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lunes, 3 de marzo de 2014

BENITO HERNANDO ESPINOSA

HERNANDO ESPINOSA, Benito
[Cañizar, 1846 / Guadalajara, 24 de julio de 1916]

Benito Hernando Espinosa nació en el pueblo alcarreño de Cañizar el 21 de marzo de 1846 y falleció en la ciudad de Guadalajara el día 24 de julio de 1916. Era su padre Juan de Dios Hernando, que ejercía en esa localidad el oficio de cirujano, y fue el mayor de los hijos de la familia, al que siguieron sus dos hermanas: Emilia y Ángela. Contrajo matrimonio con la granadina María Monge, con la que tuvo cuatro hijos; sin embargo, ni su esposa ni ninguno de sus hijos le sobrevivió, por lo que pasó solo los últimos años de su vida.
Cursó los estudios primarios en la escuela de Cañizar, de la que era maestro Manuel Pareja. Al llegar a la edad del iniciar el Bachillerato, marchó a la capital alcarreña, pues aunque la familia no andaba sobrada de recursos, en la plaza de San Andrés (en un edificio que luego ocupó el número 18 de la calle Mayor Baja) vivía su abuela paterna que le acogió y gracias a la cual pudo matricularse y completar la enseñanza secundaria.
Al principio le atrajo el teatro y con sólo doce años organizó una compañía de aficionados con la que representó el Don Juan Tenorio de José Zorrilla, pero reclamado por su familia, se dedicó al estudio y abandonó las representaciones, aunque toda su vida mantuvo un enorme interés y afición por el arte en general, y muy especialmente por la música y por la pintura. En sus últimos años, cuando la enfermedad le dejó postrado, gastaba el tiempo en escribir comentarios históricos y artísticos a colecciones de postales que se hacía llevar y que distribuía entre sus amigos.
Aunque la mejor prueba de su amor por la pintura es la anécdota que asegura que en 1882 fue el modelo que sirvió al pintor aragonés Francisco Pradilla Ortiz para representar al rey Boabdil en su famoso cuadro La rendición de Granada, que le había sido encargado por el Senado; desde luego, el parecido es muy notable.
Bajo el magisterio de sus profesores José Julio de la Fuente, catedrático de Historia, y Román Biel, de Latín, terminó con notable aprovechamiento sus estudios de Bachillerato y tuvo que elegir su futura orientación profesional. A pesar de la influencia de su padre, que le empujaba al ejercicio de la medicina, y de un pariente que era profesor de la Academia de Ingenieros militares de Guadalajara, que le animaba a ingresar en la milicia, optó por cursar estudios de Ciencias en la Universidad Central de Madrid.

Su carrera profesional
De nuevo se interponían las dificultades económicas de la familia, pero la acogida que le dispensó en la Corte su tío Pedro Espinosa, cura de la parroquia de San Sebastián de Madrid, le permitió vivir en su casa y poder matricularse en la madrileña Facultad de Ciencias. Y allí, en un ambiente clerical, creció y maduró Benito Hernando, que fue siempre un hombre muy religioso, de profundas convicciones católicas que nunca encontró incompatibles con la ciencia.
En 1867 obtuvo la licenciatura en Ciencias Físico-químicas y al año siguiente ganó el doctorado en esa misma disciplina con una tesis titulada “Necesidad del estudio profundo de la química analítica para el adelantamiento de las ciencias y de las Artes provechosas á la pública prosperidad”. Fue Ayudante y Auxiliar en la Cátedra de Química general que regentaba Ramón Torres Muñoz de Luna, llegando a ocupar interinamente esa Cátedra. Ya alumno de la Facultad de Ciencias, optó por simultanear sus estudios con los de Medicina, pensando siempre en dedicarse a la enseñanza y nunca en ejercer como médico. En 1869 alcanzó esta segunda licenciatura en Medicina y en 1870 mereció el doctorado en esta misma Facultad, mientras se formaba como alumno interno en el Hospital de San Carlos.
Disponiendo de ambas licenciaturas, y dotado como estaba de una brillante inteligencia, en 1872 ganó con facilidad la Cátedra de Terapéutica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada. A partir de entonces, y durante su carrera profesional, fue miembro de los tribunales encargados de la provisión de diferentes cátedras de Medicina. Además, en 1877 participó en el Congreso Médico Andaluz, animado por el doctor Juan Creus, también alcarreño y también catedrático en la Facultad granadina.
En la ciudad andaluza fue, durante un corto período, director del Hospital de San Juan de Dios y, al mismo tiempo, atendía a un grupo de enfermos de lepra y daba clases de Dermatología a alumnos libres y de forma desinteresada. Como resultado de esa experiencia en 1881 publicó, a sus expensas y sin apoyo económico, De la lepra en Granada, que según sus palabras es “una recopilación de las investigaciones hechas en la Cátedra Libre de Dermatología de la Facultad de Medicina de Granada, desde el curso 1871 a 1872 hasta la fecha”, libro que fue muy bien recibido tanto en España como en el extranjero. En 1885 tuvo una actitud tan altruista con motivo de la epidemia de cólera que asoló ese año al país que se le concedió la Cruz de Beneficencia, que sin embargo rechazó.
En Granada fue, sobre todo, un profesor que supo agrupar en torno a él a una legión de alumnos entusiastas y fieles discípulos. Uno de ellos, el doctor Velasco Pajares, destacaba su labor docente; en un artículo publicado en el diario ABC el 16 de marzo de 1918 se preguntaba: “¿Por qué, pues, la figura médica de este hombre se agranda cada día, y apenas iniciada la idea de honrar su memoria se agrupa la clase médica española, con rara unanimidad? La razón se halla en que supo ser maestro”.
En 1887 se trasladó a la misma Cátedra de Terapéutica en la Universidad Central, donde permaneció el resto de su vida profesional. En la universidad madrileña coincidió con Santiago Ramón y Cajal, que ya conocía sus estudios y trabajos. A pesar de la diferencia de ideas, se entabló entre ellos tan fuerte amistad que el doctor Benito Hernando ejerció como el médico de confianza de la familia del Premio Nobel. Santiago Ramón y Cajal en la segunda parte de su libro Historia de mi labor científica dedicó un capítulo a glosar la “Semblanza de algunos de mis amigos y colegas de facultad hoy desaparecidos”, donde recogía su relación con Benito Hernando junto a Julián Calleja, Francisco Letamendi...
El 13 de abril de 1893 fue elegido nuevo académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina, tomando posesión el 31 de marzo de 1895 con un discurso titulado “Algunos detalles del tratamiento de las enfermedades sifilíticas del sistema nervioso”, que fue contestado por el doctor Federico Rubio Galli.
Pronunció los discursos inaugurales de los cursos 1877-1878 en la Universidad de Granada y 1898-1899 en la Central de Madrid, que fueron editados. En éste último, titulado “IV Centenario de algunas fundaciones del cardenal Cisneros”, trató “sobre la obra del cardenal Cisneros, como fundador de varios centros de enseñanza, como la Universidad de Alcalá de Henares, y benéficos”, según noticia de la prensa.

