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jueves, 28 de noviembre de 2013

TOMÁS ESCRICHE Y MIEG

ESCRICHE MIEG, Tomás
[Burdeos, 1844 / Barcelona, 1918]

Celestino Tomás Escriche Mieg nació en la ciudad francesa de Burdeos en 1844 y falleció en Barcelona en 1918. Cursó estudios de segunda enseñanza en el Instituto de Noviciado de Madrid, obteniendo sobresaliente en todas las asignaturas del Bachillerato y varios premios extraordinarios. Alcanzado el grado de bachiller, se matriculó en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central madrileña, y más concretamente en su sección de Ciencias Físicas, donde consiguió el título de licenciado en 1870.

Su carrera docente
Al concluir sus estudios universitarios pasó a impartir clase en un colegio de Santoña, aunque sólo estuvo un curso en esa localidad cantábrica pues al año siguiente fue profesor en la Universidad Libre de Oñate, en la villa homónima guipuzcoana. Este centro estaba situado en los edificios de la antigua Universidad eclesiástica y desde 1869 se había reabierto pero impulsado por el ideario democrático y progresista que había alentado la Revolución Gloriosa de 1868. En esta Universidad vasca Tomás Escriche Mieg impartió clases de Física y además cursó como estudiante varias asignaturas de materias muy diversas que ya mostraban la variedad de sus intereses y aficiones. Pero en 1873 el avance de las tropas carlistas hizo imposible continuar con la actividad docente, por lo que la Universidad Libre se vio forzada a cerrar sus puertas y la villa de Oñate acogió desde entonces, y hasta febrero de 1876, a la Real y Pontificia Universidad Vasco-Navarra bajo la orientación y tutela de los carlistas.
Pasó entonces a ejercer como profesor auxiliar en el Instituto de Bilbao, y el 10 de agosto de 1876 solicitó plaza de profesor en el Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara, donde había quedado vacante la cátedra de Física y Química que hasta el 30 de septiembre de 1875 había ocupado el profesor Bernardo Rodríguez Largo. Obtuvo el puesto solicitado y durante casi diez años vivió en tierras alcarreñas.
En Guadalajara desarrolló una actividad cultural tan profunda como intensa, formando equipo con Francisco Fernández Iparraguirre y Manuel Sanz Benito, entre otros. Al año siguiente de su traslado fue uno de los seis socios fundadores del Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara, que con distintos nombres pero bajo un mismo aliento se mantuvo activo hasta los últimos años del siglo XIX, y en el que asumió distintas responsabilidades y formó parte del equipo de redacción de las revistas que, bajo diferentes cabeceras, publicó esta sociedad.
La actividad más insólita del Ateneo alcarreño, que compartía con los demás el afán divulgativo a través de conferencias y debates, fue la animación del volapük, una lengua creada en 1879 por el sacerdote alemán Johann Martin Schleyer con el objetivo de disponer de un idioma común que favoreciese el diálogo y limitase los efectos del nacionalismo. La idea no podía dejar de atraer a aquel puñado de investigadores alcarreños que, lejos de la política, sólo confiaban en la ciencia para que la Humanidad disfrutase de un futuro mejor y que poseían una fe tan inquebrantable como ingenua en la capacidad de transformación del hombre y la tecnología. De su mano, Guadalajara se convirtió en la capital del volapük durante casi una década: aquí se editaron libros y una revista, se dieron conferencias y se asistió a congresos nacionales e internacionales.
Fue así como el físico Tomás Escriche se convirtió en un filólogo de prestigio. Escribió libros como Nociones de Gramática General aplicadas especialmente a la Lengua Castellana, en 1884, y Colección de diálogos con numerosos modismos de los más usuales y trozos escogidos de literatura francesa, cuatro años después, ambos en colaboración con Francisco Fernández Iparraguirre; y en 1889 dio a la imprenta su Reforma de la Ortografía Castellana, un tema sobre el que publicó varios artículos en distintas revistas, proponiendo que las reglas ortográficas estuviesen en concordancia con su pronunciación fonética y no con su etimología. Como consecuencia de esta labor, fue considerado una autoridad en la materia, hasta el punto de ser citado por Daniel de Cortázar en su discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua en 1899, y de ser nombrado corresponsal del Círculo Filológico Matritense.
El 24 de mayo de 1895 cesó en el Instituto de Guadalajara por ganar en concurso de traslados la cátedra en el Instituto de Bilbao, donde dejó un recuerdo tan imborrable que fue nombrado catedrático perpetuo de Física y Química del Instituto bilbaíno, siendo el primer profesor al que se le concedió esta distinción honorífica. En la capital vasca mantuvo vivo su interés por el volapük, pero lo cierto es que la creciente difusión del esperanto, creado en 1887 por el polaco Lázaro Zamenhof, fue arrinconando a su predecesora como lengua universal de referencia. Pasó entonces a centrar su actividad científica en la Física y, en general, en las ciencias de la naturaleza.
En el otoño de 1899 se anunció que quedaba vacante la cátedra de Física del Instituto de Segunda Enseñanza de Barcelona, un destino muy apetecido por la importancia de la ciudad y por el ambiente europeo y cosmopolita que entonces distinguía a la capital catalana. La Gaceta de Instrucción Pública anunciaba que dieciséis catedráticos optaban a tan reñida plaza, entre los que se encontraban Tomás Escriche Mieg. La competencia era tan dura que el 5 de mayo de 1890 el reputado filólogo Eduardo Bennot escribió una carta a Marcelino Menéndez Pelayo en la que le rogaba que votase en el Consejo de Instrucción Pública a favor de Tomás Escriche Mieg, “catedrático de Física y Química en el Instituto de Bilbao que aspira a igual cátedra en Barcelona”. Si muchos eran los méritos del profesor Escriche, muy grande debía ser también su deseo de acceder a la cátedra barcelonesa, pues resulta insólito que el ex ministro republicano y líder federal Bennot solicitase un favor al campeón de la ortodoxia católica y auténtico martillo de herejes de la intelectualidad progresista, o simplemente positivista, Marcelino Menéndez Pelayo.
Consiguió el apetecido destino en Barcelona y en su Instituto General y Técnico permaneció hasta su jubilación, ocupando los últimos años el cargo de director de este centro educativo, con Hermenegildo Giner de los Ríos como Secretario. En la Ciudad Condal mantuvo su actividad científica de alto nivel, que en 1906 le valió ingresar como académico en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y le permitió formar parte de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, publicándose algunos de sus escritos científicos en el Boletín de esta última institución catalana. También fue socio honorario del Ateneo de La Habana y miembro, hasta su disolución, de la Sociedad de Profesores de Ciencias.

