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sábado, 1 de junio de 2024

ELVIRA MALAGUILLA SÁNCHEZ-ARRIBAS

MALAGUILLA SÁNCHEZ-ARRIBAS, Elvira

[Guadalajara, 10 de agosto de 1900 / Madrid, 17 de mayo de 1985]

Elvira y Sofía Malaguilla Sánchez-Arribas fueron dos hermanas, nacidas en Guadalajara con solo dos años de diferencia, que durante sus primeros años en la capital alcarreña vivieron vidas casi paralelas cuyo interés trasciende la simple peripecia personal. Concretamente, Elvira nació en Guadalajara el día 10 de agosto de 1900 y falleció en Madrid el 17 de mayo de 1985, mientras que Sofía vino al mundo en Guadalajara en el mes de diciembre de 1902 y murió en Madrid en el mismo mes del año 1945.

Fueron sus abuelos paternos Eugenio Malaguilla, un jornalero nacido en Alovera que falleció el 15 de mayo de 1874 a los 37 años de edad, y Petra Antón Ruiz, que nació el 29 de abril de 1841 en Guadalajara, donde murió en febrero de 1923; y sus padres fueron Eduardo Malaguilla Antón y Sofía Sánchez-Arribas. Como en tantos hogares de aquel tiempo, sobre todo en los de las clases populares, la mortalidad infantil marcó la vida familiar de los Malaguilla Sánchez-Arribas: el 11 de febrero de 1897, a los cinco días de nacer, murió su primera hija, a la que también se le impuso el nombre de Sofía, y otras dos niñas perecieron el 21 de marzo de 1899, con solo mes y medio de vida y a la que también se bautizó como Sofía, y en el mismo mes de 1906. Finalmente, llegaron a la edad adulta Elvira, Sofía, Eugenia, Eduardo y Elena.

Aunque su abuelo era originario de Alovera, se trasladó a la capital provincial residiendo en el número 1 de la calle de San Juan de Dios, mientras que Elvira y Sofía vivieron con sus padres, sucesivamente, en el número 5 de la calle de San Bartolomé, en el número 20 de la calle de Jáudenes y en el piso principal del número 7 de la Plaza de Moreno. Su padre, Eduardo Malaguilla Antón, empezó su vida profesional como funcionario, primero de la Pagaduría de Hacienda y, más adelante, como Inspector del Timbre del Estado; pero, suponemos que cansado de las habituales cesantías, se convirtió en Agente de Negocios. Al mismo tiempo, participaba de la vida social de la capital alcarreña, ocupando cargos en las Juntas Directivas de la Sociedad Cooperativa cívico-militar, del Casino de Guadalajara, de la Cámara local de Comercio e Industria y de la Cámara Minera provincial, entre otras.

Elvira contrajo matrimonio en noviembre de 1928 en la iglesia de San Nicolás de la capital alcarreña con Pedro Egea, funcionario del Catastro destinado en Guadalajara, siendo apadrinados por su padre, Eduardo Malaguilla, y su hermana Sofía; el día 15 de noviembre de 1929 nació la única hija de la pareja, bautizada con el nombre de Elvira. A su vez, Sofía contrajo matrimonio con el periodista e historiador falangista Luis de Sosa, que fue catedrático de la Escuela de Periodismo madrileña tras acabar la Guerra Civil, con el que no tuvo hijos.

Su vida académica

Después de cursar sus estudios primarios, seguramente en el Colegio del Sagrado Corazón, popularmente conocido como “las Francesas”, Elvira y Sofía ingresaron en septiembre de 1913 en el Instituto General y Técnico de Guadalajara, estando entre las siete primeras mujeres que obtuvieron el título de Bachillerato en esta provincia y, antes de ellas, solo Amparo Bravo Bartolomé había nacido en tierras alcarreñas. Concretamente, en la convocatoria de junio de 1918 alcanzaron ese título de Bachillerato Superior las alumnas María Antonia López Medranda, de 17 años, Elvira Malaguilla Sánchez-Arribas, de 18, y su hermana Sofía Malaguilla Sánchez-Arribas, de 16. Ambas marcharon después a estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, en Madrid, completando su licenciatura en el curso 1923-1924 y mereciendo la calificación de sobresaliente. Además, tanto Elvira como Sofía cursaron, con matrícula libre, estudios de piano en el Real Conservatorio de Música de Madrid, obteniendo excelentes calificaciones.

Fueron, sobre todo, las primeras mujeres que impartieron clase en el Instituto de segunda enseñanza de Guadalajara. En marzo de 1926 Elvira Malaguilla Sánchez-Arribas, fue nombrada Profesora Ayudante Interina para las asignaturas de Psicología y Lógica, de Ética y de Fundamentos de Derecho, cesando el 30 de septiembre de ese mismo año porque se reincorporó el titular. Y, para el curso siguiente, fue su hermana, Sofía Malaguilla Sánchez-Arribas, a la que se designó el 30 de noviembre de 1926 como Ayudante interina en la Sección de Letras del mismo Instituto.