Su personalidad
Fumador empedernido, que encendía un cigarrillo con el anterior, tuvo una salud quebradiza, que le obligó a pedir anticipadamente la jubilación por no poder atender sus obligaciones docentes, retiro que se le concedió en mayo de 1908. Quebrantado por la enfermedad, que finalmente le dejó paralítico, se retiró a Guadalajara, a la misma casa en la que había vivido con su abuela en los felices años del Bachillerato.
A su muerte se le tributaron varios homenajes. En la ciudad de Guadalajara, donde vivió y donde murió, el 15 de abril de 1917 se convocó un sencillo homenaje, en el que se colocó una placa en su recuerdo en la calle del Museo, donde se encontraba el Instituto en el que había estudiado, y finalmente se le cambió el nombre a esta vía, que fue rebautizada como calle del doctor Benito Hernando.
Por su parte, la Real Academia de Medicina organizó en Madrid un acto el 15 de abril de 1918 en el Anfiteatro de Hospital de San Carlos, que estuvo totalmente ocupado, donde intervinieron el doctor Carlos María Cortezo, Manuel Tolosa Latour, Andrés Manjón, que envió unas cuartillas que fueron leídas, y otros muchos, que glosaron su personalidad y sus distintas facetas: artística, historiador, científico y profesor. La revista El Siglo Médico instituyó un premio para el mejor alumno de Terapéutica de la Facultad de Medicina de Madrid, que se dotó con el donativo de varios médicos y profesores.
Hombre de una cultura vastísima, era muy amante de la conversación, que solía salpicar con sus amplios conocimientos en tan variadas materias, por lo que algunos le consideraban pesado y reiterativo, pero sus jóvenes alumnos apreciaban los datos y experiencias que les proporcionaba con amenidad, porque además cultivaba la ironía y el sentido del humor. Al mismo tiempo, a los que se le acercaban por primera vez les parecía despegado y desabrido, aunque tenía un carácter brusco y muy emotivo.
Quizás nada retrate mejor al personaje que la anécdota que José Luis Puerta recupera en un artículo titulado “El doctor Pío Baroja”, donde cuenta que el doctor Benito Hernando “se empeñaba en sus clases en explicar que en los territorios ricos en metales, como era el caso de Vascongadas, ‘la gente era más escrofulosa y más torpe que en otras tierras’. Y, al terminar semejante explicación, buscaba la mirada de su vecino [...] para provocarle. Como Baroja no se quería dar por enterado, un día en clase le espeta directamente esta pregunta: ‘¿Usted no ha notado que hay muchos vascos torpes y con la mandíbula colgante?’. El estudiante le responde que no, pero el profesor insiste en la pregunta, mientras que las risas y el ambientillo de la clase suben de tono, por lo que el alumno se ve forzado a responder de otra manera: ‘No, señor; no he notado que los vascongados sean más brutos que los de Guadalajara’. La situación se sale de madre y se intercambian los consabidos: ‘usted esto no me lo dice en la calle’, ‘ahora mismo’, etcétera. La refriega se da por concluida cuando el profesor le indica a su discípulo: Vaya usted a otra Universidad”. Y así lo hizo el futuro médico y escritor Pío Baroja Nessi.
JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 28 de febrero de 2014