Su obra escrita
Tomás Escriche Mieg tuvo, como ya hemos visto, una evidente preocupación didáctica, que no sólo se limitaba a sus clases sino que también se ponía de manifiesto en su constante actividad pública. Por todo ello; no es de extrañar que además fuese autor de un puñado de obras científicas de mérito e interés en las distintas áreas del saber a las que dedicó su tiempo y su atención. Ya hemos hecho referencia a los libros sobre gramática que escribió, sólo o junto a Francisco Fernández Iparraguirre, durante su estancia en Guadalajara; y, como ya señalamos, al dejar las tierras alcarreñas no abandonó inmediatamente su interés sobre esos temas, como se evidenció en 1904 cuando el Consejo de Instrucción Pública declaró obras de utilidad pública su Arte de lectura, publicado el año anterior en Barcelona, y sus curiosas Tipografía infantil y Pequeña Tipografía Infantil, dos cajas, una grande y otra más pequeña, que contenían juegos de tipos de imprenta para la enseñanza de la lectura a los niños.
Pero la mayoría de su obra estaba dedicada a la Ciencias. Fue autor de Elementos de Física y nociones de Química, un volumen de más de 650 páginas publicado en 1891 en Barcelona por la prestigiosa editorial de la familia Bastinos. También escribió Elementos de Química, que salió en 1905 de la Imprenta de Pedro Ortega, y Elementos de Física, precedidos de breves nociones de Mecánica con introducción y breves nociones de Meteorología como Apéndice, que conocieron nuevas ediciones hasta el año 1935.
La publicación de estos manuales le llevó sentirse aludido y responder airado a Pedro Garriga Puig, cuando éste criticó en La Vanguardia de Barcelona a aquellos profesores que sólo buscaban enriquecerse con la edición de sus propios libros de texto; no debía de ser el caso de Tomás Escriche Mieg, pues Pedro Garriga le respondió desde el mismo diario: “Al leer los dos artículos que dicho señor me dedica, he sentido verdadera pena al considerar que mis apreciaciones sobre los abusos que cometen algunos catedráticos oficiales con los libros de texto, pueden haber molestado á una persona tan digna y á quien de seguro nadie podrá poner un tilde, ni como autor, ni como profesor, ni como caballero. Esté convencido el señor Escriche de que no me he propuesto ofender ni á él ni á nadie, y que tan sólo he querido manifestar mi firme convicción de que se escriben muchos libros de texto, sin ánimo de levantar la cultura patria, y si con el propósito deliberado de lucrar con ellos”.
En alguno de sus libros, sobre todo en las últimas ediciones, contó con la colaboración de su hijo, como reconocía, por ejemplo, en el prólogo a la undécima edición de sus Elementos de Física que se publicó en los primeros años del siglo XX. Su hijo, Rafael Escriche Mantilla de los Ríos, cursó como él la carrera de Ciencias y fue también catedrático numerario de Física y Química. A su muerte, en 1930, su viuda facilitó la compra por el Instituto de Logroño, en el que había estado destinado, de su biblioteca particular, que incluía un buen número de volúmenes que habían sido de su padre y que enriquecieron los fondos de ese centro educativo.