Pero una vez obtenido el título académico, y seguramente forzadas por las dificultades que enfrentaba el trabajo de las mujeres, optaron por presentarse a sendas oposiciones a funcionarias del Estado, un ámbito laboral exclusivamente masculino hasta solo doce años atrás. Por Real Orden del 24 de mayo de 1925 se convocaron oposiciones a Oficiales de tercera clase de la Administración Civil del Estado y a ellas concurrió Elvira Malaguilla. Tras los exámenes, celebrados en los meses de aquel invierno, aprobó la oposición con el número 1 de su promoción, siendo destinada al Gobierno Civil de Guadalajara, donde tomó posesión de su puesto en febrero de 1926. En abril de 1931, tras la proclamación de la Segunda República, fue ascendida a Oficial de segunda clase con el mismo destino, a pesar de que había mostrado públicas simpatías por la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, ascendiendo solo tres meses después a Oficial primero.

Mientras tanto, Sofía Malaguilla se presentó a las oposiciones para el Cuerpo Auxiliar de Estadística, aprobando en 1926 al mismo tiempo que su hermana y siendo destinada a la provincia de Huesca, donde permaneció hasta el mes de octubre del mismo año en que fue trasladada a la misma oficina en la provincia de Guadalajara. Más adelante, en 1933, también su hermana Elena aprobó las oposiciones para el Cuerpo Administrativo de Mecanógrafos-calculadores del Cuerpo Nacional de Estadística.

Después de la Guerra Civil

El final de la Guerra Civil española en abril de 1939 supuso un punto de inflexión para Elvira, Sofía y el resto de los hermanos Malaguilla Sánchez Arribas. A todas las hermanas, que eran funcionarias de la Administración Civil del Estado, se les abrió el correspondiente expediente de depuración, y a Eduardo, que había tenido una actuación destacada durante el conflicto como militante del Partido Comunista de España (PCE) y decano del Colegio de Abogados de la provincia, se le puso en busca y captura.

Elvira Malaguilla había permanecido durante toda la contienda en su puesto de Jefe de Negociado de tercera clase del Gobierno Civil de Guadalajara en comisión de servicios, y el 10 de junio de 1939 se la apartó del puesto hasta concluir su expediente de depuración, cuya resolución favorable le permitió continuar en el servicio activo, ascendiendo a Jefa de Administración de Primera Clase el 31 de octubre de 1957 y jubilándose, después de casi cuarenta años de servicio activo, como Jefa Superior de la Administración Civil del Estado el 30 de septiembre de 1965, habiendo estado destinada en sus últimos años en la Dirección General de Administración Local del Ministerio de la Gobernación en Madrid, pero habiendo renunciado a su primera vocación docente.

Por otro lado, Sofía Malaguilla había sido declarada cesante por el gobierno de la República de acuerdo con lo establecido en un Decreto del 12 de octubre de 1935, amortizándose su plaza desde el 7 de enero de 1938. Pero en 1939, tras cerrarse su expediente de depuración, volvió al servicio activo como Oficial administrativo de primera clase, con pleno reconocimiento de todos sus derechos, y en el escalafón elaborado el 1 de julio de 1941 figuraba en el Cuerpo Facultativo Nacional de estadística.

Otra de las hermanas, Elena Malaguilla que estaba destinada en Madrid, tras el forzoso expediente de depuración al que se sometió a todos los funcionarios, fue readmitida en el Cuerpo Administrativo de Estadística con la sanción de separación del servicio durante un año. Sin embargo, el 2 de diciembre de 1952, y mediante una Orden firmada por el almirante Luis Carrero Blanco, se dejó sin efecto la citada sanción, “debiendo, por tanto, ser repuesta en el lugar que le correspondería ocupar actualmente en el Escalafón” en el cuerpo Estadístico Técnico de tercera clase.

Peor suerte corrió Eduardo Malaguilla, que debió de partir al exilio en compañía de su mujer e hijo, estableciéndose temporalmente en La Habana. El 16 de diciembre de 1941, dos días después de cumplir treinta y cinco años, desembarcó en el puerto mexicano de Veracruz y declaró llegar como exiliado y tener como oficio el de contable, siguiendo la recomendación de que manifestasen tener capacitación profesional para los empleos más útiles en el país anfitrión. En un primer momento, disfrutó de un subsidio mensual de mil francos proporcionado por la Junta de Auxilio a los Refugiados Españoles (JARE), lo que parece evidenciar su acercamiento a las filas del PSOE.

Pero, al margen de la vida particular de Elvira y Sofía Malaguilla, el proceso de emancipación de la mujer del que ellas habían sido pioneras en el Instituto de Bachillerato de Guadalajara como alumnas y profesoras, se interrumpió a partir del 1 de abril de 1939 como consecuencia de los esfuerzos del nuevo régimen dictatorial por recuperar el papel tradicional y subordinado de las mujeres españolas.