LEÓN LÓPEZ Y ESPILA

LÓPEZ Y ESPILA, León
[San Clemente, 1799 / Madrid, 1873]

Nació en 1799 en la localidad conquense de San Clemente, hijo de una familia de ricos propietarios agrarios. Para poder estudiar, durante su juventud, residió varios años en la ciudad de Guadalajara. Vuelto a su pueblo natal, después del pronunciamiento de Rafael del Riego en enero de 1820, mostró públicamente su simpatía por el régimen constitucional y entró a formar parte de la Milicia Nacional.
Cuando en 1823 el gobierno liberal fue derribado por los absolutistas, se vio forzado a abandonar la provincia de Cuenca ante la inquina de sus convecinos realistas que, inducidos por el clero, estuvieron a punto de lincharle en la plaza de San Clemente y que, finalmente, consiguieron que se le abriesen varias causas judiciales, en las que fue declarado inocente pero que agotaron su patrimonio particular.
Para sustraerse de la hostilidad de sus convecinos, abandonando a su esposa y al resto de su familia, se trasladó a la ciudad de Granada, donde entró en contacto con la clandestinidad liberal y perteneció al mismo círculo revolucionario que Mariana Pineda. En 1827 fue detenido y puesto a disposición de José Salelles y Palos, regente de la chancillería de Granada e Intendente interino de Policía en esa capital andaluza, que consiguió desvelar las instrucciones para los conjurados que habían sido escritas con tinta simpática en las cartas que se le aprehendieron en el momento de su detención.
Acusado formalmente de conspiración contra el rey Fernando VII, su causa fue instruida por Ramón Pedrosa, alcalde del crimen de la Chancillería granadina y juez regio encargado de estas causas, que le tuvo incomunicado y encadenado en un lóbrego calabozo durante casi tres meses. Sin embargo, y para su fortuna, no fue el encargado de dictar la sentencia, pues a raíz de la agitación de los absolutistas más intransigentes, Ramón Pedrosa fue suspendido temporalmente de su cargo y José Salelles encerrado en el castillo de Murviedro, junto a Sagunto. Según él mismo reconocía, sólo estas circunstancias le salvaron del patíbulo y redujeron su condena a ocho años de cárcel en el presidio de Ceuta, especialmente riguroso.
Gracias a su formación y a los recursos que le enviaba su familia, fue empleado en las dependencias del Hospital del presidio ceutí y pudo dedicarse a los negocios. En 1830, conocedor de que José María Torrijos había llegado a Gibraltar para organizar un levantamiento liberal, en el que participaban sus antiguos compañeros de Granada, consiguió escapar de Ceuta y desembarcar en el vecino territorio marroquí para llegar a Tetuán. De allí fue enviado por las autoridades marroquíes a Tánger donde, traicionado, fue entregado al cónsul español en esa ciudad que, atado y amordazado, lo envió de vuelta a Ceuta. Interceptados por el Bajá, León López y Espila no encontró otra forma de salvar su vida que renegar del cristianismo y convertirse al islam, evitando su extradición y asegurando así su permanencia en territorio marroquí.
Una vez a salvo, no tuvo otro objetivo que incorporarse a la lucha política en España, pero el fracaso de la invasión de José María Torrijos el 2 de diciembre de 1831 le impidió llevar a cabo su propósito. Decidido a abandonar Marruecos y ansioso por trasladarse a Francia, donde después de la revolución de 1830 soplaban vientos favorables para los liberales españoles, en 1832 consiguió embarcar y llegar al puerto de Marsella, para viajar después a Tours y París. No fueron fáciles para él sus años en Francia; tuvo que presentarse ante el arzobispo parisino para ser acogido en el seno de la Iglesia Católica, aunque su conversión al Islam había sido su último recurso para librarse del patíbulo, y sufrió severas penurias económicas que sólo fueron aliviadas por la solidaridad de Pedro Méndez de Vigo, Álvaro Flórez Estrada, la viuda de José María Torrijos y otros exiliados españoles con una posición económica más desahogada.
Todavía tuvo que esperar en Francia varios años hasta que le llegó la amnistía personal y se le permitió volver a España. Aunque aún en vida de Fernando VII, y como consecuencia de las cambiantes circunstancias políticas, se decretó en 1832 una primera y restrictiva amnistía, que fue ampliada por otras medidas posteriores, hasta abril de 1835 no pudo regresar, entrando por La Junquera para dirigirse a Barcelona y, finalmente, llegar a Madrid.
