20 de diciembre de 1874 / ]

Nació en Madrid el 20 de diciembre de 1874. Fue alumno de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid, entre los años 1889 y 1895, obteniendo la licenciatura en Ciencias Físico-Matemáticas y alcanzando el grado de Doctor.
Ingresó por oposición en el Cuerpo de Profesores de Instituto con fecha de 3 de abril de 1903, obteniendo su primer destino como profesor de Matemáticas en la ciudad de Pontevedra. Con fecha del día 13 de marzo de 1904 se publicó una Real Orden trasladándole a la Cátedra de Matemáticas del Instituto de Segovia, y allí fue director de la estación meteorológica de la capital castellana, además de asiduo contertulio en los cenáculos sociales y literarios segovianos. Pasó después por los Institutos de segunda enseñanza de Valencia, San Isidro de Madrid y, finalmente, de Guadalajara, mientras ascendía en el escalafón. Al mismo tiempo, formó parte de los tribunales designados para juzgar las oposiciones a distintas Cátedras de Matemáticas vacantes, como por ejemplo las de los Institutos de Baeza y Mahón.
En marzo de 1927 el claustro le propuso para que fuese nombrado director del Instituto, y pocos días después se recibió en el Instituto el nombramiento. Como director, pasó a pertenecer, como vocal nato, a la Comisión Provincial de Monumentos, de la que también formaba parte el profesor Gabriel María Vergara Martín, asistiendo por primera vez a la reunión que celebró la citada comisión ese mismo mes de marzo. Del mismo modo, se integró en la Junta Provincial de Instrucción Pública.
Aunque Julio Juan y Blanquer se había afiliado a Unión Patriótica, el partido del general Miguel Primo de Rivera, durante la Dictadura y la había apoyado públicamente, después de que se proclamase la Segunda República, el nuevo gabinete de la conjunción republicano-socialista le confirmó en su puesto como director del Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara mediante un Decreto de junio de 1931. En los agitados años de la República supo conservar al Instituto de Guadalajara al margen de las enconadas luchas sociales y políticas del momento, de lo que son buena prueba los elogios que recibe del diario monárquico ABC, en su edición de Sevilla, en un reportaje sobre el centro educativo alcarreño en el que menciona expresamente “su interés y constante celo”.
Con posterioridad a las jornadas de julio de 1936, y una vez sofocado por las tropas leales y las milicias obreras el golpe faccioso, el nuevo gobierno republicano le mantuvo al frente del Instituto de Guadalajara, a pesar de ser conocido su pasado militante en la Unión Patriótica y de que había merecido la confianza de los gabinetes radical-cedistas, aunque como concesión a la nueva etapa que se abría recibió el título de Comisario-Director del Instituto.
 Julio Juan y Blanquer y el resto del claustro de profesores del Instituto de Segovia en 1908

Su principal objetivo en esos difíciles meses fue conservar abierto el centro y continuar con la vida académica habitual. Lo consiguió durante un tiempo, e incluso fue capaz de organizar en 1937 diversos actos de homenaje con motivo de la celebración del primer centenario del Instituto de Guadalajara, entre los que de sobresale con justicia el breve estudio histórico de sus profesores y alumnos que se editó con la firma del profesor Gabriel María Vergara Martín.
Entre las acusaciones que se le hicieron una vez acabada la Guerra Civil, quizás la más grave fuese la de haber denunciado a sus compañeros del claustro que simpatizaban con las derechas, uno de los cuales fue fusilado. Aunque no puede negarse que realizó y entregó ese informe, fechado el 9 de agosto de 1936, que le había sido solicitado, Julio Juan y Blanquer aducía que sólo había señalado a aquellos profesores cuyas posiciones ideológicas eran sobradamente conocidas y la mayoría de ellos siguieron dando sus clases con normalidad y uno de ellos estuvo acogido en unas habitaciones habilitadas en el propio Instituto.

Su expediente de depuración
Nada más terminar la Guerra Civil fue detenido y encausado en dos ocasiones y condenado a penas de cárcel que cumplió en la Prisión Central de Guadalajara, hasta que se declaro extinguida su pena, que redujo por el trabajo, mediante un Decreto del 24 de abril de 1940. Al salir de la cárcel, se presentó inmediatamente en el Instituto con la pretensión de volver a ocupar su plaza, por lo que el entonces director, Adolfo Gómez Cordobés, solicitó instrucciones a la autoridad gubernativa, lo que seguramente aceleró la resolución definitiva de su expediente de depuración por la comisión correspondiente, que el 18 de enero de 1940, y por unanimidad, ya había acordado su expulsión de la carrera docente, decisión que Julio Juan y Blanquer solicitó que se revisase al salir de prisión. El 21 de mayo de 1940 se resolvió su expediente y la comisión aprobó rechazar sus alegaciones, entre las que señalaba la de “no quedarse sin comer”, y apartarle definitivamente del servicio.
Se le acusaba de la elaboración del informe reseñado, de haber estado afiliado a Izquierda Republicana y a FETE-UGT durante el conflicto bélico y de vivir en el pabellón del Instituto con una mujer con la que no estaba casado. De nada sirvieron los avales que firmaron la práctica totalidad del personal del centro, con la significativa excepción del oficial administrativo Salvador Embid Villaverde, al que no había señalado como derechista. Más vergonzosa es la actitud del profesor Adolfo Gómez Cordobés, al que avaló su actuación durante la Guerra y que no fue molestado a pesar de sus conocidas simpatías por los golpistas, pero que en la comisión de depuración, de la que formaba parte, votó a favor de su separación del servicio, conociendo la edad y circunstancias de Julio Juan y Blanquer.
A causa de su lamentable situación decidió abandonar tierras alcarreñas y marchó a la ciudad de Santander, donde pasó a residir en un piso del número 6 de la Avenida de los Infantes, teniendo que impartir clases en el Colegio Academia Juanes para poder ganarse la vida, a pesar de su avanzada edad, pues estaba a punto de cumplir los 70 años, tiempo reglamentario para su jubilación si no hubiese sido expulsado de la carrera docente.
En el mes de julio de 1947 solicitó de nuevo que se revisase su expediente de depuración. Aportaba nuevos testimonios en su favor de Joaquín Sánchez Losada, delegado de Educación Nacional y decano del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias y Filosofía y Letras de Santander, que declaraba que había “observado intachable conducta profesional, política y religiosa”; de Gonzalo Odriozola Díaz, director del Liceo Menéndez Pelayo santanderino, que mostraba su “convicción de su sincera religiosidad, de su sano patriotismo y desconociendo en él ninguna actividad política”; de Rogelio Leal Antolín, director del Colegio Academia Juanes, de Pablo de Pablos Duque, canónigo de la catedral de Santander y que coincidió con él cuando fue profesor de Religión en el Instituto de Segovia, y de Gabriel Palomero Díaz, canónigo lectoral de la capital cántabra, estos dos últimos con el visto bueno del vicario.
A pesar de que por su edad la revisión favorable del expediente sólo tendría efectos sobre su jubilación y que no volvería a dar clase, a pesar de estos avales, y a pesar de que alguien había añadido a mano en el escrito remitido al juez la frase “que lo estudien con interés”, la comisión decidió no resolver positivamente el expediente y mantener la sanción.
En una prueba de crueldad teñida de sarcasmo, en diciembre de 1951, el ministro de Educación y Ciencia, Joaquín Ruiz-Giménez Aguilar, presidió un acto de homenaje a los catedráticos de Instituto y uno de los obsequiados era Julio Juan y Blanquer.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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