JUAN PABLO CALERO DELSO

jueves, 30 de mayo de 2024

JULIA MORROS SARDÁ

MORROS SARDÁ, Julia

[León, 27 de agosto de 1902 / Madrid, 1983]

Julia Morros Sardá nació en la ciudad de León el día 27 de agosto de 1902, hija de Julia Sardá Pedragosa y de Juan Morros García y falleció en Madrid en 1983. Vino al mundo en el seno de una familia de la burguesía profesional: su padre era médico y veterinario y entre 1908 y 1936 fue catedrático en la Escuela de Veterinaria de León, de la que llegó a ser director; sus hermanos José y Julio fueron médicos de prestigio y su hermano Juan fue abogado del Estado. El 29 de junio de 1932 contrajo matrimonio civil en el juzgado del distrito madrileño de Congreso con el pedagogo, periodista y autor dramático Salvador Ferrer Culubret, junto al que permaneció toda su vida y con el que no tuvo hijos. Por una poesía suya publicada en El Día del 16 de febrero de 1928, sabemos que, por su matrimonio, era prima de la deportista y periodista feminista Ana María Martínez Sagi.

Cursó estudios primarios en el Colegio Leonés, popularmente conocido como Colegio Belinchón por ser fruto de la iniciativa de la pareja de alcarreños Ramón Belinchón Llerena y María García-Abad Fuerte, y desde 1916 los de segunda enseñanza en el mismo centro, donde obtuvo excelentes calificaciones y tituló con Premio Extraordinario. Al finalizar el Bachillerato, se matriculó en la Escuela Normal de Maestras de León, obteniendo el título de magisterio en 1921.

Se trasladó entonces a Madrid, residiendo hasta 1930 en la famosa Residencia de Señoritas, para estudiar en la Escuela Superior de Magisterio, donde conoció al que luego sería su marido, y donde se graduó con el número 1 de la promoción de 1925-1926 en la Sección de Ciencias. Se matriculó entonces en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, donde obtuvo primero la licenciatura con premio extraordinario en la sección de Naturales y, posteriormente, el grado de doctorado con una tesis titulada “Contribución al Estudio de la Antropología Española. El crecimiento en la edad escolar”, que le valió ser admitida poco después como socia de número en la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria, que publicó su tesis doctoral.

 Completó su período de formación con un viaje de estudios por Francia, Bélgica y Suiza iniciado en 1932, después de su boda, junto con su marido Salvador Ferrer, gracias a sendas becas de la Junta para Ampliación de Estudios. En su peculiar luna de miel, que se prolongó durante diez meses, en París residió en el número 41 del Boulevard Saint Michel y asistió a clases en el Institut de Psychologie, el Instituto de Orientación Profesional y la École d’Anthropologie; en Ginebra fue alumna de Éduard Claparède y Jean Piaget y visitó diversos centros escolares en Bélgica.

 Su actividad docente

Profesionalmente, muy pronto se inclinó por la práctica docente. En el curso 1926-1927 fue profesora de la Sección de Primaria del Instituto Escuela y al curso siguiente, por una Real Orden del 28 de septiembre de 1927, fue nombrada Ayudante interina de las clases prácticas de la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio, con un sueldo anual de 1.250 pesetas, siendo renovada como propietaria de esa misma plaza en julio de 1930, aunque en diciembre de ese mismo año fue declarada excedente como consecuencia de la reforma del citado centro educativo.

Alejada de la Escuela Superior, emprendió nuevos proyectos y a partir del mes de marzo colaboró como profesora en un curso para la formación de médicos escolares organizado por la Escuela Nacional de Sanidad y el Ministerio de Instrucción Pública. En noviembre de 1931, y seguramente bajo la influencia de su padre, fue nombrada profesora para las Cátedras de Botánica, Geología y Zoología de la Escuela de Veterinaria de León.

En enero de 1932, y dentro del programa de reforma educativa de la República, el gobierno decidió suprimir definitivamente la Escuela Superior de Magisterio, declarando la excedencia forzosa de Julia Morros Sardá y del resto del profesorado, que conservaban el derecho a percibir dos tercios del sueldo que tenían asignado, que en su caso eran 1.500 pesetas al año, Finalmente, en junio de 1932 fue nombrada Inspectora de Enseñanza para la provincia de A Coruña, adscribiéndola al partido judicial de Órdenes y el Ayuntamiento de Negreira, mientras que su marido Salvador Ferrer era nombrado para igual puesto en la provincia de León, hasta que en enero de 1933, en virtud del derecho de consorte reconocido en el Magisterio español, Julia Morros fue destinada en la Inspección educativa de la provincia de León, encargada de la zona escolar de Murias de Paredes, mientras su marido lo era de la de Sahagún.