A su regreso publicó el libro Los cristianos de Calomarde y el renegado por fuerza, que salió de la madrileña imprenta de Fernández Angulo en el mes de septiembre de 1835, una obra excepcional porque relata la aventura de los liberales hispanos exiliados en el norte de África durante el reinado de Fernando VII, un grupo ciertamente muy reducido pero cuyo destierro nada tuvo que ver con el de los que se instalaron en París o Londres. Aunque él lo presenta como un relato rigurosamente veraz, y seguramente la mayoría de lo que cuenta y describe ocurriese realmente, parece evidente que algunos de los episodios o personajes están teñidos por el romanticismo de la época. Y si el estilo no es muy cuidado y en ocasiones resulta demasiado coloquial, no se puede negar que es ágil y muy personal, lo que da al libro un cierto atractivo y refuerza la autenticidad del relato.
Hoy en día, el principal interés que despierta este libro es el de una narración costumbrista que nos cuenta, desde dentro y en primera persona, las costumbres y formas de vida en el norte de África en esos años. Si las Cartas Marruecas de José Cadalso nos mostraban la España de su tiempo, bajo el recurso literario de un autor marroquí, León López y Espila entra de lleno en la moda orientalista de principios de siglo y nos ofrece un panorama de Marruecos visto con ojos españoles.
La amnistía que le concedió la Reina María Cristina de Borbón, regente de su hija Isabel II, le habilitaba para ocupar cargos públicos, que eran apetecidos por aquellos que habían perdido años y haciendas en defensa del régimen constitucional. A poco de llegar, León López fue nombrado archivero de los Guardias de la Real Persona, con un sueldo anual de 12.000 reales y en abril de 1836 se le designó Tesorero de Rentas de la provincia de Guadalajara, volviendo a residir en la capital alcarreña. Más adelante, fue destinado en la provincia de Ávila, y allí se encontraba en septiembre de 1840, cuando una rebelión progresista colocó al general Baldomero Espartero al frente del país como Regente y forzó el exilio de la reina María Cristina de Borbón, formando parte como vocal de la Junta Revolucionaria abulense que presidía Joaquín Pérez, y ejerciendo en un primer momento como Intendente de la provincia, siendo también nombrado Secretario Honorario de Su Majestad.
Desde ese momento, León López y Espila alternó sus nombramientos como Tesorero Provincial y otros puestos similares durante los breves períodos de gobierno progresista, con la persecución y el ostracismo que sufría cuando los moderados llegaban al poder. Si en 1840 perteneció a la Junta Revolucionaria de Ávila, en julio de 1854 le encontramos en la Junta de Gobierno de la provincia de Guadalajara, constituida el 21 de julio de 1854 como consecuencia del pronunciamiento del general Leopoldo O’Donnell que volvió a poner al general Baldomero Espartero al frente del gobierno de la nación, y de la que formaban parte José María Medrano López-Soldado, José Domingo de Udaeta, José Serrano, José Martínez, Diego García Martínez, Joaquín Sancho Garrido, Casimiro López Chávarri y Cayetano de la Brena. Aunque más tarde abandonó la provincia alcarreña, su familia siguió vinculada a Guadalajara.
También apoyó la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 que, a pesar de estar próximo a cumplir los 69 años de edad, le devolvió su puesto como contador de primera clase en el Tribunal de Cuentas, hasta que las reformas administrativas emprendidas por la Primera República le volvieron a declarar cesante, por lo que el periódico antimonárquico La Discusión publicó un artículo reconociendo sus méritos y recomendando que no fuese olvidado por el gobierno de un régimen que León López y Espila “mira con júbilo [como] la realización de la idea que él ha sostenido en su larga vida con abnegación admirable”. Pero nada se hizo, y en la segunda quincena de octubre de 1873 la Junta de pensiones civiles aprobó concederle la jubilación, cuando cumplía los 72 años de edad.
En los períodos en que estuvo cesante se ocupó de sus negocios particulares, y así sabemos que fue director gerente de la Compañía minera Segundos Palacios y Golondrinos. Además, el 24 de noviembre de 1860 publicó la Gaceta una Real Orden del gobierno que le concedía “el domino a perpetuidad de las aguas halladas por medio de investigaciones subterráneas en los terrenos del común en la villa de Mancha Real”, en la provincia de Jaén.
Como prueba de su lealtad al liberalismo progresista, estaba “condecorado con las cruces y placas del valor cívico en grado heroico, de sufrimiento por la patria, del pronunciamiento del 54, del año 72, de la Milicia Nacional y otras muchas”.
JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 21 de febrero de 2014