Sus aportaciones tecnológicas
Además de sus estudios teóricos sobre las ciencias de la naturaleza y de su labor divulgativa y pedagógica, Tomás Escriche destacó por ser un hombre preocupado por los avances tecnológicos de su tiempo, inquietud que desarrolló a través del diseño y construcción de numerosas máquinas y aparatos, que además se preocupó de dar a conocer en muy diferentes ámbitos. En su expediente profesional como catedrático de Instituto se conservan unos cuantos folletos publicados en los que se recogen algunas de estas aportaciones tecnológicas experimentales; así, por ejemplo, se declara inventor de dos “aparatos imaginados”, según rezaba el título del cuadernillo en el que los presentaba públicamente, uno para el estudio de la caída libre de los cuerpos y otro para el conocimiento de la hidrodinámica; incluso los presentó en el Ateneo de Madrid.
Con éstos y otros aparatos similares acudió a diferentes eventos y obtuvo Medallas en la Exposición Leonesa de 1876, en la Exposición Provincial de Guadalajara de ese mismo año y en la Exposición Pedagógica de Madrid de 1882. Mereció un Diploma de Mérito por su trabajo Nociones de Gramática General en la Exposición Artística de Madrid de 1885 y dos medallas de Honor por sendas publicaciones en la Exposición de Paris de 1889. También formó parte de la delegación de Vizcaya en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, y según reza su catálogo presentó: “Escriche Mieg, Tomás. Catedrático de Física, Bilbao, Henao, 2, principal. Treinta ó cuarenta aparatos de física”.
Detrás de esta pasión por la tecnología había una profunda labor de investigación científica. Parece ser que el 10 de febrero de 1896 obtuvo en el laboratorio de la Universidad de Barcelona unas radiografías, que fueron las primeras que se realizaron en España, sólo tres meses después de que Wilhen Conrad Röntgen culminase con éxito sus estudios sobre lo que hoy conocemos como Rayos X.

Su actividad social
Aunque, como ya señalamos, es evidente que Tomás Escriche permaneció toda su vida apartado de la actividad política partidaria, no por eso quedó al margen de la sociedad de su tiempo ni permaneció ajeno a las luchas ideológicas que agitaban con fuerza al conjunto del país, una actividad sociopolítica que aumentó con el paso de los años y las convulsiones de la España finisecular.
Participó muy activa y destacadamente en dos asuntos que agitaron a los españoles en aquellos años. En primer lugar, en la campaña contra la fiesta de los toros, que en Cataluña, y en general entre las fuerzas políticas más progresistas, siempre tuvo amplio eco y respaldo. Frente al nacionalismo catalán, que se oponía a las corridas de toros por considerar que era una imposición castellana ajena a la historia de Cataluña, Tomás Escriche se mostraba contrario a esta diversión por humanidad, por considerar que eran una rémora del pasado común de los españoles, como explicó en el mitin antitaurino celebrado en Barcelona el 10 de febrero de 1905 en el Teatro Tívoli, donde proclamó abiertamente: “¡Vivan las buenas tradiciones españolas!, ¡Abajo la bárbara y perniciosa tradición torera!”
Aún más activo se mostró en la campaña contra otra inhumana tradición española y europea: los duelos. Fue uno de los más destacados líderes de la Liga Antiduelista, una red asociativa de ámbito europeo que se oponía a la práctica de los duelos y que buscaba establecer reformas legales que los prohibiesen. Curiosamente, esta campaña había sido iniciada por Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este, hermano del pretendiente carlista Carlos VII y, a partir de 1931, rey carlista tras la muerte de su sobrino Jaime de Borbón. Tomás Escriche fue el traductor y prologuista en España de la obra Resumen de la historia de la creación y desarrollo de las ligas contra el duelo, escrita por Alfonso Carlos de Borbón aunque de forma anónima, y que se publicó en Barcelona en 1909.
Desde la Liga se organizaron campañas de prensa y de propaganda para terminar con tan bárbara costumbre que, aunque ya estaba muy en desuso, todavía seguía practicándose. A estas campañas se sumaron activamente muchos militares, entre los que destacaba el entonces teniente coronel Miguel Primo de Rivera, que trajo la Dictadura a España entre 1923 y 1930. En Guadalajara se sumaron a la campaña de la Liga Antiduelista el Ateneo Instructivo del Obrero, la Cruz Roja provincial, la Sociedad La Unión, la Asociación de Médicos, el Tiro Nacional de Guadalajara, la Asociación de la Prensa Alcarreña, la Academia Militar, la Sociedad de San Vicente de Paúl, y los periódicos Flores y Abejas y La Crónica.
Durante la Primera Guerra Mundial mantuvo vivo su ideario pacifista, que le llevó a publicar en 1917 un librito con el significativo título de Pro Pace..., que fue editado en Barcelona en la imprenta de Pedro Ortega.
JUAN PABLO CALERO DELSO

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