En el verano de 1933 formó parte del tribunal provincial en León que juzgaba a los aspirantes admitidos al cursillo de selección profesional para ingreso en el Magisterio nacional. Además, ese mismo verano, realizó el cursillo que capacitaba para dar clase en Enseñanza Secundaria en los colegios que sustituirían a los hasta entonces regentados por órdenes religiosas, aprobando con el número 7 de la Sección de Ciencias Naturales. Finalmente, el 1 de noviembre de 1933 fue nombrada encargada de curso en la asignatura de Historia Natural en el Instituto de Bachillerato de León.

 Al año siguiente ella junto con Salvador Ferrer, pusieron en marcha una colección de material escolar titulada “Documentos Pedagógicos” formada por unos cuadernillos de sesenta y cuatro páginas, al económico precio de dos pesetas, que anunciaban formar “una utilísima colección” que permitía “conocer los problemas de la educación en su estado más actual”. A ella se le deben también los libros Problemas de Física y Química, Ciencias de la Naturaleza y su didáctica, cuya primera edición es de 1954, e Iniciación a la Química, también publicado en 1954 por la Editorial Juvenal.

Después de la Guerra Civil

La rebelión militar que dio paso a la Guerra Civil truncó las carreras profesionales y las expectativas de toda la familia. En un primer momento, fueron separados del servicio y quedaron sin sueldo Julia Morros, tanto de su plaza como profesora interina de la Facultad de Veterinaria como del Instituto de segunda enseñanza, donde era encargada de curso, como de la Inspección de Enseñanza Primaria; su padre, Juan Morros García, de la cátedra en la Facultad de Veterinaria, y su marido, también en la Inspección educativa provincial. Suspensión de empleo y sueldo que se ratificó con posterioridad mediante una Orden de la Presidencia de la Junta Técnica del Estado. Además, Julia Morros fue sancionada por las autoridades franquistas y, como se negase a abonar la multa, fue encausada por el Juzgado de Primera Instancia de León para forzarla al pago. Por su parte, Salvador Ferrer fue detenido, encausado y condenado a cadena perpetua bajo la delirante acusación de auxilio a la rebelión.

Durante los años de la Segunda República tanto Julia Morros como su marido se habían señalado políticamente, no solo por su matrimonio civil, sino también por colaborar con el Ateneo Obrero de León, una institución sin vinculación partidista pero de clara orientación política, impartiendo clases en el curso 1934-1935: él de Cultura General, Literatura y Arte y ella de Ciencias, bajo el título de “Divulgaciones científicas”. Además, ella había estado afiliada a la Agrupación Femenina del Partido Republicano Radical-Socialista leonés y Salvador formaba parte de la Masonería.

Sin embargo, muy pronto se reincorporó al servicio activo, quizás con la ayuda de alguno de sus hermanos más proclives al régimen franquista, según una Orden Ministerial de 8 de marzo de 1942 que la destinaba forzosamente en la Escuela Nacional, así que, aunque otra Orden del 15 de abril de 1943 ya la situaba en el escalafón de Inspectores de Primera Enseñanza con un sueldo de 8.400 pesetas anuales, lo cierto es que estando inhabilitada temporalmente para el Servicio de Inspección, a partir del 14 de julio de 1942 estuvo destinada como maestra en varias Escuelas Nacionales: en la parroquia de San Pedro de Arante de la localidad lucense de Ribadeo, en Becerreá, en la escuela de Os Campos, en el pueblo coruñés de Arzúa y, desde el curso 1944-1945, en la de Aranda de Duero, donde el caciquismo local y la estricta vigilancia policial a la que estaba sometida la pareja le privaron de la escuela a la que tenía derecho, estando allí destinada pero sin actividad docente, por lo que al comenzar 1945 solicitó la excedencia voluntaria para atender su salud.

Con el paso del tiempo fue rehabilitada, mediante Orden Ministerial del 5 de diciembre de 1951, que, sin embargo, la sancionaba con un destierro de la provincia leonesa durante cinco años y la prohibición de ocupar cargos directivos o de confianza, y se reincorporó a la docencia del profesorado, primero en la Escuela Normal de Maestras de Ávila, desde el 22 de enero de 1953, y a partir del 1 de enero de 1957 en la de Guadalajara, ejerciendo como profesora numeraria de Ciencias Naturales. En la capital alcarreña completó su rehabilitación profesional, hasta el punto de ser nombrada directora de la Escuela Normal femenina en 1963. El 23 de septiembre de ese año, y con motivo de la inauguración del nuevo edificio de la Escuela, fue la encargada de recibir al ministro Manuel Lora Tamayo, uno de los principales responsables de la depuración del profesorado que ella y su familia más directa habían sufrido en 1936. Durante su estancia en Guadalajara publicó El Museo de Ciencias Naturales en la escuela primaria, editado en 1962.

En el verano de 1964, y según Resolución de la Dirección General de Enseñanza Primaria, fue nombrada profesora numeraria de Historia Natural, Fisiología e Higiene y Agricultura de la Escuela de Magisterio María Díaz Jiménez de Madrid, de la que fue nombrada directora el 30 de octubre de 1969 y donde se jubiló al cumplir los 70 años. Unos meses después de su retiro, el 5 de mayo de 1973, se le tributó un homenaje conjunto con su marido por ser “figuras señeras de la extinguida Escuela Superior de Magisterio”, institución a la que Salvador Ferrer dedicó uno de sus libros.