MARÍA DEL CARMEN MARTÍNEZ SANCHO

MARTÍNEZ SANCHO, María del Carmen
[Toledo, 8 de julio de 1901 / Sevilla, 1995]

Nació en la ciudad de Toledo el 8 de julio de 1901 y falleció en Sevilla en 1995. Vino al mundo en la capital toledana pues ese era entonces el destino de su padre, el funcionario madrileño José Martínez Simarro, que era ayudante de Obras Públicas. Su madre, Emilia Sancho Lahoz, había nacido en el pueblo turolense de Aliaga, y el matrimonio tuvo, además de algunos hijos varones, dos hijas: María del Carmen y María del Pilar, que nació en Monzón el 2 de noviembre de 1907 y que fue licenciada en Ciencias Físicas y Químicas.
Contrajo matrimonio con el profesor Alberto Meléndez.
Después de completar los estudios primarios, que ella no cursó en la Institución Libre de Enseñanza como sus hermanos, se matriculó en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid para estudiar el Bachillerato, alcanzado el título en 1918. Ingresó en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid, y en su primer curso, común a todas las ramas, tuvo como profesores a los matemáticos Cecilio Jiménez Rueda, que impartía Geometría Métrica, y Julio Rey Pastor, que explicaba Análisis Matemático; bajo su influencia, orientó su inquietud científica hacia el estudio de las Ciencias Exactas.
Precisamente por instigación del profesor Rey Pastor, colaboró con el Laboratorio y el Seminario Matemático universitario, junto con notables investigadores como Pedro Puig Adam, Fernando Lorente de No, Tomás Rodríguez Bachiller y Ángel Saldaña. En la Memoria trienal que este centro entregó en 1925 a la Junta para la Ampliación de Estudios ya se recogía su aportación a las actividades científicas realizadas en los cursos anteriores.
El 28 de enero de 1924 obtuvo la licenciatura en Matemáticas y dieron comienzo sus estudios de Doctorado bajo el magisterio de José María Plans Freire. En 1928 fue la primera española que alcanzaba el grado de Doctora en Matemáticas con una tesis, que fue Premio Extraordinario ese año, sobre “Contribución al estudio de los espacios normales de Bianchi”. Además, desde 1925 formó parte de la Sociedad Matemática Española, de la que fue vocal en su Junta Directiva en 1927, y formó parte del comité de redacción de la Revista Matemática Hispano-Americana.
A partir del año 1922, aunque lo solicitó sin éxito por primera vez en 1920, asistió a los cursos de Magisterio Secundario del Instituto-Escuela de Madrid, una actividad dedicada a formar a los futuros profesores de Bachillerato. Preparó con éxito las oposiciones y en junio de 1928, una vez terminada su tesis doctoral, ganaba por oposición la Cátedra de Matemáticas en el Instituto de Ferrol. Fue la primera catedrática de Matemáticas y la quinta mujer que accedió al escalafón de profesores de Instituto, por lo que el Lyceum Club femenino de Madrid organizó en mayo de 1928 un té en su honor al que asistieron distintas personalidades.
Al año siguiente, se trasladó al Instituto Femenino Infanta Beatriz de Madrid, un centro de nueva apertura en el que se favorecía la incorporación del profesorado femenino, y para el que fue nombrada por una Real Orden del 18 de enero de 1930. Desde su nuevo destino solicitó por primera vez una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE), que no se le concedió. Sin embargo, obtuvo del Ministerio de Instrucción dos meses de licencia para viajar a Alemania con un grupo de quince alumnos del Instiuto-Escuela con el fin de visitar los centros fabriles del país.
El 30 de abril de 1930 el catedrático de Matemáticas del Instituto de Guadalajara, José Antonio Sánchez Pérez, se trasladó al Instituto-Escuela de Madrid, al mismo tiempo que los profesores de Agricultura, Luis Crespí Jaume, y de Filosofía, Martín Navarro Flores, del mismo centro educativo alcarreño. Ocupó esta plaza vacante la profesora María del Carmen Martínez Sancho, hasta que el 20 de julio de 1931 cesó en su Cátedra de matemáticas del Instituto de Guadalajara por permuta con el profesor Joaquín García Rua del Instituto de Ciudad Real, aunque no debió de incorporarse a la ciudad manchega por haber empezado a disfrutar una beca de la JAE. Se convirtió así en la primera mujer que perteneció al claustro de profesores del Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara.
El 27 de noviembre de 1930, durante su estancia en la capital alcarreña, obtuvo una beca de la Junta para Ampliación de Estudios para trasladarse durante dieciocho meses a Alemania, con el fin de estudiar Geometría Miltidimensional, marchando a Berlín en el mes de enero del año 1931, completando su formación con los profesores Adolf Hammerstein, Ludwig Bieberbach e Issai Schur.
En 1932, de vuelta de su estancia en Alemania, se incorporó al cuadro de profesores del Instituto-Escuela de Sevilla, donde también dirigía su Residencia de Estudiantes. Al comenzar la Guerra Civil, este centro educativo, como todo lo que estaba inspirado en la Institución Libre de Enseñanza, fue clausurado. Después del preceptivo expediente de depuración, no fue separada de la docencia y se le reconoció el puesto como catedrática de sexta categoría con un sueldo anual de 12.000 pesetas, según se dice por gozar de la protección de Manuel Lora Tamayo, que había sido su alumno. Así, la profesora Martínez Sancho pudo seguir impartiendo clases desde 1938, pero en el Instituto Femenino Murillo de la capital hispalense, hasta el año 1974 que se retiró definitivamente de la docencia. El Ayuntamiento sevillano puso su nombre a una calle de la ciudad.
JUAN PABLO CALERO DELSO

MARCELINO MARTÍN GONZÁLEZ DEL ARCO

MARTÍN GONZALEZ DEL ARCO, Marcelino
[Cespedosa de Tormes, 13 de marzo de 1888 / Guadalajara, 1940]

Marcelino Martín González del Arco nació el 13 de marzo de 1888 en Cespedosa de Tormes, localidad de la comarca del Alto Tormes, a unos sesenta kilómetros de la capital provincial. Realizó sus estudios secundarios en Salamanca e ingresó en la Facultad de Ciencias de su Universidad, donde obtuvo el grado de licenciado en Ciencias Físicas. Durante su paso por las aulas universitarias entabló relación con el profesor Miguel de Unamuno, que dejó en él una huella profunda.
Contrajo matrimonio con Baldomera Rodríguez Martín, nacida en la ciudad de Salamanca y seis años menor que él, y tuvieron tres hijos: Concepción, Marcelino y Manuela, que nacieron entre 1921 y 1926. En Guadalajara vivían en un piso al final de la calle popularmente conocida como del Museo, en el número 29, frente al palacio de la Cotilla, que era la residencia del conde de Romanones.

Su carrera docente

Al concluir sus estudios, mostró su vocación por la docencia y desde 1914 ejerció como Inspector de Primera Enseñanza en las provincias de Palencia y Salamanca como funcionario interino. En 1913 concurrió, y aprobó dos años después, las oposiciones para catedrático de Física y Química y fue destinado al Instituto General y Técnico de Guadalajara, donde impartió la docencia en esa materia desde 1916 hasta 1937. En este centro educativo fue prácticamente todo menos director: secretario en la década de los años 20, presentando y publicando las Memorias correspondientes, vicedirector, organizó los laboratorios, cooperó en la revista que sacaron sus alumnos de la Federación Alcarreña Escolar...
En todas sus actividades en el Instituto dejaba la impronta de su calidad humana e intelectual; hasta cuando leía la preceptiva Memoria en la inauguración del nuevo curso, la prensa conservadora no podía dejar de reconocer que “El secretario D. Marcelino Martín leyó la Memoria de ritual. El prestigio del joven catedrático basta para darse cuenta del trabajo que, saliéndose de los viejos moldes, rompió con la tradición, al escribir unas cuartillas amenas, sonoras y concretas, que ofreció al público que aplaudió con entusiasmo la bien redactada Memoria del insigne Catedrático de Química”.
Fue, además, un firme valladar desde el Ayuntamiento de la Escuela Laica y animador de la Escuela de Artes y Oficios municipal, instalada en el edificio de la anterior generosamente cedido por Fernando Lozano y Tomás de la Rica. También ejerció como Inspector de Enseñanza Secundaria y fue autor de algunas obras didácticas, entre las que destaca un manual escrito con Modesto Bargalló, catedrático de Ciencias en la Escuela Normal de la capital alcarreña.
Muy pronto fue conocido y valorado más allá de los límites de la provincia guadalajareña. Así, cuando para elaborar un nuevo plan de estudios para el Bachillerato, el ministro de Instrucción Pública Filiberto Villalobos se puso en contacto con algunos profesores de Instituto de las distintas materias, eligió en Física y Química a los catedráticos de Instituto Andrés León, Luis Olbés y Marcelino Martín para que participasen en su diseño. El nuevo plan fue aprobado por el Consejo de Instrucción Pública y el decreto se firmó el 29 de agosto de 1934.
Y cuando después de las elecciones de 1936 el nuevo gabinete del Frente Popular decidió acometer con urgencia las reformas que actualizasen las iniciadas en 1931 y que le permitiesen aplicar su programa político, creó el 26 de febrero de 1936 una “Junta de substitución encargada de organizar cuanto se relacionase con la Segunda enseñanza y la enseñanza profesional en su grado medio”, nombrada finalmente en abril de ese año, a la que pertenecía Marcelino Martín junto a Luis Crespí Jaume y Martín Navarro Flores, que también habían sido profesores del Instituto arriacense.