JUAN PABLO CALERO DELSO

viernes, 16 de febrero de 2024

IGNACIO CEREZO CEREZO

CEREZO CEREZO, Ignacio

[Torresaviñán, 1 de febrero de 1898 - Molina de Aragón, 24 de octubre de 1959]

Ignacio Cerezo Cerezo nació a las seis y media de la noche del día 1 de febrero de 1898 en el domicilio familiar del número 13 de la calle de la Travesaña de Torresaviñán, una pequeña localidad de la provincia de Guadalajara, situada a una docena de kilómetros en línea recta de Sigüenza, en la que por entonces residían poco más de un centenar de habitantes. Y murió en Molina de Aragón el día 24 de octubre de 1959.

Era hijo de Ezequiel Cerezo Casado y de Elena Cerezo García, ambos nacidos y vecinos de Torresaviñán, siendo sus abuelos paternos Antonio Cerezo y Fermina Casado y los maternos Mamerto Cerezo Guijarro y Petra García. Aunque él sostenía que “mi padre, mis hermanos, mis tíos, toda mi familia son labradores en Torresaviñán y en los pueblos limítrofes”, lo cierto es que su familia ocupaba una posición desahogada y su padre fue secretario del Ayuntamiento de Torresaviñán y asumió otras responsabilidades municipales.

Ignacio Cerezo Cerezo contrajo matrimonio con Carmen de Diego Ortega, que falleció el 20 de abril de 1985, y tuvieron cuatro hijos: Elena, Ulises –nacido en julio de 1936 en Sigüenza-, Prometeo -que vino al mundo en Almazán en 1938-, y Alfonso Cerezo de Diego, a tres de los cuales puso nombres relacionados con la cultura clásica griega de la que era declarado admirador.

 Su vida laboral

Parece ser que Ignacio Cerezo solo acudió a la escuela primaria, pues su hijo Prometeo afirma que su padre era autodidacta, y siendo joven debió de colaborar con las labores agrícolas en las fincas de la familia –“yo mismo he ido a labrar, como cualquier otro campesino de la provincia”-, aunque declara de sí mismo que a los 21 años “comprendí que tenía más aptitudes para el trabajo intelectual que para el corporal y estudié para Correos”, preparando la oposición mientras cuidaba las ovejas de su padre. En cualquier caso, fue un hombre culto que dominaba la lengua francesa y con inquietudes literarias, llegando a reunir una notable biblioteca particular.

En el año 1920 se presentó a las oposiciones para ingresar en el cuerpo de funcionarios de Correos, aprobando los ejercicios y siendo Ceuta su primer destino como Oficial de 3ª interino. Finalmente, con fecha del 16 de julio de 1923, fue destinado a la estafeta de Correos de Sigüenza, fijando su residencia en el número 3 de la calle de Santa Bárbara de esa ciudad, oficina de la que más adelante fue nombrado administrador, ocupando ese cargo hasta el final de la Guerra Civil, con breves paréntesis, en comisión de servicios, en las carterías de Alcolea del Pinar y del balneario alavés de Zuazo con motivo de las vacaciones veraniegas.

Solo abandonó ese puesto por motivos políticos. Como consecuencia de su activa oposición a la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, el 1 de diciembre de 1929 fue obligado a trasladarse a la oficina principal de Correos de Bilbao, de donde solo puedo regresar tras la caída del dictador, siendo ascendido al año siguiente a Oficial 2º con igual destino. Del mismo modo, como resultado del obligado expediente de depuración al terminar la Guerra Civil, en 1942 fue desplazado forzoso a la administración de Correos de Molina de Aragón, donde permaneció hasta su fallecimiento.

Su actividad sindical

A pesar de su empleo como funcionario de Correos, Ignacio Cerezo Cerezo fue uno de los dirigentes sindicales agrarios más destacados de la provincia de Guadalajara en los años previos a la Guerra Civil. En las comarcas septentrionales que dependían de la diócesis de Sigüenza existía desde 1902 una red sindical agraria de carácter confesional dirigida por el canónigo seguntino Hilario Yaben, que la mantenía al margen de la Confederación Nacional Católico-Agraria, mientras que en aquellos pueblos de la provincia alcarreña que dependían del arzobispado toledano se había ido construyendo desde 1917 otra red agraria católica, más débil e inestable, gracias a propagandistas como los sacerdotes Juan Francisco Correas y Conceso Alario.

Pero la mentalidad integrista de Hilario Yaben, su personalidad autoritaria y la subordinación de la acción sindical a su ideario político, que en 1918 le llevó a presentarse a las elecciones legislativas en disputa con el conde de Romanones, ya habían provocado algunas disensiones en la constitución del sindicato de Atienza. Por eso en 1926 se fundó en la ciudad mitrada una Asociación de Labradores aconfesional y apolítica que se extendió por las comarcas de Sigüenza, Atienza y Jadraque, con relaciones y simpatías en otras áreas de la provincia, y que tenía a Ignacio Cerezo como cabeza visible, como demuestra su participación en el primer Congreso Nacional Cerealista convocado en Valladolid desde el 25 de septiembre de 1927.

El extraordinario crecimiento de la Asociación permitió, entre otras iniciativas, que en 1929 se acordase crear un fondo, al que todos los socios aportarían 20 pesetas o una fanega de trigo, para conceder “crédito de abonos y granos a los labradores que lo necesiten” y comprar al por mayor cereales y ganado para ofrecerlo a mejor precio a sus socios, lo que representaba un abierto desafío a la red confesional de Hilario Yaben, que basaba parte de su éxito en las Cajas Rurales locales, con las que rivalizaba la recién nacida Caja de Ahorro y Crédito de la Asociación Mutua de Labradores.

Quizás por ese motivo el gobernador civil de la Dictadura primorriverista, Manuel Cabello Lapiedra, decidió intervenir la junta directiva de la Asociación y cubrir los cargos con miembros de la Unión Patriótica, además de desterrar a Ignacio Cerezo a Bilbao, como ya señalamos. A los pocos días del final de la Dictadura, los socios de la “Asociación a la que pertenece la mayoría de agricultores de la comarca” se enfrentaban en una asamblea con la junta designada por el último gobernador civil primorriverista, exigiendo “a grandes voces que se marchasen y entregasen los fondos de la Asociación”, a lo que respondieron los de Unión Patriótica que “a ellos les nombró el gobernador y no se marcharán en tanto no sean destituidos gubernativamente”, lo que, naturalmente, no tardó en producirse.

Como podemos suponer, su activismo sindical en un período tan convulso se tradujo en una militancia política. Seguramente, las raíces familiares de Ignacio Cerezo Cerezo eran republicanas, pues en 1903 el médico Ignacio Cerezo Contrera fue uno de los firmantes, junto a Valentín de la Peña, Julio Gordo, Cecilio Vicioso, Fidel y Lorenzo Ochoa y Carmelo Lafuente, de un manifiesto de los republicanos de Sigüenza en el que recomendaban el voto para los candidatos a diputados provinciales Ramón Martínez Conde y Salvador Rangil. Por eso mismo, no es de extrañar que fuese en las filas del republicanismo donde Ignacio Cerezo Cerezo iniciase su trayectoria política, pues durante su corta estancia en Bilbao se hizo socio del Casino Republicano de la ciudad el 14 de diciembre de 1929.

Al caer el Directorio de Primo de Rivera el 30 de enero de 1930, Ignacio Cerezo regresó a su puesto en la estafeta de Correos de Sigüenza y se afilió al PSOE, presidiendo el primer comité de la recién nacida Agrupación Socialista de Sigüenza, seguramente impulsada por él y Teodoro Torreira, y que se constituiría antes de acabar el año 1930, llegando a firmar, como los más destacados intelectuales del partido obrero, un artículo en el número extraordinario que El Socialista publicó el 1 de enero de 1931, además de otras colaboraciones en el órgano del partido socialista entre diciembre de 1924 y abril de 1931.

Además, de vuelta a su tierra natal se puso de nuevo al frente de la Asociación de labradores, que no pudo sustraerse al ambiente fuertemente politizado de aquel bienio y se orientó decididamente hacia el republicanismo, como reacción a la injerencia del régimen de Alfonso XIII, con una marcada simpatía hacia el PSOE que se ponía de manifiesto en su Boletín Agrario.

Una vez proclamada la República, el 16 de mayo de 1931 se reunió la Junta Directiva de la citada sociedad de agricultores y acordó designar a Ignacio Cerezo como su candidato para los próximos comicios a Cortes Constituyentes, decisión que también aprobó dos días después la de Jadraque. Como agrupaba a 3.300 afiliados en 84 pueblos de las comarcas septentrionales de la provincia, se decía que eso supondría el respaldo de unos 5.000 electores –cifra que se confirmó tras el escrutinio-, y se pretendía que, con ese aval, Ignacio Cerezo figurase en la candidatura común de la Conjunción republicano-socialista, cuya victoria en las elecciones municipales del 12 de abril de ese año había traído la república. Sin embargo, no fue elegido para su terna electoral, que finalmente incluyó a Marcelino Martín González del Arco, José Serrano Batanero y Eduardo Ortega y Gasset.