Su acción política
Ya en 1917 mostró públicamente sus simpatías por el socialismo, y junto al también profesor del Instituto arriacense Segundo Sabio del Valle, firmó el manifiesto de apoyo hacia Julián Besteiro, preso en el penal de Cartagena por pertenecer al Comité de la Huelga General de ese año. En 1919 se afilió a la Agrupación Socialista de Guadalajara, que había desaparecido antes de empezar el siglo XX, después de ser la segunda que se fundó en toda España, y que fue reconstruida a partir de 1911.
Desde su ingreso en el PSOE se convirtió en su militante más destacado y en uno de los más activos. Representó a los socialistas alcarreños en los Congresos Extraordinarios de 1919 y 1921, en los que se solventó el ingreso del partido en la Tercera Internacional, en el XII Congreso del año 1928, en el también Extraordinario de 1931, celebrado a caballo de la proclamación de la Segunda República, y en el Congreso ordinario de 1932, en el que formó parte de las comisiones de “Cuestiones agrarias”, “Programa municipal”, “Cuestiones de orden interno” y “Peticiones a los poderes públicos”. En estos comicios se mostró como un militante moderado, más próximo a la corriente de ortodoxia marxista de Julián Besteiro, catedrático de Lógica de la Universidad Central madrileña, con el que tenía una afinidad de carácter que iba más allá de la identidad ideológica. Esa inspiración besteirista, alejada tanto de las politiquerías de Indalecio Prieto y del radicalismo de Largo Caballero, impregnó a la Agrupación Socialista de Guadalajara.
Además, fue el director de Avante, el primer órgano periodístico de la Agrupación Socialista de Guadalajara. En el siglo XX la Federación de Sociedades Obreras de Guadalajara ya había contado con dos órganos periodísticos: La Alcarria Obrera, entre 1906 y 1911, y Juventud Obrera, entre 1911 y 1920, pero ninguno de los dos fueron nunca considerados órganos socialistas, atendiendo a la pluralidad de corrientes que convergían en la UGT alcarreña. En 1920 los socialistas optaron por tener un portavoz orgánico y sometido a la obediencia del partido y fundaron Avante, que pusieron bajo la dirección de Marcelino Martín. Eso le permitió, ya durante los años previos a la Segunda República, formar parte de la Asociación de la Prensa de Guadalajara y ocupar alguno de sus cargos directivos. No cabía duda de que el periódico cumplía sus objetivos de agitación de los espíritus, pues los católicos advertían: “Nadie puede leer Avante sin gravar mortalmente su conciencia”. Cuando el 18 de abril de 1931 ocupó la alcaldía de la capital alcarreña, pasó el testigo de la responsabilidad del periódico a Gabriel Vera, aunque siguió colaborando con ésa y otras cabeceras de la prensa de la izquierda alcarreña, como Ruta.
Pero la actividad más interesante que desarrolló, sobre todo entre 1927 y 1931, fue la extensión del PSOE más allá de los límites de la ciudad y de sus habituales círculos de los trabajadores urbanos. Junto a Miguel Bargalló, Gregorio Tobajas y alguno más, realizó numerosas giras de propaganda que atrajeron a las filas socialistas a un buen número de campesinos y que fueron la base del éxito que permitió a su partido romper, aunque fuese parcialmente, la hegemonía del cacicazgo romanonista.

Su actividad social
Marcelino Martín se convirtió en el mejor propagandista del PSOE en la provincia de Guadalajara, a causa de su indudable magisterio entre los alumnos del Instituto de Guadalajara, algunos de los cuales como Antonio Buero Vallejo colaboraron con él en distintas iniciativas; su indiscutible prestigio intelectual y su constante cercanía a los vecinos de la ciudad, se ponía en evidencia todas las tardes en la concurrida tertulia a la que asistía en el Café de Columnas de la capital alcarreña y que fue una cátedra de sabiduría popular y formación política.
El 17 de noviembre de 1924 ingresó en la Logia Ibérica número 7 de Madrid y su iniciación masónica se hizo el 8 de abril de 1925, junto con Miguel Bargalló Ardevol, formando ambos parte del Triángulo masónico de Guadalajara con Miguel Benavides Shelly, que ya había sido iniciado años atrás. Con nuevos hermanos, levantaron en 1927 la Logia Arriaco, donde tenía el nombre simbólico de “Salamanca”.
También fue socio del Ateneo Instructivo del Obrero y ya en 1924 ocupó la vicepresidencia de este centro obrero en la Junta elegida para ese año. Sin embargo, desarrolló prioritariamente su actividad cultural por medio de la Casa del Pueblo, que en esos años dispuso de biblioteca y gimnasio, ofrecía clases para adultos y sostenía los equipos de la Sociedad Deportiva Obrera.