 Su acción política

No por eso desistieron, tanto la Asociación como su presidente, de concurrir a las elecciones. Pero, en contra de lo que se ha dicho, esta candidatura de Ignacio Cerezo Cerezo en junio de 1931 ni fue estrictamente personal ni acudió a la lucha electoral como independiente, pues formaba parte de un proyecto político de ámbito nacional, la Agrupación Social Republicana Independiente, nacida como brazo político de la Liga Nacional de Campesinos bajo el impulso del propagandista del catolicismo social Antonio Monedero Martín, que también había roto con la Confederación Nacional Católico-Agraria, y de Manuel Machimbarrena Aguirrebengoa. Su lema, “¡Adelante los pequeños!”, ya mostraba con claridad su apuesta por la defensa de los modestos propietarios, sin la tutela de los terratenientes vinculados al régimen monárquico que lastraba a la Confederación católica. Aunque mantenía su raíz confesional “invocando el precepto de la fraternidad cristiana, el más grande y noble de todos los sentimientos y el que mejor da la medida del grado de cultura de los pueblos”, se identificaba sin fisuras con la nueva República: “Igualdad, Libertad y Fraternidad bien entendidas son los tres grandes faros que han de alumbrar y vivificar la naciente república y que la Agrupación Social Republicana hace suyos”.

No parecía, a priori, que esta lista agraria republicana careciese de oportunidades para sentar a alguno de sus candidatos en el Congreso de los Diputados. Al notable respaldo que Ignacio Cerezo tenía entre los pequeños agricultores del norte de Guadalajara, se le sumaba la popularidad de Antonio Monedero entre los vecinos de los pueblos de la provincia, pues ya había hecho alguna gira de propaganda, siendo la más reciente la que le llevó en 1927 a Masegoso y Cifuentes, reuniendo en esta última localidad a 2.000 agricultores y ganaderos convocados por su Liga Nacional Campesina.

A la vista de la documentación que se conserva podemos afirmar que tampoco es fácil adscribir a Ignacio Cerezo a la derecha republicana, como prueban algunas de las propuestas de su programa electoral: “yo soy partidario de la nacionalización o socialización de los ferrocarriles, tranvías, teléfonos, etc.”, proponía que “hasta que se llegue al desarme general, los jóvenes no deben permanecer en el ejército nada más que el tiempo que tarden en aprender la instrucción: quince o treinta días” y solicitaba la gratuidad de la enseñanza secundaria y universitaria. Sin embargo, se oponía al divorcio y más tarde señaló su rechazo al sufragio femenino. En cualquier caso, la competencia electoral de esta Agrupación Social Republicana de Guadalajara con el conde de Romanones, con Hilario Yaben y con la Conjunción republicano-socialista ratifica la autonomía de esta tercera vía y nos obliga a reevaluar el panorama político y social de Guadalajara en ese momento.

Pero los resultados no acompañaron a esta opción electoral; frente a la victoria indiscutible de los tres candidatos de la Conjunción republicano-socialista –con 24.000 votos aproximadamente para José Serrano Bataneo y Marcelino Martín-, y del conde de Romanones, que con 18.000 papeletas solo se pudo imponer por menos de mil votos a Eduardo Ortega y Gasset –el candidato cunero de la Conjunción-, se constató el fracaso tanto de Hilario Yaben –que recabó 10.000 papeletas- y del resto de candidatos católicos –José Arizcun y Francisco de Paula Barrera-, como de los republicanos ajenos a la coalición gubernamental –Antonio Moscoso, Luis Casuso y Manuel Altimiras-. Por parte de Acción Social Republicana, Antonio Monedero sumó casi 7.500 papeletas, Ignacio Cerezo rozó las 6.000 y Manuel Machimbarrena solo cosechó 3.124 sufragios.

El fracaso de la candidatura y el escaso desarrollo del partido, desembocaron en la ruptura entre Antonio Monedero e Ignacio Cerezo que, en la primavera de 1936, criticó públicamente a los sindicatos de la Liga Campesina, aduciendo que “este señor y sus agentes han constituido Ligas de Campesinos en miles de pueblos, que en la inmensa mayoría de los casos han desaparecido ya o no existen más que en el papel. Los labradores no han mejorado nada con tales Ligas, pero en cambio dicho Sr. Monedero y sus agentes les sacaron a los labradores de cada uno de los pueblos de esas Ligas unos cientos de pesetas, y contra reembolso de esas pesetas les enviaban unos libros en blanco y un sello de caucho que valdrían en junto ocho o diez pesetas”.

Aunque todavía en 1935 participó en la suscripción impulsada por el diario La Libertad en favor de los huérfanos de los trabajadores insurgentes fallecidos con motivo de la Revolución de Octubre en Asturias, a lo largo del período republicano se fue alejando tanto del PSOE como del republicanismo progresista y se fue aproximando a posiciones ideológicas cada vez más moderadas. Fue públicamente calificado como trásfuga y político reaccionario, primero por Francisco Gonzalo, cartero y presidente de la Casa del Pueblo de Sigüenza, y más tarde por el dirigente comunista Vicente Relaño desde las páginas del semanario Abril en su número del 31 de agosto de 1935. Aunque él rechazó con vehemencia estas acusaciones, también dejó entrever que en las elecciones de febrero de 1936 no había votado por el Frente Popular y había apoyado al candidato centrista Luis Casuso, con el que se había enfrentado en 1931 y que tampoco en esta ocasión salió elegido diputado.

En cualquier caso, su deriva conservadora, en alianza con sus antiguos rivales en el sindicalismo agrario, se hizo evidente. En 1932 formaba parte de la Cámara Agraria Provincial, reducto habitual de los grandes propietarios, llegando a firmar un acuerdo de colaboración entre la Asociación de agricultores y la Cámara, que fue incumplida por esta última institución. Y en 1933 ya era agente para Sigüenza y Atienza de la Asociación de Agricultores de España, cuyo delegado en la provincia era Fernando Palanca Martínez-Fortún, un militar y terrateniente que había sido alcalde de la capital alcarreña durante la Dictadura de Primo de Rivera.

Pero a pesar de estos enfrentamientos políticos con destacados militantes de la izquierda provincial, durante los meses del verano de 1936 en los que Sigüenza y su comarca estuvieron bajo el control del gobierno republicano, Ignacio Cerezo no fue molestado y siguió ejerciendo como funcionario del cuerpo de Correos. En ese período, en el que la afiliación sindical era muy recomendable, se inscribió en el Sindicato Único de Telecomunicaciones de la CNT, e incluso contribuyó con 10 pesetas a la suscripción abierta por el periódico CNT de Madrid en favor de las víctimas del fascismo, como se recoge en el número correspondiente al 25 de septiembre de 1936 de esa publicación.

Tras la caída de la ciudad episcopal en manos del ejército rebelde, Ignacio Cerezo siguió viviendo en Sigüenza y trabajando, en un primer momento, como empleado de Correos en la estafeta local, según se deduce de una cuestación para la reconstrucción de la catedral seguntina que fue publicada en El Henares del 27 de diciembre de 1936, donde aparece la suscripción de “Ignacio Cerezo, oficial de Correos” con la cantidad de 15 pesetas. Durante el resto del conflicto, según reconoce su hijo Prometeo, trasladó a su familia a la vecina localidad soriana de Almazán que estaba más alejada del frente de guerra y donde residían algunos familiares del matrimonio Cerezo de Diego.

Después de pasar el preceptivo expediente de depuración de las autoridades franquistas, en su caso incoado por el Juzgado Especial de la Dirección General de Correos y Telecomunicación, fue apartado del servicio durante algún tiempo y desterrado a Molina de Aragón, hasta que en 1942, degradado en su categoría, fue asignado a la administración de Correos de Molina de Aragón, como ya señalamos, localidad a la que se trasladó con toda su familia y en la que siguió residiendo, en el número 8 de la calle Quemadales, hasta su fallecimiento, aunque visitaba Sigüenza con frecuencia.

Durante los años que estuvo suspendido de empleo y sueldo como consecuencia del expediente de depuración se ganó la vida impartiendo clases particulares en su propio domicilio y con la representación comercial de algunas compañías de seguros y de maquinaria agrícola, coadyuvando de ese modo a la modernización de la agricultura en los pueblos del Señorío, que recorría en bicicleta hasta que sufrió un accidente. También vendía máquinas de coser y, con la ayuda de su hija Elena, daba cursos para aprender a coser a máquina. 

Su actividad periodística

Estrechamente vinculada a su labor sindical estuvo su actividad periodística. En la segunda década del siglo pasado fue redactor del semanario seguntino La Defensa, y en calidad de colaborador de esa cabecera en 1925 fue admitido en la Asociación de la Prensa de Guadalajara. También publicó artículos esporádicamente, siempre sobre temas agrarios, en El Sol, Flores y Abejas, El Progreso de Lugo, El Avisador Numantino o el semanario Renovación de Jaén, entre otras publicaciones; además de colaborar con El Socialista, como ya indicamos. También es posible que fuese corresponsal del diario progresista madrileño La Libertad, a juzgar por la crónica puntual y detallada de las actividades de la sociedad de labradores seguntina que ofrecía este periódico.

Pero sobre todo destacó por su dirección del Boletín Agrícola de la mencionada Asociación de agricultores, cuya junta directiva aprobó iniciar su publicación en una reunión celebrada en Sigüenza el 12 de septiembre de 1928. Su primer número salió del taller tipográfico seguntino de Cándido Rodrigo el 10 de octubre de ese mismo año y su último número se publicó el 5 de mayo de 1936. Se distribuía gratuitamente a los afiliados al sindicato y se vendía por diez céntimos al público en general. Durante el destierro de Ignacio Cerezo en Bilbao, se interrumpió temporalmente la publicación y fue sustituido interinamente en la dirección del Boletín por su hermano José Cerezo.

Además de sus artículos periodísticos, también escribió varios cuentos y relatos y fue autor de un guión para una película de temática medieval, basado en el Libro del caballero Zifar, pero los altos costes de rodaje desanimaron a un productor cinematográfico de llevarlo a la gran pantalla.

JUAN PABLO CALERO DELSO