Su participación en las instituciones de la República
Toda la labor de extensión y crecimiento del PSOE y todo el prestigio social acumulado se tradujeron en una presencia institucional destacada desde el mismo momento de proclamarse la Segunda República. No carecía de experiencia, porque ya había salido elegido concejal del municipio arriacense en las elecciones de 1922, en las que se presentó abiertamente como candidato socialista. Esta experiencia se vio reforzada durante la Dictadura de Primo de Rivera, pues mientras el movimiento libertario, y su expresión organizada que era la CNT, fueron puestos fuera de la ley y perseguidos, los socialistas no sólo fueron tolerados sino que se reservaron en el Ayuntamiento concejalías para los representantes obreros, que ocuparon Luis Martín Lerena ó Miguel Bargalló.
Volvió a ser elegido concejal en los comicios del 12 de abril de 1931, en los que la conjunción republicano-socialista derrotó a la candidatura monárquica apoyada por el conde de Romanones; habían pasado treinta años desde que los liberales desplazaron irregularmente a una mayoría de republicanos federales, con el alcalde Manuel Diges Antón al frente de ese mismo Ayuntamiento. Como electo en esas elecciones, le correspondió con Jorge Moya de la Torre proclamar la República desde el balcón de las Casas Consistoriales en la tarde del 14 de abril. Cuatro días después fue elegido alcalde de la capital alcarreña, cargo en el que se mantuvo hasta el 15 de enero de 1934.
En las elecciones para Cortes Constituyentes celebradas en el mes de junio de 1931 se presentó como candidato en la lista de la conjunción republicano-socialista y salió elegido con un amplio respaldo electoral, aunque el conde de Romanones volvió a conseguir un acta por la circunscripción única de la provincia alcarreña. En el Congreso participó en los debates para la elaboración de la Constitución de 1931 y perteneció a las Comisiones de Agricultura, de Guerra y de Reglamento. Suscribió con su amigo Rodolfo Llopis, y algún diputado socialista más, una enmienda al artículo 46 del proyecto constitucional sobre la Escuela Única, que se convirtió en el 48 del texto definitivo. También fue uno de los diputados que votaron a favor de la enseñanza en catalán, tal y como venía recogida en el articulado del Estatuto de Cataluña.
Como diputado por Guadalajara fue muy reseñable su campaña para salvar la factoría de La Hispano y mantener el empleo para sus obreros, que eran la base electoral de las izquierdas. La incomprensión del gobierno republicano en general, y de Manuel Azaña en particular, le pasó factura al PSOE como le advertía Marcelino Martín en un telegrama que le remitió: “600 obreros que han trabajado con nosotros por traer la República y por extirpar el caciquismo tienen derecho a no recibir como pago de su abnegación un porvenir de hambre y de miseria”.
En las elecciones de noviembre de 1933, como candidato del Partido Socialista, y en las de febrero de 1936, en la lista del Frente Popular, volvió a concurrir, pero no consiguió obtener el acta de diputado en ninguna de las dos ocasiones, aunque en estos últimos comicios la lista unitaria de las izquierdas obtuviese la victoria en la capital alcarreña y en casi un centenar de pueblos de la provincia. Sin embargo en las elecciones para compromisarios para la elección de nuevo presidente de la República, celebradas en el mes de junio en un clima de exaltación política, ganó a las derechas e incrementó el número de sus votos.
En vísperas de la Guerra Civil, y como consecuencia del respeto que en todos inspiraba, fue uno de los elegidos para ponerse en contacto con los jefes y oficiales de la guarnición de Guadalajara, que en todo momento le confirmaron su lealtad al legítimo gobierno republicano. Y él, que había formado parte en octubre de 1934 del Comité Revolucionario de la provincia, no sospechó que esas declaraciones eran tan sólo una argucia para dar tiempo a que el golpe militar se consolidase en las provincias vecinas.

El Instituto para Obreros de Madrid
El 1 de febrero de 1937 se anunciaba públicamente la apertura del Instituto para Obreros de Valencia, al que siguieron los de Sabadell, seguramente no por casualidad la patria chica de los hermanos Bargalló, luego Barcelona y, finalmente, Madrid. El final de la Guerra Civil impidió que se abriesen nuevos centros que ya estaban proyectados. El objetivo de estos Institutos para Obreros era formar a las élites intelectuales del futuro más inmediato, extraídas de las filas de la clase trabajadora. Así jóvenes de familias obreras que no habían podido estudiar por haber tenido que ayudar al sustento familiar desde muy temprana edad, tenían ahora la oportunidad de ingresar, después de un riguroso examen, en estos Institutos y completar dos cursos en un sólo año, con el propósito de acelerar su ingreso en la Universidad y ser los profesionales e intelectuales de mañana. Además, para ingresar en los Institutos se exigía un aval de un sindicato.
Marcelino Martín, que había seguido dando clases en el Instituto durante el conflicto bélico, fue nombrado Comisario-Director del Instituto para Obreros de Madrid, instalado en un palacete de la calle de José Abascal con magníficas instalaciones, laboratorios excelentemente dotados y amplios jardines. Se escogió, además, un profesorado selecto y que compartía los propósitos del proyecto; del Instituto de Guadalajara se integraron en el claustro de profesores del Instituto Obrero de Madrid su director y José Robledano, profesor de dibujo.
A punto de terminar la Guerra Civil, Marcelino Martín emprendió la huida, como tantos, hacia el puerto de Alicante, con la secreta esperanza de ser rescatado por algún barco y marchar al exilio. No tuvo esa posibilidad y fue detenido y encerrado, como tantos otros, en el castillo de Santa Bárbara, a la espera de ser identificado y trasladado a Guadalajara. En la capital alcarreña fue juzgado, condenado a muerte el 21 de diciembre de 1939 bajo la acusación de haber incitado al asesinato, aunque no se pudo probar ningún caso concreto, y fusilado el 26 de abril de 1940.
Su frío asesinato en la tapia del cementerio arriacense conmovió a la ciudad, que acogió con respeto a su viuda e hija. Muchos vecinos criticaron y condenaron en el interior de sus conciencias la muerte de un hombre bueno, que mereció como pocos el título de “apóstol de la cultura popular”.
JUAN PABLO CALERO DELSO